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jueves, 20 de marzo de 2014
Angustia. Tristeza.
A veces miro mi cuerpo, y observo su madura juventud con tristeza, o tal vez con melancolía. Pero esta melancolía no viene del pasado, sino que nace de lo que vendrá, y de lo que podría venir. Miro mi cuerpo y me siento un viejo con el disfraz de un joven, no porque sienta que desperdicié mi adolescencia o que estoy desperdiciando mi juventud, mucho menos mi niñez (no tuve la vida más emocionante de todas, ni viví aventuras dignas de ser contadas, pero no me arrepiento de la manera en que viví, porque la disfruté, y mucho); me siento así porque estoy cansado. Estoy cansado de mis pensamientos, de mi reflexión, de mi capacidad de distanciarme emocionalmente de las cosas y lograr una postura completamente objetiva que termina destruyendo mis esperanzas de encontrar algún resto de genuina calidez o amor en las personas que me rodean; pero hablando más correctamente, no me arrepiento de mis pensamientos, al contrario, me siento muy satisfecho con ellos, pero lo que sucede es que esta tristeza que siento puede acabar de dos maneras: una, cambiando la realidad del mundo, o dos, dejando de pensar; sin lugar a dudas, dejar de pensar resulta mucho más fácil, porque el cambio necesario para solucionar el problema de egoísmo indiferente en este mundo es de una escala que sobrepasa la capacidad de una e incluso de miles de personas. Mis pensamientos no tienen la culpa, sólo es más sencillo culparlos a ellos. Y deteniéndome a pensar más, creo que ni siquiera estoy cansado del insalubre nivel de egoísmo de la mayoría de mis compañeros de especie, creo que eso ni siquiera me importaría si pudiera ser capaz de encontrar en mí aunque sea un grano de verdadero amor, o generosidad, o incluso, al menos odio o desprecio, porque simplemente parece no importarme ni la felicidad ni la desgracia ajena, parece que soy incapaz de percibirlas o de compartirlas. Creo que lo único que puedo sentir realmente es la tristeza, la tristeza de no poder sentir: a veces, me encuentro a mí mismo haciendo fuerza para llorar, haciendo fuerza para sufrir, como queriendo forzarme a mí mismo a sentir algo que en realidad no siento, y termino llorando, no porque haya logrado sentir eso que buscaba, sino justamente porque me derrumbo al no lograr sentirlo. La verdad, no me importa un carajo si las personas no son capaces de notar el dolor ajeno, de preocuparse por el malestar de su par y extenderle una mano para sacarlo de la angustia; no me importa si sólo se preocupan por cuidar su propio culo, haciendo que eso signifique perjudicar al del otro si es necesario; no me importa si tratan a sus supuestos seres queridos como meras máquinas succionadoras de soledad o como fuentes de placer físico; no me importa si se hacen las víctimas y se preguntan con lágrimas en los ojos qué hicieron para merecer que “la vida los trate así”; lo único que me importa, lo único que me duele realmente, es tener la certeza de que yo también soy así.
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jueves, 15 de noviembre de 2012
Somos Así
Ser humano tiene muchos aspectos positivos y grandiosos, pero también es sumamente frustrante. Es frustrante estar lleno de sentimientos y sensaciones –algunas, aparentemente puras y hermosas–, pero saber que no hay ninguna que no esté impregnada, inevitablemente contaminada por el egoísmo. Todo lo que sentimos, pensamos y hacemos, lo hacemos por nosotros mismos, por nuestro propio bien y disfrute. Somos así; ineludiblemente, somos seres egoístas por naturaleza. El egoísmo está grabado de manera imborrable en nuestros genes –o quizá algunas personas se sientan más cómodas si digo “nuestra alma” o “nuestro corazón”–, y aunque tal vez no sea tan malo (pues si no fuéramos egoístas, si no pensáramos en nosotros mismos, moriríamos rápidamente, debido a que nos descuidaríamos demasiado por encargarnos de los problemas de los demás), es sin ninguna duda, agobiante, y logra que me sienta una basura casi durante la totalidad del tiempo. Pero en realidad no es que me sienta una basura, sino que eso es lo que soy, estoy totalmente seguro.
Cuando decimos “amar” a alguien, lo que hacemos en realidad es amar su presencia, su compañía; amamos lo que la otra persona produce en nosotros, las cosas que nos hace sentir en nuestro interior, las sensaciones que involuntariamente nos regala, no amamos a esa persona en sí. Buscamos a la otra persona porque nos hace felices, o buscamos su felicidad porque esta produce la nuestra. No hay manera de evitarlo, somos como máquinas diseñadas para buscar siempre nuestro propio bienestar. Somos así, somos despreciablemente egoístas.
Si ayudamos a alguien “desinteresadamente”, es sólo para sentirnos bien con nosotros mismos. Ayudar a los demás y hacer cosas buenas y útiles se siente ridículamente reconfortable, y eso es terriblemente odioso, porque estimula al egoísmo a ser el único motor de nuestra vida. No intentamos ayudar a los demás, sino sentirnos satisfechos con nuestra acción, sentirnos útiles, amables, sentirnos buenos. Somos así, somos irremediablemente egoistas.
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