Sólo quería hacerla sonreír, quería que fuera feliz. Caminé a su lado con mi mano sobre su hombro, sujetándola y protegiéndola para que no se desviara de su camino, para que no huyera de sus propios sueños. Subimos y nos arrodillamos. La coloqué frente a mí, y sin apartar mis pupilas de las suyas, le dije que cantara. No importaba qué, sólo que cantara lo que ella quisiera cantar. Pero ella se veía temerosa. La rodeé con mis brazos y sentí la suavidad de su piel y de su vestido de pliegues rosa. Ella también se aferró a mí, y pude disfrutar el fresco aroma de su cuello, con los ojos cerrados. Mientras finalmente se atrevía a cantar, empezamos a bailar muy suavemente, sin despegar las rodillas del suelo, balanceándonos serenamente. Bailamos cada segundo de su canción, abrazados y sonrientes; incluso continuamos bailando cuando la música acabó. Nadie nos vio, nadie aplaudió. Parecíamos dos locos completamente fuera de lugar, y tal vez lo éramos, pero ella ya no podía dejar de sentirse feliz, porque había cumplido su sueño.
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lunes, 29 de octubre de 2012
domingo, 5 de agosto de 2012
Ella iba en mis brazos como lo que en realidad era, una niña pequeña e
indefensa. Caminábamos por el medio del pueblo y la gente nos miraba. Eso me
encantaba, porque entonces ella se reía, y no miento ni exagero al decir que
tenía la sonrisa más hermosa que había visto en el mundo.
sábado, 9 de julio de 2011
El Cometa
Salí a tomar un poco de aire fresco y luz del Sol. Una suave brisa iba tomada de la mano de la cálida claridad, y entre las dos me abrazaban mientras en los árboles y el cielo las aves celebraban con cantos y revoloteos.
Debajo de las nubes, aprisionado a una cruel tanza cristalina, un cometa intentaba con la ayuda del viento alejarse, pero fluía en la misma porción del aire una y otra vez, con los mismos movimientos. Yo lo observaba comparando la longitud de su hilo con el mío, que era mucho más severo y no me permitía siquiera despegarme del piso.
Pasaron las horas, y sin marcharse de mis ojos el cometa se despidió del Sol y empezó a darle su compañía al resto de las estrellas, que tímidamente empezaban a asomarse desde lo más profundo del Universo. Mis párpados no fueron tan persistentes como aquellos trozos de papel coloridos voladores, y terminaron llevándome al cansancio y al realista mundo de los sueños.
Regresé junto al Sol, y el cometa fue capaz de darnos los buenos días. Ya no me resistí y corrí a buscar a las infatigables, diligentes y obstinadas manos que aún continuaban dándole al cielo aquel pequeño rombo como un diminuto arco iris.
Pero llego a su nacimiento y dejando tras de mí decenas de huellas en la arena, encuentro la tanza rodeando repetitivamente una roca de la costa atlántica, y en ella una significativa nota en un insignificante trocito de papel.
Con vacilación retiré el papelito del hilo, y lo leí: “Déjame volar”.
Esforzándome, pero con una sonrisa imborrable en el rostro, me deshice de las vueltas de la tanza, y entonces el cometa dependía únicamente de la fuerza de mis manos, me sentí la gravedad en esos instantes. Esta vez sin dudarlo, desuní todos mis dedos y permití que el cometa se elevara en dulces espirales hacia las nubes, en las cuales luego desaparecería.
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