Ella no entendía a las estrellas, no entendía el canto de sus luces. Su piel no sabía jugar con una brisa, ya sea matutina o nocturna, y si su cabello, de casualidad, empezaba a hacerlo, a ella no le interesaba. Tampoco le importaba si su voz se mecía lentamente por el aire hasta empujar una sonrisa a mi rostro, y me invitaba a descansar, o si llegaba alterada a inquietar mis oídos. Ella no creía que la profundidad de sus pupilas llegara hasta su alma, o hasta la mía, ni que sus ojos tenían el derecho de robarse cualquier luz sólo porque tenían el deber de dejarla ir otra vez, y regalársela a alguien más. Ella no sabía lo que era un paseo, simplemente usaba sus piernas, llevaba un pie adelante, y luego adelantaba al que había quedado atrás; eso era todo. Ella no sabía que la magia existe, y por lo tanto, tampoco sabía que hay que liberarla de los sitios donde se esconde, y mucho menos sabía que una vez liberada, la magia entabla una lucha contra el tiempo, y siempre le gana. Ella no creía en los sueños, pensaba que la energía provenía simplemente del dormir, y una vez que despertaba no había nada más que lo que había. Ella no sabía la libertad, tenía más fe en las miradas ajenas que en las suyas, y creía que lo que sentía era sólo eso, sentimientos que pertenecían a su interior y allí debían quedarse. Ella no sabía que la lluvia limpiaba mucho más que los tejados, ni que un par de chaparrones podían descubrir la vida que había quedado cubierta bajo los años. Ella no sabía que se podía amar sin tocar, soñar sin dormir, sentir sin razón, dar sin devoluciones, entregarse sin perderse, llorar sin sufrir; ni que se podía herir sin intención.
Aún así, o quizá por eso, él la amaba.
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viernes, 12 de diciembre de 2014
martes, 2 de diciembre de 2014
Esperaba
Ella esperaba todas las noches debajo de las estrellas. Las luces de la ciudad le robaban la mayor parte del cielo, pero lo que le quedaba le alcanzaba para soñar. A una parte de su interior le parecía ridículo, pero por los libros sabía que cada una de esas lucecitas era millones de veces más grande que ella. ¿No es esa razón suficiente para asombrarse? Ella ni se lo preguntaba, simplemente se asombraba.
Ella esperaba por encima de los edificios de la ciudad, en la azotea del suyo, que estaba algo descuidada, y compartía algunas de sus manchas de polvo con su vestido. Pero eso no le molestaba, ella igual se recostaba, y esperaba. Sus pupilas eran el propulsor más efectivo jamás construido, y su mente era la más increíble y veloz nave con la que exploraba el universo.
Ella esperaba, sabía que de vez en cuando la atmósfera encendería en belleza alguna roca extraviada del cosmos. Pero no esperaba estrellas fugaces, esperaba otra cosa. De toda aquella oscuridad que rodea las luces pueden esperarse muchas más cosas.
Mientras esperaba, algunos sueños llegaban, y como la brisa, revoloteaban a su alrededor y luego seguían su camino, casi sin darse cuenta cuando un sueño se convertía en otro o una sutil ráfaga en otra.
Esperaba que el tiempo se detuviera, así no tendría que esperar más. Así no tendría que esperar que al mirar su reloj los números no hayan cambiado, y al levantarse su cuerpo permaneciera intacto, tal como estaba antes de acostarse, sin polvo, con el cabello acomodado, con la energía de la cena aún por usar.
Podía no mirar el reloj, podía no levantarse, podía alejarse de todas las demás personas, podía evitar cada una de las cosas que le recordaban el tiempo, pero no escapar, no podía apartarse del tiempo mismo, que le gritaba desde el titilar de las estrellas.
Ella esperaba, y se llevaba bien con el cielo porque quizá ambos eran iguales: tal vez él también esperaba, por ello se quedaba aparentemente quieto, pero se movía veloz e incansablemente. Nada menos quieto que el cielo. Y ella estaba aparentemente quieta, pero no podía evitar moverse, y mucho menos pensar. Nada menos quieto que ella.
¿Cómo guardar un poquito de brisa para recordarla después? ¿Cómo distinguir el recuerdo del pequeño soplo de hace cinco minutos de aquel que está soplando ahora? ¿Cómo hacer feliz a alguien en este mundo, donde la felicidad está por todas partes, casi como si fuera una obligación? Si es complicado convencer a alguien de algo que no está viendo, convencerlo de lo que sí está viendo lo es mucho más.
Llorar no soluciona nada, pero ayuda. Amar no salva al mundo, pero ayuda. Ella pensaba en esas contradicciones, y se confundía, mientras esperaba. Una sonrisa aparece cuando hay felicidad, pero la felicidad aparece cuando hay una sonrisa; entonces, ¿cuál es primero? ¿Por qué siempre algo tiene que ir primero y otro algo tiene que ir después? Ha de ser el tiempo otra vez, infiltrándose en mi mente, y en la de todas las personas.
Ella seguía pensando cosas como esa, y esperando.
No estamos solos en el mundo, pero nadie nos acompaña a la hora de irnos. Sin embargo, el momento más difícil de la vida no debe ser la muerte, ella sucede aunque esperemos que no lo haga; el momento más difícil debe ser la vida misma, tener que aceptarla así, tal como es, llena de muerte, llena de despedidas, llena de recuerdos, llena de tiempo.
Después de seguir pensando cosas como esa, la niña levanta su torso, porque no quiere serle infiel al cielo con sus párpados, no quiere irse de repente. Se despide como es debido, y baja de la azotea sabiendo que aunque ahora esté cansada y somnolienta, mañana, gracias al tiempo, podrá volver a esperar bajo las estrellas a que el tiempo desaparezca.
domingo, 16 de noviembre de 2014
Inmortalidad
La muerte es una de las cosas
que el humano más ha despreciado en la historia, porque parece quitarle el
sentido a todo lo que se puede llegar a ser y hacer en la vida; es decir, nada
evita que al final todos terminemos de la misma manera, nada nos salvará de la
desaparición. No importa si ayudaste a liberar una nación como Gandhi, si
vendiste millones de discos como Michael Jackson, si tus obras se siguen
leyendo milenios después como las de los trágicos griegos, o si encontraste a
la persona que más te maravillaba en este mundo y formaste la familia ideal,
terminarás igual que cada humano y ser de este universo…
Entonces, ¿para qué hacer
todo lo que hacemos? ¿para qué esforzarnos tanto si no hay una aparente salida
alternativa, sólo la muerte? Generalmente el humano busca una manera de que al
menos su nombre trascienda la vida de su cuerpo, y perdure más allá de la
muerte física. Es una manera simbólica de alcanzar la inmortalidad que al
parecer da a la vida más sentido. Muchos humanos alcanzan esa inmortalidad
dejando huellas en el mundo, ya sea en obras de arte, de ciencia, de afecto en
otras personas, de logros históricos, de decenas de otras maneras. Pero lo que
hace la mayoría no es lo que hacemos todos, y en algún momento debemos
preguntarnos: Yo, ¿cuándo me siento inmortal? ¿cómo me siento inmortal? (si es
que realmente nos interesa, claro).
En mi caso, no sé si sea
porque soy un perezoso, pero no me interesa dejar este mundo lleno de huellas
mías, o una sola huella de tamaño enorme; es más, me gusta pasar desapercibido,
suelo estar más cómodo en la oscuridad, suelo sentirme feliz no cuando
sobresalgo, sino cuando me siento parte del mundo, cuando soy sólo una pluma
más en el cuerpo del ave que despliega su hermoso vuelo en el cielo: si me
caigo, el ave ni lo notará, podrá continuar volando, pero igualmente habrá
perdido algo, y no será la misma. Por ello, esa inmortalidad que gran parte de
los humanos buscamos, no la encuentro en el hecho de que recuerden mi nombre o
mi rostro o mis acciones; yo me siento inmortal cuando estoy con personas que
me hacen sentirme así, o cuando estoy en lugares que me hacen sentir así, o
cuando hago algo que me hace sentir así. Me siento inmortal en esos momentos en
que el tiempo no importa, porque deja de existir, y en un mundo sin tiempo,
todo es inmortal. Me siento inmortal cuando estoy con mis amigos, con las
personas que amo; me siento inmortal cuando estoy recostado en el suelo viendo
el cielo, ya sea celeste o estrellado, y el viento recorre mi piel; me siento
inmortal cuando canto una canción, o cuando me la cantan. Cuando me sumerjo en
el mundo aparte que crean esas cosas, soy inmortal, y libre. No necesito que me
recuerden, necesito recordar, darme cuenta del lugar al que pertenezco.
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jueves, 20 de marzo de 2014
Angustia. Tristeza.
A veces miro mi cuerpo, y observo su madura juventud con tristeza, o tal vez con melancolía. Pero esta melancolía no viene del pasado, sino que nace de lo que vendrá, y de lo que podría venir. Miro mi cuerpo y me siento un viejo con el disfraz de un joven, no porque sienta que desperdicié mi adolescencia o que estoy desperdiciando mi juventud, mucho menos mi niñez (no tuve la vida más emocionante de todas, ni viví aventuras dignas de ser contadas, pero no me arrepiento de la manera en que viví, porque la disfruté, y mucho); me siento así porque estoy cansado. Estoy cansado de mis pensamientos, de mi reflexión, de mi capacidad de distanciarme emocionalmente de las cosas y lograr una postura completamente objetiva que termina destruyendo mis esperanzas de encontrar algún resto de genuina calidez o amor en las personas que me rodean; pero hablando más correctamente, no me arrepiento de mis pensamientos, al contrario, me siento muy satisfecho con ellos, pero lo que sucede es que esta tristeza que siento puede acabar de dos maneras: una, cambiando la realidad del mundo, o dos, dejando de pensar; sin lugar a dudas, dejar de pensar resulta mucho más fácil, porque el cambio necesario para solucionar el problema de egoísmo indiferente en este mundo es de una escala que sobrepasa la capacidad de una e incluso de miles de personas. Mis pensamientos no tienen la culpa, sólo es más sencillo culparlos a ellos. Y deteniéndome a pensar más, creo que ni siquiera estoy cansado del insalubre nivel de egoísmo de la mayoría de mis compañeros de especie, creo que eso ni siquiera me importaría si pudiera ser capaz de encontrar en mí aunque sea un grano de verdadero amor, o generosidad, o incluso, al menos odio o desprecio, porque simplemente parece no importarme ni la felicidad ni la desgracia ajena, parece que soy incapaz de percibirlas o de compartirlas. Creo que lo único que puedo sentir realmente es la tristeza, la tristeza de no poder sentir: a veces, me encuentro a mí mismo haciendo fuerza para llorar, haciendo fuerza para sufrir, como queriendo forzarme a mí mismo a sentir algo que en realidad no siento, y termino llorando, no porque haya logrado sentir eso que buscaba, sino justamente porque me derrumbo al no lograr sentirlo. La verdad, no me importa un carajo si las personas no son capaces de notar el dolor ajeno, de preocuparse por el malestar de su par y extenderle una mano para sacarlo de la angustia; no me importa si sólo se preocupan por cuidar su propio culo, haciendo que eso signifique perjudicar al del otro si es necesario; no me importa si tratan a sus supuestos seres queridos como meras máquinas succionadoras de soledad o como fuentes de placer físico; no me importa si se hacen las víctimas y se preguntan con lágrimas en los ojos qué hicieron para merecer que “la vida los trate así”; lo único que me importa, lo único que me duele realmente, es tener la certeza de que yo también soy así.
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sábado, 21 de diciembre de 2013
Ideales. Personas. Pensamientos. Sentimientos. Deseos. Sentimientos Otra Vez.
Si mis ideales me alejan de
las personas que más quiero, ¿qué debería pensar? ¿Debería reconsiderar mis
ideales y suprimirlos, o cambiarlos por otros para ser más compatible con esas
personas que podrían alejarse? ¿O debería pensar que simplemente mis
sentimientos no son correspondidos, y si no me aceptan como soy, aunque los
quiera, en realidad esas personas no son las adecuadas para mí? Ambas opciones
son dolorosas, ambas destruyen una parte importante de mí, pero a veces no hay
opciones cómodas o fáciles, y las cosas deben ser como deben ser, y ya.
Una característica mía
siempre fue la de ser un “desligado”, tanto con las cosas como con las
personas, y me adaptaba rápida y fácilmente a las ausencias, lo suficiente
incluso como para creer que ni siquiera tenía sentimientos. Ahora me duele
alejarme de alguien que aprecio tanto; me duele saber que no puedo hablarle
más, que no puedo escucharla, que no puedo compartir más nada con ella, que
simplemente dejamos de ser lo que éramos, que convertimos todo lo nuestro en
simples e intangibles recuerdos.
Siempre me molestó no sentir
eso, siempre deseé eso de tener la sensación de que realmente necesitas a la
otra persona, porque me parecía una prueba irrefutable de la existencia de
sentimientos en tu ser, y ahora, como el típico tonto que quiere lo que no
tiene, me arrepiento de haberlo deseado, de haberlo buscado, y de haberlo
encontrado. Siempre pensé más de lo que sentí, pero ahora es como si casi no
pensara, como si me hubiese dejado llevar totalmente por los sentimientos, y
ahora estoy a la deriva.
Ahora es como si naufragara
entre sentimientos, pero antes he naufragado en pensamientos, y ciertamente
ambos naufragios son angustiantes, pero prefiero este, porque es más hermoso.
Ya me cansé de pensar. Sí, hace tiempo que me cansé de pensar; era este
sufrimiento tan ilógico e irracional lo que estaba buscando, un sufrimiento poco
civilizado y más humano, porque es más salvaje, más puro, más genuino, no está
calculado. Todo esto es algo nuevo para mí, algo que antes creía inalcanzable,
y aunque suene contradictorio (porque tal vez así lo sea), lo estoy
disfrutando, porque si bien duele, no deja espacios vacíos, como sí lo hace el pensamiento,
que todo el tiempo está haciendo preguntas, y luego más preguntas acerca de las
preguntas anteriores y sus respuestas.
Pero regresando, ¿qué debo
hacer con esas personas que quiero y mis ideales alejan? ¿Qué debo hacer con
esos ideales que alejan a esas personas que quiero? Mis ideales son de las
cosas en las que más confío, me dan mucha seguridad, e incluso estoy orgulloso
de ellos, porque creo que son un equilibrio entre el pensamiento y los
sentimientos, y no es cosa fácil encontrar el equilibrio, el punto medio entre
los extremos, principalmente para personas como yo. Y las personas que quiero
son las que hacen más interesante mi vida, las que le dan esperanza, ilusiones,
las que me salvan de la locura de la soledad, en el sentido negativo de la
palabra.
¿Por qué siempre hay que
elegir? ¿Por qué siempre las cosas tienen que ser como tienen que ser? Tal vez
lo más emocionante de esta vida sea luchar para que las cosas sean diferentes a
como se supone que tienen que ser; tal vez la solución es ser caprichosos y
buscar que el mundo sea el mundo que nosotros queremos; tal vez lo más
asombroso y hermoso no son las cosas que nos han dado o que nos encontramos en
este mundo, sino las que hemos transformado, a gusto o disgusto…
jueves, 5 de diciembre de 2013
Lo Intento
Usted está poseída. Poseída por las cosas que cree poseer,
por su necesidad de poseerlas, por su miedo a dejar de poseerlas y tener que
ver la vida cara a cara, desnuda, pura. Está poseída por el miedo al futuro y a
sus inciertas y malas posibilidades, por el miedo a las enfermedades que no
tiene, a los males que no la acosan. Está poseída por todas esas mentiras que
alguna vez uno o varios tontos nos hicieron creer.
Yo, en cambio, prefiero andar ligero, para no sobrepasar
mis capacidades y poder controlarme, para poseerme, porque sólo si me poseo
puedo entregarme (“uno no puede dar lo que no tiene”), y en la entrega está la
felicidad, aunque los insalubremente egoístas, los engañados, no puedan o no
quieran creerlo.
Si me poseo, puedo entregarme a todas aquellas cosas y
personas que me hacen bien, que amo, que me protegerán a mí y a mi felicidad,
con las que quiero compartir y compartirme.
Sólo si me poseo puedo entregarme a la calidez de la luz
del Sol, a la frescura de la brisa, a la suavidad de una mano, o a la ternura
de cualquier otra caricia; sólo si me poseo puedo entregarme a la compañía de
un amigo; sólo si me poseo puedo entregarme a la belleza del arte, de la
naturaleza, a la sublimidad de la música, al encanto del vuelo de las aves, a
la inmensidad del cielo, al sostén de la tierra y la hierba, a la
majestuosidad, la magia, los milagros, la realidad que nos rodea en todo
momento; sólo si me poseo puedo recibir y proteger todo lo que los demás deseen
entregarme.
Y no se engañe otra vez, usted no se ha entregado a todas
esas cosas que tiene (al menos no conscientemente), porque no las ama, sino que
las necesita, y por eso las tiene, porque le mintieron que las necesitaba, y
usted lo creyó, quizá porque consideraba que era más fácil y cómodo tomar estas
cosas en lugar de salir en búsqueda de las que ama (o esa quizá es otra de las
mentiras que le hicieron creer), o simplemente porque estaba algo distraída, y
ahora sólo necesita sentarse a pensar un poco mejor las cosas.
No se preocupe por abarcarlo todo, por asegurarse un futuro
que alguna vez quizá podría llegar, porque lo único que realmente puede poseer
es este mismo instante (el único que existe, pues los demás son en realidad
recuerdos o meras suposiciones), sus pensamientos, sus sentimientos, y sus sensaciones…
Eso es todo lo que el Universo le da, lo que nos ofrece a todos (parece poco, y
quien sabe, quizá lo es, pero es lo más hermoso, y por ello, lo más valioso y
lo más importante), pero está en usted aceptarlo, tomarlo y disfrutarlo, o
ignorarlo y dejarlo ir, intentando cambiarlo por algo más, algo que existe,
pero que no es real...
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viernes, 1 de noviembre de 2013
Tratarnos Bien
Voy a concederme el capricho de escribir las siguientes palabras con la soberbia de creer que son la verdad universal de esta realidad, porque necesito hacerlo de esa manera para sacar de mí algunas pesas agobiantes.
No tenemos ni la más cercana idea de cuán sensible es una persona, de cuán frágil es su mente, y de cuánto pueden vulnerar a su estado de ánimo los factores externos. Y no importa si esto es así por causas hormonales, por procesos físicos, químicos o fisiológicos en nuestro cuerpo, por un creador que así lo quiso, la cuestión es que es así, y por eso, lo que debería ser lo verdaderamente importante es el intentar no dañarlas, no dañarnos.
¿Cómo nos tratamos entre las personas? Creo que ahí radica el verdadero problema de la humanidad, esa es la raíz de todo. ¿Cómo pretender convencer a alguien de cuidar a los otros animales o al medio ambiente, si ni siquiera se preocupa por los que considera sus pares más cercanos, o incluso tampoco por sí mismo?
No conocemos a las otras personas, porque alrededor de cada una de sus palabras, de sus acciones, de sus gestos, de sus creencias, hay toda una red de cadenas de experiencias, de recuerdos que fueron acumulándose a lo largo de toda su vida, y que además fueron construyéndose según la propia manera de reflexionar de cada uno. Por eso jamás podremos comprender qué pasa en la mente de los demás, o por qué, o cómo. Debido a esa incomprensión es que debemos ser cuidadosos, porque no sabemos qué mínima palabra, expresión o gesto que llevemos acabo podría anudar o desanudar de manera peligrosa esas cadenas de pensamientos, así como también podría hacerlo de manera beneficiosa. Los sentimientos dependen mucho de esos pensamientos, y la salud depende mucho de los sentimientos. Creo que cosas como los gritos, los comentarios sarcásticos o burlones, y las verdades en estado bruto son las maneras más peligrosas de tratar a alguien. Cualquier falta de respeto también es peligrosa.
Cariño. Suavidad. ¿Qué tanto nos cuesta comprender esas palabras, y el impacto que podrían tener en el mundo, en las personas que nos rodean, si llenáramos nuestras acciones con ellas? Ni nos imaginamos cuánto más llevadero podemos hacer el día de alguien con una simple sonrisa al cruzarlo en la calle, o con un pequeño cumplido (siempre sincero) o reconocimiento a cualquier virtud que demuestre, por pequeña que sea. A veces las personas hacen muchas cosas buenas o bien, y que alguien se los reconozca es como darle un poco de energía nueva para que continúen así, o incluso para que mejoren; muchos pueden rendirse si ven que nadie parece darse cuenta de lo que hacen, porque así reciben la sensación de que no están haciendo nada útil.
No estoy hablando de alabanzas y adulaciones, sino de respeto, amabilidad, y sinceridad. Si pensamos algo bueno de alguien, si alguien significa algo para nosotros, ¿por qué no hacérselo saber? Tal vez no lo necesite, pero tal vez sí, y tal vez no le importe, pero tal vez le haga bien, y fuese como fuese, de cualquier manera sí nos haría sentir bien a nosotros expresarlo.
Tratarnos bien. Intentar no lastimarnos, o lastimarnos lo menos posible. ¿Tan difícil es? Realmente sí. Quizá no estemos preparados para actuar de esa manera, pero aún si nuestro cuerpo y nuestra mente estuvieran diseñados para sobrevivir sin importar la supervivencia del otro, ¿por qué no cambiar eso? ¿Dónde está el libre albedrío del que tanto nos enorgullecemos si en realidad nunca contradecimos a la naturaleza? Quizá tratándonos bien no necesitemos muchas otras cosas, y la ciega avaricia que gobierna a tantas personas hoy no nos llenaría de problemas a nivel mundial.
Yo no sé lo que piensan los demás, pero aún si somos sólo dos o tres "tontos" los que queremos vivir así, aún si soy yo el único "idiota" que quiere dejar la menor cantidad de "mierda" posible al pasar por este mundo, voy a esforzarme por lograrlo, porque quisiera que este mundo fuera un sitio mejor, y esa es mi manera de transformarlo, o en otras palabras, mi patético "granito de arena" para intentar mantener satisfecha a mi conciencia.
No tenemos ni la más cercana idea de cuán sensible es una persona, de cuán frágil es su mente, y de cuánto pueden vulnerar a su estado de ánimo los factores externos. Y no importa si esto es así por causas hormonales, por procesos físicos, químicos o fisiológicos en nuestro cuerpo, por un creador que así lo quiso, la cuestión es que es así, y por eso, lo que debería ser lo verdaderamente importante es el intentar no dañarlas, no dañarnos.
¿Cómo nos tratamos entre las personas? Creo que ahí radica el verdadero problema de la humanidad, esa es la raíz de todo. ¿Cómo pretender convencer a alguien de cuidar a los otros animales o al medio ambiente, si ni siquiera se preocupa por los que considera sus pares más cercanos, o incluso tampoco por sí mismo?
No conocemos a las otras personas, porque alrededor de cada una de sus palabras, de sus acciones, de sus gestos, de sus creencias, hay toda una red de cadenas de experiencias, de recuerdos que fueron acumulándose a lo largo de toda su vida, y que además fueron construyéndose según la propia manera de reflexionar de cada uno. Por eso jamás podremos comprender qué pasa en la mente de los demás, o por qué, o cómo. Debido a esa incomprensión es que debemos ser cuidadosos, porque no sabemos qué mínima palabra, expresión o gesto que llevemos acabo podría anudar o desanudar de manera peligrosa esas cadenas de pensamientos, así como también podría hacerlo de manera beneficiosa. Los sentimientos dependen mucho de esos pensamientos, y la salud depende mucho de los sentimientos. Creo que cosas como los gritos, los comentarios sarcásticos o burlones, y las verdades en estado bruto son las maneras más peligrosas de tratar a alguien. Cualquier falta de respeto también es peligrosa.
Cariño. Suavidad. ¿Qué tanto nos cuesta comprender esas palabras, y el impacto que podrían tener en el mundo, en las personas que nos rodean, si llenáramos nuestras acciones con ellas? Ni nos imaginamos cuánto más llevadero podemos hacer el día de alguien con una simple sonrisa al cruzarlo en la calle, o con un pequeño cumplido (siempre sincero) o reconocimiento a cualquier virtud que demuestre, por pequeña que sea. A veces las personas hacen muchas cosas buenas o bien, y que alguien se los reconozca es como darle un poco de energía nueva para que continúen así, o incluso para que mejoren; muchos pueden rendirse si ven que nadie parece darse cuenta de lo que hacen, porque así reciben la sensación de que no están haciendo nada útil.
No estoy hablando de alabanzas y adulaciones, sino de respeto, amabilidad, y sinceridad. Si pensamos algo bueno de alguien, si alguien significa algo para nosotros, ¿por qué no hacérselo saber? Tal vez no lo necesite, pero tal vez sí, y tal vez no le importe, pero tal vez le haga bien, y fuese como fuese, de cualquier manera sí nos haría sentir bien a nosotros expresarlo.
Tratarnos bien. Intentar no lastimarnos, o lastimarnos lo menos posible. ¿Tan difícil es? Realmente sí. Quizá no estemos preparados para actuar de esa manera, pero aún si nuestro cuerpo y nuestra mente estuvieran diseñados para sobrevivir sin importar la supervivencia del otro, ¿por qué no cambiar eso? ¿Dónde está el libre albedrío del que tanto nos enorgullecemos si en realidad nunca contradecimos a la naturaleza? Quizá tratándonos bien no necesitemos muchas otras cosas, y la ciega avaricia que gobierna a tantas personas hoy no nos llenaría de problemas a nivel mundial.
Yo no sé lo que piensan los demás, pero aún si somos sólo dos o tres "tontos" los que queremos vivir así, aún si soy yo el único "idiota" que quiere dejar la menor cantidad de "mierda" posible al pasar por este mundo, voy a esforzarme por lograrlo, porque quisiera que este mundo fuera un sitio mejor, y esa es mi manera de transformarlo, o en otras palabras, mi patético "granito de arena" para intentar mantener satisfecha a mi conciencia.
viernes, 19 de julio de 2013
Abrazos Gratis
Desde el momento en que vi por primera vez un video de un chico parado en medio de la ciudad, sin trasladarse mientras a su alrededor docenas de personas simplemente lo esquivaban, tal vez sin siquiera percatarse de que era una persona, quise hacerlo. Él tenía sus brazos elevados, y en sus manos sostenía un cartel muy simple que decía "Free Hugs" ("Abrazos Gratis", en español). Me propuse hacer lo mismo, a ver qué se sentía en la experiencia. Sin embargo, pensaba hacerlo recién el año que viene, cuando me marchase a la ciudad, pero hace unas semanas, hablando con una compañera de clase (creo que ella no se sentiría cómoda si le digo "amiga", pero yo soy su amigo), ella me dijo que alguna vez le gustaría hacerlo también, y que alguna vez definitivamente lo haría. Yo aproveché la oportunidad y la invité a que lo hiciéramos juntos (la vergüenza que produce la timidez es menor cuando se comparte; es más llevadera que tener que cargar con toda tú mismo, creo). Hoy, viernes 19 de julio (2013), finalmente lo hicimos.
Salí de mi casa a las 8:55 de la mañana, porque a las 9 debíamos encontrarnos en la plaza. Llevaba mi pequeño cartel enrollado en mi bolsillo canguro, y realmente no quería hacerlo. Tenía mucha, demasiada vergüenza de caminar por la calle, en frente de la gente, con aquel cartel extendido entre mis manos. Anduve por la plaza deseando que ella no se atreviera a venir, y cuando estaba a punto de regresarme con el estómago dado vuelta por la inseguridad, ella apareció en una esquina, a las 9:10. Entonces no hubo remedio, porque debía cumplir con el trato. Tuve que enfrentar mi miedo, pues, al fin y al cabo, era algo que tenia muchas ganas de experimentar.
Desdoblé mi cartel tomando un poco de la valentía que ella dejó ir al desdoblar el suyo, y empezamos a caminar, cada uno por un lugar diferente. Aunque es un pueblo pequeño, no demoré en cruzarme con la primera persona: era un hombre ya anciano, alto, de rostro serio; noté que leyó mi cartel, y al instante desvió la mirada, su rostro se hizo más serio y agachó la cabeza para encender un cigarrillo. Estaba claro que no iba a abrazarlo. La siguiente fue una mujer anciana, que me saludó con expresión seria y siguió camino. Después me crucé con dos jóvenes, un chico y una chica; él leyó mi cartel y se sonrió, y en seguida le dijo "dale, abrazalo, dale un abrazo al chico", pero ella se negó.
Cuatro personas y ningún abrazo, pero finalmente, incluso cuando estaba a unos treinta metros, supe que la quinta persona me abrazaría: era una chica de aproximadamente mi edad, tal vez un poco menos, que vio mi cartel y empezó a reír. Su timidez casi la hace pasar de largo, pero a último momento me atreví a preguntarle directamente "¿querés un abrazo"?, y ella dijo "bueno" torciendo la cabeza, y entonces, al fin, tuve mi primer abrazo de la mañana (la cual por cierto estaba muy fría, ideal para abrazar). Desde ese momento hasta ahora, no he perdido la sonrisa. Vaya, qué incontrolables ganas de sonreír me quedaron después de ese primer abrazo. Supongo que ese es el fin principal de la experiencia: alegría en estado puro, genuina, casi infantil, que parece no tener ningún sentido.
Luego me crucé con más personas, pero ninguna me abrazó. Una de ellas, al ver mi cartel, se cambió de vereda. Después acerqué a unas mujeres que estaban limpiando una iglesia y les ofrecí un abrazo: una de ellas se rió mucho, pero la otra me miró seria y me preguntó "¿para qué?", y casi sin detenerse a escuchar mi respuesta ya se alejó.
En fin, los únicos abrazos que recibí fueron los de aquella chica y el de Noe, mi compañera de dar abrazos, que ciertamente tuvo más suerte, y dio como diez. Pero no se trata de "recolectar" abrazos o algo así, sino simplemente de dar los tuyos, y recibir otros a cambio. Mis dos abrazos son todo lo necesario para alegrarme el día.
Volveré a repetir la experiencia cualquier día de estos. Vale la pena hacerlo, se pasa un momento muy lindo.
Salí de mi casa a las 8:55 de la mañana, porque a las 9 debíamos encontrarnos en la plaza. Llevaba mi pequeño cartel enrollado en mi bolsillo canguro, y realmente no quería hacerlo. Tenía mucha, demasiada vergüenza de caminar por la calle, en frente de la gente, con aquel cartel extendido entre mis manos. Anduve por la plaza deseando que ella no se atreviera a venir, y cuando estaba a punto de regresarme con el estómago dado vuelta por la inseguridad, ella apareció en una esquina, a las 9:10. Entonces no hubo remedio, porque debía cumplir con el trato. Tuve que enfrentar mi miedo, pues, al fin y al cabo, era algo que tenia muchas ganas de experimentar.
Desdoblé mi cartel tomando un poco de la valentía que ella dejó ir al desdoblar el suyo, y empezamos a caminar, cada uno por un lugar diferente. Aunque es un pueblo pequeño, no demoré en cruzarme con la primera persona: era un hombre ya anciano, alto, de rostro serio; noté que leyó mi cartel, y al instante desvió la mirada, su rostro se hizo más serio y agachó la cabeza para encender un cigarrillo. Estaba claro que no iba a abrazarlo. La siguiente fue una mujer anciana, que me saludó con expresión seria y siguió camino. Después me crucé con dos jóvenes, un chico y una chica; él leyó mi cartel y se sonrió, y en seguida le dijo "dale, abrazalo, dale un abrazo al chico", pero ella se negó.
Cuatro personas y ningún abrazo, pero finalmente, incluso cuando estaba a unos treinta metros, supe que la quinta persona me abrazaría: era una chica de aproximadamente mi edad, tal vez un poco menos, que vio mi cartel y empezó a reír. Su timidez casi la hace pasar de largo, pero a último momento me atreví a preguntarle directamente "¿querés un abrazo"?, y ella dijo "bueno" torciendo la cabeza, y entonces, al fin, tuve mi primer abrazo de la mañana (la cual por cierto estaba muy fría, ideal para abrazar). Desde ese momento hasta ahora, no he perdido la sonrisa. Vaya, qué incontrolables ganas de sonreír me quedaron después de ese primer abrazo. Supongo que ese es el fin principal de la experiencia: alegría en estado puro, genuina, casi infantil, que parece no tener ningún sentido.
Luego me crucé con más personas, pero ninguna me abrazó. Una de ellas, al ver mi cartel, se cambió de vereda. Después acerqué a unas mujeres que estaban limpiando una iglesia y les ofrecí un abrazo: una de ellas se rió mucho, pero la otra me miró seria y me preguntó "¿para qué?", y casi sin detenerse a escuchar mi respuesta ya se alejó.
En fin, los únicos abrazos que recibí fueron los de aquella chica y el de Noe, mi compañera de dar abrazos, que ciertamente tuvo más suerte, y dio como diez. Pero no se trata de "recolectar" abrazos o algo así, sino simplemente de dar los tuyos, y recibir otros a cambio. Mis dos abrazos son todo lo necesario para alegrarme el día.
Volveré a repetir la experiencia cualquier día de estos. Vale la pena hacerlo, se pasa un momento muy lindo.
sábado, 29 de junio de 2013
Una Vez...
Cuando iba a noveno año, o primero del polimodal (2010
o 2011), una tarde salí del colegio, posiblemente de la clase de Informática, y
fuimos con unos compañeros a sentarnos un rato en la plaza del pueblo. Ahí
estaba uno de aquellos extranjeros que apenas conocen el idioma español,
sentado en uno de los bancos, con un puesto repleto de aros, pulseras, collares
y demás cosas por el estilo frente a él. Por la mañana, desde el salón de
clases algunos ya le habían gritado estupideces a través de la ventana,
creyendo que se burlaban de él, pensando que eran graciosos, supongo.
Consideraban que el color oscuro de su piel era motivo para hacerlo (siempre
detesté a mis compañeros de clase; no a todos, por supuesto, y no a las chicas,
pero sí a algunos chicos). Como fuese, mis compañeros se detuvieron a mirar la
mercancía (a mí esas cosas siempre me interesaron muy poco, así que no presté
mucha atención) y preguntaron algunos precios. Uno de ellos en particular me
preguntó qué opinaba acerca de algunos collares, porque quería hacerle un
regalo a una chica. ¿Qué podía saber yo de regalarle un collar a una chica?
¿Qué podía saber yo de regalarle algo a alguien? Le dije que cualquiera estaba
bien, que lo que importaba era la intención del gesto (o al menos eso creo ahora
que le dije).
Después de no comprar nada, todos fuimos hasta el
banco a unos veinte metros de ahí, y nos sentamos a dilapidar la tarde. No pasó
mucho tiempo cuando aquel tipo se puso de pie, nos hizo algunas señas, y con el
poco español que naufragaba en su lengua nos pidió que le cuidáramos el puesto
mientras él cruzaba la calle para ir a la panadería del frente y compraba algo
de comer. Le respondimos que sí y nos acercamos. Mientras caminábamos hacia
ahí, comprendí perfectamente lo que significaban las sonrisas y los murmullos
que empezaban a medrar entre ellos, mis compañeros, pero pensé “no, no son tan
hijos de puta como para hacerlo en serio”, y me equivoqué. Se hicieron algunos
comentarios acerca de aprovechar la situación y tomar algunos aritos, y yo
lancé varios “no, changos” muy tibiamente, todavía con escepticismo respecto a
que en verdad pudieran robarle tan miserablemente algo a aquel extranjero.
Al ver que sus manos empezaban a moverse, tuve que
dejar de lado aquella tibieza. Me habría encantado ir directamente a la
violencia y darles un buen puñetazo en la cara a cada uno (creo que eran tres),
porque sinceramente creo que se lo merecían, pero no soy capaz de golpear a
nadie, y mucho menos a alguien que luego tendré que ver todas las mañanas. Por
eso tuve que recurrir a otro método para controlarlos: les dije que si tomaban
algo, yo se lo contaría al dueño. Al principio sólo rieron, pero supongo que la
expresión de mi rostro fue lo suficientemente seria como para convencerlos de
que en verdad lo haría, luego de decirlo dos o tres veces más. Sí lo iba a
hacer, no era sólo una amenaza. Uno de ellos me dijo varias veces “baah,
chango, qué puto que sos”, pero no me importó, por supuesto. Logré mantenerlos
al margen del delito, por suerte, en aquella ocasión.
El hombre finalmente regresó, nos agradeció (aunque
parecía algo triste; todavía estoy seguro que pensaba algo como “bueno, seguro
me quitaron algo, pero ya está”), y nosotros, casi peleados, nos dispersamos:
yo hacia mi casa, y cada uno de los otros no sé a dónde.
Hasta el día de hoy me siento bien por haber podido
evitar que mis compañeros hicieran una estupidez (ya saben, tengo ese
sentimiento tonto, infantil y autocomplaciente de haber hecho lo correcto),
pero también me siento mal, porque comprobé que su nivel de estupidez era
incluso más alto de lo que yo creía, convirtiéndolos en personas,
lamentablemente, dañinas y peligrosas.
domingo, 21 de abril de 2013
Egocentrismo
Soy demasiado egocéntrico. Por eso siempre estoy cargando con las culpas de los demás, como si fueran mi responsabilidad. Y no sólo con las culpas, sino que también me pongo sobre los hombros el sufrimiento de personas a las que ni siquiera conozco, que nunca he visto y que nunca voy a ver. Eso causa un agobio increíble que logra incluso quitarme los deseos de vivir de vez en cuando.
Todo porque me siento lo suficientemente capaz (cosa que es ridícula) para intervenir en cada conflicto de este mundo, y eso es un autoengaño.
La frase “si no eres parte de la solución, eres parte del problema” se grabó de manera imborrable en mí desde la primera vez que la leí (quizá hace seis o siete años), y es que debido a mi aguda autocrítica no había manera de que no la incorporara como si se tratara de un axioma. Es válida para muchas ocasiones, pero hay muchas más en las que no tiene sentido, pues la realidad es ampliamente más grande que nosotros, y encima somos mortales (si no lo fuéramos podríamos arriesgarnos mucho más, ya que en verdad no tiene sentido morir luchando por algo que ni siquiera sabes si conseguirás).
Lo del “granito de arena” o la “gota del mar” no sirve para consolarme. Soy mucho más exigente que eso, y comprendo que mi pequeño aporte y el pequeño aporte de nadie no sirve para nada si no aportan TODOS, y eso es en verdad imposible, excesivamente ideal; somos demasiados en el mundo.
Hago lo que puedo, intento cumplir con mi parte de la mejor manera, pero no me siento satisfecho, mi egocentrismo me golpea sin cansancio la cabeza para decirme que puedo hacer incluso más, que puedo hasta salvar el mundo si me lo propongo, pero eso es una ridiculez y una cursilería.
De vez en cuando, por momentos muy fugaces, me encantaría disolverme en el aire por un par de años, y luego volver formarme con ideas renovadas y oxigenadas. Mi melodramática mente necesita un descanso.
Todo porque me siento lo suficientemente capaz (cosa que es ridícula) para intervenir en cada conflicto de este mundo, y eso es un autoengaño.
La frase “si no eres parte de la solución, eres parte del problema” se grabó de manera imborrable en mí desde la primera vez que la leí (quizá hace seis o siete años), y es que debido a mi aguda autocrítica no había manera de que no la incorporara como si se tratara de un axioma. Es válida para muchas ocasiones, pero hay muchas más en las que no tiene sentido, pues la realidad es ampliamente más grande que nosotros, y encima somos mortales (si no lo fuéramos podríamos arriesgarnos mucho más, ya que en verdad no tiene sentido morir luchando por algo que ni siquiera sabes si conseguirás).
Lo del “granito de arena” o la “gota del mar” no sirve para consolarme. Soy mucho más exigente que eso, y comprendo que mi pequeño aporte y el pequeño aporte de nadie no sirve para nada si no aportan TODOS, y eso es en verdad imposible, excesivamente ideal; somos demasiados en el mundo.
Hago lo que puedo, intento cumplir con mi parte de la mejor manera, pero no me siento satisfecho, mi egocentrismo me golpea sin cansancio la cabeza para decirme que puedo hacer incluso más, que puedo hasta salvar el mundo si me lo propongo, pero eso es una ridiculez y una cursilería.
De vez en cuando, por momentos muy fugaces, me encantaría disolverme en el aire por un par de años, y luego volver formarme con ideas renovadas y oxigenadas. Mi melodramática mente necesita un descanso.
sábado, 18 de agosto de 2012
El Humano
El mundo de los humanos está tan demacrado porque se
comete el absurdo error de creer que el humano es un ser sociable.
No conozco la realidad de los demás, pero aún así me
atrevo a decir que el humano es uno de los animales más egoístas. Es fácil darse
cuenta, ya que cree que tiene el derecho de matar a cualquier mosca o mosquito
que anda a su alrededor sólo porque le molesta su zumbido, o el de comerse a
cualquier otro habitante de la Tierra; también cree que su vida vale más que
cualquier otra, se trate de una diminuta hormiga o de algo mucho más grande que
él, como un elefante.
El humano es capáz de generar y reproducir hasta los
sentimientos más inimaginados en el mundo natural, como el odio, la envidia, la
avaricia, el orgullo; y también puede cometer actos irrisorios que a ningún
otro ser sobre la Tierra podrían ocurrírseles, como el infligir dolor/asesinar
por placer y mentir.
Claramente en esto se basan todos los problemas de la
sociedad. ¿Cómo un ser tan egoísta puede pretender vivir en comunidades
numerosas? Una sociedad numerosa sólo da lugar a competencias disparatadas y
compulsivas, ya que las personas también tienen una fascinación por las
comparaciones; el humano se pasa comparando todo: las cosas, las personas, los
otros animales, y hasta a ellos mismos. Y lo peor no es eso, sino que también
se dedica a calificar, y al ser tan egoísta siempre quiere ser superior a los
demás. Entonces, en la búsqueda de esa supuesta superioridad es donde aparece
el odio y el desprecio, y todos los demás sentimientos que surgen de estos.
Las pruebas de que las comunidades más pequeños son
las más convenientes para una especie como la humana no sólo se encuentra en la
actualidad (los pueblos/aldeas pequeño/as prácticamente nunca sufren la
delincuencia, y sus habitantes viven en paz con la naturaleza), sino que
también en el pasado: las tribus aborígenes de América que vivían en grupos
pequeños subsistían sin molestar a nadie, eran generosas y hospitalarias (más
allá de que seguramente tenían sus defectos), pero las “civilizaciones” más
numerosas e “importantes”, como la azteca y la inca, eran tan o más violentas y
sanguinarias que las europeas, sometiendo y esclavizando (además de asesinando
y mutilando) a las tribus más pequeñas.
Con esto no estoy intentando decir que el humano es
la peor criatura sobre la Tierra (más allá de que realmente lo sea),
simplemente quiero dar mis argumentaciones por las cuales creo que puede vivir
mucho mejor si se organiza en grupos pequeños, y no en ciudades enormes. Y al
referirme al humano en tercera persona no pretendo aparentar ser superior al
resto, sino ser objetivo, ver la realidad como espectador y no como
protagonista, ya que creo que no hace falta que diga que también soy humano.
viernes, 20 de abril de 2012
El Salvador
A veces pienso acerca de la situación del mundo, y lo hago muy seguido; más de lo que quisiera; más seguido de lo que cualquier persona podría considerar normal o incluso saludable. Pienso, y entonces siento muchas cosas. La mayor parte de ellas es frustrante y carcome irreversiblemente la frágil y escasa esperanza que aún queda en mí.
"¿Qué debo hacer?", pienso una y otra vez como si de eso dependiera mi vida, y tal vez lo haga. No tengo ningún súper poder, o poder, ni siquiera tengo alguna capacidad bien desarrollada o algún talento. ¿Entonces qué puedo aportar a este mundo? ¿Qué puedo hacer para acabar con la corrupción, con los abusos de poder, con la esclavitud, con toda la injusticia y el mal que invaden nuestra sociedad? No llegan muchas respuestas a mi mente, y las pocas que llegan son tan diminutas que si las llevara acabo, sus resultados jamás se notarían. En este aspecto soy demasiado codicioso, y eso me lleva a un estado constante de depresión y desesperación, a un auto-desprecio que me obliga a catalogarme como la peor basura sobre esta Tierra (aunque soy perfectamente consciente de que existen personas que son mucho más basura que yo, y basura demasiado tóxica y contaminante).
No quiero hacer entrar en razón a una persona, quiero salvar al mundo.
En este mundo hay suficiente riqueza (tanto la real como la económica) para que TODOS los seres humanos vivamos en condiciones aceptables, buenas, e incluso muy buenas, hasta caprichosamente buenas. ¿Por qué tanta gente tiene que sufrir tanto?
Entonces miro a mi alrededor, a la gente común con la que deberíamos ser compañeros en esta lucha por un cambio extremo, y pienso: "Vaya... ¿a estas personas quiero salvar?". Primero creía que esa estupidez que encontraba en mi entorno era sólo una excusa para no esforzarme, pero no, esas personas no merecen ser salvadas. Veo la forma en que viven, la forma en que se miran y se hablan, la forma en que desquitan su odio a los culpables contra los inocentes... El tiempo corre frente a ellos y no les importa nada de la persona que está a su lado, sólo quieren aferrarse a una felicidad estúpida sin importarle la miseria que provocan o dejan provocar a su alrededor. ¿Y puedo juzgarlos por eso? Claro que no, todos los seres humanos corremos desesperadamente tras nuestra propia felicidad desde que nacemos, pero la diferencia entre ellos y yo, es que yo soy consciente de mi desagradable y ruin egoísmo, mientras ellos a veces incluso llegan a creer que es "amor" lo que los moviliza.
En esto se centra nuestro problema (el de la gente común), en nuestro deseo insaciable de ser héroes. Queremos ayudar a los demás, queremos salvarlos porque creemos que podemos hacerlo y que ellos lo necesitan. Pero es obvio que nuestra intención real no es hacer bien al otro, sino sentirnos bien con nosotros mismos, poder pensar "hoy he sido de mucha ayuda... hoy mi vida tuvo sentido" antes de ir a dormir. Los seres humanos somos egoístas por naturaleza, y no tiene nada de malo. El problema es que hacemos funcionar de manera equivocada nuestro egoísmo. Si cada uno de nosotros dejara de mirar a su alrededor para hacerse el héroe solucionando problemas ajenos, podríamos dedicarnos completamente a solucionar los nuestros y todos podríamos aferrarnos a la felicidad sin preocuparnos de que los demás no lo logren.
Las contradicciones que tengo todo el tiempo asustan, pero es realmente como pienso. Y la verdad, nunca sé lo que pienso en serio y lo que sencillamente invento...
miércoles, 8 de febrero de 2012
Humanidad ...
Esta mañana, en la provincia de Buenos Aires, un hombre francés salió de su hotel a las 8:00.
Su nombre ya no interesa, pero su edad era de 52 años.
Él había venido de vacaciones a este hermoso país llamado Argentina con dos compañeros más, pero ellos regresaron a Francia. Era geólogo y sus pasiones eran el buceo, la naturaleza, la vida silvestre y la fotografía; cosas maravillosas tanto de forma individual como combinadas. Además, trabajaba con el departamento de medio ambiente de Haut-Rhin.
Bueno, como les decía, esta mañana, luego de despedir a sus compañeros, salió por la ciudad de Buenos Aires con su cámara para recorrerla y tomar fotografías. Luego tenía previsto encaminarse hacia el sur, a la helada y colorida Patagonia, pero eso ya no podrá ser: Cuando se encontraba tomándole una fotografía al Monumento a los Caídos en Malvinas, en la Plaza San Martín, una persona (¿?) se acercó a él y lo apuñaló para quitarle... la puta cámara fotográfica...
Y ya no sé cómo seguir esto...
Una puta cámara fotográfica... 52 años vividos; tal vez unos 30 por vivir... Y una puta cámara fotográfica...
Cuando empecé a escribir esto, tenía planeado describir muy lenta y certeramente todo lo que debería hacérsele a esa persona (¿?) que treinta metros después de apoderarse de la cámara caminaba muy tranquilamente revoleando la correa de la misma, como si el mundo hubiera sido creado para él, pero ya no quiero escribir eso; Ahora estoy lleno de lágrimas y con la nariz chorreando, sólo quiero decir "Basta, esto está mal...", sólo quiero saber y pensar qué es lo que puedo hacer para cambiar esto, sólo quiero lograr hacerme creer que realmente puedo cambiarlo. Ya no me importa ni cómo ni por qué llegamos a esto, sólo quiero decir "Basta, esto está mal...", sólo quiero qué pare.
¿Qué podemos hacer? ¿Qué estamos haciendo? ¿Qué es lo que vamos a hacer?
PD: Una de las cosas que más le gustaba era fotografiar insectos...
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sangre,
vergüenza,
violencia
lunes, 15 de agosto de 2011
Demasiado Pedir...
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