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sábado, 8 de marzo de 2014

En Medio de las Mentiras

  Caminaba por la ciudad. El sitio al que iba estaba cerrado, y regresaba pensando en que había sido un desperdicio caminar hasta ahí con las piernas doloridas, a pesar de que luego me sentí triste cuando vi el edificio en el que vivía. No quería regresar. Quería caminar más, quería alejarme más, pero tampoco quería hacerlo en realidad. Quería algo más en ese momento.
  Vi cuatro grandes árboles que se estiraban más allá de los techos de las casas, y allá arriba, en lo alto, sus ramas se abalanzaban sobre las sumisas ramas de las plantas al otro lado de la calle, encerrando al asfalto en sombra. De sus altos, gruesos y rugosos troncos, colgaban interminables filamentos verdes y húmedos que intentaban tocar el suelo, quedando algunos mucho más cerca que otros, aunque todos parecían ser una sola cosa.
  Vi aquello, y pensé “es como un vestigio de la selva aquí en la mierda, en la ciudad”. Pensé en cuánto nos hemos alejado las personas de nuestra verdadera naturaleza, y supuse que el estrés y la infelicidad era el precio más caro que debíamos pagar por haber hecho eso. Sentí deseos de llorar; realmente quise llorar, pero al final no pude hacerlo, al final ganó la frialdad. Entonces me imaginé que, muy posiblemente, dentro de nosotros hay un impulso (más intenso en algunas personas y menos en otras) por volver a lo natural, a nuestra esencia, a esa célula madre alrededor de la cual se reprodujeron todas aquellas que salieron de ella, y que hoy está cubierta por siglos y siglos de actividades, palabras, sentimientos, mentiras.

miércoles, 31 de julio de 2013

Recuerdos

  Son estos días los que me llenan de recuerdos. Afuera el Sol brilla intensamente, dejando algo blanquecino al celeste del cielo, y calentando el aire como si quisiera comprimir todos los días del verano que vendrá en una sola siesta; el viento sopla desde el norte con todo su calor, sacudiendo las hojas y las ramas, y arrastrando el polvo y la arena por cada desafortunado y solitario rincón del pueblo. Y mientras, yo estoy aquí, en mi cuarto, fresco, en silencio. Así es como empiezo a recordar, por ejemplo, mi bici en el campo a un costado del camino, conmigo sentado sobre ella, y a unos pocos metros mis dos amigos en sus bicis, bajo la sombra del único árbol en un diámetro de un kilómetro, rodeados por el calor de la siesta y fatigados por habernos arriesgado a transitar un trayecto desconocido sin agua, pero disfrutando de la tarde. O mis pasos, uno detrás de otro, caminando hasta “el campito”, sabiendo que la tierra se adhiere a mi piel gracias al sudor, y sintiendo cómo las gotas caen por mi espalda hasta encontrarse con mi remera y empaparla; el Sol recalentando mi cabeza hasta que finalmente llego a aquel edificio, con su fresca oscuridad, y saludo a los dos o tres compañeros que han llegado, para luego recostarme en los mosaicos del piso; y por la tarde intento regular mi paso a la velocidad apropiada para alcanzarla o para que me alcance “de casualidad”, y poder caminar con ella hasta casa; no había nada mejor que caminar toda aquella calle de regreso con ella el viernes por la tarde. O yo sentado frente a mi computadora, con mi habitación casi herméticamente cerrada y el acondicionador de aire programado al máximo, llegando a sentir frío mientras afuera las chapas del techo están ideales para cocinar; escuchando música relajante, música que me ayude a alejarme todavía más del pueblo, escuchando Owl City sin siquiera saber quién es Adam Young. O corriendo sobre las piedras del ripio con una pelota de fútbol y un amigo, mientras otro espera entre dos árboles, uno verde y otro reseco, a que alguien intente hacer un gol. O una madrugada encontrándome con mis amigos para subir y bajar los altos montículos de tierra en una calle en pavimentación, sintiendo la frescura de la brisa nocturna, y esa extraña sensación que me acompañó siempre que estuve haciendo algo divertido mientras sabía que el resto del mundo simplemente dormía.

viernes, 23 de marzo de 2012

Volver Atrás

 Quisiera volver atrás. Estaría dispuesto a volver a aburrirme las 1600 horas que pasé en el colegio; volvería a estudiar para cada uno de los exámenes que ya he aprobado; volvería a quedarme atrapado en la aduana de Argentina; volvería a resfriarme y a soportar todo el malestar; volvería a ir a ese frustrante y patético retiro espiritual; volvería a perderme en el campo en aquella noche oscura con mi amigo; volvería a ser atacado por los perros; volvería a llevar a Angie al médico y a sufrir esperando que la operación salga bien... Estaría absolutamente dispuesto a retroceder dos años y vivirlos desde cero nuevamente con tal de hacer lo que debería haber hecho en aquella oportunidad, volvería a nacer y a cometer todos esos errores pelotudos que cometí a lo largo de estos 16 años con el propósito de corregir solamente ese.
 Desearía con todas mis fuerzas que el timbre volviera a sonar y que ella se levantara de su pupitre para salir al patio, entonces yo la miraría, ella voltearía hacia mí y me mostraría la sonrisa más tierna y dulce que jamás nadie me haya mostrado (es en serio, aquella sonrisa nunca se borrará de mi mente, ha sido la más hermosa que me han dado); yo continuaría allí sentado todo el recreo y el timbre para el reingreso sonaría, ella volvería a entrar y buscaría un pequeño cuaderno para luego acercarse a mí; lo abriría frente a mis ojos, y yo al leerlo quedaría completamente desconcertado, no podría terminar de creer que allí diría "Ángelo te amo"... Luego de eso, ¿qué pasaría? Ella regresaría a su lugar y recién podría hablarle cuando suene la campana para regresar a casa. Esa campana sonaría y mientras todos estuviesen marchándose yo quedaría a solas con ella.
 En ese instante lo cambiaría todo, no haría lo mismo que hice en la primera oportunidad, es decir, nada... Le diría "Muchas gracias, eso fue muy lindo" y le entregaría mi sonrisa más feliz y genuina; "Yo también te amo" le respondería luego y antes de que diga o haga algo más la rodearía con mis brazos y la sujetaría con todas mis fuerzas, para que nada ni nadie nunca más pudiera alejarla de mí.
 Pero claro, el calendario no es uno de esos seres compasivos que siente pena por los demás y da segundas o terceras oportunidades, continúa avanzando sin importar qué queda en el camino, sin importar qué tan estúpidos hallan sido nuestros errores y cuanto queramos arreglaros.
 ¿Por qué estaba tan inseguro? ¿Por qué demoré dos años en darme cuenta de lo que su sonrisa provoca en mí? ¿Por qué siempre tengo que equivocarme y fracasar en todo? ¿Por qué sigo haciéndome todas estas preguntas cuando ya sé que es porque soy un tarado?
 Ya la dejé ir, ya la hice quedar como una tonta, ya logré alejarme definitivamente de ella sin siquiera haberme acercado, ya logré demostrar que soy un idiota y que esa es una realidad que posiblemente no cambie jamás...