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viernes, 12 de diciembre de 2014

No Sabía

  Ella no entendía a las estrellas, no entendía el canto de sus luces. Su piel no sabía jugar con una brisa, ya sea matutina o nocturna, y si su cabello, de casualidad, empezaba a hacerlo, a ella no le interesaba. Tampoco le importaba si su voz se mecía lentamente por el aire hasta empujar una sonrisa a mi rostro, y me invitaba a descansar, o si llegaba alterada a inquietar mis oídos. Ella no creía que la profundidad de sus pupilas llegara hasta su alma, o hasta la mía, ni que sus ojos tenían el derecho de robarse cualquier luz sólo porque tenían el deber de dejarla ir otra vez, y regalársela a alguien más. Ella no sabía lo que era un paseo, simplemente usaba sus piernas, llevaba un pie adelante, y luego adelantaba al que había quedado atrás; eso era todo. Ella no sabía que la magia existe, y por lo tanto, tampoco sabía que hay que liberarla de los sitios donde se esconde, y mucho menos sabía que una vez liberada, la magia entabla una lucha contra el tiempo, y siempre le gana. Ella no creía en los sueños, pensaba que la energía provenía simplemente del dormir, y una vez que despertaba no había nada más que lo que había. Ella no sabía la libertad, tenía más fe en las miradas ajenas que en las suyas, y creía que lo que sentía era sólo eso, sentimientos que pertenecían a su interior y allí debían quedarse. Ella no sabía que la lluvia limpiaba mucho más que los tejados, ni que un par de chaparrones podían descubrir la vida que había quedado cubierta bajo los años. Ella no sabía que se podía amar sin tocar, soñar sin dormir, sentir sin razón, dar sin devoluciones, entregarse sin perderse, llorar sin sufrir; ni que se podía herir sin intención.
  Aún así, o quizá por eso, él la amaba.

miércoles, 16 de abril de 2014

Paso

  Cuando voy caminando por la calle y me encuentro con una persona, por ejemplo, sin piernas, acomodada en un rincón tan sucio como su cuerpo, esperando recibir alguna limosna (ayuda efímera que no sirve para solucionar el problema, sino para maquillarlo durante un tiempo mínimo), tengo sensaciones encontradas: por un lado, siento que lo humillo, con mis posesiones materiales que tanta comodidad me dan, con mis piernas que tan bien andan; pero por otro lado, me siento humillado yo, porque recuerdo algunas personas cuyas historias conocí en algún libro, en algún programa de televisión o alguna página de Internet, que sin tener piernas, hicieron muchas más cosas que yo, y pienso “este tipo tiene más posibilidades de humillarme, más posibilidades de hacerme sentir menos, de las que yo tengo de hacerlo sentir menos a él”. Y paso, simplemente paso caminando, sin mirarlo.

jueves, 20 de marzo de 2014

Angustia. Tristeza.

  A veces miro mi cuerpo, y observo su madura juventud con tristeza, o tal vez con melancolía. Pero esta melancolía no viene del pasado, sino que nace de lo que vendrá, y de lo que podría venir. Miro mi cuerpo y me siento un viejo con el disfraz de un joven, no porque sienta que desperdicié mi adolescencia o que estoy desperdiciando mi juventud, mucho menos mi niñez (no tuve la vida más emocionante de todas, ni viví aventuras dignas de ser contadas, pero no me arrepiento de la manera en que viví, porque la disfruté, y mucho); me siento así porque estoy cansado. Estoy cansado de mis pensamientos, de mi reflexión, de mi capacidad de distanciarme emocionalmente de las cosas y lograr una postura completamente objetiva que termina destruyendo mis esperanzas de encontrar algún resto de genuina calidez o amor en las personas que me rodean; pero hablando más correctamente, no me arrepiento de mis pensamientos, al contrario, me siento muy satisfecho con ellos, pero lo que sucede es que esta tristeza que siento puede acabar de dos maneras: una, cambiando la realidad del mundo, o dos, dejando de pensar; sin lugar a dudas, dejar de pensar resulta mucho más fácil, porque el cambio necesario para solucionar el problema de egoísmo indiferente en este mundo es de una escala que sobrepasa la capacidad de una e incluso de miles de personas. Mis pensamientos no tienen la culpa, sólo es más sencillo culparlos a ellos. Y deteniéndome a pensar más, creo que ni siquiera estoy cansado del insalubre nivel de egoísmo de la mayoría de mis compañeros de especie, creo que eso ni siquiera me importaría si pudiera ser capaz de encontrar en mí aunque sea un grano de verdadero amor, o generosidad, o incluso, al menos odio o desprecio, porque simplemente parece no importarme ni la felicidad ni la desgracia ajena, parece que soy incapaz de percibirlas o de compartirlas. Creo que lo único que puedo sentir realmente es la tristeza, la tristeza de no poder sentir: a veces, me encuentro a mí mismo haciendo fuerza para llorar, haciendo fuerza para sufrir, como queriendo forzarme a mí mismo a sentir algo que en realidad no siento, y termino llorando, no porque haya logrado sentir eso que buscaba, sino justamente porque me derrumbo al no lograr sentirlo. La verdad, no me importa un carajo si las personas no son capaces de notar el dolor ajeno, de preocuparse por el malestar de su par y extenderle una mano para sacarlo de la angustia; no me importa si sólo se preocupan por cuidar su propio culo, haciendo que eso signifique perjudicar al del otro si es necesario; no me importa si tratan a sus supuestos seres queridos como meras máquinas succionadoras de soledad o como fuentes de placer físico; no me importa si se hacen las víctimas y se preguntan con lágrimas en los ojos qué hicieron para merecer que “la vida los trate así”; lo único que me importa, lo único que me duele realmente, es tener la certeza de que yo también soy así.

sábado, 8 de marzo de 2014

En Medio de las Mentiras

  Caminaba por la ciudad. El sitio al que iba estaba cerrado, y regresaba pensando en que había sido un desperdicio caminar hasta ahí con las piernas doloridas, a pesar de que luego me sentí triste cuando vi el edificio en el que vivía. No quería regresar. Quería caminar más, quería alejarme más, pero tampoco quería hacerlo en realidad. Quería algo más en ese momento.
  Vi cuatro grandes árboles que se estiraban más allá de los techos de las casas, y allá arriba, en lo alto, sus ramas se abalanzaban sobre las sumisas ramas de las plantas al otro lado de la calle, encerrando al asfalto en sombra. De sus altos, gruesos y rugosos troncos, colgaban interminables filamentos verdes y húmedos que intentaban tocar el suelo, quedando algunos mucho más cerca que otros, aunque todos parecían ser una sola cosa.
  Vi aquello, y pensé “es como un vestigio de la selva aquí en la mierda, en la ciudad”. Pensé en cuánto nos hemos alejado las personas de nuestra verdadera naturaleza, y supuse que el estrés y la infelicidad era el precio más caro que debíamos pagar por haber hecho eso. Sentí deseos de llorar; realmente quise llorar, pero al final no pude hacerlo, al final ganó la frialdad. Entonces me imaginé que, muy posiblemente, dentro de nosotros hay un impulso (más intenso en algunas personas y menos en otras) por volver a lo natural, a nuestra esencia, a esa célula madre alrededor de la cual se reprodujeron todas aquellas que salieron de ella, y que hoy está cubierta por siglos y siglos de actividades, palabras, sentimientos, mentiras.

jueves, 5 de diciembre de 2013

Lo Intento

  Usted está poseída. Poseída por las cosas que cree poseer, por su necesidad de poseerlas, por su miedo a dejar de poseerlas y tener que ver la vida cara a cara, desnuda, pura. Está poseída por el miedo al futuro y a sus inciertas y malas posibilidades, por el miedo a las enfermedades que no tiene, a los males que no la acosan. Está poseída por todas esas mentiras que alguna vez uno o varios tontos nos hicieron creer.
  Yo, en cambio, prefiero andar ligero, para no sobrepasar mis capacidades y poder controlarme, para poseerme, porque sólo si me poseo puedo entregarme (“uno no puede dar lo que no tiene”), y en la entrega está la felicidad, aunque los insalubremente egoístas, los engañados, no puedan o no quieran creerlo.
  Si me poseo, puedo entregarme a todas aquellas cosas y personas que me hacen bien, que amo, que me protegerán a mí y a mi felicidad, con las que quiero compartir y compartirme.
  Sólo si me poseo puedo entregarme a la calidez de la luz del Sol, a la frescura de la brisa, a la suavidad de una mano, o a la ternura de cualquier otra caricia; sólo si me poseo puedo entregarme a la compañía de un amigo; sólo si me poseo puedo entregarme a la belleza del arte, de la naturaleza, a la sublimidad de la música, al encanto del vuelo de las aves, a la inmensidad del cielo, al sostén de la tierra y la hierba, a la majestuosidad, la magia, los milagros, la realidad que nos rodea en todo momento; sólo si me poseo puedo recibir y proteger todo lo que los demás deseen entregarme.
  Y no se engañe otra vez, usted no se ha entregado a todas esas cosas que tiene (al menos no conscientemente), porque no las ama, sino que las necesita, y por eso las tiene, porque le mintieron que las necesitaba, y usted lo creyó, quizá porque consideraba que era más fácil y cómodo tomar estas cosas en lugar de salir en búsqueda de las que ama (o esa quizá es otra de las mentiras que le hicieron creer), o simplemente porque estaba algo distraída, y ahora sólo necesita sentarse a pensar un poco mejor las cosas.
  No se preocupe por abarcarlo todo, por asegurarse un futuro que alguna vez quizá podría llegar, porque lo único que realmente puede poseer es este mismo instante (el único que existe, pues los demás son en realidad recuerdos o meras suposiciones), sus pensamientos, sus sentimientos, y sus sensaciones… Eso es todo lo que el Universo le da, lo que nos ofrece a todos (parece poco, y quien sabe, quizá lo es, pero es lo más hermoso, y por ello, lo más valioso y lo más importante), pero está en usted aceptarlo, tomarlo y disfrutarlo, o ignorarlo y dejarlo ir, intentando cambiarlo por algo más, algo que existe, pero que no es real...

viernes, 1 de noviembre de 2013

Tratarnos Bien

  Voy a concederme el capricho de escribir las siguientes palabras con la soberbia de creer que son la verdad universal de esta realidad, porque necesito hacerlo de esa manera para sacar de mí algunas pesas agobiantes.
  No tenemos ni la más cercana idea de cuán sensible es una persona, de cuán frágil es su mente, y de cuánto pueden vulnerar a su estado de ánimo los factores externos. Y no importa si esto es así por causas hormonales, por procesos físicos, químicos o fisiológicos en nuestro cuerpo, por un creador que así lo quiso, la cuestión es que es así, y por eso, lo que debería ser lo verdaderamente importante es el intentar no dañarlas, no dañarnos.
  ¿Cómo nos tratamos entre las personas? Creo que ahí radica el verdadero problema de la humanidad, esa es la raíz de todo. ¿Cómo pretender convencer a alguien de cuidar a los otros animales o al medio ambiente, si ni siquiera se preocupa por los que considera sus pares más cercanos, o incluso tampoco por sí mismo?
  No conocemos a las otras personas, porque alrededor de cada una de sus palabras, de sus acciones, de sus gestos, de sus creencias, hay toda una red de cadenas de experiencias, de recuerdos que fueron acumulándose a lo largo de toda su vida, y que además fueron construyéndose según la propia manera de reflexionar de cada uno. Por eso jamás podremos comprender qué pasa en la mente de los demás, o por qué, o cómo. Debido a esa incomprensión es que debemos ser cuidadosos, porque no sabemos qué mínima palabra, expresión o gesto que llevemos acabo podría anudar o desanudar de manera peligrosa esas cadenas de pensamientos, así como también podría hacerlo de manera beneficiosa. Los sentimientos dependen mucho de esos pensamientos, y la salud depende mucho de los sentimientos. Creo que cosas como los gritos, los comentarios sarcásticos o burlones, y las verdades en estado bruto son las maneras más peligrosas de tratar a alguien. Cualquier falta de respeto también es peligrosa.
  Cariño. Suavidad. ¿Qué tanto nos cuesta comprender esas palabras, y el impacto que podrían tener en el mundo, en las personas que nos rodean, si llenáramos nuestras acciones con ellas? Ni nos imaginamos cuánto más llevadero podemos hacer el día de alguien con una simple sonrisa al cruzarlo en la calle, o con un pequeño cumplido (siempre sincero) o reconocimiento a cualquier virtud que demuestre, por pequeña que sea. A veces las personas hacen muchas cosas buenas o bien, y que alguien se los reconozca es como darle un poco de energía nueva para que continúen así, o incluso para que mejoren; muchos pueden rendirse si ven que nadie parece darse cuenta de lo que hacen, porque así reciben la sensación de que no están haciendo nada útil.
  No estoy hablando de alabanzas y adulaciones, sino de respeto, amabilidad, y sinceridad. Si pensamos algo bueno de alguien, si alguien significa algo para nosotros, ¿por qué no hacérselo saber? Tal vez no lo necesite, pero tal vez sí, y tal vez no le importe, pero tal vez le haga bien, y fuese como fuese, de cualquier manera sí nos haría sentir bien a nosotros expresarlo.
  Tratarnos bien. Intentar no lastimarnos, o lastimarnos lo menos posible. ¿Tan difícil es? Realmente sí. Quizá no estemos preparados para actuar de esa manera, pero aún si nuestro cuerpo y nuestra mente estuvieran diseñados para sobrevivir sin importar la supervivencia del otro, ¿por qué no cambiar eso? ¿Dónde está el libre albedrío del que tanto nos enorgullecemos si en realidad nunca contradecimos a la naturaleza? Quizá tratándonos bien no necesitemos muchas otras cosas, y la ciega avaricia que gobierna a tantas personas hoy no nos llenaría de problemas a nivel mundial.
  Yo no sé lo que piensan los demás, pero aún si somos sólo dos o tres "tontos" los que queremos vivir así, aún si soy yo el único "idiota" que quiere dejar la menor cantidad de "mierda" posible al pasar por este mundo, voy a esforzarme por lograrlo, porque quisiera que este mundo fuera un sitio mejor, y esa es mi manera de transformarlo, o en otras palabras, mi patético "granito de arena" para intentar mantener satisfecha a mi conciencia.

viernes, 19 de julio de 2013

Abrazos Gratis

  Desde el momento en que vi por primera vez un video de un chico parado en medio de la ciudad, sin trasladarse mientras a su alrededor docenas de personas simplemente lo esquivaban, tal vez sin siquiera percatarse de que era una persona, quise hacerlo. Él tenía sus brazos elevados, y en sus manos sostenía un cartel muy simple que decía "Free Hugs" ("Abrazos Gratis", en español). Me propuse hacer lo mismo, a ver qué se sentía en la experiencia. Sin embargo, pensaba hacerlo recién el año que viene, cuando me marchase a la ciudad, pero hace unas semanas, hablando con una compañera de clase (creo que ella no se sentiría cómoda si le digo "amiga", pero yo soy su amigo), ella me dijo que alguna vez le gustaría hacerlo también, y que alguna vez definitivamente lo haría. Yo aproveché la oportunidad y la invité a que lo hiciéramos juntos (la vergüenza que produce la timidez es menor cuando se comparte; es más llevadera que tener que cargar con toda tú mismo, creo). Hoy, viernes 19 de julio (2013), finalmente lo hicimos.
  Salí de mi casa a las 8:55 de la mañana, porque a las 9 debíamos encontrarnos en la plaza. Llevaba mi pequeño cartel enrollado en mi bolsillo canguro, y realmente no quería hacerlo. Tenía mucha, demasiada vergüenza de caminar por la calle, en frente de la gente, con aquel cartel extendido entre mis manos. Anduve por la plaza deseando que ella no se atreviera a venir, y cuando estaba a punto de regresarme con el estómago dado vuelta por la inseguridad, ella apareció en una esquina, a las 9:10. Entonces no hubo remedio, porque debía cumplir con el trato. Tuve que enfrentar mi miedo, pues, al fin y al cabo, era algo que tenia muchas ganas de experimentar.
  Desdoblé mi cartel tomando un poco de la valentía que ella dejó ir al desdoblar el suyo, y empezamos a caminar, cada uno por un lugar diferente. Aunque es un pueblo pequeño, no demoré en cruzarme con la primera persona: era un hombre ya anciano, alto, de rostro serio; noté que leyó mi cartel, y al instante desvió la mirada, su rostro se hizo más serio y agachó la cabeza para encender un cigarrillo. Estaba claro que no iba a abrazarlo. La siguiente fue una mujer anciana, que me saludó con expresión seria y siguió camino. Después me crucé con dos jóvenes, un chico y una chica; él leyó mi cartel y se sonrió, y en seguida le dijo "dale, abrazalo, dale un abrazo al chico", pero ella se negó.
  Cuatro personas y ningún abrazo, pero finalmente, incluso cuando estaba a unos treinta metros, supe que la quinta persona me abrazaría: era una chica de aproximadamente mi edad, tal vez un poco menos, que vio mi cartel y empezó a reír. Su timidez casi la hace pasar de largo, pero a último momento me atreví a preguntarle directamente "¿querés un abrazo"?, y ella dijo "bueno" torciendo la cabeza, y entonces, al fin, tuve mi primer abrazo de la mañana (la cual por cierto estaba muy fría, ideal para abrazar). Desde ese momento hasta ahora, no he perdido la sonrisa. Vaya, qué incontrolables ganas de sonreír me quedaron después de ese primer abrazo. Supongo que ese es el fin principal de la experiencia: alegría en estado puro, genuina, casi infantil, que parece no tener ningún sentido.
  Luego me crucé con más personas, pero ninguna me abrazó. Una de ellas, al ver mi cartel, se cambió de vereda. Después acerqué a unas mujeres que estaban limpiando una iglesia y les ofrecí un abrazo: una de ellas se rió mucho, pero la otra me miró seria y me preguntó "¿para qué?", y casi sin detenerse a escuchar mi respuesta ya se alejó.
  En fin, los únicos abrazos que recibí fueron los de aquella chica y el de Noe, mi compañera de dar abrazos, que ciertamente tuvo más suerte, y dio como diez. Pero no se trata de "recolectar" abrazos o algo así, sino simplemente de dar los tuyos, y recibir otros a cambio. Mis dos abrazos son todo lo necesario para alegrarme el día.
  Volveré a repetir la experiencia cualquier día de estos. Vale la pena hacerlo, se pasa un momento muy lindo.


sábado, 29 de junio de 2013

Una Vez...

  Cuando iba a noveno año, o primero del polimodal (2010 o 2011), una tarde salí del colegio, posiblemente de la clase de Informática, y fuimos con unos compañeros a sentarnos un rato en la plaza del pueblo. Ahí estaba uno de aquellos extranjeros que apenas conocen el idioma español, sentado en uno de los bancos, con un puesto repleto de aros, pulseras, collares y demás cosas por el estilo frente a él. Por la mañana, desde el salón de clases algunos ya le habían gritado estupideces a través de la ventana, creyendo que se burlaban de él, pensando que eran graciosos, supongo. Consideraban que el color oscuro de su piel era motivo para hacerlo (siempre detesté a mis compañeros de clase; no a todos, por supuesto, y no a las chicas, pero sí a algunos chicos). Como fuese, mis compañeros se detuvieron a mirar la mercancía (a mí esas cosas siempre me interesaron muy poco, así que no presté mucha atención) y preguntaron algunos precios. Uno de ellos en particular me preguntó qué opinaba acerca de algunos collares, porque quería hacerle un regalo a una chica. ¿Qué podía saber yo de regalarle un collar a una chica? ¿Qué podía saber yo de regalarle algo a alguien? Le dije que cualquiera estaba bien, que lo que importaba era la intención del gesto (o al menos eso creo ahora que le dije).
  Después de no comprar nada, todos fuimos hasta el banco a unos veinte metros de ahí, y nos sentamos a dilapidar la tarde. No pasó mucho tiempo cuando aquel tipo se puso de pie, nos hizo algunas señas, y con el poco español que naufragaba en su lengua nos pidió que le cuidáramos el puesto mientras él cruzaba la calle para ir a la panadería del frente y compraba algo de comer. Le respondimos que sí y nos acercamos. Mientras caminábamos hacia ahí, comprendí perfectamente lo que significaban las sonrisas y los murmullos que empezaban a medrar entre ellos, mis compañeros, pero pensé “no, no son tan hijos de puta como para hacerlo en serio”, y me equivoqué. Se hicieron algunos comentarios acerca de aprovechar la situación y tomar algunos aritos, y yo lancé varios “no, changos” muy tibiamente, todavía con escepticismo respecto a que en verdad pudieran robarle tan miserablemente algo a aquel extranjero.
  Al ver que sus manos empezaban a moverse, tuve que dejar de lado aquella tibieza. Me habría encantado ir directamente a la violencia y darles un buen puñetazo en la cara a cada uno (creo que eran tres), porque sinceramente creo que se lo merecían, pero no soy capaz de golpear a nadie, y mucho menos a alguien que luego tendré que ver todas las mañanas. Por eso tuve que recurrir a otro método para controlarlos: les dije que si tomaban algo, yo se lo contaría al dueño. Al principio sólo rieron, pero supongo que la expresión de mi rostro fue lo suficientemente seria como para convencerlos de que en verdad lo haría, luego de decirlo dos o tres veces más. Sí lo iba a hacer, no era sólo una amenaza. Uno de ellos me dijo varias veces “baah, chango, qué puto que sos”, pero no me importó, por supuesto. Logré mantenerlos al margen del delito, por suerte, en aquella ocasión.
  El hombre finalmente regresó, nos agradeció (aunque parecía algo triste; todavía estoy seguro que pensaba algo como “bueno, seguro me quitaron algo, pero ya está”), y nosotros, casi peleados, nos dispersamos: yo hacia mi casa, y cada uno de los otros no sé a dónde.
  Hasta el día de hoy me siento bien por haber podido evitar que mis compañeros hicieran una estupidez (ya saben, tengo ese sentimiento tonto, infantil y autocomplaciente de haber hecho lo correcto), pero también me siento mal, porque comprobé que su nivel de estupidez era incluso más alto de lo que yo creía, convirtiéndolos en personas, lamentablemente, dañinas y peligrosas.

domingo, 9 de junio de 2013

Tarea de Filosofía

  La siguiente es una improvisación que escribí para cumplir con una tarea del colegio, para la asignatura Filosofía.

  Desde mi punto de vista, todos los seres vivos son en dos partes: una es su forma de ser, y la otra su manera de ser.
  La forma de ser sería su cuerpo, y la manera de ser sería su comportamiento. Sin embargo, muy generalmente, definimos la identidad de los seres según su cuerpo más que su comportamiento; es decir, a un individuo con cuerpo de león que come sólo hierbas, por ejemplo, seguiríamos considerándolo un león, aunque su comportamiento sea ajeno al de tal. Esto se debe a que la manera de ser de cualquier tipo de individuo, no depende sólo de su forma, sino también de su entorno, de los demás seres vivos e inertes que lo rodeen.
  Para empezar a hablar específicamente del hombre, me parece conveniente hacer una distinción entre lo que es realmente un “hombre” y lo que es en realidad un “humano”. Entonces, podría decir que el “humano” es el homo sapiens en su estado más natural, el ser que busca la manera de sobrellevar y disfrutar su vida entre todos los demás seres del universo; y el “hombre” es el homo sapiens alejado de su estado más natural, incorporado plenamente al estilo de vida de la gran sociedad.
  El humano no es necesariamente un homo sapiens aislado en medio de la selva, el desierto o las planicies, como un animal salvaje más. Es un ser que comprende su diminuto puesto en medio de la naturaleza, que entiende y acepta que es tan sólo un individuo más. Su egoísmo no va más allá del necesario como método de supervivencia, pues sin él todos se sacrificarían prematura e incoherentemente.
  El hombre es el homo sapiens que, dándose cuenta o no, por decisión propia o no, ha dejado de verse (o nunca se vio) como un simple ser más de la naturaleza, y esto lo lleva a considerar que su puesto en el universo es jerárquicamente más elevado que el de los demás. Su nivel de egoísmo supera el necesario para la supervivencia, y por ello se vuelve codicioso y calculador. Vive en sociedad porque esta puede ofrecerle una vida más sencilla, y la utiliza como un medio para lograr las riquezas que anhela (puede haber algunas abstractas entre ellas).
  Entonces, lo que hace tan diferentes al hombre y al humano, es su nivel de egoísmo. A partir de este, la manera en que ven y viven la vida cambia por completo. Tienen objetivos y métodos diferentes.
  Pero no debe haber confusión. No estoy diciendo que uno de los dos es bueno y el otro es malo, o uno es mejor y el otro es peor, sencillamente se trata de dos seres diferentes, porque, aunque comparten su forma de ser (cuerpo), sus maneras de ser (comportamiento) son ampliamente distintas.
  Así queda claro que el comportamiento mantiene cierta independencia del cuerpo, pues dos seres con el mismo cuerpo pueden comportarse de manera totalmente diferente, pero, ¿hasta qué punto llega esta independencia? Me refiero a más allá de los condicionantes físicos claros (por ejemplo, un cuerpo sin alas no va a volar y un cuerpo sin extremidades no va a caminar), a si esta “manera de ser” es algo así como una entidad que se acopla a la “forma”, lo que algunos podrían llamar alma, o espíritu, o mente, o esencia, o lo que fuese. Este es un asunto que sobrecarga mi cabeza cuando lo pienso, y creo que nunca llegaré a una conclusión que me convenza.
  Cuando me detengo a pensarlo, siento que junto con la forma, la manera se acaba (mueren), pues esta podría ser sólo un complejo sistema de reacciones químicas y eléctricas dentro del cuerpo, pero debido a experiencias personales, se me hace imposible no considerar la posibilidad de que una manera emigre de una forma a otra (lo que algunos llamarían “reencarnación”, pero no me gusta usar conceptos como ese, pues las personas les dan más significados de los que en realidad tienen, o sencillamente cada uno los ve de una manera diferente, y casi siempre se generan malentendidos).
  Es posible que la “manera de ser” se encuentre conformada por un material miles o millones de veces más pequeño que una partícula subatómica; una sustancia que podría pasar desapercibida para la ciencia durante muchos siglos más. De esta manera podría pasar de un cuerpo a otro, pero esta transmigración parece algo demasiado inverosímil: ¿cómo sucedería? ¿en qué momento?
  Por ahora, sólo puedo sostener que esta manera es una consecuencia de la forma, algo que ocurre dentro del cuerpo y que deja de ocurrir cuando el cuerpo deja de funcionar.

domingo, 21 de abril de 2013

Egocentrismo

  Soy demasiado egocéntrico. Por eso siempre estoy cargando con las culpas de los demás, como si fueran mi responsabilidad. Y no sólo con las culpas, sino que también me pongo sobre los hombros el sufrimiento de personas a las que ni siquiera conozco, que nunca he visto y que nunca voy a ver. Eso causa un agobio increíble que logra incluso quitarme los deseos de vivir de vez en cuando.
  Todo porque me siento lo suficientemente capaz (cosa que es ridícula) para intervenir en cada conflicto de este mundo, y eso es un autoengaño.
  La frase “si no eres parte de la solución, eres parte del problema” se grabó de manera imborrable en mí desde la primera vez que la leí (quizá hace seis o siete años), y es que debido a mi aguda autocrítica no había manera de que no la incorporara como si se tratara de un axioma. Es válida para muchas ocasiones, pero hay muchas más en las que no tiene sentido, pues la realidad es ampliamente más grande que nosotros, y encima somos mortales (si no lo fuéramos podríamos arriesgarnos mucho más, ya que en verdad no tiene sentido morir luchando por algo que ni siquiera sabes si conseguirás).
  Lo del “granito de arena” o la “gota del mar” no sirve para consolarme. Soy mucho más exigente que eso, y comprendo que mi pequeño aporte y el pequeño aporte de nadie no sirve para nada si no aportan TODOS, y eso es en verdad imposible, excesivamente ideal; somos demasiados en el mundo.
  Hago lo que puedo, intento cumplir con mi parte de la mejor manera, pero no me siento satisfecho, mi egocentrismo me golpea sin cansancio la cabeza para decirme que puedo hacer incluso más, que puedo hasta salvar el mundo si me lo propongo, pero eso es una ridiculez y una cursilería.
  De vez en cuando, por momentos muy fugaces, me encantaría disolverme en el aire por un par de años, y luego volver formarme con ideas renovadas y oxigenadas. Mi melodramática mente necesita un descanso.

viernes, 22 de febrero de 2013

Me Pregunto...


  Me pregunto si en este mismo momento, en alguna otra parte del mundo (no importa cuál, no importa qué tan lejos esté, no importa incluso si me refiero a más allá del Atlántico o del Pacífico), hay alguien mirando a través de una ventana, solo, perdido en un mundo que parece no comprenderlo, y peor aún, completamente sumergido en un mundo que parece no comprender nada, absolutamente nada, preguntándose si yo estoy aquí, sintiéndome como él. Estoy completamente seguro de que ahí está, y daría mucho por poder tomar mi bicicleta, o cualquier otra cosa, y acercarme hasta su lugar, para tomarlo de los hombros y sacudirlo con fuerza, hacerle saber que no es el único extraviado, aunque no nos sirva de nada ser dos, o tres, o cuatro…
  Si pudiera hacer eso, estaría encontrando la diminuta esperanza que tanto necesito en este desolador momento. La esperanza de que las cosas pueden cambiar, de que el rumbo torcido que lleva hasta un final desastroso puede ser enderezado a un nivel al menos aceptable. Y estaría dándole esa esperanza también a él. Pero incluso abrazándolo hasta la asfixia, esta esperanza no dejaría de ser nada más que un triste consuelo, un miserable par de párpados cerrados para evitar ver la realidad, que ya es lo suficientemente oscura como para ocultarse a sí misma.
  Aún así… deseo, imploro encontrarlo, por mi propio bien, para que esta demencia no se vuelva una locura peligrosa. Porque al final, soy igual a todos, así como él también es igual a ellos; no comprendemos nada, y dedicamos nuestro tiempo a la supervivencia de nuestro bienestar, o tal vez sólo a la estabilidad de nuestra comodidad, nada más… Los problemas, las mentiras, el dolor, el sufrimiento, todo pasa por delante de nuestros ojos a una velocidad ridículamente lenta, y aún así no tenemos la convicción siquiera para atrevernos a intentar detenerlos. Es como haberse subido a un lujoso y reconfortante crucero aceptando la condición de que al final del viaje se hundirá, y sólo tú serás salvado, mientras todas las otras personas mueren ahogadas; acepté, aceptamos esa condición incluso sabiendo que es una farsa, y que también nosotros terminaremos sin lugar en nuestros pulmones para el aire… No lo sé, todo es tan complejo, tan relativo, tan frustrante… Por eso dejo escapar una parte a través de las letras, porque no soy lo suficientemente fuerte para soportar todo su peso… Me pregunto si él también está dejando escapar un poco de todo esto. Espero que sí.



viernes, 11 de enero de 2013

El Hombre Más Malvado Del Mundo

  Soy el hombre más malvado del mundo. Aún así, podrían no creerme, ya que soy todo un mentiroso, un hipócrita, un cínico que sonríe amable y encantadoramente mientras esconde lienzos oscuros y opacos bajo una seda colorida y brillante. Soy capaz de pronunciar las palabras más hermosas y gratificantes del mundo, sólo con la intención de hacer creer a los demás que aún quedan personas buenas, sólo para ver la falsa felicidad que se crea en sus rostros a partir de palabras aún más ficticias, para saber que sin embargo el dolor sigue corroyendo su interior, y terminará por destruirlo completamente cuando comprendan que aquel consuelo es sólo una ilusión; pero soy tan malvado, tan perverso, tan maligno, tan degenerado, que me encargo de que jamás conozcan la verdad, para que el sufrimiento los consuma sin que siquiera puedan notarlo. Sin embargo, no obtengo ninguna recompensa de aquello, ni siquiera la más diminuta sensación de placer. Por eso soy el hombre más malvado del mundo, porque no me gusta ni tengo la intención de serlo, porque me comporto de esa manera para que mi consciencia se sacuda desesperada durante todo el día, y su escándalo no me permita dormir por las noches, para que el sufrimiento me acose también a mí y no me deje disfrutar nada, ni el deleite que produce el sufrimiento mismo, porque mi maldad es pura, y no discrimina entre terceros y yo. Es irónico, es complejo de entender, y más aún de comprender, debes ser el hombre más malvado del mundo para lograrlo.

miércoles, 19 de diciembre de 2012

Salva Mi Mundo

Como todos los sábados en la noche, se encontraba acomodándose su chaleco y su corbata, aprovechando que no había ningún huésped en la recepción.
«Realmente odia ese uniforme», pensaba su compañero, el portero, mientras la observaba de reojo con otra porción de su atención fijada en la acera para abrirle la entrada a cualquier persona que pudiera pretender entrar.
Era bastante inusual que la lujosa recepción se encontrase vacía, el hotel contaba con más de trescientas habitaciones repartidas en treinta y dos pisos y siempre había aunque sea un hospedante que prefería sentarse a descansar allí abajo que subir hasta su cuarto. Tal vez la quietud de aquellos instantes se debía a la temporada baja, pero ese es un término que difícilmente afecta a los hoteles internacionales de cinco estrellas que reciben visitas de la prodigiosa gente de negocios.
Pero la desolación de los espejos que no reflejaban a nadie y de las luces que no producían más que sombras estáticas y muertas no tardó en desaparecer. Un hombre de una camisa a rayas muy simple se acercó a la entrada y sin siquiera darse cuenta le exigió al portero que haga su trabajo. La recepcionista no demoró más de un segundo en notar sus jeans gastados y sus zapatos viejos. Ese joven no pertenecía al mundo de la economía, o era uno de esos millonarios excéntricos, pero prefirió quedarse con la idea de que se trataba de alguna especie de vendedor ambulante o algo así.
—Buenas noches —saludó él educada y formalmente, con una rara expresión en su rostro.
—Buenas noches, ¿en qué puedo ayudarlo? —respondió ella no antipáticamente, pero tampoco con simpatía.
El muchacho no respondió y se limitó a mantener el silencio mientras su mirada peregrinaba a través del mechón castaño y ondulado que se colgaba de su pequeña frente; de sus ojos café que reflejaban la gran araña cristalina, el centro de la iluminación; de sus labios delgados y cuidadosamente coloreados con un suave rosa; de sus pestañas erguidas; de sus hombros redondeados y sus elegantes clavículas.
—Sí, quisiera una habitación —respondió algo distraído luego de su largo viaje.
«¿Tendrá el dinero para pagarla? Bueno, no es asunto mío. Aquí nadie paga por adelantado, así que él no puede ser la excepción», pensó la empleada antes de responderle.
—Claro. ¿Para uno?
—Para la cantidad que sea, pero que esté muy alto.
Algo extrañada por la petición, movió ágilmente los dedos sobre el teclado y las pupilas por la pantalla del monitor.
—Tres de las cinco suites del último piso están ocupadas, ¿quiere una de las que están libres?
—Sí, está bien.
—¿Le gustan las vistas desde las alturas? —le preguntó la joven encontrando algo de simpatía en su interior mientras revisaba datos en el monitor.
—La verdad es que no —respondió inspeccionando por primera vez el lugar con la vista. La muchacha lo miró un poco más extrañada que antes, pero continuó con lo suyo sin decir nada más.
Luego de proporcionarle todos los datos necesarios, el joven finalmente tomó el ascensor y subió hasta la última planta. Entró en su suite e ignoró todo el morbosamente lujoso decorado, se dirigió directamente a la gran ventana que había en un extremo. Allí observó las luces de la ciudad por unos momentos. La iluminación urbana opacaba el cielo nocturno y daba la sensación de que incluso intentaba suplantarlo, porque casi lo lograba. Corrió el cristal hacia un lado y el frío del viento que entró le provocó un retorcijón en el estómago. Ignorando aquella incómoda sensación, se paró en el gran marco de la ventana y esta vez todo su sistema digestivo se vio afectado.
Repentinamente, algo en su interior lo hizo descender del marco y salir de la habitación con pasos rápidos. El ascensor estaba ocupado, así que su impaciencia lo hizo utilizar la escalera hasta que varios pisos más abajo el ascensor quedara libre y finalmente pudiera abordarlo.
Llegó a la recepción y se encaminó directamente a la recepcionista.
—¿En qué lo puedo ayudar? —le preguntó ella.
—¿Puedo hacerle una pregunta?
—Claro.
—¿Cree que una sola persona puede cambiar al mundo?
A la muchacha le llamó la atención la pregunta, o más bien, el emisor y la situación en la que había sido pronunciada. Sin embargo, luego de un silencio, un cobijo para su sorpresa, respondió:
—No, no lo creo… ¿Por qué?
—Porque tú acabas de cambiarlo.
La chica cerró los ojos con una mezcla de comprensión y decepción, y apoyó sus manos en el escritorio::
—Dime algo… ¿Ese versito te ha servido con alguna otra chica antes?
El muchacho contempló sus ojos y su ignorancia por un momento, y luego sonrió junto a una pequeña exhalación.
—Disculpa. Fui un tonto —dijo colocando las manos en los bolsillos y retirándose de la recepción con una sonrisa.
Esta vez el cristal no podría volver a cerrarse, la habitación quedaría vacía y la recepcionista descubriría que acababa de destruir el mundo que había salvado cuando lo viera abdicarse en el asfalto, justo al frente del hotel y del portero, a quien le salpicaría algo de su miseria.


domingo, 16 de septiembre de 2012

Debilidad


  Antes creía que “abrirse” a cualquiera era un gesto de debilidad; que andar mostrando las debilidades, los sueños y las ideas más profundas a cualquier persona te quitaba valor, te volvía alguien sin recovecos, alguien poco interesante… Pero ahora me doy cuenta que ser tú mismo frente a todo el mundo, hoy en día, es un gesto de valentía, fuerza y seguridad que nadie puede reprocharte.
  En este mundo de pocas palabras, de ilusiones perdidas y de imaginación nula, las personas sensibles y tiernas son las más fuertes, las que no temen enfrentarse con su suavidad y su calidez a las gélidas y férreas paredes de la sociedad.
  Mostrar hasta tus rincones más temerosos será algo que siempre te volverá un poco más susceptible, serás alguien más fácil de herir, pero para nada alguien menos valioso, al contrario. Siendo tú mismo acercas a las personas que en verdad podrían llegar a significar algo para ti.
  La mayor parte de la gente se oculta tras rostros inexpresivos, tras labios callados, tras maquillaje, peinados y ropa que jamás ha formado parte de ella, todo sólo por miedo a no encajar, a ser rechazada y a quedarse “sola”… Después de todo, por eso es que la gente se alegra tanto cuando encuentra a alguien con la que “puede ser ella misma…”

sábado, 18 de agosto de 2012

El Humano

 El mundo de los humanos está tan demacrado porque se comete el absurdo error de creer que el humano es un ser sociable.
 No conozco la realidad de los demás, pero aún así me atrevo a decir que el humano es uno de los animales más egoístas. Es fácil darse cuenta, ya que cree que tiene el derecho de matar a cualquier mosca o mosquito que anda a su alrededor sólo porque le molesta su zumbido, o el de comerse a cualquier otro habitante de la Tierra; también cree que su vida vale más que cualquier otra, se trate de una diminuta hormiga o de algo mucho más grande que él, como un elefante.
 El humano es capáz de generar y reproducir hasta los sentimientos más inimaginados en el mundo natural, como el odio, la envidia, la avaricia, el orgullo; y también puede cometer actos irrisorios que a ningún otro ser sobre la Tierra podrían ocurrírseles, como el infligir dolor/asesinar por placer y mentir.
 Claramente en esto se basan todos los problemas de la sociedad. ¿Cómo un ser tan egoísta puede pretender vivir en comunidades numerosas? Una sociedad numerosa sólo da lugar a competencias disparatadas y compulsivas, ya que las personas también tienen una fascinación por las comparaciones; el humano se pasa comparando todo: las cosas, las personas, los otros animales, y hasta a ellos mismos. Y lo peor no es eso, sino que también se dedica a calificar, y al ser tan egoísta siempre quiere ser superior a los demás. Entonces, en la búsqueda de esa supuesta superioridad es donde aparece el odio y el desprecio, y todos los demás sentimientos que surgen de estos.
 Las pruebas de que las comunidades más pequeños son las más convenientes para una especie como la humana no sólo se encuentra en la actualidad (los pueblos/aldeas pequeño/as prácticamente nunca sufren la delincuencia, y sus habitantes viven en paz con la naturaleza), sino que también en el pasado: las tribus aborígenes de América que vivían en grupos pequeños subsistían sin molestar a nadie, eran generosas y hospitalarias (más allá de que seguramente tenían sus defectos), pero las “civilizaciones” más numerosas e “importantes”, como la azteca y la inca, eran tan o más violentas y sanguinarias que las europeas, sometiendo y esclavizando (además de asesinando y mutilando) a las tribus más pequeñas.
 Con esto no estoy intentando decir que el humano es la peor criatura sobre la Tierra (más allá de que realmente lo sea), simplemente quiero dar mis argumentaciones por las cuales creo que puede vivir mucho mejor si se organiza en grupos pequeños, y no en ciudades enormes. Y al referirme al humano en tercera persona no pretendo aparentar ser superior al resto, sino ser objetivo, ver la realidad como espectador y no como protagonista, ya que creo que no hace falta que diga que también soy humano.

viernes, 20 de abril de 2012

El Salvador

  A veces pienso acerca de la situación del mundo, y lo hago muy seguido; más de lo que quisiera; más seguido de lo que cualquier persona podría considerar normal o incluso saludable. Pienso, y entonces siento muchas cosas. La mayor parte de ellas es frustrante y carcome irreversiblemente la frágil y escasa esperanza que aún queda en mí.
 "¿Qué debo hacer?", pienso una y otra vez como si de eso dependiera mi vida, y tal vez lo haga. No tengo ningún súper poder, o poder, ni siquiera tengo alguna capacidad bien desarrollada o algún talento. ¿Entonces qué puedo aportar a este mundo? ¿Qué puedo hacer para acabar con la corrupción, con los abusos de poder, con la esclavitud, con toda la injusticia y el mal que invaden nuestra sociedad? No llegan muchas respuestas a mi mente, y las pocas que llegan son tan diminutas que si las llevara acabo, sus resultados jamás se notarían. En este aspecto soy demasiado codicioso, y eso me lleva a un estado constante de depresión y desesperación, a un auto-desprecio que me obliga a catalogarme como la peor basura sobre esta Tierra (aunque soy perfectamente consciente de que existen personas que son mucho más basura que yo, y basura demasiado tóxica y contaminante).
 No quiero hacer entrar en razón a una persona, quiero salvar al mundo.
 En este mundo hay suficiente riqueza (tanto la real como la económica) para que TODOS los seres humanos vivamos en condiciones aceptables, buenas, e incluso muy buenas, hasta caprichosamente buenas. ¿Por qué tanta gente tiene que sufrir tanto?
 Entonces miro a mi alrededor, a la gente común con la que deberíamos ser compañeros en esta lucha por un cambio extremo, y pienso: "Vaya... ¿a estas personas quiero salvar?". Primero creía que esa estupidez que encontraba en mi entorno era sólo una excusa para no esforzarme, pero no, esas personas no merecen ser salvadas. Veo la forma en que viven, la forma en que se miran y se hablan, la forma en que desquitan su odio a los culpables contra los inocentes... El tiempo corre frente a ellos y no les importa nada de la persona que está a su lado, sólo quieren aferrarse a una felicidad estúpida sin importarle la miseria que provocan o dejan provocar a su alrededor. ¿Y puedo juzgarlos por eso? Claro que no, todos los seres humanos corremos desesperadamente tras nuestra propia felicidad desde que nacemos, pero la diferencia entre ellos y yo, es que yo soy consciente de mi desagradable y ruin egoísmo, mientras ellos a veces incluso llegan a creer que es "amor" lo que los moviliza.
 En esto se centra nuestro problema (el de la gente común), en nuestro deseo insaciable de ser héroes. Queremos ayudar a los demás, queremos salvarlos porque creemos que podemos hacerlo y que ellos lo necesitan. Pero es obvio que nuestra intención real no es hacer bien al otro, sino sentirnos bien con nosotros mismos, poder pensar "hoy he sido de mucha ayuda... hoy mi vida tuvo sentido" antes de ir a dormir. Los seres humanos somos egoístas por naturaleza, y no tiene nada de malo. El problema es que hacemos funcionar de manera equivocada nuestro egoísmo. Si cada uno de nosotros dejara de mirar a su alrededor para hacerse el héroe solucionando problemas ajenos, podríamos dedicarnos completamente a solucionar los nuestros y todos podríamos aferrarnos a la felicidad sin preocuparnos de que los demás no lo logren.
 Las contradicciones que tengo todo el tiempo asustan, pero es realmente como pienso. Y la verdad, nunca sé lo que pienso en serio y lo que sencillamente invento...