Ella iba en mis brazos como lo que en realidad era, una niña pequeña e
indefensa. Caminábamos por el medio del pueblo y la gente nos miraba. Eso me
encantaba, porque entonces ella se reía, y no miento ni exagero al decir que
tenía la sonrisa más hermosa que había visto en el mundo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario