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miércoles, 16 de abril de 2014

Paso

  Cuando voy caminando por la calle y me encuentro con una persona, por ejemplo, sin piernas, acomodada en un rincón tan sucio como su cuerpo, esperando recibir alguna limosna (ayuda efímera que no sirve para solucionar el problema, sino para maquillarlo durante un tiempo mínimo), tengo sensaciones encontradas: por un lado, siento que lo humillo, con mis posesiones materiales que tanta comodidad me dan, con mis piernas que tan bien andan; pero por otro lado, me siento humillado yo, porque recuerdo algunas personas cuyas historias conocí en algún libro, en algún programa de televisión o alguna página de Internet, que sin tener piernas, hicieron muchas más cosas que yo, y pienso “este tipo tiene más posibilidades de humillarme, más posibilidades de hacerme sentir menos, de las que yo tengo de hacerlo sentir menos a él”. Y paso, simplemente paso caminando, sin mirarlo.

jueves, 20 de marzo de 2014

Angustia. Tristeza.

  A veces miro mi cuerpo, y observo su madura juventud con tristeza, o tal vez con melancolía. Pero esta melancolía no viene del pasado, sino que nace de lo que vendrá, y de lo que podría venir. Miro mi cuerpo y me siento un viejo con el disfraz de un joven, no porque sienta que desperdicié mi adolescencia o que estoy desperdiciando mi juventud, mucho menos mi niñez (no tuve la vida más emocionante de todas, ni viví aventuras dignas de ser contadas, pero no me arrepiento de la manera en que viví, porque la disfruté, y mucho); me siento así porque estoy cansado. Estoy cansado de mis pensamientos, de mi reflexión, de mi capacidad de distanciarme emocionalmente de las cosas y lograr una postura completamente objetiva que termina destruyendo mis esperanzas de encontrar algún resto de genuina calidez o amor en las personas que me rodean; pero hablando más correctamente, no me arrepiento de mis pensamientos, al contrario, me siento muy satisfecho con ellos, pero lo que sucede es que esta tristeza que siento puede acabar de dos maneras: una, cambiando la realidad del mundo, o dos, dejando de pensar; sin lugar a dudas, dejar de pensar resulta mucho más fácil, porque el cambio necesario para solucionar el problema de egoísmo indiferente en este mundo es de una escala que sobrepasa la capacidad de una e incluso de miles de personas. Mis pensamientos no tienen la culpa, sólo es más sencillo culparlos a ellos. Y deteniéndome a pensar más, creo que ni siquiera estoy cansado del insalubre nivel de egoísmo de la mayoría de mis compañeros de especie, creo que eso ni siquiera me importaría si pudiera ser capaz de encontrar en mí aunque sea un grano de verdadero amor, o generosidad, o incluso, al menos odio o desprecio, porque simplemente parece no importarme ni la felicidad ni la desgracia ajena, parece que soy incapaz de percibirlas o de compartirlas. Creo que lo único que puedo sentir realmente es la tristeza, la tristeza de no poder sentir: a veces, me encuentro a mí mismo haciendo fuerza para llorar, haciendo fuerza para sufrir, como queriendo forzarme a mí mismo a sentir algo que en realidad no siento, y termino llorando, no porque haya logrado sentir eso que buscaba, sino justamente porque me derrumbo al no lograr sentirlo. La verdad, no me importa un carajo si las personas no son capaces de notar el dolor ajeno, de preocuparse por el malestar de su par y extenderle una mano para sacarlo de la angustia; no me importa si sólo se preocupan por cuidar su propio culo, haciendo que eso signifique perjudicar al del otro si es necesario; no me importa si tratan a sus supuestos seres queridos como meras máquinas succionadoras de soledad o como fuentes de placer físico; no me importa si se hacen las víctimas y se preguntan con lágrimas en los ojos qué hicieron para merecer que “la vida los trate así”; lo único que me importa, lo único que me duele realmente, es tener la certeza de que yo también soy así.

sábado, 5 de octubre de 2013

Muerte

  Vi una vez más a la muerte justo en frente de mí, burlándose de mi incapacidad, a través de la cual me inyectaba una alta dosis de impotencia. Se dejaba tocar mansamente, porque sabía que en realidad era inalcanzable, y mi mano jamás lograría rozar su verdadera identidad. En ese momento, tenía la forma de un simple saco de piel y huesos cubierto de pelos, cuya única señal de vida era el sufrimiento. Sí, ya había desplazado casi por completo a la vida de aquel cuerpo que aún parecía con intenciones de luchar, pues su biología estaba preparada para ello, para intentar mantenerse en funcionamiento hasta que ya fuese incapaz de producir hasta el más insignificante de los yoctovoltios. Un poco de inercia eléctrica era lo único que la mantenía aferrada al malestar de la existencia.
  Su único deseo era no estar sola. Tal vez no quería irse. Tal vez quería que alguien la detuviera. Tal vez quería que alguien la acompañara. Pero la vida y la muerte son cosas demasiado estrechas, donde, siempre, hay lugar sólo para uno.
  Me pregunto si está bien llamar “muerte” a esos instantes finales en el que uno literalmente no está vivo, pero médicamente aún posee un cuerpo con un sistema nervioso capaz de chispear las últimas agonías, o si en realidad “muerte” es sólo esa despreocupada e incomprensible inexistencia que queda flotando alrededor de un cuerpo que ya es sólo un montón de materia innerte, en la cual sin embargo, increíblemente, la vida rebosará durante mucho tiempo en muchas formas.
  También, como en cada oportunidad en que ella se manifiesta cerca de mí, me pregunto si la ausencia total de tristeza en mí es madurez, comprensión respecto a la obviedad que es el fin de la vida, o simplemente indiferencia, egoísmo en estado puro, decir “mi vida es la única que me preocupa”.



sábado, 25 de mayo de 2013

Lluvia de Estrellas en la Ciudad del Búho

  Era invierno. Todo el ambiente estaba empalidecido. Arriba los altoestratos permanecían grises y abajo el suelo yacía oculto bajo una suave y blanca manta de nieve que empezaba a escacharse. A todo el alrededor, los edificios lívidos y los copos reflejaban un difuso resplandor blanquecino que además de limitar la capacidad parecía actuar como un leve pero certero somnífero.
  El viento soplaba incansable e indiferente desde el norte, desviando el recorrido de los copos y enfriando todo lo que la nieve no lograba cubrir, como las famélicas y denudas ramas de los árboles y las paredes de los edificios. También movilizaba los robustos pliegues de su abrigada ropa y los castaños mechones que se escapaban del borde de su gorro hacia su frente.
  Él permanecía recostado sobre la barra metálica que indicaba la parada de un autobús con un cartel en su cima, y escondía sus manos en los bolsillos mientras protegía sus labios y parte de sus mejillas bajo el largo cuello de su abrigo, manteniendo el calor con su propio aliento. No levantaba ni durante un instante la mirada de aquella estrecha franja oscura en el asfalto que lograba resistirse a la dominación de la nieve. Sólo de vez en cuando la desviaba un poco para asegurarse de que ella aún estaba allí, de pie, a casi dos metros de él.
  Ella también miraba hacia abajo, y se balanceaba sutilmente sobre sus tobillos intentando generar un poco de calor en su cuerpo. Desde su nuca, sus cabellos, motivados por el viento, intentaban sobrepasar a sus hombros, ocultos bajo un pesado abrigo oscuro. Lo gélido entraba a ella a través del aire, enrojeciendo su nariz y robándole la sensibilidad a sus fosas nasales; pero desaparecía en los pulmones, y regresaba tibio al exterior, formando una nube fugaz alrededor de sus labios.
  Ninguno sonreía, ninguno podía elevar la mirada o centrar sus ojos directamente en los del otro. El tiempo, que había sido tan generoso con ambos, lentamente fue perdiendo la paciencia, y estaba próximo a abandonarlos. Las palabras que siempre habían abundado casi hasta el despilfarro, se quedaban desarmadas en su interior sin la capacidad ni la intención de salir. Pero el silencio era el escándalo adecuado para expresar la homogénea amalgama de sensaciones extrañas y mayormente amargas que parecía circular por sus estómagos y sus gargantas.
  Una mancha azul empezaba a hacerse notar en la blanca pared que construía la nevada, y aquella mezcla empezaba a arremolinarse, dándoles el deseo de gritar, el cual luego se convirtió en una necesidad que no pudo ser satisfecha.
  Él aumentaba el ruido de su respiración y apretaba sus dientes y puños, pero ni siquiera el frío que estaba a punto de congelar sus cejas y la punta de su nariz podía congelar el tiempo. Cuando aquella mancha azul se convirtiera en un autobús y se detuviera frente a ellos, todo acabaría. Y entiéndase “todo” como lo bueno, lo cálido, la capacidad de generar esa felicidad que desemboca en recuerdos hermosos pero inevitablemente dolorosos. Por otra parte, empezaría un largo camino rodeado de vacío; un camino solitario donde el tiempo tendría tanto espacio para llenar que tardaría mucho en hacerlo, y transcurriría muy lentamente debido a eso.
  Ya podía escuchar el sonido de las cubiertas del vehículo comprimiendo los cristales de nieve, dejándolos como una delgada y frágil piel de escarcha para el asfalto. Aquel sonido era el preludio de la soledad, y se mezclaba con la desesperación que empezaba a nacer en su interior. Sus deseos de gritar y correr aumentaban, pero su cuerpo le respondía cada vez con más quietud, como si la sobrenatural esfera que crecía y se apoderaba de su garganta, asfixiándola, paralizara también el resto de su cuerpo.
  El autobús se detuvo frente a ambos, y pareció detenerlo todo durante un instante. El viento, la nieve, el tiempo, sus latidos, todo se congeló durante un microsegundo. El frío fue lo único que no se detuvo, y contrariamente, se intensificó.
  Ella no podía pensar en nada. La decisión ya estaba tomada y no importaba cuánto temblara su pecho, no había marcha atrás. Nadie había querido que las cosas terminaran así, pero uno no puede controlarlo todo en la vida.
  Él tragó saliva cuando escuchó que la puerta corrediza se deslizó con brusquedad para abrirse, y abrió su boca para no asfixiarse. Su cerebro bombardeó su mente con las imágenes de decenas de recuerdos, y su sangre empezó a recorrer tan velozmente como los pensamientos todo su cuerpo. Pero luego, en una porción de tiempo lo suficientemente diminuta como para que ningún humano pudiera comprenderlo, aquellos recuerdos se diluyeron en la imaginación de un futuro, en la realidad cercana que empezaría tan sólo en unos instantes, cuando ella subiera al autobús, lo mirara de reojo por la ventanilla, y la puerta se cerrara. Una realidad horrible. Una realidad que exasperaba. Una realidad sin ella.
  Ella levantó la cabeza para dar el primer paso al frente, y él estalló en un movimiento veloz. La rodeó con sus brazos como si estuviese a punto de caerse de un precipicio, y la apretó contra su pecho como si quisiera unirla a su cuerpo. Sumergió su nariz y labios en su cabellera y se sintió libre cuando disfrutó su aroma.
  —No te vayas —le dijo desde atrás del oído, con los ojos fuertemente cerrados, y la sujetó un poco más que antes.
  Ella elevó sus manos y bajó sus dedos sutilmente hasta los brazos de él, pero no dijo nada. Parpadeó pausadamente, como si se hubiese sumergido en el sueño durante un instante, y empezó a deslizarse hacia abajo sin hacer ningún esfuerzo extra. Los brazos que la rodeaban se debilitaron a medida que la resignación se apoderó de su dueño, y al final cayeron sin fuerzas mientras ella hacía un paso al frente. Pero antes del segundo paso, se detuvo, y su silencio estiró un poco más la agonía de ambos.
  ―Adiós ―dijo entre los copos de nieve, el viento, los recuerdos, y las dudas. Se quedó unos momentos más de pie, tal vez implorando que él volviese a sujetarla, o esperando que al menos le dijese algo más antes de partir. Paro nada sucedió, y subió los dos escalones del autobús.
  Él agachó la cabeza mientras sus párpados intentaban cerrarse, negando y pretendiendo no ver más la realidad, y se quedó allí, de pie, mientras el silencio y el frío lo envolvían y lo convertían en nada más que otro objeto dentro del paisaje urbano, como un letrero despintado o un banco poco usado.

miércoles, 19 de diciembre de 2012

Salva Mi Mundo

Como todos los sábados en la noche, se encontraba acomodándose su chaleco y su corbata, aprovechando que no había ningún huésped en la recepción.
«Realmente odia ese uniforme», pensaba su compañero, el portero, mientras la observaba de reojo con otra porción de su atención fijada en la acera para abrirle la entrada a cualquier persona que pudiera pretender entrar.
Era bastante inusual que la lujosa recepción se encontrase vacía, el hotel contaba con más de trescientas habitaciones repartidas en treinta y dos pisos y siempre había aunque sea un hospedante que prefería sentarse a descansar allí abajo que subir hasta su cuarto. Tal vez la quietud de aquellos instantes se debía a la temporada baja, pero ese es un término que difícilmente afecta a los hoteles internacionales de cinco estrellas que reciben visitas de la prodigiosa gente de negocios.
Pero la desolación de los espejos que no reflejaban a nadie y de las luces que no producían más que sombras estáticas y muertas no tardó en desaparecer. Un hombre de una camisa a rayas muy simple se acercó a la entrada y sin siquiera darse cuenta le exigió al portero que haga su trabajo. La recepcionista no demoró más de un segundo en notar sus jeans gastados y sus zapatos viejos. Ese joven no pertenecía al mundo de la economía, o era uno de esos millonarios excéntricos, pero prefirió quedarse con la idea de que se trataba de alguna especie de vendedor ambulante o algo así.
—Buenas noches —saludó él educada y formalmente, con una rara expresión en su rostro.
—Buenas noches, ¿en qué puedo ayudarlo? —respondió ella no antipáticamente, pero tampoco con simpatía.
El muchacho no respondió y se limitó a mantener el silencio mientras su mirada peregrinaba a través del mechón castaño y ondulado que se colgaba de su pequeña frente; de sus ojos café que reflejaban la gran araña cristalina, el centro de la iluminación; de sus labios delgados y cuidadosamente coloreados con un suave rosa; de sus pestañas erguidas; de sus hombros redondeados y sus elegantes clavículas.
—Sí, quisiera una habitación —respondió algo distraído luego de su largo viaje.
«¿Tendrá el dinero para pagarla? Bueno, no es asunto mío. Aquí nadie paga por adelantado, así que él no puede ser la excepción», pensó la empleada antes de responderle.
—Claro. ¿Para uno?
—Para la cantidad que sea, pero que esté muy alto.
Algo extrañada por la petición, movió ágilmente los dedos sobre el teclado y las pupilas por la pantalla del monitor.
—Tres de las cinco suites del último piso están ocupadas, ¿quiere una de las que están libres?
—Sí, está bien.
—¿Le gustan las vistas desde las alturas? —le preguntó la joven encontrando algo de simpatía en su interior mientras revisaba datos en el monitor.
—La verdad es que no —respondió inspeccionando por primera vez el lugar con la vista. La muchacha lo miró un poco más extrañada que antes, pero continuó con lo suyo sin decir nada más.
Luego de proporcionarle todos los datos necesarios, el joven finalmente tomó el ascensor y subió hasta la última planta. Entró en su suite e ignoró todo el morbosamente lujoso decorado, se dirigió directamente a la gran ventana que había en un extremo. Allí observó las luces de la ciudad por unos momentos. La iluminación urbana opacaba el cielo nocturno y daba la sensación de que incluso intentaba suplantarlo, porque casi lo lograba. Corrió el cristal hacia un lado y el frío del viento que entró le provocó un retorcijón en el estómago. Ignorando aquella incómoda sensación, se paró en el gran marco de la ventana y esta vez todo su sistema digestivo se vio afectado.
Repentinamente, algo en su interior lo hizo descender del marco y salir de la habitación con pasos rápidos. El ascensor estaba ocupado, así que su impaciencia lo hizo utilizar la escalera hasta que varios pisos más abajo el ascensor quedara libre y finalmente pudiera abordarlo.
Llegó a la recepción y se encaminó directamente a la recepcionista.
—¿En qué lo puedo ayudar? —le preguntó ella.
—¿Puedo hacerle una pregunta?
—Claro.
—¿Cree que una sola persona puede cambiar al mundo?
A la muchacha le llamó la atención la pregunta, o más bien, el emisor y la situación en la que había sido pronunciada. Sin embargo, luego de un silencio, un cobijo para su sorpresa, respondió:
—No, no lo creo… ¿Por qué?
—Porque tú acabas de cambiarlo.
La chica cerró los ojos con una mezcla de comprensión y decepción, y apoyó sus manos en el escritorio::
—Dime algo… ¿Ese versito te ha servido con alguna otra chica antes?
El muchacho contempló sus ojos y su ignorancia por un momento, y luego sonrió junto a una pequeña exhalación.
—Disculpa. Fui un tonto —dijo colocando las manos en los bolsillos y retirándose de la recepción con una sonrisa.
Esta vez el cristal no podría volver a cerrarse, la habitación quedaría vacía y la recepcionista descubriría que acababa de destruir el mundo que había salvado cuando lo viera abdicarse en el asfalto, justo al frente del hotel y del portero, a quien le salpicaría algo de su miseria.


lunes, 19 de noviembre de 2012

Sueños Perdidos

Eres un sueño perdido en la realidad, navegando sin rumbo entre suspiros, intentando encontrar un camino mirando la luz de las estrellas. Flotas en la soledad, anhelas llegar un poco más allá, a alguna isla remota o al menos un tronco olvidado en medio del mar. No tienes realmente un lugar a dónde ir, o a dónde regresar, simplemente deambulas en la noche, esperando la alborada, rogando por tu propio final, pero eres demasiado ingenua, pues la luz del Sol no tiene nada que ver con tu expiración (porque aunque ahora vives en las penumbras, eres una criatura de los rincones resplandecientes de la vida).
Eres un sueño perdido, y los sueños perdidos estás destinados a largos insomnios que se mantienen indiferentes al tiempo, a las luces del cielo y al resto del mundo. No tienen lugar, fueron traídos al mundo para ser creadores de felicidad, pero sólo trajeron desilusiones, pesar y frustraciones, por lo que fueron exiliados.
Eres un sueño perdido en la realidad, y tras tus rastros sólo quedan estelas de nostalgia y recuerdos del tiempo mal gastado, de esperanzas falsas y melancolía. Aún te resistes, aún intentas huir de ella, pero ya es imposible, la realidad te rodea: está bajo tus pies y sobre tu cabeza, tras tu espalda y frente a tu nariz. Te asfixia, su aire parece condensarse cada vez más, y no deja de sofocarte.
Me pregunto si te mereces este calvario. Me pregunto si tienes sentimientos y encima te acosa la culpa, o si estás sumergida en tu merecida recompensa, por ser una infame aliada de la mentira. Sea como sea, aún lloro por ti de vez en cuando, sintiéndome yo el culpable de haberte dejado ir, de haberte dejado sola…


domingo, 11 de noviembre de 2012

¿Por qué?

  No sé cómo actuar, pienso demasiado. Por un lado siento que debo acercarme y mostrarle que es alguien importante para mí, pero por otro esa me parece una actitud arrogante, como si sintiera lástima por él y quisiera ocupar el papel de “persona bondadosa”. Me da asco eso. Sin embargo, si hago de cuenta que todo sigue igual, si continúo al margen de todo, siento que estoy defraudándolo, que estoy dejándolo creer que está solo.
  ¿Pero qué puedo hacer por él? Nada realmente. No tengo la solución a su problema, y de ahí viene que el acercarme ahora me parezca un acto desagradable y odioso de lástima.
  ¿Y por qué me preocupa tanto tomar una decisión? ¿Por qué me preocupa tanto hacerle saber que soy su amigo? Debe ser porque en realidad no lo soy, porque en realidad él no me importa, porque las malas personas siempre intentan aparentar ser buenas. Sé que soy una mala persona, de eso sí no tengo dudas.
  ¿Por qué pienso todas estas cosas? ¿Por qué tengo tanto tiempo y analizo tan fría y objetivamente todo? Ya entiendo por que la gente le teme tanto a la soledad. La soledad te hacer ver las cosas tal y como son, y las cosas tal y como son no son hermosas, ni lindas, ni agradables, ni aceptables, ni regulares, ni relativas… Son opacas, acerbas y frígidas…


jueves, 6 de septiembre de 2012

Un Mundo Diverso

 Hay noches que se llenan de pesadillas aunque no pueda dormir... Hay días en los que simplemente no quisiera abrir los ojos...
 Hay horas que parecen inviernos enteros... Hay cielos que parecen derretirse sólo para ahogarme...
 Hay verdades que logran engañarme... Hay mentiras que intentan hacerme sentir mejor...
 Hay veranos en los que las nubes no brillan y las cigarras gritan demasiado... Hay inviernos que ignoran toda puerta y ventana...
 Hay recuerdos que hacen agobiante al presente y aterrador al futuro... Hay vacíos que intentan llenarlo todo...
 Hay silencios que taladran mis oídos... Hay voces que susurran gritos desesperados...
 Hay flores que se marchitan sin que nadie haya visto sus colores... Hay lágrimas que se secan sin haber mojado a nadie...
 Hay tardes que se vuelven noche antes del ocaso...

miércoles, 15 de agosto de 2012

Ya Pasará... Siempre Pasa

 Ahora mismo estoy pasando por una de esas aisladas horas que me llegan de vez en cuando; esas en la que quisiera morir, no porque sienta que la vida es miserable o no vale la pena, sino porque me siento solo.
 No tengo anhelos de acabar con esta soledad, porque sé que es algo imposible, y ya estoy preparado para lo que se viene; lo que me frustra es el usar tan fríamente la razón, el bajar los brazos sin siquiera soñar con la posibilidad de lograr encontrar a alguien que sea tan idiota como yo, una persona tan tonta que crea necesitarme y tan dulce que me haga ver el mundo de una manera absolutamente patética, y entonces me haga creer que también la necesito a ella.
 Sí, sólo hay lugar para deseos egoístas en mí, ¿pero a quién le importa? No tengo la intención de decirles egoístas ni hipócritas a los demás tampoco, porque cada uno sabe si es una basura o no, y yo sé que lo soy.