Ella no entendía a las estrellas, no entendía el canto de sus luces. Su piel no sabía jugar con una brisa, ya sea matutina o nocturna, y si su cabello, de casualidad, empezaba a hacerlo, a ella no le interesaba. Tampoco le importaba si su voz se mecía lentamente por el aire hasta empujar una sonrisa a mi rostro, y me invitaba a descansar, o si llegaba alterada a inquietar mis oídos. Ella no creía que la profundidad de sus pupilas llegara hasta su alma, o hasta la mía, ni que sus ojos tenían el derecho de robarse cualquier luz sólo porque tenían el deber de dejarla ir otra vez, y regalársela a alguien más. Ella no sabía lo que era un paseo, simplemente usaba sus piernas, llevaba un pie adelante, y luego adelantaba al que había quedado atrás; eso era todo. Ella no sabía que la magia existe, y por lo tanto, tampoco sabía que hay que liberarla de los sitios donde se esconde, y mucho menos sabía que una vez liberada, la magia entabla una lucha contra el tiempo, y siempre le gana. Ella no creía en los sueños, pensaba que la energía provenía simplemente del dormir, y una vez que despertaba no había nada más que lo que había. Ella no sabía la libertad, tenía más fe en las miradas ajenas que en las suyas, y creía que lo que sentía era sólo eso, sentimientos que pertenecían a su interior y allí debían quedarse. Ella no sabía que la lluvia limpiaba mucho más que los tejados, ni que un par de chaparrones podían descubrir la vida que había quedado cubierta bajo los años. Ella no sabía que se podía amar sin tocar, soñar sin dormir, sentir sin razón, dar sin devoluciones, entregarse sin perderse, llorar sin sufrir; ni que se podía herir sin intención.
Aún así, o quizá por eso, él la amaba.
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viernes, 12 de diciembre de 2014
jueves, 20 de marzo de 2014
Angustia. Tristeza.
A veces miro mi cuerpo, y observo su madura juventud con tristeza, o tal vez con melancolía. Pero esta melancolía no viene del pasado, sino que nace de lo que vendrá, y de lo que podría venir. Miro mi cuerpo y me siento un viejo con el disfraz de un joven, no porque sienta que desperdicié mi adolescencia o que estoy desperdiciando mi juventud, mucho menos mi niñez (no tuve la vida más emocionante de todas, ni viví aventuras dignas de ser contadas, pero no me arrepiento de la manera en que viví, porque la disfruté, y mucho); me siento así porque estoy cansado. Estoy cansado de mis pensamientos, de mi reflexión, de mi capacidad de distanciarme emocionalmente de las cosas y lograr una postura completamente objetiva que termina destruyendo mis esperanzas de encontrar algún resto de genuina calidez o amor en las personas que me rodean; pero hablando más correctamente, no me arrepiento de mis pensamientos, al contrario, me siento muy satisfecho con ellos, pero lo que sucede es que esta tristeza que siento puede acabar de dos maneras: una, cambiando la realidad del mundo, o dos, dejando de pensar; sin lugar a dudas, dejar de pensar resulta mucho más fácil, porque el cambio necesario para solucionar el problema de egoísmo indiferente en este mundo es de una escala que sobrepasa la capacidad de una e incluso de miles de personas. Mis pensamientos no tienen la culpa, sólo es más sencillo culparlos a ellos. Y deteniéndome a pensar más, creo que ni siquiera estoy cansado del insalubre nivel de egoísmo de la mayoría de mis compañeros de especie, creo que eso ni siquiera me importaría si pudiera ser capaz de encontrar en mí aunque sea un grano de verdadero amor, o generosidad, o incluso, al menos odio o desprecio, porque simplemente parece no importarme ni la felicidad ni la desgracia ajena, parece que soy incapaz de percibirlas o de compartirlas. Creo que lo único que puedo sentir realmente es la tristeza, la tristeza de no poder sentir: a veces, me encuentro a mí mismo haciendo fuerza para llorar, haciendo fuerza para sufrir, como queriendo forzarme a mí mismo a sentir algo que en realidad no siento, y termino llorando, no porque haya logrado sentir eso que buscaba, sino justamente porque me derrumbo al no lograr sentirlo. La verdad, no me importa un carajo si las personas no son capaces de notar el dolor ajeno, de preocuparse por el malestar de su par y extenderle una mano para sacarlo de la angustia; no me importa si sólo se preocupan por cuidar su propio culo, haciendo que eso signifique perjudicar al del otro si es necesario; no me importa si tratan a sus supuestos seres queridos como meras máquinas succionadoras de soledad o como fuentes de placer físico; no me importa si se hacen las víctimas y se preguntan con lágrimas en los ojos qué hicieron para merecer que “la vida los trate así”; lo único que me importa, lo único que me duele realmente, es tener la certeza de que yo también soy así.
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sábado, 21 de diciembre de 2013
Ideales. Personas. Pensamientos. Sentimientos. Deseos. Sentimientos Otra Vez.
Si mis ideales me alejan de
las personas que más quiero, ¿qué debería pensar? ¿Debería reconsiderar mis
ideales y suprimirlos, o cambiarlos por otros para ser más compatible con esas
personas que podrían alejarse? ¿O debería pensar que simplemente mis
sentimientos no son correspondidos, y si no me aceptan como soy, aunque los
quiera, en realidad esas personas no son las adecuadas para mí? Ambas opciones
son dolorosas, ambas destruyen una parte importante de mí, pero a veces no hay
opciones cómodas o fáciles, y las cosas deben ser como deben ser, y ya.
Una característica mía
siempre fue la de ser un “desligado”, tanto con las cosas como con las
personas, y me adaptaba rápida y fácilmente a las ausencias, lo suficiente
incluso como para creer que ni siquiera tenía sentimientos. Ahora me duele
alejarme de alguien que aprecio tanto; me duele saber que no puedo hablarle
más, que no puedo escucharla, que no puedo compartir más nada con ella, que
simplemente dejamos de ser lo que éramos, que convertimos todo lo nuestro en
simples e intangibles recuerdos.
Siempre me molestó no sentir
eso, siempre deseé eso de tener la sensación de que realmente necesitas a la
otra persona, porque me parecía una prueba irrefutable de la existencia de
sentimientos en tu ser, y ahora, como el típico tonto que quiere lo que no
tiene, me arrepiento de haberlo deseado, de haberlo buscado, y de haberlo
encontrado. Siempre pensé más de lo que sentí, pero ahora es como si casi no
pensara, como si me hubiese dejado llevar totalmente por los sentimientos, y
ahora estoy a la deriva.
Ahora es como si naufragara
entre sentimientos, pero antes he naufragado en pensamientos, y ciertamente
ambos naufragios son angustiantes, pero prefiero este, porque es más hermoso.
Ya me cansé de pensar. Sí, hace tiempo que me cansé de pensar; era este
sufrimiento tan ilógico e irracional lo que estaba buscando, un sufrimiento poco
civilizado y más humano, porque es más salvaje, más puro, más genuino, no está
calculado. Todo esto es algo nuevo para mí, algo que antes creía inalcanzable,
y aunque suene contradictorio (porque tal vez así lo sea), lo estoy
disfrutando, porque si bien duele, no deja espacios vacíos, como sí lo hace el pensamiento,
que todo el tiempo está haciendo preguntas, y luego más preguntas acerca de las
preguntas anteriores y sus respuestas.
Pero regresando, ¿qué debo
hacer con esas personas que quiero y mis ideales alejan? ¿Qué debo hacer con
esos ideales que alejan a esas personas que quiero? Mis ideales son de las
cosas en las que más confío, me dan mucha seguridad, e incluso estoy orgulloso
de ellos, porque creo que son un equilibrio entre el pensamiento y los
sentimientos, y no es cosa fácil encontrar el equilibrio, el punto medio entre
los extremos, principalmente para personas como yo. Y las personas que quiero
son las que hacen más interesante mi vida, las que le dan esperanza, ilusiones,
las que me salvan de la locura de la soledad, en el sentido negativo de la
palabra.
¿Por qué siempre hay que
elegir? ¿Por qué siempre las cosas tienen que ser como tienen que ser? Tal vez
lo más emocionante de esta vida sea luchar para que las cosas sean diferentes a
como se supone que tienen que ser; tal vez la solución es ser caprichosos y
buscar que el mundo sea el mundo que nosotros queremos; tal vez lo más
asombroso y hermoso no son las cosas que nos han dado o que nos encontramos en
este mundo, sino las que hemos transformado, a gusto o disgusto…
martes, 19 de noviembre de 2013
No Quiero Olvidar
¿Qué será de nosotros si no existe más? Sé que es una
postura egoísta, pero me parece horrible la idea de que la muerte, a pesar de
ser sólo una parte del círculo elemental de la vida (que es movimiento,
cambio), sea un definitivo final para nuestra individualidad; es horrible la
idea de que no haya algo más, y tras la muerte simplemente dejemos de existir, o nos fundamos en algo que carece de
divisiones, y perdamos nuestra patéticamente diminuta y confundida personalidad
(que a pesar de eso resulta extremadamente hermosa y satisfactoria) para formar
parte de algo más universal.
Si morir es cambiar, no tengo
problemas con eso, pero si morir es dejar de existir o renunciar totalmente a la individualidad, no quiero hacerlo jamás (porque sin dudas es hermoso sentirse anónimo, parte
de todo, pero quiero hacerlo sabiendo también acerca de mis diferencias con lo
demás; necesito la diversidad, que no es división, sino cambio; si todo y todos
somos lo mismo, no hay cambio, por lo que no habría vida, y la existencia sería
demasiado triste, sería muerta). Todo
lo que he sido, lo que conocí, lo que recibí, ha quedado recolectado en forma
de recuerdos dentro de mí, y por algunos de ellos no me preocupo, a algunos ni
siquiera los quiero, pero otros son hermosos, y además de amarlos, los
necesito. No quiero que desaparezcan, así como desaparecieron del presente las
situaciones, los sonidos, las fragancias, las sensaciones, y las personas con
las que están construidos.Quiero ser esto que moldearon los pensamientos de mi propio cerebro, mis experiencias, mis viajes, mis errores, mis aciertos, mis miedos, mis alegrías, mis conocidos, mis amigos, el amor que di y el amor que he recibido… Y aunque use adjetivos posesivos para referirme a todas estas cosas (aunque me parece feo tener que llamarlas “cosas”), ninguna me pertenece, porque yo soy mi única pertenencia, ni siquiera soy lo que hago, y de hecho ni sé muy bien qué es lo que soy, o mejor dicho dónde está eso que soy, pero soy lo que todo eso ha construido a lo largo de los años, y seguirá construyendo, y destruyendo también, porque de eso se trata, del cambio, de la recomposición.
viernes, 8 de noviembre de 2013
Si Me Voy Pronto
Por si me voy pronto, toma mi mano y sostenla mientras los grillos empiezan a llorar las primeras estrella.
Por si me voy pronto, dime lo que estás pensando, lo que sientes cuando mis ojos le piden cobijo a los tuyos y mis dedos se refugian entre los tuyos para escapar de la paranoia y la incredulidad.
Por si me voy pronto, descansa tu cabeza en mi hombro, tus labios en mi mejilla, y hazme saber que valió pena venir aquí, porque todas las heridas se convertirán en calma blanca cuando pases por mí.
Por si me voy pronto, destruye tus secretos en mis oídos, para volver a reconstruirlos juntos y que no pesen tanto dentro de tu pecho.
Por si me voy pronto, lléname de tu voz, cántame la canción que tanto conocemos, susúrrame la paz, cuéntame la felicidad, conviérteme en un simple oyente maravillado por la belleza.
Por si me voy pronto, acércate y déjame ver tu rostro, la humedad de tus ojos arrastrándose lentamente por tus párpados pero sin llegar a tus pestañas, las líneas de tus labios oscureciendo el rosa, los lunares decorando tus mejillas y tu cuello, tu pecho elevándose durante las inhalaciones y relajándose al suspirar, los dedos de tus pies jugando con la casualidad de hacer algo sin siquiera darte cuenta.
Por si me voy pronto, escucha todo lo que tengo que decirte, incluido lo que preferiría que no supieras, e intenta comprenderlo, porque la forma de mis pensamientos y mis sentimientos se amputa y se contamina con lo concreto de las palabras, y tal vez también con lo abstracto de los miedos.
Por si me voy pronto, acompáñame esta noche, regálame un insomnio dulce, un sueño real que me quite la necesidad de dormir, que esté a mi lado al abrir los ojos, que pueda sentirse al rozar mi piel y al mecerse por el aire.
Por si me voy pronto, abrázame, deshazme entre tus brazos y llévame a ti, quiero pasar ahí el resto de mi tiempo.
Por si me voy pronto, hablemos, charlemos de lo que sea, riamos, miénteme tonterías, inventa cursilerías, y escucha las mías, juguemos.
Por si me voy pronto, no pienses en el pasado, no te pido que perdones mis errores, concédeme el presente para no volver a tener la necesidad y la tentación de disculparme.
Por si me voy pronto, no hace falta que me ames, sólo te pido que aceptes todo mi amor, porque no quiero llevármelo conmigo, quiero dejarlo aquí, donde pertenece, contigo.
Por si me voy pronto, sonríeme y hazme saber que en realidad sólo estoy loco al decir todo esto, porque jamás podrías permitirme partir...
Por si me voy pronto, dime lo que estás pensando, lo que sientes cuando mis ojos le piden cobijo a los tuyos y mis dedos se refugian entre los tuyos para escapar de la paranoia y la incredulidad.
Por si me voy pronto, descansa tu cabeza en mi hombro, tus labios en mi mejilla, y hazme saber que valió pena venir aquí, porque todas las heridas se convertirán en calma blanca cuando pases por mí.
Por si me voy pronto, destruye tus secretos en mis oídos, para volver a reconstruirlos juntos y que no pesen tanto dentro de tu pecho.
Por si me voy pronto, lléname de tu voz, cántame la canción que tanto conocemos, susúrrame la paz, cuéntame la felicidad, conviérteme en un simple oyente maravillado por la belleza.
Por si me voy pronto, acércate y déjame ver tu rostro, la humedad de tus ojos arrastrándose lentamente por tus párpados pero sin llegar a tus pestañas, las líneas de tus labios oscureciendo el rosa, los lunares decorando tus mejillas y tu cuello, tu pecho elevándose durante las inhalaciones y relajándose al suspirar, los dedos de tus pies jugando con la casualidad de hacer algo sin siquiera darte cuenta.
Por si me voy pronto, escucha todo lo que tengo que decirte, incluido lo que preferiría que no supieras, e intenta comprenderlo, porque la forma de mis pensamientos y mis sentimientos se amputa y se contamina con lo concreto de las palabras, y tal vez también con lo abstracto de los miedos.
Por si me voy pronto, acompáñame esta noche, regálame un insomnio dulce, un sueño real que me quite la necesidad de dormir, que esté a mi lado al abrir los ojos, que pueda sentirse al rozar mi piel y al mecerse por el aire.
Por si me voy pronto, abrázame, deshazme entre tus brazos y llévame a ti, quiero pasar ahí el resto de mi tiempo.
Por si me voy pronto, hablemos, charlemos de lo que sea, riamos, miénteme tonterías, inventa cursilerías, y escucha las mías, juguemos.
Por si me voy pronto, no pienses en el pasado, no te pido que perdones mis errores, concédeme el presente para no volver a tener la necesidad y la tentación de disculparme.
Por si me voy pronto, no hace falta que me ames, sólo te pido que aceptes todo mi amor, porque no quiero llevármelo conmigo, quiero dejarlo aquí, donde pertenece, contigo.
Por si me voy pronto, sonríeme y hazme saber que en realidad sólo estoy loco al decir todo esto, porque jamás podrías permitirme partir...
viernes, 1 de noviembre de 2013
Tratarnos Bien
Voy a concederme el capricho de escribir las siguientes palabras con la soberbia de creer que son la verdad universal de esta realidad, porque necesito hacerlo de esa manera para sacar de mí algunas pesas agobiantes.
No tenemos ni la más cercana idea de cuán sensible es una persona, de cuán frágil es su mente, y de cuánto pueden vulnerar a su estado de ánimo los factores externos. Y no importa si esto es así por causas hormonales, por procesos físicos, químicos o fisiológicos en nuestro cuerpo, por un creador que así lo quiso, la cuestión es que es así, y por eso, lo que debería ser lo verdaderamente importante es el intentar no dañarlas, no dañarnos.
¿Cómo nos tratamos entre las personas? Creo que ahí radica el verdadero problema de la humanidad, esa es la raíz de todo. ¿Cómo pretender convencer a alguien de cuidar a los otros animales o al medio ambiente, si ni siquiera se preocupa por los que considera sus pares más cercanos, o incluso tampoco por sí mismo?
No conocemos a las otras personas, porque alrededor de cada una de sus palabras, de sus acciones, de sus gestos, de sus creencias, hay toda una red de cadenas de experiencias, de recuerdos que fueron acumulándose a lo largo de toda su vida, y que además fueron construyéndose según la propia manera de reflexionar de cada uno. Por eso jamás podremos comprender qué pasa en la mente de los demás, o por qué, o cómo. Debido a esa incomprensión es que debemos ser cuidadosos, porque no sabemos qué mínima palabra, expresión o gesto que llevemos acabo podría anudar o desanudar de manera peligrosa esas cadenas de pensamientos, así como también podría hacerlo de manera beneficiosa. Los sentimientos dependen mucho de esos pensamientos, y la salud depende mucho de los sentimientos. Creo que cosas como los gritos, los comentarios sarcásticos o burlones, y las verdades en estado bruto son las maneras más peligrosas de tratar a alguien. Cualquier falta de respeto también es peligrosa.
Cariño. Suavidad. ¿Qué tanto nos cuesta comprender esas palabras, y el impacto que podrían tener en el mundo, en las personas que nos rodean, si llenáramos nuestras acciones con ellas? Ni nos imaginamos cuánto más llevadero podemos hacer el día de alguien con una simple sonrisa al cruzarlo en la calle, o con un pequeño cumplido (siempre sincero) o reconocimiento a cualquier virtud que demuestre, por pequeña que sea. A veces las personas hacen muchas cosas buenas o bien, y que alguien se los reconozca es como darle un poco de energía nueva para que continúen así, o incluso para que mejoren; muchos pueden rendirse si ven que nadie parece darse cuenta de lo que hacen, porque así reciben la sensación de que no están haciendo nada útil.
No estoy hablando de alabanzas y adulaciones, sino de respeto, amabilidad, y sinceridad. Si pensamos algo bueno de alguien, si alguien significa algo para nosotros, ¿por qué no hacérselo saber? Tal vez no lo necesite, pero tal vez sí, y tal vez no le importe, pero tal vez le haga bien, y fuese como fuese, de cualquier manera sí nos haría sentir bien a nosotros expresarlo.
Tratarnos bien. Intentar no lastimarnos, o lastimarnos lo menos posible. ¿Tan difícil es? Realmente sí. Quizá no estemos preparados para actuar de esa manera, pero aún si nuestro cuerpo y nuestra mente estuvieran diseñados para sobrevivir sin importar la supervivencia del otro, ¿por qué no cambiar eso? ¿Dónde está el libre albedrío del que tanto nos enorgullecemos si en realidad nunca contradecimos a la naturaleza? Quizá tratándonos bien no necesitemos muchas otras cosas, y la ciega avaricia que gobierna a tantas personas hoy no nos llenaría de problemas a nivel mundial.
Yo no sé lo que piensan los demás, pero aún si somos sólo dos o tres "tontos" los que queremos vivir así, aún si soy yo el único "idiota" que quiere dejar la menor cantidad de "mierda" posible al pasar por este mundo, voy a esforzarme por lograrlo, porque quisiera que este mundo fuera un sitio mejor, y esa es mi manera de transformarlo, o en otras palabras, mi patético "granito de arena" para intentar mantener satisfecha a mi conciencia.
No tenemos ni la más cercana idea de cuán sensible es una persona, de cuán frágil es su mente, y de cuánto pueden vulnerar a su estado de ánimo los factores externos. Y no importa si esto es así por causas hormonales, por procesos físicos, químicos o fisiológicos en nuestro cuerpo, por un creador que así lo quiso, la cuestión es que es así, y por eso, lo que debería ser lo verdaderamente importante es el intentar no dañarlas, no dañarnos.
¿Cómo nos tratamos entre las personas? Creo que ahí radica el verdadero problema de la humanidad, esa es la raíz de todo. ¿Cómo pretender convencer a alguien de cuidar a los otros animales o al medio ambiente, si ni siquiera se preocupa por los que considera sus pares más cercanos, o incluso tampoco por sí mismo?
No conocemos a las otras personas, porque alrededor de cada una de sus palabras, de sus acciones, de sus gestos, de sus creencias, hay toda una red de cadenas de experiencias, de recuerdos que fueron acumulándose a lo largo de toda su vida, y que además fueron construyéndose según la propia manera de reflexionar de cada uno. Por eso jamás podremos comprender qué pasa en la mente de los demás, o por qué, o cómo. Debido a esa incomprensión es que debemos ser cuidadosos, porque no sabemos qué mínima palabra, expresión o gesto que llevemos acabo podría anudar o desanudar de manera peligrosa esas cadenas de pensamientos, así como también podría hacerlo de manera beneficiosa. Los sentimientos dependen mucho de esos pensamientos, y la salud depende mucho de los sentimientos. Creo que cosas como los gritos, los comentarios sarcásticos o burlones, y las verdades en estado bruto son las maneras más peligrosas de tratar a alguien. Cualquier falta de respeto también es peligrosa.
Cariño. Suavidad. ¿Qué tanto nos cuesta comprender esas palabras, y el impacto que podrían tener en el mundo, en las personas que nos rodean, si llenáramos nuestras acciones con ellas? Ni nos imaginamos cuánto más llevadero podemos hacer el día de alguien con una simple sonrisa al cruzarlo en la calle, o con un pequeño cumplido (siempre sincero) o reconocimiento a cualquier virtud que demuestre, por pequeña que sea. A veces las personas hacen muchas cosas buenas o bien, y que alguien se los reconozca es como darle un poco de energía nueva para que continúen así, o incluso para que mejoren; muchos pueden rendirse si ven que nadie parece darse cuenta de lo que hacen, porque así reciben la sensación de que no están haciendo nada útil.
No estoy hablando de alabanzas y adulaciones, sino de respeto, amabilidad, y sinceridad. Si pensamos algo bueno de alguien, si alguien significa algo para nosotros, ¿por qué no hacérselo saber? Tal vez no lo necesite, pero tal vez sí, y tal vez no le importe, pero tal vez le haga bien, y fuese como fuese, de cualquier manera sí nos haría sentir bien a nosotros expresarlo.
Tratarnos bien. Intentar no lastimarnos, o lastimarnos lo menos posible. ¿Tan difícil es? Realmente sí. Quizá no estemos preparados para actuar de esa manera, pero aún si nuestro cuerpo y nuestra mente estuvieran diseñados para sobrevivir sin importar la supervivencia del otro, ¿por qué no cambiar eso? ¿Dónde está el libre albedrío del que tanto nos enorgullecemos si en realidad nunca contradecimos a la naturaleza? Quizá tratándonos bien no necesitemos muchas otras cosas, y la ciega avaricia que gobierna a tantas personas hoy no nos llenaría de problemas a nivel mundial.
Yo no sé lo que piensan los demás, pero aún si somos sólo dos o tres "tontos" los que queremos vivir así, aún si soy yo el único "idiota" que quiere dejar la menor cantidad de "mierda" posible al pasar por este mundo, voy a esforzarme por lograrlo, porque quisiera que este mundo fuera un sitio mejor, y esa es mi manera de transformarlo, o en otras palabras, mi patético "granito de arena" para intentar mantener satisfecha a mi conciencia.
sábado, 26 de octubre de 2013
Quiero Pedirte Algo
Ahora que estás aquí, a algunos centímetros frente a mí, con tus ojos distraídos absorbiendo mi mirada hasta el punto de desligarme de este mundo en el que estoy (o eso parece), mientras reflejan las nubes grises más allá del vidrio, e incluso la fría carretera por la que pasan los vehículos y sus ruidosas ráfagas, quiero pedirte algo, algo que necesito, quizá el algo que más necesito, y es que me lleves. No sé si es cerca, si es lejos, si es complicado llegar o si es imposible, pero quiero intentarlo. Llévame donde el viento pueda arrastrar hasta mí ese aroma que se esconde en tu cuello, bajo tu cabello; donde tus manos alcancen las mías y las aprieten con fuerza, como prohibiéndome cualquier intento de partir; donde tu voz flote en el aire para que el silencio no me aturda y el escándalo no me altere, formando las palabras de paz y ternura más convincentes del mundo, irrefutables; donde al cerrar los ojos pueda seguir viéndote, reconstruyendo en mi imaginación cada uno de tus encantos y de tus lindas imperfecciones mientras siento el calor que viene directamente desde ti cuando le muestras tu piel a mi piel; donde tu respiración renueve y oxigene también mi propia sangre al ingresar por mis oídos; donde pueda ver el mundo que queda atrapado en la humedad de tus ojos para luego escapar con la forma del brillo que más me gusta; donde pueda hablarte sin tener que desconfiar de si la luna te hace llegar o no mis palabras, o más importante, mis sentimientos; llévame a ese lugar hermoso que a veces es el mismo y a veces es distinto, pero siempre está a tu alrededor, recibiendo la bendición de tu compañía; llévame a donde estás o a donde quieras ir; llévame a donde vayas; llévame contigo.
Por favor.
Por favor.
sábado, 5 de octubre de 2013
Muerte
Vi una vez más a la muerte justo en frente de mí,
burlándose de mi incapacidad, a través de la cual me inyectaba una alta dosis
de impotencia. Se dejaba tocar mansamente, porque sabía que en realidad era
inalcanzable, y mi mano jamás lograría rozar su verdadera identidad. En ese
momento, tenía la forma de un simple saco de piel y huesos cubierto de pelos,
cuya única señal de vida era el sufrimiento. Sí, ya había desplazado casi por
completo a la vida de aquel cuerpo que aún parecía con intenciones de luchar,
pues su biología estaba preparada para ello, para intentar mantenerse en
funcionamiento hasta que ya fuese incapaz de producir hasta el más
insignificante de los yoctovoltios. Un poco de inercia eléctrica era lo único
que la mantenía aferrada al malestar de la existencia.
Su único deseo era no estar sola. Tal vez no quería
irse. Tal vez quería que alguien la detuviera. Tal vez quería que alguien la
acompañara. Pero la vida y la muerte son cosas demasiado estrechas, donde,
siempre, hay lugar sólo para uno.
Me pregunto si está bien llamar “muerte” a esos
instantes finales en el que uno literalmente no está vivo, pero médicamente aún
posee un cuerpo con un sistema nervioso capaz de chispear las últimas agonías,
o si en realidad “muerte” es sólo esa despreocupada e incomprensible
inexistencia que queda flotando alrededor de un cuerpo que ya es sólo un montón
de materia innerte, en la cual sin embargo, increíblemente, la vida rebosará
durante mucho tiempo en muchas formas.
También, como en cada oportunidad en que ella se
manifiesta cerca de mí, me pregunto si la ausencia total de tristeza en mí es
madurez, comprensión respecto a la obviedad que es el fin de la vida, o
simplemente indiferencia, egoísmo en estado puro, decir “mi vida es la única
que me preocupa”.
domingo, 29 de septiembre de 2013
Llévame
En ese momento en que tomas mi muñeca, dejo de ser yo.
Miro sorprendido tus pupilas uniéndose a las mías, y me disuelvo en ese roce
tibio y suave que tus dedos me regalan casi sin darse cuenta. Mis pensamientos
desaparecen de mi mente en una especie de somnolencia, pero en ningún otro
instante me siento tan despierto o consciente de que estoy en la realidad.
Con ese pequeño gesto me llevas hasta ti, y no ofrezco
ninguna clase de resistencia o vacilación, me entrego completamente a ti, como
una hoja que ya perdió su puesto en el árbol y viaja por el aire según los
encantos de la brisa, porque no tengo un lugar que me esté llamando o alguno
que esté esperándome, un lugar al cual quiera ir, pero todos los lugares serán
el lugar más hermoso si eres tú quien me lleva ahí.
Si tomas mi muñeca te vuelves mi única alternativa, mi
único camino, y puedo seguir cada uno de tus pasos porque eres la única persona
a la que quiero querer mientras aún pueda querer a alguien, la única persona a
la que quiero extrañar cuando suelte mi muñeca.
Quiero aprovechar este instante mientras dure, porque
cuando se vaya tal vez regrese lo suficientemente tarde como para no
encontrarme…
lunes, 26 de agosto de 2013
Ilusorio
Era de noche. La luz que se dispersaba por el lugar
era lo suficientemente tenue como para decir que estaba oscuro. Caminábamos por
un largo pasillo, atravesando portal tras portal, esperando llegar a aquel
sitio.
―A ver ―me dijo ella, que caminaba muy cerca de mí, y
de pronto pude sentir un delicado roce que se deslizó por los espacios de entre
mis dedos. Eran los suyos, que acariciaban mi piel casi sin querer, y se
aferraban a mi mano, apretándola sin ninguna clase de violencia o brusquedad.
Sentía con suavidad, calidez y claridad cada uno de
sus dedos entre los míos; su pulgar sosteniendo el dorso de mi mano y las yemas
de sus otros dedos tocando mis palmas. Las manos de ambos se habían vuelto una
a la altura de su cadera.
Me encantaba esa sensación, la irreal beldad por la que
estaba rociado el momento, pero pronto miré hacia abajo con tristeza, sabiendo
que aquella palabra, “irreal”, no había llegado de casualidad a mi mente.
Entonces vi cómo se mecían nuestras manos entre los dos, y pensé en si
decírselo o no, si suplicarle que no me diera falsas esperanzas o no, hasta que
finalmente lo hice. Ella me miró desde sus enigmáticas pupilas como si hubiese
soltado la frase más extraña jamás dicha en el mundo, o la oración con menos
coherencia de la historia.
―¿De qué estás hablando? ―respondió con aquella voz
que mis recuerdos jamás logran reconstruir con éxito, pues es más encantadora
de lo que puedo explicar o comprender, y sujetó con un poco más de fuerza mi
mano, por si tenía la intención de irme a algún sitio, por si dudaba de su intención de mantenerme cerca suyo.
Yo suspiré, tal vez un poco más triste que antes,
porque reconocía la irrealidad en sus palabras, lo efímero en el roce de sus
dedos con los míos, la falsedad en el aroma que se deslizaba desde sus cabellos
hasta lo profundo de mi pecho luego de pasar por mi nariz, lo utópico de aquel
amor fantástico que pretendía regalarme en cuestión de segundos, y porque sabía
que yo estaba ahí sólo porque no podía escapar de mis propias ilusiones…
sábado, 17 de agosto de 2013
Esta Noche De Luna Perezosa
¿Y hasta dónde me llevarás esta noche, cuando no tenga
ganas de esconderme tras la mendacidad de mis párpados y te acerques a mí para
rozar la piel de mis mejillas como sólo tú puedes hacerlo, porque el resto es
incapaz de llorar cuando sufre, creen que es debilidad desarmarse en lágrimas,
cuando estas son la más hermosa libertad del sufrimiento? Quiero que seas tú
porque no te resistes a sufrir, porque no te resistes a verme sufrir a mí, no
encierras el dolor en sonrisas túrbidas y vacías, desvaídas, sólo sonríes una
vez que lo has liberado todo.
¿Y hasta dónde me llevarás esta noche, cuando la
oscuridad, las estrellas, y los recuerdos me inviten a viajar? Porque la
atmósfera es volátil y nuestros pies son jóvenes, así que podemos ir a
cualquier lugar. Puedes tomar mi mano, o tomar ambas, o puedes suspirar hasta
elevarme a tus labios, el sitio perfecto para despegar hacia cualquier lugar, o
quedarme en el más maravilloso de todos.
¿Y hasta dónde me llevarás esta noche? Espero que sea
lejos, muy lejos. Llévame con tus dedos antes de que se pierdan al pasear entre
mis cabellos, o llévame con tu voz, porque aunque parezca diluirse en la
densidad del aire, estoy seguro de que encuentra en la brisa los resquicios que
llevan hacia el mar y alcanzan la costa al otro lado. O tal vez puedas llevarme
con tu mirada, que se traga todo el cielo y lo devuelve cuando le ha dado un
poco más de luz; o llévame a través de esa humedad en tus ojos que se trepa a
tus pestañas y luego salta al aire con cada parpadeo.
¿Y hasta dónde me
llevarás esta noche? Llévame a donde no conozca a nada ni a nadie, por favor,
pero donde sólo una mirada baste para conocerlo todo, aunque no pueda
comprenderlo; donde pueda perderme sin que me importe cómo regresar; un lugar
que tal vez está muy cerca, pero se esconde entre los recovecos de la realidad;
un lugar donde la compañía no sea sólo un consuelo que ilustre aún más la
certeza de la soledad; un lugar que sólo conozcas tú, y que desees compartir
conmigo, al que nadie más pueda ir…
viernes, 31 de mayo de 2013
¿Vale la pena ser vegetariano?
Esta es una pregunta personal que yo me
hago a mí mismo, y por lo tanto, la respuesta es también personal. No pretendo
estar formulando ninguna verdad universal o algo por el estilo, ya que todos
percibimos la realidad de una manera diferente. Pero aún así soy consciente de
que mi punto de vista puede ser el mismo (o muy similar) que el de muchas otras
personas, y por lo tanto esta reflexión que me siento a hacer en soledad y
tranquilidad puede servirles a ellas también. Para otras, todo lo que estoy a
punto de escribir será sólo un montón de palabrería surgida de alguien con poco
que hacer, o nada más que una opinión inválida, o un criterio equivocado y ya.
Creo que el
primer punto que debo aclarar antes de empezar a responder esta pregunta, es
cuál es la “pena” de ser vegetariano, ya que, hablando teóricamente, en
realidad se trata de una dieta más adecuada para el organismo humano, debido a
que posee más variedad de nutrientes1 y es mucho más liviana2
que la dieta omnívora, la cual es mucho más popular.
Sin embargo,
teniendo en cuenta la vida en sociedad de la actualidad, ser vegetariano sí
lleva consigo algunas cargas que hay que soportar. Por ejemplo, gran parte de
los productos industrializados son realizados con grasa animal, y es suficiente
con leer sus ingredientes para darse cuenta; por lo tanto, la variedad de
productos a los que se puede acceder siendo vegetariano se reduce
drásticamente.
Además, a la hora
de festividades o situaciones especiales con reuniones sociales, la carne nunca
falta a la hora de la comida, y de cierta manera uno debe “excluirse” de la
gran mayoría, porque se quiera o no, no compartir el ámbito alimenticio del
resto es excluirse. En estas situaciones es cuando más extraño se siente uno, y
piensa cosas como “vaya, yo no como carne pero todas estas personas sí lo
hacen… ¿cuánto vale mi intención entonces?”.
Si consideramos
que muchos siguen una vida omnívora hasta la adultez, y luego por alguna razón
deciden hacerse vegetarianos, deben enfrentar un drástico proceso de cambio en
su forma de vida, y creo que todos sabemos lo difícil que es para las personas
cambiar hábitos diarios tan arraigados. Y si uno decide convertirse durante la
adolescencia, es muy posible que deba esforzarse el doble, pues al convivir con
su familia debe “luchar” contra ella, contradecirla a diario, y reafirmar cada
día su decisión3.
Y en cualquiera
de los dos casos, debido a la conversión y a haber llevado una vida omnívora
hasta la misma, muchas personas pueden sufrir ineficiencias nutricionales que
deben arreglar con suplementos4.
Otra cuestión es
que si se vive en una zona poco globalizada (como una zona rural o poblados
pequeños), conseguir una variedad saludable de alimentos vegetales es realmente
complicado, por no decir imposible, y sí o sí te ves forzado a tener que ir a
la ciudad para conseguirlos, por lo que tu modo de vida se encarece
económicamente. También hay posibilidades de que incluso viviendo en la ciudad
comer se te haga más costoso en términos de dinero si llevas una dieta
vegetariana, pero no siempre es el caso.
Ni hablar de si
realmente te encanta el sabor de la carne, pero debes renunciar a ella para
sentirte bien contigo mismo y/o con el resto de la vida. Esa también es una
“pena” válida.
Y bueno, creo que
esas son las principales “penas” o contras de ser vegetariano en un mundo
claramente omnívoro. Ahora sí puedo pasar a analizar el siguiente aspecto:
¿Favorece
realmente al resto de los seres vivos que yo me haga vegetariano?
Hay innumerables
seres vivos en la Tierra, que van desde los microorganismos como bacterias
unicelulares hasta hongos pluricelulares y vegetales complejos; claramente,
también los animales entramos en el grupo, y es realmente imposible no atentar
contra la vida de ninguno, ya que muchos de ellos atentan contra la nuestra. Es
sencillamente imposible no ser un asesino, ya que así es como funciona el
Universo, y para sobrevivir, como la palabra lo indica, debemos “sobreponernos
a la vida”. Por ejemplo, incluso aunque decidamos tener una vida muy corta
alimentándonos a base de arcilla u otras sustancias inertes, cada vez que
alguna bacteria nos enferme o ingrese a nuestro cuerpo, nuestro organismo la
eliminará sin siquiera pedirnos permiso (si es capaz de hacerlo, claro).
Entonces, ¿sirve
de algo ser vegetariano si en realidad no se puede dejar de ser un asesino, y
de una u otra manera te llevarás vidas que no te pertenecen? Aunque sea
inevitable dejar de ser un asesino, sí podemos influir en la cantidad de
víctimas que nos convierte en tal. Es decir, podemos reducir esa cantidad si lo
deseamos y nos esmeramos.
Pero… ¿no comer
carne realmente disminuye la cantidad de muertes? Esta es una pregunta muy
interesante:
Supongamos que
existen sólo dos alternativas de alimentos, comes carne de cerdo o comes
zanahorias, y debes consumir medio kilogramo de alimento al día para sobrevivir.
En promedio, los cerdos pesan 85kg, pero quitándole el esqueleto y otras partes
no comestibles, hagamos de cuenta que su peso se reduce a 30 kilogramos ; y las
zanahorias pesan en promedio 150g cada una (siendo su totalidad comestible),
pero supongamos que tres zanahorias grandes llegan a pesar el medio kilogramo
diario que se necesita. Entonces, con la muerte de un cerdo podríamos vivir
durante 60 días, pero con la muerte de una zanahoria no podríamos ni siquiera
consumir lo necesario para alimentarnos bien un día; necesitaríamos tomar 180
vidas de zanahorias para alimentarnos los 60 días en que logramos alimentarnos
tomando la vida de un cerdo. Al buscar otros ejemplos, nos daremos cuenta de
que es increíblemente mayor la cantidad de muerte que genera una dieta
vegetariana que la que genera una dieta carnívora u omnívora.
Cierto, podríamos
alimentarnos sólo de partes de vegetales que extraigamos de una planta sin
asesinarla (como las frutas, por ejemplo), pero nuestra dieta sería sumamente
pobre y deficiente nutricionalmente, y eso nos llenaría de problemas, evitaría
que estuviéramos saludables.
Sin embargo, no
podemos detenernos aquí, porque la vida no sólo se trata de “cantidad”, sino
también de “calidad”. ¿Cuál ha sido la calidad de ese único cerdo que nos
alimentó durante 60 días? Ha vivido en cautiverio durante toda su existencia,
con poco espacio en el cual moverse, posiblemente siendo sometido a dolorosos
procesos como la marcación y el control de su hocico mediante un anillo,
alimentándose de manera deficiente con comida rica en grasas que no lo nutría
como debería haberlo hecho, condenado desde un principio a ser comida sin
posibilidades de cambiar su destino, posiblemente sufriendo una muerte dolorosa
y quizás hasta lenta. En cambio, la vida de aquellas 180 zanahorias, ¿cómo fue?
Para los vegetales, no hay diferencia entre una vida de cautiverio o una en
estado salvaje, y sin embargo podemos decir que quizás viven mejor en
cautiverio pese a también estar destinadas a ser comida: reciben cuidados y
atenciones que le aseguran su bienestar y como hasta donde se sabe no tienen
sistema nervioso, son incapaces de sufrir el dolor (y quién sabe, quizá ni
siquiera sepan que están vivas o que existen).
Entonces, creo
que este último punto es el verdaderamente crucial, el que inclina la balanza
hacia uno de los dos lados, porque me parece que es mejor vivir un día feliz
que un año padeciendo, por decirlo de alguna manera.
Sin embargo, creo
que aún podría hablar de un asunto más antes de formular la respuesta, y este
se trata de los beneficios de ser vegetariano: es cierto, no recibirás ninguna
recompensa por parte de un ser superior o algo por el estilo a causa de
respetar el bienestar de tantos seres del Universo, y si bien tendrás una
alimentación más balanceada y saludable, eso no te garantizará un mejor estado
físico que el de cualquier otra persona que sí coma carne, pero si sientes algo
de amor por este mundo (aún con todas sus cosas horribles) y por lo maravilloso
que es tener la capacidad y la oportunidad de vivirlo, te aseguro que sentirás
algo plenamente gratificante en tu interior, que te hará sonreír solo cada vez
que pienses en ello…
Sí, vale la pena
ser vegetariano.
1El
valor nutritivo de la carne es frecuentemente sobrevalorizado, y por esa razón,
muchos dejan de comer gran variedad de alimentos (como frutos secos, legumbres
y semillas) pensando que con comer carne es suficiente.
2Me
refiero a que el sistema digestivo digiere mucho más fácilmente los alimentos
de origen vegetal, y por eso se reciben los nutrientes con mayor velocidad, y
se agiliza todo el proceso metabólico y fisiológico. La carne, por ejemplo,
tarde entre cinco y seis horas en digerirse, y eso puede llevarnos a sentirnos
“pesados” o “llenos” mucho tiempo, y por ende comer menos de lo adecuado.
3Muchos
adolescentes deben incluso cocinarse a parte del resto de los miembros de la
familia, cuando esta decide no apoyar ni siquiera en lo más mínimo su decisión,
y de esa manera uno realmente se siente solo, aislado.
4Con
el tiempo, el cuerpo humano también se adapta y se acostumbra a todo, así que
después de llevar una vida omnívora, cuando deja de recibir carne
repentinamente, puede tener algunas malas reacciones. Debido a esto se
recomienda que la conversión sea gradual y lenta, para ir preparando al cuerpo,
aunque aún así las posibilidades de daños colaterales no desaparecen por
completo.
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sábado, 25 de mayo de 2013
Lluvia de Estrellas en la Ciudad del Búho
Era invierno. Todo el
ambiente estaba empalidecido. Arriba los altoestratos permanecían grises y
abajo el suelo yacía oculto bajo una suave y blanca manta de nieve que empezaba
a escacharse. A todo el alrededor, los edificios lívidos y los copos reflejaban
un difuso resplandor blanquecino que además de limitar la capacidad parecía
actuar como un leve pero certero somnífero.
El viento soplaba incansable
e indiferente desde el norte, desviando el recorrido de los copos y enfriando
todo lo que la nieve no lograba cubrir, como las famélicas y denudas ramas de
los árboles y las paredes de los edificios. También movilizaba los robustos
pliegues de su abrigada ropa y los castaños mechones que se escapaban del borde
de su gorro hacia su frente.
Él permanecía recostado sobre
la barra metálica que indicaba la parada de un autobús con un cartel en su
cima, y escondía sus manos en los bolsillos mientras protegía sus labios y
parte de sus mejillas bajo el largo cuello de su abrigo, manteniendo el calor
con su propio aliento. No levantaba ni durante un instante la mirada de aquella
estrecha franja oscura en el asfalto que lograba resistirse a la dominación de
la nieve. Sólo de vez en cuando la desviaba un poco para asegurarse de que ella
aún estaba allí, de pie, a casi dos metros de él.
Ella también miraba hacia
abajo, y se balanceaba sutilmente sobre sus tobillos intentando generar un poco
de calor en su cuerpo. Desde su nuca, sus cabellos, motivados por el viento,
intentaban sobrepasar a sus hombros, ocultos bajo un pesado abrigo oscuro. Lo
gélido entraba a ella a través del aire, enrojeciendo su nariz y robándole la
sensibilidad a sus fosas nasales; pero desaparecía en los pulmones, y regresaba
tibio al exterior, formando una nube fugaz alrededor de sus labios.
Ninguno sonreía, ninguno
podía elevar la mirada o centrar sus ojos directamente en los del otro. El
tiempo, que había sido tan generoso con ambos, lentamente fue perdiendo la
paciencia, y estaba próximo a abandonarlos. Las palabras que siempre habían
abundado casi hasta el despilfarro, se quedaban desarmadas en su interior sin
la capacidad ni la intención de salir. Pero el silencio era el escándalo
adecuado para expresar la homogénea amalgama de sensaciones extrañas y
mayormente amargas que parecía circular por sus estómagos y sus gargantas.
Una mancha azul empezaba a
hacerse notar en la blanca pared que construía la nevada, y aquella mezcla
empezaba a arremolinarse, dándoles el deseo de gritar, el cual luego se
convirtió en una necesidad que no pudo ser satisfecha.
Él aumentaba el ruido de su
respiración y apretaba sus dientes y puños, pero ni siquiera el frío que estaba
a punto de congelar sus cejas y la punta de su nariz podía congelar el tiempo.
Cuando aquella mancha azul se convirtiera en un autobús y se detuviera frente a
ellos, todo acabaría. Y entiéndase “todo” como lo bueno, lo cálido, la
capacidad de generar esa felicidad que desemboca en recuerdos hermosos pero
inevitablemente dolorosos. Por otra parte, empezaría un largo camino rodeado de
vacío; un camino solitario donde el tiempo tendría tanto espacio para llenar
que tardaría mucho en hacerlo, y transcurriría muy lentamente debido a eso.
Ya podía escuchar el sonido
de las cubiertas del vehículo comprimiendo los cristales de nieve, dejándolos
como una delgada y frágil piel de escarcha para el asfalto. Aquel sonido era el
preludio de la soledad, y se mezclaba con la desesperación que empezaba a nacer
en su interior. Sus deseos de gritar y correr aumentaban, pero su cuerpo le
respondía cada vez con más quietud, como si la sobrenatural esfera que crecía y
se apoderaba de su garganta, asfixiándola, paralizara también el resto de su
cuerpo.
El autobús se detuvo frente a
ambos, y pareció detenerlo todo durante un instante. El viento, la nieve, el
tiempo, sus latidos, todo se congeló durante un microsegundo. El frío fue lo
único que no se detuvo, y contrariamente, se intensificó.
Ella no podía pensar en nada.
La decisión ya estaba tomada y no importaba cuánto temblara su pecho, no había
marcha atrás. Nadie había querido que las cosas terminaran así, pero uno no
puede controlarlo todo en la vida.
Él tragó saliva cuando
escuchó que la puerta corrediza se deslizó con brusquedad para abrirse, y abrió
su boca para no asfixiarse. Su cerebro bombardeó su mente con las imágenes de
decenas de recuerdos, y su sangre empezó a recorrer tan velozmente como los
pensamientos todo su cuerpo. Pero luego, en una porción de tiempo lo
suficientemente diminuta como para que ningún humano pudiera comprenderlo,
aquellos recuerdos se diluyeron en la imaginación de un futuro, en la realidad
cercana que empezaría tan sólo en unos instantes, cuando ella subiera al
autobús, lo mirara de reojo por la ventanilla, y la puerta se cerrara. Una
realidad horrible. Una realidad que exasperaba. Una realidad sin ella.
Ella levantó la cabeza para
dar el primer paso al frente, y él estalló en un movimiento veloz. La rodeó con
sus brazos como si estuviese a punto de caerse de un precipicio, y la apretó
contra su pecho como si quisiera unirla a su cuerpo. Sumergió su nariz y labios
en su cabellera y se sintió libre cuando disfrutó su aroma.
—No te vayas —le dijo desde
atrás del oído, con los ojos fuertemente cerrados, y la sujetó un poco más que
antes.
Ella elevó sus manos y bajó
sus dedos sutilmente hasta los brazos de él, pero no dijo nada. Parpadeó pausadamente,
como si se hubiese sumergido en el sueño durante un instante, y empezó a
deslizarse hacia abajo sin hacer ningún esfuerzo extra. Los brazos que la
rodeaban se debilitaron a medida que la resignación se apoderó de su dueño, y
al final cayeron sin fuerzas mientras ella hacía un paso al frente. Pero antes
del segundo paso, se detuvo, y su silencio estiró un poco más la agonía de
ambos.
―Adiós
―dijo entre los copos de nieve, el viento, los recuerdos, y las dudas. Se quedó
unos momentos más de pie, tal vez implorando que él volviese a sujetarla, o
esperando que al menos le dijese algo más antes de partir. Paro nada sucedió, y
subió los dos escalones del autobús.
Él
agachó la cabeza mientras sus párpados intentaban cerrarse, negando y pretendiendo
no ver más la realidad, y se quedó allí, de pie, mientras el silencio y el frío
lo envolvían y lo convertían en nada más que otro objeto dentro del paisaje
urbano, como un letrero despintado o un banco poco usado.
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martes, 21 de mayo de 2013
Primera...
Me gustaría atesorar para siempre momentos como este, con el
cielo cubierto de altoestratos y una brisa fría entibiando mis cálidas
mejillas; con tu cuerpo a centímetros del mío, y nadie más a nuestro alrededor;
con tus ojos brillando hacia los míos desde un poco más abajo; contigo
sonriéndome como si fuera el chico más especial del mundo. Quisiera guardar el
sonido de tu voz y cada una de sus palabras, con su entonación y duración
exactas, para revivirlas cada vez que me sienta abandonado o perdido, o cuando
simplemente desee un poco de felicidad. Pero mi mente es frágil, y sé que el
tiempo irá erosionando lentamente estos recuerdos, moldeándolos a su gusto e
incluso desarmándolos por completo, dejando a penas algunos fragmentos. Además,
mi mente también es débil, y jamás logrará revivir todas las sensaciones que en
este momento recorren mi cuerpo y que no parecen tener mucha lógica o sentido,
pero sin ninguna duda me llenan de felicidad.
Sí, me encantaría guardar este momento en una cápsula o en
un pequeño frasco, y tomármelo o abrirlo luego, para llenar otra vez mi mundo
de ti. Eso, o sencillamente congelarlo; continuar caminando y avanzando, pero
estando siempre a la misma distancia de aquella esquina que se encargará de
separarnos, porque al decirte “Hasta mañana”, sé que todo esto que siento se
desplomará en mi interior, y aunque tardaré algunos minutos en darme cuenta,
finalmente mi sonrisa se desvanecerá.
Pero aún así, al regresar a casa, algo lograré rescatar de
entre los escombros, y cantaré un par de canciones, porque no sé, me das ganas
de cantar. El canto es la forma en que canalizo esa alegría tan pura, genuina e
intensa que me produces.
PD: Me encanta que te asombre todo lo que para mí es tan
normal…
domingo, 10 de marzo de 2013
Elella
Él
conduce su bicicleta por entre los edificios de la ciudad, intentando disminuir
aunque sea en un puñado el óxido de nitrógeno, el monóxido de carbono y el
benceno que dominan el aire sin que a nadie parezca importarle. Mientras
pedalea con una expresión cansada en el rostro, observa cómo las formas de los
edificios van cambiando, y en cada esquina debe regresar al menos uno de sus
pies al suelo, porque todos los semáforos lo detienen con su luz roja. Piensa
que sería muy reconfortante ver a alguien más andando en un vehículo pacífico
para la naturaleza, pero sólo ve carcasas metálicas en cuatro ruedas. No está
seguro de si aquel frío y aquel cielo tan gris sobre su cabeza se deben al
invierno o en realidad a la contaminación, que los ha separado completamente
del Sol.
Ella lleva
ya más de una hora caminando, y sus pies suplican un descanso con una extraña
sensación de hinchazón. Además, su estómago parece ya no estar dentro de sí, y
eso significa que su sistema digestivo está sin trabajo desde hace bastante
tiempo, y es hora de darle algo de comida para digerir y transformar. Transita
el centro de la ciudad, reflejando su imagen en cada vidriera que cruza, sin importar qué intenta vender, o
si está en oferta o liquidación. De vez en cuando roza sus hombros y brazos con
alguna otra persona apurada, y se pregunta si toda esa gente que fluye a su
alrededor como canicas que fueron lanzadas desde un tarro realmente la ven y
fracasan en el intento de esquivarla debido al poco espacio con el que cuentan para
maniobrar o simplemente ni siquiera se percatan de su presencia, y terminan
atropellándola. Hace ya bastante tiempo que se siente atropellada, y con el
invierno haciéndose cada vez más fuerte, también empieza a sentirse congelada.
Él sabe
que aún le falta mucho para salir de todo el ajetreo del centro, y siente que
los autos repentinamente han empezado a confabularse para imposibilitarle todo
avance, así que se trepa a la sobre poblada acera y se baja de su bicicleta con
la esperanza de que en unos minutos la situación se calme, aunque sabe que no
será así. Mira a los autos aparecer y desaparecer en la esquina, y a la gente
empujarse para llegar un poco más deprisa a su destino. Mira su reloj y se
pregunta si tiene algún problema, porque a todas las personas a su alrededor
parece faltarle tiempo, pero él a penas es capaz de notar que las manecillas se
mueven. Quiere saber si hay algún problema en él, o si en realidad es el mundo
el que está siendo acosado por las confusiones. Sólo quiere volver al pequeño y
desalineado apartamento que alquila en los lejanos suburbios, aún cuando sabe
que nadie estará esperándolo. Lo frustra ser consciente de que tiene un lugar
donde dormir, pero está muy lejos de conseguir un hogar.
Ella
empieza a sentir que desea la comida más como un método de distracción para su
mente que como un alimento para su cuerpo, y encuentra una gran vidriera
colorida, con pasteles, chocolates, y letras de exagerada alegría, la cual le
parece de mal gusto en este momento. No sabe exactamente qué es el vacío que siente,
pero tiene bien en claro que necesita llenarlo con algo más que comida. Aún
así, entra en aquel lugar, un acogedor restaurant-pastelería que parece querer
asfixiar a los clientes con una hogareña
fragancia a café y chocolate calientes. De algún modo, es reconfortante entrar
allí, y no se arrepinte de su decisión. Se sienta a una de las mesas con
elegantes pero joviales manteles blancos a líneas celestes y rojas, y es
atendida rápidamente –eso la hace sentir su propia existencia, aunque sea por
un momento–. Después de pedir su capuccino con bizcochos dulces, toma el
celular y llena sus húmedos ojos con la luz del aparato. Busca en la agenda a
su amiga, la única que ha sobrevivido al paso del tiempo, porque necesita
hablar con alguien, pero el cliente se encuentra fuera de servicio. Sin
embargo, es ella quien se siente sin cobertura telefónica, aislada en algún
sitio olvidado de la Tierra, o quizás aún más lejos.
Él piensa
en que se ha pasado las últimas siete horas absolutamente solo, sin
intercambiar ni una palabra con nadie, y se pregunta si en realidad no es mejor
así, porque cada vez que habla con alguien, se siente un poco más perdido. Los
demás nunca dicen lo que a él le agradaría oír, y eso es frustrante cuando se
repite y se repite sin ninguna excepción en el medio. Sabe que tiene que
distraerse antes de que su mente siga procesando pensamientos amargos, y se
llene el día con sensaciones indeseables que ni siquiera una remozante ducha
caliente podrá quitar. Entonces ve que al otro lado de la calle, más allá del
frío concreto, del terso metal de los coches y del ruido de toda la gente, hay
una vidriera que parece encerrar un acogedor lugar, con la compañía de
chocolates y bebidas calientes. Empieza a pensar en la posibilidad de tomarse
un capuccino con bizcochos dulces mientras espera a que el tiempo pase, pero
teme no tener dinero suficiente en su bolsillo, y además se siente tan
repentinamente desalentado que no cree poder dar tantos pasos seguidos todavía,
y terminaría deteniéndose en medio de la calle, para que un coche lo enviara al
hospital.
Ella
recibe su capuccino, y aunque el primer sorbo parece hacer efecto directamente
en su espíritu y su mente, con el segundo, los deseos de hablar con alguien
regresan y crecen. Casi desesperada, comienza a pensar en que podría sentarse
junto a aquel anciano que lee el periódico solo con una porción de torta de
vainilla aún sin probar frente a él. Sin embargo, sabe que nunca ha sido
extrovertida, y aún menos en la cantidad necesaria para sentarse sin razón
aparente a charlar con un desconocido. Así que se queda allí, sola, con la
cabeza agachada y algunos flecos de su cabello cubriendo su rostro, con las
manos y los dedos aferrados a la caliente porcelana, introduciendo cada sorbo
de capuccino con exagerada lentitud, masticando cada diminuto bocado de
bizcocho como si planeara no tragárselo nunca. Siente que si disminuye sus
movimientos, sus pensamientos también se verán afectados, serenándose. Con su
cuerpo y sus pensamientos tan quietos, cree que ella misma podrá desvanecerse
en aquella amalgama de primorosas y afables fragancias.
Él
siente que la temperatura desciende, complicando principalmente la tibiez de
sus dedos y su nariz. Aquella pastelería se ve cada vez más sugestiva, pero en
el fondo sabe que un poco de calor y sacarosa no harán nada por su vida, ni por
el horrible tráfico, sólo entretendrán a su paladar y lengua durante algunos
minutos, además de vaciar su billetera. A pesar de todo, la tentación parece vencerlo,
y termina torciendo sus cejas, enfadándose consigo mismo. ¿Por qué debía ser
tan pesimista? ¿Por qué debía tomarse todo tan dramáticamente y pensar que si
algo no volteaba su vida al revés no valía la pena? Tiene frío y no ha comido
en horas, esas son razones más que valederas para cruzar el asfalto y entrar en
aquel lugar. Con su enfado otorgándole motivación, tranca la rueda de su
bicicleta usando un candado y finalmente camina hasta la otra acera cuando el
semáforo se lo permite; entra a la pastelería, y aunque la había considerado
una actividad intrascendente, el simple y amable tintineo de una campanita al
abrir la puerta lo obliga a sonreír con delicadeza.
Ella
levanta la mirada cuando escucha el agudo tintineo de la campanita en la
entrada del local. Un nuevo cliente apareció, pero eso no influye en ningún
sentido sobre ella. Continúa bebiendo su sorbo a sorbo y suspirando, lanzando
una mirada de vez en cuando a aquel anciano con el periódico. Súbitamente, como
si su subconsciente se lo hubiese ordenado, mientras el nuevo cliente se sienta
a nada más que una mesa de ella, deja el capuccino en la mesa y saca su
billetera del bolsillo, y de uno de sus pequeños compartimentos, uno que es
casi secreto, retira una fotografía. En ese trozo de papel, aparece tintada una
porción importante de su pasado, que aún se mantiene aferrado a su presente a
través de los recuerdos, y se niega a soltarse completamente de ella,
ocasionándole algunas ingratas horas de desvelo y una permanente sensación de
que ha sido abandonada en medio de la nada, sola. Y además, de vez en cuando,
llena de lágrimas sus ojos.
Él hace
su pedido a la simpática camarera, sintiéndose muy agradecido hacia ella, ya
que aunque era su trabajo, lo había tratado con más amabilidad de la que podía
exigir. Con una sonrisa imperceptible en su rostro, mira hacia el frente,
encontrándose con una joven muchacha una mesa vacía más allá. Se ve taciturna,
pero no piensa en eso, y gira su cabeza para ver a través de la gran ventana.
Rápidamente se da cuenta de que al otro lado del cristal yace el mundo causante
de que buscara refugio en el interior de la pastelería, y evita volver a mirar
hacia allí durante el resto de su visita. Casi no ha pensado en nada cuando su
capuccino y sus bizcochos llegan. Tras darle las gracias a la camarera, dedica
unos instantes a observar e inhalar el cálido aroma de su comida antes de
empezar a llevarla a su boca.
Ella
llena su deslucido presente con recuerdos brillantes que empiezan a asfixiarla
mientras mira aquella fotografía, y se confunde: cree que de repente la atmósfera
del local se ha vuelto densa, y debe tomar aire utilizando más fuerza que la
usual. El cansancio en sus pies se ha ido y siente que fue un error haber
entrado en aquel lugar, haberse sentado y también haberse bebido un poco más de
la mitad de la taza, y comido nada más que dos de los seis bizcochos. Ahora
siente que lo que en realidad necesita es seguir caminando. Se pone de pie,
deja el dinero de la paga bajo su taza sin terminar, y temiendo que pueda
volver a acosarla, decide abandonar la fotografía en la mesa, saliendo
velozmente del lugar.
Él, de
manera distraída, mientras bebe su primer sorbo, ve que aquella retraída chica
se pone de pie y la sigue con disimulo usando sus pupilas, hasta que desaparece
tras su hombro. Cuando escucha la puerta abrirse y cerrarse junto al tintineo
de la pequeña campana, regresa la vista al frente. Le toma unos instantes, pero
nota que la extraña muchacha que nunca antes había visto en su vida ha dejado
un papel en la mesa. Él apoya unos instantes su taza, y sin soltar el asa, da
unas miradas a su alrededor, para verificar si alguien más se ha dado cuenta de
eso. Ni los empleados ni los clientes parecen haberlo notado, así que siente
que es su deber ponerse de pie, y lo hace. Camina hasta su mesa y toma la
fotografía. La mira unos momentos, y no está seguro de si aquella bonita
muchacha sonriente con flequillo hacia un lado que aparece junto a un joven es
la misma que se marchó tan apresuradamente hace unos instantes, pero piensa que
podría ser un recuerdo importante para ella, así que sale de la pastelería a
una velocidad aún mayor que la utilizada por ella.
Ella
sale cabizbaja, y podría decirse que atolondradamente de la pastelería, golpeando
alguno de sus hombros o uno de sus brazos contra el de alguien más cada ocho o
diez pasos. Siente que mientras más se aleja de la fotografía, más cerca está
de olvidar todos los recuerdos que esta representa. Casi no se da cuenta del
viento frío que golpea todo su rostro y su descuidado cuello, lanzando sus
cabellos hacia atrás, y no puede ni estar cerca de pensar en la posibilidad de
que en unos días, aquello desemboque en un cruel resfriado lo suficientemente
grave para dejarla en cama un tiempo. Pero poco le importaría, porque tal vez
el sano y depurador calor de una preocupante fiebre sea capaz de limpiar
también todos aquellos sentimientos tan degenerativos y desoladores. No es
demasiado ambiciosa, o tal vez sí, porque todo lo que desea es poder traer al
presente de una vez por todas aquel pie rebelde que aún pisa con firmeza el
pasado.
Él
regresa a la sofocante acera y tuerce cuello y cintura en búsqueda de la
olvidadiza joven, en medio de aquel mar de gente. Sólo ve sacos y sobretodos oscuros
o pálidos, y rostros aún más desconocidos que el que busca. Da algunos pasos
hacia la derecha. Luego a la izquierda. No se rinde, y en cuestión de segundos,
ve una sospechosa cabellera castaña que se agita, y está seguro de que es ella.
Está a unos cuarenta metros, y ni siquiera se pregunta cómo fue capaz de
distinguirla, simplemente le grita que se detenga, aunque sea inútil a causa de
los estentóreos rugidos de la ciudad. No le quedó más alternativa que empezar a
correr hacia ella para alcanzarla. No sabía por qué se esmeraba tanto en
devolver aquella fotografía, pero era una buena distracción: ya había dejado de
pensar en todas esas cosas frustrantes que dominaban su mente hace unos
minutos.
Ella dobla en la esquina para no tener que
esperar a que el semáforo le otorgue su turno de cruzar la calle, y se acerca
un poco más a su casa. De repente tampoco quiere caminar, quiere llegar a su
habitación, poner su música favorita lo más fuerte posible antes del nivel en
que pudiera molestar a sus vecinos y recostarse en su cama por varias horas, o
tal vez días, o quizá para hibernar, y salir cuando aparezca la primavera
nuevamente. Mira hacia arriba y se asombra de lo influyente que puede ser un
día frío y un cielo grisáceo para su ánimo: ambos empeoraban la nostalgia y la
soledad que sentía. Para pensar en otra cosa, aunque no la consuela, se
pregunta si habrá cerrado bien las ventanas, ya que de no ser así, el viento
podría haberlas abierto, y ahora incluso su epicúreo refugio estaría tan helado
como el resto de la ciudad, y como sus dedos con uñas violáceas.
Él
todavía la sigue. La tarea se ve sumamente complicada, ya que la gente es como
una gran masa que debe atravesar con sus piernas cansadas. Atropella a más
personas que con las que puede disculparse abstraídamente, y se gana malas
miradas con cada paso que hace. Pero no se da cuenta de nada de esto, él mira
fijamente la cabellera castaña clara. No puede darse el lujo de perderla de
vista. Esto se ha vuelto una especie de desafío para él. Dobla la esquina. Se
está acercando lentamente, pero si apresura sólo un poco el paso, tal vez la
alcance antes de llegar a una nueva intersección. Retoma la táctica de los
gritos, pero no sabe su nombre, así que utiliza frases como “oye tú” o “la del
cabello castaño” o “la de la pastelería”, pero aunque algunas personas se
voltean a mirarlo, ninguna de ellas es la joven de la fotografía.
Ella
llega a una nueva esquina y esta vez debe ser paciente y esperar al semáforo,
porque si vuelve a doblar evitando la calle, sólo se alejará de su casa. Sigue
avanzando varias cuadras con la cabeza agachada, caminando más rápido de lo que
cree, hasta que finalmente se aleja del trajín del centro de la ciudad, y
circula por aceras más despobladas. De repente, tiene la sensación de que una
voz está llamándola, y su rostro se llena de preocupación, preguntándose si
aquella depresión no ha pasado a convertirse en un estado depresivo que puede
empeorar en cualquier momento para llenarla de alucinaciones. Está realmente
mal. Tiene miedo de que súbitamente aparezca frente a sus ojos el espejismo de
lo que quiere olvidar, y la siga hasta su casa. Necesita hablar con alguien aún
más que antes, así que hace un nuevo
intento para comunicarse con su amiga. Fracasa.
Él no
llega a tiempo y debe esperar al semáforo para cruzar la calle que la joven ya
ha cruzado. Mueve sus piernas impacientemente, como si esos pasos que hace una
y otra vez en el mismo sitio pudieran acercarlo un poco o aceleraran el paso
del tiempo. Con la luz verde sale disparado al igual que un atleta en una
carrera, pero pronto la gente vuelve a forzarlo a descender la velocidad. ¿Qué
hará si no la alcanza? ¿Tirará a la basura la fotografía? No, aunque son
mínimas, hay posibilidades de volver a cruzarse con ella, y entonces podrá
devolvérsela. Desde hoy debería salir siempre con la fotografía en alguno de
sus bolsillos, por las dudas. Pero ahora también se pregunta si vale la pena
devolverla; es decir, hoy en día, con las cámaras digitales, las personas
tienen centenares de fotografías similares, y seguramente esa muchacha tiene
unas cuantas parecidas a esa en su casa. Rápidamente se deshace de ese
pensamiento, porque si la llevaba con ella, debe de tratarse de una fotografía
especial, más allá de parecerse a otras o no. De pronto se aleja del centro y
la gente ya no es un obstáculo, pero ella continúa sin escuchar sus llamados.
Debe aumentar su velocidad, ahora sólo es una cuestión de tiempo.
Ella se
sorprende hasta llegar al susto, porque alguien toca su hombro. Salta sobre sí
misma y gira su cuello como si tiraran su cabeza hacia atrás. Es un muchacho
joven, de aproximadamente su misma edad. Se calma cuando se percata de que lo
ha visto antes en alguna ocasión, y frunce el ceño con confusión y escepticismo
cuando piensa que es el cliente que entró después de ella a la pastelería. Él,
agitado, le muestra la fotografía, y ella abre sutilmente la boca, dejando caer
con asombro su labio inferior. Le explica que la viene siguiendo de hace más de
seis cuadras, y extiende su brazo para entregarle el papel. Ella gira la
cabeza, rechazándolo, y le confiesa con cierto calor en sus mejillas que no
olvidó la fotografía, sino que se deshizo de ella.
Él se siente
un estúpido, allí inmóvil, con la fotografía de dos desconocidos en su mano.
Más que un estúpido, se siente un desgraciado, como alguien que pinta una
enorme pared con un delicado, glamoroso y cuidado diseño de líneas, y descubre
que tanto los colores como las formas estaban mal, ya que la consigna
solicitaba círculos, no líneas, y tendría que volver a empezar todo. Entonces
piensa en su bicicleta, en su capuccino y en los bizcochos: no valió la pena
abandonarlos. La joven debería haber aceptado la fotografía al menos como señal
de gratitud por las molestias que se había tomado, piensa él, aunque todo fuera
en realidad su culpa: ¿quién lo envió a ser tan entrometido? A pesar de todo,
se esmera en que aquella fotografía regrese a ella, y le pregunta por qué no la
quiere.
Ella se
atreve a contarle que es un recuerdo doloroso que es mejor olvidar, ignorando
el hecho de que él es un perfecto desconocido. Le cuesta creerlo, pero después
de responderle se siente un poco mejor. Sin embargo, es sólo una cuestión de
segundos hasta que empieza a sentirse aún peor que antes, porque los recuerdos
salen a flote en su mente como agua brotando de un manantial. Tal vez se le
ocurrió esa comparación porque siente que algunas lágrimas están a punto de
ahogar su mirada. Tal vez sea algo más que “algunas lágrimas”, pero ella quiere
evitarlo.
Él
reacciona con escepticismo, y pronto se enfada genuinamente por haber hecho
todas las tonterías de hace unos momentos: hacerse el ofendido con la sociedad
y bajarse de la bicicleta con la intención de que la humanidad se sintiera
culpable, entrar a aquella pastelería en la que aún debía pagar la cuenta y que
lo despojaría de sus últimos billetes, haber intentado sanar su malestar con
una acción generosa y desinteresada que terminó siendo totalmente inútil. Le
muestra la fotografía a la muchacha y la rompe frente ella, asegurándole que ya
no debería preocuparse. No lo hizo con tanta violencia como puede pensarse.
Ella
finalmente se pone a llorar, siente que es su corazón el que está en aquella
fotografía ahora hecha pedazos, siendo esparcida a través de la acera y la
calle por el viento.
Él está
aún más confundido que antes, y queda paralizado. Se siente culpable por las
lágrimas de la muchacha, porque ahora su actitud inútil se convertía en una
actitud perjudicial.
Ella se
abalanza sobre él porque es la única persona que tiene cerca, y apoya su frente
en su cuerpo, empezando a humedecer su pecho.
Él no
sabe qué hacer, pero pronto empieza a verla como a una pequeña niña extraviada
que no sabe cómo regresar a su casa y extraña desesperadamente a sus padres.
Ella
tiene sus manos a un lado de sus mejillas, y cada vez se presiona más a ella
misma contra la calidez del joven mientras sus lágrimas ahora son acompañadas
por algunos sollozos y delicados gemidos.
Él
finalmente se mueve, y la rodea muy lentamente con sus brazos, con sumo cuidado
y algo de inseguridad, como si un poco de presión pudiera llegar a romper de
manera irreparable sus huesos. Lo hace mientras le dice que lo siente.
Ella se
asombra al sentirse protegida y segura en los brazos de un desconocido, pero
eso le permite comprender con certeza lo profundamente sola que se sentía. Ya
no tiene apuro por regresar a casa, podría quedarse ahí una hora más, o hasta
que se le agotasen las lágrimas, y luego permanecer inmóvil varias docenas de minutos
más, sólo porque sí.
Él se
siente útil y a gusto. La calidez del cuerpo de la muchacha empieza a
reconfortarlo también a él. Sonríe porque sus pensamientos le parecen algo
ridículos: de repente, ahora siente que todo valió la pena, bajarse de la bicicleta,
entrar en la pastelería, correr a buscar a aquella extraña, incluso quedarse
sin dinero en unos minutos. Piensa que lo volvería a hacer todo si fuera
necesario, pero por ahora se limita a disfrutar, porque él también está siendo
consolado.
Ella
logra calmarse un poco y se aleja con cierta brusquedad, sorprendiéndolo otra
vez. Se seca las lágrimas con el dorso de sus dedos y se disculpa por haber
reaccionado de aquella manera tan precipitada, mientras su rostro ya no sufre
la palidez que le otorga el frío y la tristeza.
Él le
dice que no se preocupe casi como una súplica, ya que continúa sintiendo que
fue el responsable de su llanto, y tal vez tenga razón. Luego mantiene el
silencio no porque no sepa qué decir, sino porque se siente sumamente cómodo
mirándola y nada más. Siente que eso es suficiente.
Ella lo
mira y sigue mirándolo, hasta que sonríe tras las lágrimas que quedaron
meciéndose en sus párpados, haciéndole saber que se siente incomprensiblemente
agradecida hacia él.
Él le
devuelve la sonrisa llegando a sentirse feliz, y de repente tiene el
presentimiento de que esta noche le costará un poco más de lo normal dormir,
porque esa desconocida y todo lo que sucedió darán vueltas en su mente.
Ambos
hacen un gesto amable con sus cabezas, y sin más palabras, se dan la vuelta
para marchar cada uno hacia su propia dirección, y no volverse a ver nunca más
en sus vidas. Quizás.
jueves, 24 de enero de 2013
Obsesión
No
necesito que me ames. Al mirarte, tu reflejo se esculpe en la humedad de mis
ojos, como una gran silueta de luz, y eso me basta para sentir que eres parte
de mí.
No
necesito que me ames. Al estar cerca de ti, cualquier brisa acerca amablemente la
fragancia de tu piel y tu cabello hasta mí, y puedo dar una gran aspiración
mientras cierro los ojos y lleno mis pulmones de ti, lo que oxigena y renueva
mi sangre. Eso me basta para sentir que eres parte de mí.
No
necesito que me ames. Puedo escuchar claramente tu voz, incluso cuando no me
habla a mí, como una tierna y serena melodía que me hace sonreír, como un dulce
y memorable susurro que crea escalofríos de encanto. Eso es suficiente para mí.
No
necesito que me ames. Por las noches, tu idea viene a sanar mi insomnio, y sus
dedos juegan suavemente con mis cabellos hasta que me quedo dormido. Pero luego
sigue ahí, sonriendo a mi lado, hasta asegurarse de que despierte con una
genuina sonrisa, como la suya. Eso me basta, en serio.
No
necesito que me ames, porque te amo, y el amor es desinteresado, filántropo,
altruista, se da sin esperar devoluciones o cambios equivalentes.
Con
tu amable saludo cada mañana y tu cándida despedida cada tarde, es suficiente
para mí, lo juro. Con rozar las puntas de tus dedos cada vez al alcanzarte
algún objeto, es suficiente, en serio. Con verte acomodar ese persistente
mechón tras tu oído, una y otra vez, es suficiente. Con saber que estás cerca
de mí, a tan sólo unos pasos, y poder saltar a ayudarte si necesitas algo o poder
correr a protegerte si estás en peligro, es mucho más que suficiente para mí…
Es todo lo que necesito…
martes, 15 de enero de 2013
Amo Escuchar Radio
Ese sumamente efímero y encantador momento en que enciendes
la radio y sintonizas la primera frecuencia que encuentras, empezando a
escuchar una canción que te hace mover suavemente la cabeza, sin saber quién es
su autor, su intérprete, ni siquiera cuál es su nombre o qué es lo que dice. Es
una maravillosa coincidencia, de esas de “estar justo ahí, en ese preciso
momento”, porque seguramente nunca conocerás ninguno de los datos antes
mencionados, y eso te hace disfrutar de una manera única de los sonidos y las
melodías, porque sabes que estarán allí durante los próximos tres o cuatro
minutos, y luego se irán para no volver jamás… Tampoco, por más hermosa que te
haya parecido, intentas conocerla, porque aunque nadie lo dijo y ni siquiera lo
pensó, esa es la ley del juego: disfrutarla mientras suena. Eso le agrega una
dosis única de encanto, y evita que aparezcan la rutina y la monotonía, pues
convierte el escucharla en una cosa de “una sola vez en la vida”, y todos
sabemos lo maravillosas que son esas oportunidades que podemos saborear sólo
una vez…
miércoles, 19 de diciembre de 2012
Salva Mi Mundo
Como todos los sábados en
la noche, se encontraba acomodándose su chaleco y su corbata, aprovechando que
no había ningún huésped en la recepción.
«Realmente odia ese
uniforme», pensaba su compañero, el portero, mientras la observaba de reojo con
otra porción de su atención fijada en la acera para abrirle la entrada a
cualquier persona que pudiera pretender entrar.
Era bastante inusual que la
lujosa recepción se encontrase vacía, el hotel contaba con más de trescientas
habitaciones repartidas en treinta y dos pisos y siempre había aunque sea un
hospedante que prefería sentarse a descansar allí abajo que subir hasta su
cuarto. Tal vez la quietud de aquellos instantes se debía a la temporada baja,
pero ese es un término que difícilmente afecta a los hoteles internacionales de
cinco estrellas que reciben visitas de la prodigiosa gente de negocios.
Pero la desolación de los
espejos que no reflejaban a nadie y de las luces que no producían más que
sombras estáticas y muertas no tardó en desaparecer. Un hombre de una camisa a
rayas muy simple se acercó a la entrada y sin siquiera darse cuenta le exigió
al portero que haga su trabajo. La recepcionista no demoró más de un segundo en
notar sus jeans gastados y sus zapatos viejos. Ese joven no pertenecía al mundo
de la economía, o era uno de esos millonarios excéntricos, pero prefirió
quedarse con la idea de que se trataba de alguna especie de vendedor ambulante
o algo así.
—Buenas noches —saludó él
educada y formalmente, con una rara expresión en su rostro.
—Buenas noches, ¿en qué
puedo ayudarlo? —respondió ella no antipáticamente, pero tampoco con simpatía.
El muchacho no respondió y
se limitó a mantener el silencio mientras su mirada peregrinaba a través del
mechón castaño y ondulado que se colgaba de su pequeña frente; de sus ojos café
que reflejaban la gran araña cristalina, el centro de la iluminación; de sus
labios delgados y cuidadosamente coloreados con un suave rosa; de sus pestañas
erguidas; de sus hombros redondeados y sus elegantes clavículas.
—Sí, quisiera una
habitación —respondió algo distraído luego de su largo viaje.
«¿Tendrá el dinero para
pagarla? Bueno, no es asunto mío. Aquí nadie paga por adelantado, así que él no
puede ser la excepción», pensó la empleada antes de responderle.
—Claro. ¿Para uno?
—Para la cantidad que sea,
pero que esté muy alto.
Algo extrañada por la
petición, movió ágilmente los dedos sobre el teclado y las pupilas por la
pantalla del monitor.
—Tres de las cinco suites
del último piso están ocupadas, ¿quiere una de las que están libres?
—Sí, está bien.
—¿Le gustan las vistas
desde las alturas? —le preguntó la joven encontrando algo de simpatía en su
interior mientras revisaba datos en el monitor.
—La verdad es que no
—respondió inspeccionando por primera vez el lugar con la vista. La muchacha lo
miró un poco más extrañada que antes, pero continuó con lo suyo sin decir nada
más.
Luego de proporcionarle
todos los datos necesarios, el joven finalmente tomó el ascensor y subió hasta
la última planta. Entró en su suite e ignoró todo el morbosamente lujoso
decorado, se dirigió directamente a la gran ventana que había en un extremo.
Allí observó las luces de la ciudad por unos momentos. La iluminación urbana
opacaba el cielo nocturno y daba la sensación de que incluso intentaba
suplantarlo, porque casi lo lograba. Corrió el cristal hacia un lado y el frío del
viento que entró le provocó un retorcijón en el estómago. Ignorando aquella
incómoda sensación, se paró en el gran marco de la ventana y esta vez todo su
sistema digestivo se vio afectado.
Repentinamente, algo en su
interior lo hizo descender del marco y salir de la habitación con pasos rápidos.
El ascensor estaba ocupado, así que su impaciencia lo hizo utilizar la escalera
hasta que varios pisos más abajo el ascensor quedara libre y finalmente pudiera
abordarlo.
Llegó a la recepción y se
encaminó directamente a la recepcionista.
—¿En qué lo puedo ayudar?
—le preguntó ella.
—¿Puedo hacerle una
pregunta?
—Claro.
—¿Cree que una sola persona
puede cambiar al mundo?
A la muchacha le llamó la
atención la pregunta, o más bien, el emisor y la situación en la que había sido
pronunciada. Sin embargo, luego de un silencio, un cobijo para su sorpresa,
respondió:
—No, no lo creo… ¿Por qué?
—Porque tú acabas de
cambiarlo.
La chica cerró los ojos con
una mezcla de comprensión y decepción, y apoyó sus manos en el escritorio::
—Dime algo… ¿Ese versito te
ha servido con alguna otra chica antes?
El muchacho contempló sus
ojos y su ignorancia por un momento, y luego sonrió junto a una pequeña
exhalación.
—Disculpa. Fui un tonto
—dijo colocando las manos en los bolsillos y retirándose de la recepción con
una sonrisa.
Esta vez el cristal no
podría volver a cerrarse, la habitación quedaría vacía y la recepcionista
descubriría que acababa de destruir el mundo que había salvado cuando lo viera abdicarse
en el asfalto, justo al frente del hotel y del portero, a quien le salpicaría
algo de su miseria.
(imagen: http://momo-zhao.deviantart.com/)
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