Son estos días los que me llenan de recuerdos. Afuera
el Sol brilla intensamente, dejando algo blanquecino al celeste del cielo, y
calentando el aire como si quisiera comprimir todos los días del verano que
vendrá en una sola siesta; el viento sopla desde el norte con todo su calor,
sacudiendo las hojas y las ramas, y arrastrando el polvo y la arena por cada
desafortunado y solitario rincón del pueblo. Y mientras, yo estoy aquí, en mi
cuarto, fresco, en silencio. Así es como empiezo a recordar, por ejemplo, mi
bici en el campo a un costado del camino, conmigo sentado sobre ella, y a unos
pocos metros mis dos amigos en sus bicis, bajo la sombra del único árbol en un
diámetro de un kilómetro, rodeados por el calor de la siesta y fatigados por
habernos arriesgado a transitar un trayecto desconocido sin agua, pero
disfrutando de la tarde. O mis pasos, uno detrás de otro, caminando hasta “el
campito”, sabiendo que la tierra se adhiere a mi piel gracias al sudor, y
sintiendo cómo las gotas caen por mi espalda hasta encontrarse con mi remera y
empaparla; el Sol recalentando mi cabeza hasta que finalmente llego a aquel
edificio, con su fresca oscuridad, y saludo a los dos o tres compañeros que han
llegado, para luego recostarme en los mosaicos del piso; y por la tarde intento
regular mi paso a la velocidad apropiada para alcanzarla o para que me alcance
“de casualidad”, y poder caminar con ella hasta casa; no había nada mejor que
caminar toda aquella calle de regreso con ella el viernes por la tarde. O yo
sentado frente a mi computadora, con mi habitación casi herméticamente cerrada
y el acondicionador de aire programado al máximo, llegando a sentir frío
mientras afuera las chapas del techo están ideales para cocinar; escuchando
música relajante, música que me ayude a alejarme todavía más del pueblo,
escuchando Owl City sin siquiera saber quién es Adam Young. O corriendo sobre
las piedras del ripio con una pelota de fútbol y un amigo, mientras otro espera
entre dos árboles, uno verde y otro reseco, a que alguien intente hacer un gol.
O una madrugada encontrándome con mis amigos para subir y bajar los altos
montículos de tierra en una calle en pavimentación, sintiendo la frescura de la
brisa nocturna, y esa extraña sensación que me acompañó siempre que estuve
haciendo algo divertido mientras sabía que el resto del mundo simplemente
dormía.
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miércoles, 31 de julio de 2013
sábado, 14 de julio de 2012
Cartas de Amor
No es tan grave no haber recibido ninguna, pero si
nunca has escrito una te has perdido una de las experiencias más emocionantes y
memorables de la infancia y/o la adolescencia.
Primero pasas horas pensando si la escribes o no, si
realmente vale la pena hacerlo. Empiezas a escribirla sin buscar palabras
demasiado complejas, tal vez sin buscar ni siquiera las palabras adecuadas,
utilizando sólo las más sinceras. Cuando la tienes terminada, te das cuenta de
que lo que has escrito es una completa ñoñería, y vuelves a empezar, hasta que
finalmente te resignas y la dejas como está.
Después, cuando ya la tienes lista, gastas las suelas
de tu calzado pensando si se la entregas o no, imaginándote su posible
reacción, con miedo, con ilusión y con ansias. Luego, cuando el momento está
cada vez más cerca, el calor y los nervios se apoderan completamente de ti, sin
importar la manera en que se la darás: a escondidas, cara a cara, a través de
algún amigo.
Cuando finalmente está en su poder, todos esos nervios
y ese calor explotan, dejándote una extraña sensación de ansiedad y
convirtiéndote en el ser más impaciente del Universo, pero ya hay cierta calma
en ti, porque sin importar la respuesta, te has atrevido a enseñar tus
sentimientos más lindos y profundos…
Recuerdo perfectamente la primera carta de amor que
escribí: fue en cuarto grado de primaria, para una niña que se llamaba Martina.
Estuve tres días hasta que la terminé (incluí también una canción en ella), y
la entregué junto a una caja de chocolates. Su cara se puso completamente roja
(no quiero imaginarme la mía), y no quiso tomar ni la carta, ni los chocolates.
La carta la terminó leyendo uno de sus amigos, y a los chocolates se los
repartieron entre las amigas. Así es, un completo fracaso, porque aquella
reacción no era motivada por una timidez extrema, sino que yo realmente no
llamaba nada su atención.
Pero también recuerdo la primera vez que fui yo el
receptor de la carta: fue en segundo grado de primaria, y para mi maravillosa
suerte, me la entregó la mismísima chica que me gustaba. Sin embargo, reaccioné
tan estúpidamente que no puedo recordar lo que cruzaba por mi mente en aquellos
instantes. Terminé de leerla, y me paré en el medio del aula; “¿Quién quiere
una carta?” dije, y se las sorteé a los chicos del grado, que se burlaron todo
el año de la valiente chica por el gran
corazón que había dibujado. Nunca olvidaré que escribió mal mi nombre, y en
lugar de “Ángelo”, puso “Anyelo”… Por suerte, el insensible, egoísta y
pervertido yo de primaria ha quedado muy atrás en el tiempo.
Ah, y permítanme decirles que recibir una carta de
amor es una de las cosas más motivadoras que pueden sucederte, sobretodo si
eres como yo (padeciente de S.A.D. o de baja autoestima), porque hace que te
sientas sumamente especial, inigualablemente especial, y absolutamente único…
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