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viernes, 8 de noviembre de 2013

Si Me Voy Pronto

  Por si me voy pronto, toma mi mano y sostenla mientras los grillos empiezan a llorar las primeras estrella.
  Por si me voy pronto, dime lo que estás pensando, lo que sientes cuando mis ojos le piden cobijo a los tuyos y mis dedos se refugian entre los tuyos para escapar de la paranoia y la incredulidad.
  Por si me voy pronto, descansa tu cabeza en mi hombro, tus labios en mi mejilla, y hazme saber que valió pena venir aquí, porque todas las heridas se convertirán en calma blanca cuando pases por mí.
  Por si me voy pronto, destruye tus secretos en mis oídos, para volver a reconstruirlos juntos y que no pesen tanto dentro de tu pecho.
  Por si me voy pronto, lléname de tu voz, cántame la canción que tanto conocemos, susúrrame la paz, cuéntame la felicidad, conviérteme en un simple oyente maravillado por la belleza.
  Por si me voy pronto, acércate y déjame ver tu rostro, la humedad de tus ojos arrastrándose lentamente por tus párpados pero sin llegar a tus pestañas, las líneas de tus labios oscureciendo el rosa, los lunares decorando tus mejillas y tu cuello, tu pecho elevándose durante las inhalaciones y relajándose al suspirar, los dedos de tus pies jugando con la casualidad de hacer algo sin siquiera darte cuenta.
  Por si me voy pronto, escucha todo lo que tengo que decirte, incluido lo que preferiría que no supieras, e intenta comprenderlo, porque la forma de mis pensamientos y mis sentimientos se amputa y se contamina con lo concreto de las palabras, y tal vez también con lo abstracto de los miedos.
  Por si me voy pronto, acompáñame esta noche, regálame un insomnio dulce, un sueño real que me quite la necesidad de dormir, que esté a mi lado al abrir los ojos, que pueda sentirse al rozar mi piel y al mecerse por el aire.
  Por si me voy pronto, abrázame, deshazme entre tus brazos y llévame a ti, quiero pasar ahí el resto de mi tiempo.
  Por si me voy pronto, hablemos, charlemos de lo que sea, riamos, miénteme tonterías, inventa cursilerías, y escucha las mías, juguemos.
  Por si me voy pronto, no pienses en el pasado, no te pido que perdones mis errores, concédeme el presente para no volver a tener la necesidad y la tentación de disculparme.
  Por si me voy pronto, no hace falta que me ames, sólo te pido que aceptes todo mi amor, porque no quiero llevármelo conmigo, quiero dejarlo aquí, donde pertenece, contigo.
  Por si me voy pronto, sonríeme y hazme saber que en realidad sólo estoy loco al decir todo esto, porque jamás podrías permitirme partir...

sábado, 26 de octubre de 2013

Quiero Pedirte Algo

  Ahora que estás aquí, a algunos centímetros frente a mí, con tus ojos distraídos absorbiendo mi mirada hasta el punto de desligarme de este mundo en el que estoy (o eso parece), mientras reflejan las nubes grises más allá del vidrio, e incluso la fría carretera por la que pasan los vehículos y sus ruidosas ráfagas, quiero pedirte algo, algo que necesito, quizá el algo que más necesito, y es que me lleves. No sé si es cerca, si es lejos, si es complicado llegar o si es imposible, pero quiero intentarlo. Llévame donde el viento pueda arrastrar hasta mí ese aroma que se esconde en tu cuello, bajo tu cabello; donde tus manos alcancen las mías y las aprieten con fuerza, como prohibiéndome cualquier intento de partir; donde tu voz flote en el aire para que el silencio no me aturda y el escándalo no me altere, formando las palabras de paz y ternura más convincentes del mundo, irrefutables; donde al cerrar los ojos pueda seguir viéndote, reconstruyendo en mi imaginación cada uno de tus encantos y de tus lindas imperfecciones mientras siento el calor que viene directamente desde ti cuando le muestras tu piel a mi piel; donde tu respiración renueve y oxigene también mi propia sangre al ingresar por mis oídos; donde pueda ver el mundo que queda atrapado en la humedad de tus ojos para luego escapar con la forma del brillo que más me gusta; donde pueda hablarte sin tener que desconfiar de si la luna te hace llegar o no mis palabras, o más importante, mis sentimientos; llévame a ese lugar hermoso que a veces es el mismo y a veces es distinto, pero siempre está a tu alrededor, recibiendo la bendición de tu compañía; llévame a donde estás o a donde quieras ir; llévame a donde vayas; llévame contigo.
  Por favor.

domingo, 29 de septiembre de 2013

Llévame

  En ese momento en que tomas mi muñeca, dejo de ser yo. Miro sorprendido tus pupilas uniéndose a las mías, y me disuelvo en ese roce tibio y suave que tus dedos me regalan casi sin darse cuenta. Mis pensamientos desaparecen de mi mente en una especie de somnolencia, pero en ningún otro instante me siento tan despierto o consciente de que estoy en la realidad.
  Con ese pequeño gesto me llevas hasta ti, y no ofrezco ninguna clase de resistencia o vacilación, me entrego completamente a ti, como una hoja que ya perdió su puesto en el árbol y viaja por el aire según los encantos de la brisa, porque no tengo un lugar que me esté llamando o alguno que esté esperándome, un lugar al cual quiera ir, pero todos los lugares serán el lugar más hermoso si eres tú quien me lleva ahí.
  Si tomas mi muñeca te vuelves mi única alternativa, mi único camino, y puedo seguir cada uno de tus pasos porque eres la única persona a la que quiero querer mientras aún pueda querer a alguien, la única persona a la que quiero extrañar cuando suelte mi muñeca.
  Quiero aprovechar este instante mientras dure, porque cuando se vaya tal vez regrese lo suficientemente tarde como para no encontrarme…

lunes, 26 de agosto de 2013

Ilusorio

  Era de noche. La luz que se dispersaba por el lugar era lo suficientemente tenue como para decir que estaba oscuro. Caminábamos por un largo pasillo, atravesando portal tras portal, esperando llegar a aquel sitio.
  ―A ver ―me dijo ella, que caminaba muy cerca de mí, y de pronto pude sentir un delicado roce que se deslizó por los espacios de entre mis dedos. Eran los suyos, que acariciaban mi piel casi sin querer, y se aferraban a mi mano, apretándola sin ninguna clase de violencia o brusquedad.
  Sentía con suavidad, calidez y claridad cada uno de sus dedos entre los míos; su pulgar sosteniendo el dorso de mi mano y las yemas de sus otros dedos tocando mis palmas. Las manos de ambos se habían vuelto una a la altura de su cadera.
  Me encantaba esa sensación, la irreal beldad por la que estaba rociado el momento, pero pronto miré hacia abajo con tristeza, sabiendo que aquella palabra, “irreal”, no había llegado de casualidad a mi mente. Entonces vi cómo se mecían nuestras manos entre los dos, y pensé en si decírselo o no, si suplicarle que no me diera falsas esperanzas o no, hasta que finalmente lo hice. Ella me miró desde sus enigmáticas pupilas como si hubiese soltado la frase más extraña jamás dicha en el mundo, o la oración con menos coherencia de la historia.
  ―¿De qué estás hablando? ―respondió con aquella voz que mis recuerdos jamás logran reconstruir con éxito, pues es más encantadora de lo que puedo explicar o comprender, y sujetó con un poco más de fuerza mi mano, por si tenía la intención de irme a algún sitio, por si dudaba de su intención de mantenerme cerca suyo.
  Yo suspiré, tal vez un poco más triste que antes, porque reconocía la irrealidad en sus palabras, lo efímero en el roce de sus dedos con los míos, la falsedad en el aroma que se deslizaba desde sus cabellos hasta lo profundo de mi pecho luego de pasar por mi nariz, lo utópico de aquel amor fantástico que pretendía regalarme en cuestión de segundos, y porque sabía que yo estaba ahí sólo porque no podía escapar de mis propias ilusiones…

sábado, 10 de agosto de 2013

No Entiendo

  Estoy en la alturas, solo, simplemente observando cómo el día se diluía en la tarde, cada vez más rápidamente con el paso de los minutos. Miro cómo una enorme capa de altocúmulos rosáceos se deslizan muy por encima de mi cabeza; por encima de aquellas luces rojas que brillan en las cimas de las antenas, y de los árboles que se convierten en siluetas oscuras y se mecen en la misma brisa fría que viaja a mi alrededor, haciéndome notar su presencia en mis mejillas; por encima de la gente y de todas las cosas que ya olvidé por estar mirando hacia arriba, por perderme en la vastedad de un cielo que se roba la belleza de la luz, y en la música que suena dentro de mis oídos desde un pequeño aparato; por encima de todo lo que creo conocer y que a veces considero real; por debajo de todo lo que solamente puedo soñar y jamás considero falso.
  Podría permanecer aquí, así, toda mi vida.
  En toda aquella amplitud, que tal vez no sea infinita, pero sí lo suficientemente grande como para que yo o mi imaginación jamás podamos recorrerla o al menos comprenderla, en esa que la luz del Sol transforma en gamas rojizas, rosas, celestes, y azules, aparece la primera estrella, como si recién iniciara su existencia, como si se hubiese encendido de repente, escabulléndose entre los huecos de los altocúmulos, y su brillo parece aumentar con cada nuevo destello de su titilar. Entonces, cuando me doy cuenta de que la plenitud que siento me ha puesto una sonrisa en el rosto, pienso: “¿Cómo puede existir la codicia?¿Cómo alguien puede desear algo más que esto?”, y es que yo podría permanecer así toda mi vida.
  ¿Cómo alguien puede desear una belleza distinta a esta, tan pura y asombrosa, tan abundante e incomprensible? ¿Cómo alguien puede desear ser protagonista de una vida diferente y renunciar a la paz y las maravillas que experimenta y presencia el espectador de lo real? ¿Cómo alguien puede bajar la mirada, a la parte más opaca de la realidad, y olvidar que allí arriba todo continúa brillando? ¿Cómo alguien puede creer que lo hermoso puede caber entre sus manos, o guardarse en alguna parte, o verse con un par de ojos? Lo hermoso sólo puede sentirse, de una manera especial, en que sólo quienes lo han sentido pueden comprenderlo.

domingo, 10 de marzo de 2013

Elella

Él conduce su bicicleta por entre los edificios de la ciudad, intentando disminuir aunque sea en un puñado el óxido de nitrógeno, el monóxido de carbono y el benceno que dominan el aire sin que a nadie parezca importarle. Mientras pedalea con una expresión cansada en el rostro, observa cómo las formas de los edificios van cambiando, y en cada esquina debe regresar al menos uno de sus pies al suelo, porque todos los semáforos lo detienen con su luz roja. Piensa que sería muy reconfortante ver a alguien más andando en un vehículo pacífico para la naturaleza, pero sólo ve carcasas metálicas en cuatro ruedas. No está seguro de si aquel frío y aquel cielo tan gris sobre su cabeza se deben al invierno o en realidad a la contaminación, que los ha separado completamente del Sol.
Ella lleva ya más de una hora caminando, y sus pies suplican un descanso con una extraña sensación de hinchazón. Además, su estómago parece ya no estar dentro de sí, y eso significa que su sistema digestivo está sin trabajo desde hace bastante tiempo, y es hora de darle algo de comida para digerir y transformar. Transita el centro de la ciudad, reflejando su imagen en cada vidriera  que cruza, sin importar qué intenta vender, o si está en oferta o liquidación. De vez en cuando roza sus hombros y brazos con alguna otra persona apurada, y se pregunta si toda esa gente que fluye a su alrededor como canicas que fueron lanzadas desde un tarro realmente la ven y fracasan en el intento de esquivarla debido al poco espacio con el que cuentan para maniobrar o simplemente ni siquiera se percatan de su presencia, y terminan atropellándola. Hace ya bastante tiempo que se siente atropellada, y con el invierno haciéndose cada vez más fuerte, también empieza a sentirse congelada.
Él sabe que aún le falta mucho para salir de todo el ajetreo del centro, y siente que los autos repentinamente han empezado a confabularse para imposibilitarle todo avance, así que se trepa a la sobre poblada acera y se baja de su bicicleta con la esperanza de que en unos minutos la situación se calme, aunque sabe que no será así. Mira a los autos aparecer y desaparecer en la esquina, y a la gente empujarse para llegar un poco más deprisa a su destino. Mira su reloj y se pregunta si tiene algún problema, porque a todas las personas a su alrededor parece faltarle tiempo, pero él a penas es capaz de notar que las manecillas se mueven. Quiere saber si hay algún problema en él, o si en realidad es el mundo el que está siendo acosado por las confusiones. Sólo quiere volver al pequeño y desalineado apartamento que alquila en los lejanos suburbios, aún cuando sabe que nadie estará esperándolo. Lo frustra ser consciente de que tiene un lugar donde dormir, pero está muy lejos de conseguir un hogar.

Ella empieza a sentir que desea la comida más como un método de distracción para su mente que como un alimento para su cuerpo, y encuentra una gran vidriera colorida, con pasteles, chocolates, y letras de exagerada alegría, la cual le parece de mal gusto en este momento. No sabe exactamente qué es el vacío que siente, pero tiene bien en claro que necesita llenarlo con algo más que comida. Aún así, entra en aquel lugar, un acogedor restaurant-pastelería que parece querer asfixiar  a los clientes con una hogareña fragancia a café y chocolate calientes. De algún modo, es reconfortante entrar allí, y no se arrepinte de su decisión. Se sienta a una de las mesas con elegantes pero joviales manteles blancos a líneas celestes y rojas, y es atendida rápidamente ­–eso la hace sentir su propia existencia, aunque sea por un momento­–. Después de pedir su capuccino con bizcochos dulces, toma el celular y llena sus húmedos ojos con la luz del aparato. Busca en la agenda a su amiga, la única que ha sobrevivido al paso del tiempo, porque necesita hablar con alguien, pero el cliente se encuentra fuera de servicio. Sin embargo, es ella quien se siente sin cobertura telefónica, aislada en algún sitio olvidado de la Tierra, o quizás aún más lejos.

Él piensa en que se ha pasado las últimas siete horas absolutamente solo, sin intercambiar ni una palabra con nadie, y se pregunta si en realidad no es mejor así, porque cada vez que habla con alguien, se siente un poco más perdido. Los demás nunca dicen lo que a él le agradaría oír, y eso es frustrante cuando se repite y se repite sin ninguna excepción en el medio. Sabe que tiene que distraerse antes de que su mente siga procesando pensamientos amargos, y se llene el día con sensaciones indeseables que ni siquiera una remozante ducha caliente podrá quitar. Entonces ve que al otro lado de la calle, más allá del frío concreto, del terso metal de los coches y del ruido de toda la gente, hay una vidriera que parece encerrar un acogedor lugar, con la compañía de chocolates y bebidas calientes. Empieza a pensar en la posibilidad de tomarse un capuccino con bizcochos dulces mientras espera a que el tiempo pase, pero teme no tener dinero suficiente en su bolsillo, y además se siente tan repentinamente desalentado que no cree poder dar tantos pasos seguidos todavía, y terminaría deteniéndose en medio de la calle, para que un coche lo enviara al hospital.

Ella recibe su capuccino, y aunque el primer sorbo parece hacer efecto directamente en su espíritu y su mente, con el segundo, los deseos de hablar con alguien regresan y crecen. Casi desesperada, comienza a pensar en que podría sentarse junto a aquel anciano que lee el periódico solo con una porción de torta de vainilla aún sin probar frente a él. Sin embargo, sabe que nunca ha sido extrovertida, y aún menos en la cantidad necesaria para sentarse sin razón aparente a charlar con un desconocido. Así que se queda allí, sola, con la cabeza agachada y algunos flecos de su cabello cubriendo su rostro, con las manos y los dedos aferrados a la caliente porcelana, introduciendo cada sorbo de capuccino con exagerada lentitud, masticando cada diminuto bocado de bizcocho como si planeara no tragárselo nunca. Siente que si disminuye sus movimientos, sus pensamientos también se verán afectados, serenándose. Con su cuerpo y sus pensamientos tan quietos, cree que ella misma podrá desvanecerse en aquella amalgama de primorosas y afables fragancias.

Él siente que la temperatura desciende, complicando principalmente la tibiez de sus dedos y su nariz. Aquella pastelería se ve cada vez más sugestiva, pero en el fondo sabe que un poco de calor y sacarosa no harán nada por su vida, ni por el horrible tráfico, sólo entretendrán a su paladar y lengua durante algunos minutos, además de vaciar su billetera. A pesar de todo, la tentación parece vencerlo, y termina torciendo sus cejas, enfadándose consigo mismo. ¿Por qué debía ser tan pesimista? ¿Por qué debía tomarse todo tan dramáticamente y pensar que si algo no volteaba su vida al revés no valía la pena? Tiene frío y no ha comido en horas, esas son razones más que valederas para cruzar el asfalto y entrar en aquel lugar. Con su enfado otorgándole motivación, tranca la rueda de su bicicleta usando un candado y finalmente camina hasta la otra acera cuando el semáforo se lo permite; entra a la pastelería, y aunque la había considerado una actividad intrascendente, el simple y amable tintineo de una campanita al abrir la puerta lo obliga a sonreír con delicadeza.

Ella levanta la mirada cuando escucha el agudo tintineo de la campanita en la entrada del local. Un nuevo cliente apareció, pero eso no influye en ningún sentido sobre ella. Continúa bebiendo su sorbo a sorbo y suspirando, lanzando una mirada de vez en cuando a aquel anciano con el periódico. Súbitamente, como si su subconsciente se lo hubiese ordenado, mientras el nuevo cliente se sienta a nada más que una mesa de ella, deja el capuccino en la mesa y saca su billetera del bolsillo, y de uno de sus pequeños compartimentos, uno que es casi secreto, retira una fotografía. En ese trozo de papel, aparece tintada una porción importante de su pasado, que aún se mantiene aferrado a su presente a través de los recuerdos, y se niega a soltarse completamente de ella, ocasionándole algunas ingratas horas de desvelo y una permanente sensación de que ha sido abandonada en medio de la nada, sola. Y además, de vez en cuando, llena de lágrimas sus ojos.

Él hace su pedido a la simpática camarera, sintiéndose muy agradecido hacia ella, ya que aunque era su trabajo, lo había tratado con más amabilidad de la que podía exigir. Con una sonrisa imperceptible en su rostro, mira hacia el frente, encontrándose con una joven muchacha una mesa vacía más allá. Se ve taciturna, pero no piensa en eso, y gira su cabeza para ver a través de la gran ventana. Rápidamente se da cuenta de que al otro lado del cristal yace el mundo causante de que buscara refugio en el interior de la pastelería, y evita volver a mirar hacia allí durante el resto de su visita. Casi no ha pensado en nada cuando su capuccino y sus bizcochos llegan. Tras darle las gracias a la camarera, dedica unos instantes a observar e inhalar el cálido aroma de su comida antes de empezar a llevarla a su boca.

Ella llena su deslucido presente con recuerdos brillantes que empiezan a asfixiarla mientras mira aquella fotografía, y se confunde: cree que de repente la atmósfera del local se ha vuelto densa, y debe tomar aire utilizando más fuerza que la usual. El cansancio en sus pies se ha ido y siente que fue un error haber entrado en aquel lugar, haberse sentado y también haberse bebido un poco más de la mitad de la taza, y comido nada más que dos de los seis bizcochos. Ahora siente que lo que en realidad necesita es seguir caminando. Se pone de pie, deja el dinero de la paga bajo su taza sin terminar, y temiendo que pueda volver a acosarla, decide abandonar la fotografía en la mesa, saliendo velozmente del lugar.

Él, de manera distraída, mientras bebe su primer sorbo, ve que aquella retraída chica se pone de pie y la sigue con disimulo usando sus pupilas, hasta que desaparece tras su hombro. Cuando escucha la puerta abrirse y cerrarse junto al tintineo de la pequeña campana, regresa la vista al frente. Le toma unos instantes, pero nota que la extraña muchacha que nunca antes había visto en su vida ha dejado un papel en la mesa. Él apoya unos instantes su taza, y sin soltar el asa, da unas miradas a su alrededor, para verificar si alguien más se ha dado cuenta de eso. Ni los empleados ni los clientes parecen haberlo notado, así que siente que es su deber ponerse de pie, y lo hace. Camina hasta su mesa y toma la fotografía. La mira unos momentos, y no está seguro de si aquella bonita muchacha sonriente con flequillo hacia un lado que aparece junto a un joven es la misma que se marchó tan apresuradamente hace unos instantes, pero piensa que podría ser un recuerdo importante para ella, así que sale de la pastelería a una velocidad aún mayor que la utilizada por ella.

Ella sale cabizbaja, y podría decirse que atolondradamente de la pastelería, golpeando alguno de sus hombros o uno de sus brazos contra el de alguien más cada ocho o diez pasos. Siente que mientras más se aleja de la fotografía, más cerca está de olvidar todos los recuerdos que esta representa. Casi no se da cuenta del viento frío que golpea todo su rostro y su descuidado cuello, lanzando sus cabellos hacia atrás, y no puede ni estar cerca de pensar en la posibilidad de que en unos días, aquello desemboque en un cruel resfriado lo suficientemente grave para dejarla en cama un tiempo. Pero poco le importaría, porque tal vez el sano y depurador calor de una preocupante fiebre sea capaz de limpiar también todos aquellos sentimientos tan degenerativos y desoladores. No es demasiado ambiciosa, o tal vez sí, porque todo lo que desea es poder traer al presente de una vez por todas aquel pie rebelde que aún pisa con firmeza el pasado.

Él regresa a la sofocante acera y tuerce cuello y cintura en búsqueda de la olvidadiza joven, en medio de aquel mar de gente. Sólo ve sacos y sobretodos oscuros o pálidos, y rostros aún más desconocidos que el que busca. Da algunos pasos hacia la derecha. Luego a la izquierda. No se rinde, y en cuestión de segundos, ve una sospechosa cabellera castaña que se agita, y está seguro de que es ella. Está a unos cuarenta metros, y ni siquiera se pregunta cómo fue capaz de distinguirla, simplemente le grita que se detenga, aunque sea inútil a causa de los estentóreos rugidos de la ciudad. No le quedó más alternativa que empezar a correr hacia ella para alcanzarla. No sabía por qué se esmeraba tanto en devolver aquella fotografía, pero era una buena distracción: ya había dejado de pensar en todas esas cosas frustrantes que dominaban su mente hace unos minutos.

 Ella dobla en la esquina para no tener que esperar a que el semáforo le otorgue su turno de cruzar la calle, y se acerca un poco más a su casa. De repente tampoco quiere caminar, quiere llegar a su habitación, poner su música favorita lo más fuerte posible antes del nivel en que pudiera molestar a sus vecinos y recostarse en su cama por varias horas, o tal vez días, o quizá para hibernar, y salir cuando aparezca la primavera nuevamente. Mira hacia arriba y se asombra de lo influyente que puede ser un día frío y un cielo grisáceo para su ánimo: ambos empeoraban la nostalgia y la soledad que sentía. Para pensar en otra cosa, aunque no la consuela, se pregunta si habrá cerrado bien las ventanas, ya que de no ser así, el viento podría haberlas abierto, y ahora incluso su epicúreo refugio estaría tan helado como el resto de la ciudad, y como sus dedos con uñas violáceas.

Él todavía la sigue. La tarea se ve sumamente complicada, ya que la gente es como una gran masa que debe atravesar con sus piernas cansadas. Atropella a más personas que con las que puede disculparse abstraídamente, y se gana malas miradas con cada paso que hace. Pero no se da cuenta de nada de esto, él mira fijamente la cabellera castaña clara. No puede darse el lujo de perderla de vista. Esto se ha vuelto una especie de desafío para él. Dobla la esquina. Se está acercando lentamente, pero si apresura sólo un poco el paso, tal vez la alcance antes de llegar a una nueva intersección. Retoma la táctica de los gritos, pero no sabe su nombre, así que utiliza frases como “oye tú” o “la del cabello castaño” o “la de la pastelería”, pero aunque algunas personas se voltean a mirarlo, ninguna de ellas es la joven de la fotografía.

Ella llega a una nueva esquina y esta vez debe ser paciente y esperar al semáforo, porque si vuelve a doblar evitando la calle, sólo se alejará de su casa. Sigue avanzando varias cuadras con la cabeza agachada, caminando más rápido de lo que cree, hasta que finalmente se aleja del trajín del centro de la ciudad, y circula por aceras más despobladas. De repente, tiene la sensación de que una voz está llamándola, y su rostro se llena de preocupación, preguntándose si aquella depresión no ha pasado a convertirse en un estado depresivo que puede empeorar en cualquier momento para llenarla de alucinaciones. Está realmente mal. Tiene miedo de que súbitamente aparezca frente a sus ojos el espejismo de lo que quiere olvidar, y la siga hasta su casa. Necesita hablar con alguien aún  más que antes, así que hace un nuevo intento para comunicarse con su amiga. Fracasa.

Él no llega a tiempo y debe esperar al semáforo para cruzar la calle que la joven ya ha cruzado. Mueve sus piernas impacientemente, como si esos pasos que hace una y otra vez en el mismo sitio pudieran acercarlo un poco o aceleraran el paso del tiempo. Con la luz verde sale disparado al igual que un atleta en una carrera, pero pronto la gente vuelve a forzarlo a descender la velocidad. ¿Qué hará si no la alcanza? ¿Tirará a la basura la fotografía? No, aunque son mínimas, hay posibilidades de volver a cruzarse con ella, y entonces podrá devolvérsela. Desde hoy debería salir siempre con la fotografía en alguno de sus bolsillos, por las dudas. Pero ahora también se pregunta si vale la pena devolverla; es decir, hoy en día, con las cámaras digitales, las personas tienen centenares de fotografías similares, y seguramente esa muchacha tiene unas cuantas parecidas a esa en su casa. Rápidamente se deshace de ese pensamiento, porque si la llevaba con ella, debe de tratarse de una fotografía especial, más allá de parecerse a otras o no. De pronto se aleja del centro y la gente ya no es un obstáculo, pero ella continúa sin escuchar sus llamados. Debe aumentar su velocidad, ahora sólo es una cuestión de tiempo.

Ella se sorprende hasta llegar al susto, porque alguien toca su hombro. Salta sobre sí misma y gira su cuello como si tiraran su cabeza hacia atrás. Es un muchacho joven, de aproximadamente su misma edad. Se calma cuando se percata de que lo ha visto antes en alguna ocasión, y frunce el ceño con confusión y escepticismo cuando piensa que es el cliente que entró después de ella a la pastelería. Él, agitado, le muestra la fotografía, y ella abre sutilmente la boca, dejando caer con asombro su labio inferior. Le explica que la viene siguiendo de hace más de seis cuadras, y extiende su brazo para entregarle el papel. Ella gira la cabeza, rechazándolo, y le confiesa con cierto calor en sus mejillas que no olvidó la fotografía, sino que se deshizo de ella.

Él se siente un estúpido, allí inmóvil, con la fotografía de dos desconocidos en su mano. Más que un estúpido, se siente un desgraciado, como alguien que pinta una enorme pared con un delicado, glamoroso y cuidado diseño de líneas, y descubre que tanto los colores como las formas estaban mal, ya que la consigna solicitaba círculos, no líneas, y tendría que volver a empezar todo. Entonces piensa en su bicicleta, en su capuccino y en los bizcochos: no valió la pena abandonarlos. La joven debería haber aceptado la fotografía al menos como señal de gratitud por las molestias que se había tomado, piensa él, aunque todo fuera en realidad su culpa: ¿quién lo envió a ser tan entrometido? A pesar de todo, se esmera en que aquella fotografía regrese a ella, y le pregunta por qué no la quiere.

Ella se atreve a contarle que es un recuerdo doloroso que es mejor olvidar, ignorando el hecho de que él es un perfecto desconocido. Le cuesta creerlo, pero después de responderle se siente un poco mejor. Sin embargo, es sólo una cuestión de segundos hasta que empieza a sentirse aún peor que antes, porque los recuerdos salen a flote en su mente como agua brotando de un manantial. Tal vez se le ocurrió esa comparación porque siente que algunas lágrimas están a punto de ahogar su mirada. Tal vez sea algo más que “algunas lágrimas”, pero ella quiere evitarlo.

Él reacciona con escepticismo, y pronto se enfada genuinamente por haber hecho todas las tonterías de hace unos momentos: hacerse el ofendido con la sociedad y bajarse de la bicicleta con la intención de que la humanidad se sintiera culpable, entrar a aquella pastelería en la que aún debía pagar la cuenta y que lo despojaría de sus últimos billetes, haber intentado sanar su malestar con una acción generosa y desinteresada que terminó siendo totalmente inútil. Le muestra la fotografía a la muchacha y la rompe frente ella, asegurándole que ya no debería preocuparse. No lo hizo con tanta violencia como puede pensarse.

Ella finalmente se pone a llorar, siente que es su corazón el que está en aquella fotografía ahora hecha pedazos, siendo esparcida a través de la acera y la calle por el viento.

Él está aún más confundido que antes, y queda paralizado. Se siente culpable por las lágrimas de la muchacha, porque ahora su actitud inútil se convertía en una actitud perjudicial.

Ella se abalanza sobre él porque es la única persona que tiene cerca, y apoya su frente en su cuerpo, empezando a humedecer su pecho.

Él no sabe qué hacer, pero pronto empieza a verla como a una pequeña niña extraviada que no sabe cómo regresar a su casa y extraña desesperadamente a sus padres.

Ella tiene sus manos a un lado de sus mejillas, y cada vez se presiona más a ella misma contra la calidez del joven mientras sus lágrimas ahora son acompañadas por algunos sollozos y delicados gemidos.

Él finalmente se mueve, y la rodea muy lentamente con sus brazos, con sumo cuidado y algo de inseguridad, como si un poco de presión pudiera llegar a romper de manera irreparable sus huesos. Lo hace mientras le dice que lo siente.

Ella se asombra al sentirse protegida y segura en los brazos de un desconocido, pero eso le permite comprender con certeza lo profundamente sola que se sentía. Ya no tiene apuro por regresar a casa, podría quedarse ahí una hora más, o hasta que se le agotasen las lágrimas, y luego permanecer inmóvil varias docenas de minutos más, sólo porque sí.

Él se siente útil y a gusto. La calidez del cuerpo de la muchacha empieza a reconfortarlo también a él. Sonríe porque sus pensamientos le parecen algo ridículos: de repente, ahora siente que todo valió la pena, bajarse de la bicicleta, entrar en la pastelería, correr a buscar a aquella extraña, incluso quedarse sin dinero en unos minutos. Piensa que lo volvería a hacer todo si fuera necesario, pero por ahora se limita a disfrutar, porque él también está siendo consolado.

Ella logra calmarse un poco y se aleja con cierta brusquedad, sorprendiéndolo otra vez. Se seca las lágrimas con el dorso de sus dedos y se disculpa por haber reaccionado de aquella manera tan precipitada, mientras su rostro ya no sufre la palidez que le otorga el frío y la tristeza.

Él le dice que no se preocupe casi como una súplica, ya que continúa sintiendo que fue el responsable de su llanto, y tal vez tenga razón. Luego mantiene el silencio no porque no sepa qué decir, sino porque se siente sumamente cómodo mirándola y nada más. Siente que eso es suficiente.

Ella lo mira y sigue mirándolo, hasta que sonríe tras las lágrimas que quedaron meciéndose en sus párpados, haciéndole saber que se siente incomprensiblemente agradecida hacia él.

Él le devuelve la sonrisa llegando a sentirse feliz, y de repente tiene el presentimiento de que esta noche le costará un poco más de lo normal dormir, porque esa desconocida y todo lo que sucedió darán vueltas en su mente.

Ambos hacen un gesto amable con sus cabezas, y sin más palabras, se dan la vuelta para marchar cada uno hacia su propia dirección, y no volverse a ver nunca más en sus vidas. Quizás.

domingo, 9 de diciembre de 2012

Espera

  Recorre toda la ciudad con su vieja bicicleta, y cuando el Sol empieza a caer y a ponerse rojo, se detiene allí, donde no hay concreto, ni casas, ni árboles… Un pequeño descampado cubierto de pasto, en medio de toda la civilización, como si por alguna razón hubiesen olvidado poblar ese rincón. Allí mira a todo su alrededor, como si estuviera esperando algo, ¿pero qué? No se citó con nadie, no llamó a ninguna persona, tampoco lo llamaron, ni nadie anunció ningún suceso en el lugar. ¿Qué espera entonces? Tal vez sólo espera que pase el tiempo, que el día se oscurezca y lleguen las estrellas; tal vez está esperando que algo extraño y repentino suceda, y destruya amablemente la agónica aburrición de la monotonía; tal vez está esperando que una sonrisa misteriosa y encantadora lo salude, y le dé inicio a un mundo absolutamente irreal; tal vez espera qué esperar, algo que le de sentido al girar de las manecillas del reloj; tal vez espera que las cigarras se callen, o que no lo hagan jamás; tal vez espera que el tiempo se detenga, para que el atardecer se vuelva eterno y no haga falta esperar nada; tal vez simplemente espera poder darse cuenta de que no está esperando nada…

lunes, 19 de noviembre de 2012

Sueños Perdidos

Eres un sueño perdido en la realidad, navegando sin rumbo entre suspiros, intentando encontrar un camino mirando la luz de las estrellas. Flotas en la soledad, anhelas llegar un poco más allá, a alguna isla remota o al menos un tronco olvidado en medio del mar. No tienes realmente un lugar a dónde ir, o a dónde regresar, simplemente deambulas en la noche, esperando la alborada, rogando por tu propio final, pero eres demasiado ingenua, pues la luz del Sol no tiene nada que ver con tu expiración (porque aunque ahora vives en las penumbras, eres una criatura de los rincones resplandecientes de la vida).
Eres un sueño perdido, y los sueños perdidos estás destinados a largos insomnios que se mantienen indiferentes al tiempo, a las luces del cielo y al resto del mundo. No tienen lugar, fueron traídos al mundo para ser creadores de felicidad, pero sólo trajeron desilusiones, pesar y frustraciones, por lo que fueron exiliados.
Eres un sueño perdido en la realidad, y tras tus rastros sólo quedan estelas de nostalgia y recuerdos del tiempo mal gastado, de esperanzas falsas y melancolía. Aún te resistes, aún intentas huir de ella, pero ya es imposible, la realidad te rodea: está bajo tus pies y sobre tu cabeza, tras tu espalda y frente a tu nariz. Te asfixia, su aire parece condensarse cada vez más, y no deja de sofocarte.
Me pregunto si te mereces este calvario. Me pregunto si tienes sentimientos y encima te acosa la culpa, o si estás sumergida en tu merecida recompensa, por ser una infame aliada de la mentira. Sea como sea, aún lloro por ti de vez en cuando, sintiéndome yo el culpable de haberte dejado ir, de haberte dejado sola…


sábado, 3 de noviembre de 2012

Gravedad Difusa


  Se aleja. Se aleja el suelo de mí, y no puedo alcanzarlo con mis pies.
  Se acerca. El cielo se acerca y puedo sentir las nubes empapando mi piel.
 A la distancia, hasta las rocas más sólidas se curvan, y el mar más salvaje se calma, transformándose en una gran seda azul.
  El viento ensordece mis oídos y empieza a hacer frío. Ya no escucho la ciudad; no escucho a la gente ni sus ruidos; no escucho los vehículos ni las alarmas; no escucho ni a las aves ni a las olas.
  Lentamente, el aire se acaba y el fragor del viento también desaparece.
  La gravedad se hace difusa.
  Estoy solo, completamente solo en medio del silencio. Estoy completamente solo en medio de la más vasta y profunda oscuridad, rodeado de puntos destellantes. Estoy completamente solo en medio del abismo.
  Soy libre, floto relajadamente hacia donde quiero. No tengo un lugar a dónde ir, no tengo un lugar al que regresar. Soy libre, finalmente soy libre.


domingo, 21 de octubre de 2012

Tami


Apareces en medio de la noche como un suspiro desesperado que intenta diluir la soledad, y lentamente vas transformándote en un sueño del que jamás quisiera despertar, pero que sólo me suelda un poco más a la realidad. Tengo la sensación de que me miras desde cada estrella, desde cada rayo de luna y de Sol, desde cada flor, y desde cada cosa hermosa que encanta mi mirada, por que con ellas regresas a mi mente. Es que estás aquí y allá, manipulando mis pensamientos sin piedad ni descanso…

domingo, 5 de agosto de 2012

 Ella iba en mis brazos como lo que en realidad era, una niña pequeña e indefensa. Caminábamos por el medio del pueblo y la gente nos miraba. Eso me encantaba, porque entonces ella se reía, y no miento ni exagero al decir que tenía la sonrisa más hermosa que había visto en el mundo.

martes, 19 de junio de 2012

Cuando Estoy Contigo

 Cuando estoy contigo las palabras se vuelven mentira; con tan sólo las miradas logro entender que todo este tiempo la verdad había estado engañándome. El mundo que observaba a mi alrededor no era más que un lienzo de colores opacos.
 Cuando estoy contigo descubro que no necesito estrellas ni soles; que no es precisamente mi corazón el que bombea la sangre en mi interior, sino el tuyo. No estoy intentando ser sentimental, romántico o profundo, sólo intento ser sincero conmigo mismo.
 Cuando estoy contigo todo se siente extrañamente utópico; el mundo parece desvanecerse, pero al mismo tiempo su belleza y su tamaño aumentan. Otros mundos mucho más sublimes se mezclan misteriosa y encantadoramente con este.
 Cuando estoy contigo olvido todo mi pasado y no le temo al futuro; eres la única persona que me hace sonreír y al abrazarte siento que soy dueño del tiempo. No existen malos recuerdos y ningún futuro puede desesperarme si mantengo mis ojos en los tuyos.
 Cuando estoy contigo sencillamente desaparezco; me limito a sentirte, a escuchar tu voz y disfrutar de sus palabras tan tibias. Casi me robas la consciencia, tanta felicidad termina cegándome.

lunes, 7 de mayo de 2012

Fragmentos #2

 —¿Alguna vez pensaste en cómo son las nubes arriba? —le preguntó la niña viendo cómo una se estiraba muy por encima de su cabeza.
 —No entiendo —le aclaró su compañero arrugando la frente.
 —Me refiero a la parte de arriba de las nubes, la que no vemos.
 —Mmm… No, pero creo que deben ser muy parecidas a como son abajo.
 —¿Tú crees? Una vez leí que arriba de las nubes hay ciudades enteras y que en ellas viven los ángeles. ¿Crees que existan los ángeles?
 —No lo sé, nunca pensé en eso.
 El pequeño niño siempre había creído en Dios, siempre le pedía que lo ayudase a él y a su madre, y siempre lo culpaba de todo ese mal que lo perseguía, pero nunca se había detenido a analizar la existencia de seres más pequeños que Dios y más grandes que él.
 —Hay veces que quisiera creer en ellos, pero estoy segura de que no existen.
 —Pero si existe Dios, debe ser que también existen ellos.
 —Tampoco creo que Dios exista.
 El niño se levantó abruptamente, como si el mismísimo suelo bajo su espalda lo hubiese empujado.
 —¿Lo dices en serio? ¡Claro que existe! —le vociferó y ella lo miró sorprendida. —Tal vez cuando estoy muy enojado o triste digo que no, pero siempre estoy seguro de que Él existe.
 —Entonces, si es verdad que existe… ¿Crees que Dios es bueno?
 De una forma calmada, contraria a la manera en que se había levantado, regresó su espalda a la gramilla.
 —Creo que sí, aunque a veces no entendamos por qué hace las cosas.
 Tras la respuesta del niño, ambos mantuvieron el silencio y se concentraron en ver cómo las rápidas ráfagas de las alturas transformaban el vapor de las nubes y lentamente las iba deshaciendo. En ese momento era demasiado sádico pensar que había ciudades sobre ellas.

jueves, 5 de abril de 2012

Georgias del Sur

 Con todo el tema de las Islas Malvinas empecé a interesarme en la geografía sureña y decidí investigarla un poco desde mi casa. Así fue como agregué a las islas Georgias del Sur a mi lista de lugares que debo visitar sí o sí.
 Estoy acostumbrado a 30ºC de calor y tal vez lo más frío con lo que he luchado hayan sido -1ºC mientras dormía casi asfixiado por frazadas en mi habitación. Aún así, la idea de estar rodeado de montañas heladas con vientos muy capaces de hacerte sentir que has perdido la piel es muy tentadora, por no decir atrapante.
 Siempre me había imaginado esos lugares helados como planicies blancas que parecen nunca terminar, pero eso está muy alejado de la realidad. Están repletos de montañas, cielos celestes, fauna, e inclusive prados verdes.
  Pero una imagen dice más que mil palabras...











lunes, 2 de abril de 2012

¿Por Qué Renunciamos a Nuestros Sueños?

 Cuando somos niños nos sentamos frente al televisor y vemos a un hombre vestirse con un extraño traje para salir a combatir el crimen en las calles y antes de pensar en otra cosa ya estamos imaginándonos en su lugar, ya estamos diciendo "voy a ser un superhéroe". Cuando somos niños nos recostamos sobre la gramilla sin importarnos que se ensucie nuestra ropa y miramos atentamente cómo flotan las nubes o cómo brillan las estrellas, y nos preguntamos cómo es que el cielo puede ser tan hermoso; entonces, antes de que podamos ver una estrella fugaz o un avión, decimos "voy a ser astronauta".
 Luego, intentamos escalar un árbol porque nuestro barrilete se quedó atascado o porque la fruta con aspecto más delicioso está en una de las ramas más altas, y antes de que podamos tomar el primer gajo o apoyar nuestros pies, nuestra madre o nuestro padre se acerca corriendo y nos dice "¡No, te vas a caer!". Volvemos a intentarlo y nos dicen "¡Te vas a golpear!", así que lo dejamos otra vez. Pero aún queremos hacerlo, así que intentamos intentarlo una vez más y nos dicen "¡Es peligroso!". Ya quizá por inercia lo volvemos a intentarlo, y vuelven a gritarnos "¡No vas a poder!".
 El tiempo pasa muy lentamente, pero cuando nos damos cuenta, resulta que ya nos tragamos toda esa basura de "¡No vas a poder!". Miramos a nuestro alrededor y nos parece que nuestras metas están demasiado lejos y un gran acantilado se muestra antes de llegar, así que deducimos que sería una pérdida de tiempo intentarlo. Nos quedamos sentados y progresivamente nuestra vista involuciona y ya no podemos ver más allá del acantilado, así que nos enfocamos en esas pequeñas metas que están de este lado y que nunca en nuestras vidas nos interesaron.
 Giramos la cabeza y vemos que alguien está usando sus manos como larga vista, está enfocando toda su atención en esas metas más allá del acantilado. Sonreímos y luego le decimos "No vas a poder". Esa persona continúa mirando más allá del acantilado, pero mientras más mira nosotros más repetimos esa estúpida frase, "No vas a poder". Así, antes de que pensemos en callarnos la persona baja sus manos y trae mucho más cerca del acantilado a su horizonte.
 ¿Por qué lo hacemos? Antes de intentarlo nos resignamos a ser miserables y a que la realidad no tiene nada que ver con los sueños. Peor aún, ¿por qué nos esmeramos en que los demás sean miserables también? La respuesta, aunque creo que todos la sabemos, no deja de dar miedo. Necesitamos que a nuestro alrededor todos sean tan o un poco más miserables que nosotros, así tenemos una escusa perfecta para sentirnos "victoriosos", porque si alguien a nuestro lado llegara a alcanzar sus sueños aunque sea con las puntas de sus dedos, no tendríamos cómo camuflar nuestra propia miseria.
 Nuestra vida avanza, maduramos tanto que nos pudrimos y olvidamos que deseábamos estar entre las estrellas, olvidamos que deseábamos darle una buena paliza al que quería hacerse el vivo con los inocentes, olvidamos que deseábamos salvarle la vida a los animales, olvidamos que queríamos cantar en un escenario frente a multitudes, olvidamos que queríamos tener unas vacaciones en París con la persona que amamos, olvidamos que antes nunca nos preocupábamos por un par de billetes, olvidamos que cuando llegue la hora nos moriremos y nada de lo que hallamos conseguido esclavizándonos en trabajos miserables nos servirá.
 ¿Hasta dónde puede llegar nuestro miedo al hambre o nuestro fanatismo por el dinero? La vida se nos escapa por los poros, el tiempo nos corroe, y nosotros nos la pasamos haciendo estupideces que ni siquiera queremos hacer. Mucha gente se sorprende cuando dices "el sentido de la vida es hacer lo que uno quiere", mucha gente no puede darse cuenta de algo tan simple como eso, y mucha gente ni siquiera puede aceptarlo.
 Quiero volar en un globo aerostático, quiero aprender a pilotear un ultraliviano, quiero viajar por el mundo, quiero hablar con extraños, quiero aprender otros idiomas, quiero subir a una montaña rusa, quiero viajar e tren, quiero pasar toda una noche viendo las estrellas en una playa y ver salir el Sol desde el mar, quiero enamorarme y tener el coraje (los huevos) para demostrarlo con todas mis fuerzas a cada segundo...
 Quiero vivir, la gente estúpida que dejó que sus sueños se disolvieran en la armagura no será ningún obstáculo, el tiempo es el único que puede detenerme (y sólo si se lo permito, porque de eso se tratan los sueños, de hacer lo imposible).

sábado, 31 de marzo de 2012

Fragmentos #1

 Estaba sobre una superficie suave y cálida, la más cómoda que jamás había sentido. Tenía sus ojos cerrados y su nariz respiraba una fragancia encantadora que lo hacía sonreír involuntariamente. Cuando el sueño lentamente se debilitó, abrió sus ojos para ver la belleza del misterioso lugar en el que se encontraba, y le mostraron mucha más hermosura de la que habría podido imaginar en toda su vida: A quince centímetros ella relucía sus blancos dientes y la alegría de estar junto a él con una sonrisa fulgurante.
 —Ya despertaste… —le dijo y pasó su mano por su mejilla.
 Sus cabezas estaban recostadas sobre una larga almohada y sobre ellos una gran ventana con una ligera cortina permitía que la luz del Sol haga brillar la blancura de las sábanas y la piel.
 —Elysia…
 —¿Estoy muy despeinada?
 —No, estás hermosa —respondió sin mentir y ella se rió—. Y aún más si te ríes así.
 —¿No tengo mal aliento?
 —Claro que no.
 —¿Mis ojos no están hinchados?
 —Para nada, ni un poco.
 —¿No tengo marcas de saliva?
 —Ninguna.
 —No puedo creerte que sea tan perfecta —le confesó mientras no dejaba de sonreír.
 —Te lo juro. Mírate en mis ojos, no estoy mintiendo.
 —¿Quieres que te diga algo?
 —Me encanta que me digas cosas.
 —Tú estás súper despeinado, tienes mal aliento, tus ojos están hinchados y tienes una marca de saliva ahí.
 —¿Qué? ¿En serio? —preguntó con una sonrisa retraída e incrédula.
 —Claro —le respondió riéndose—, y también tienes un beso aquí —continuó y apoyó sus labios sobre los de él tan tiernamente que casi derritió los escalofríos que hizo correr por su espalda.
 —Por eso te amo, porque haces que amarme a mí parezca fácil…
 —Voy a preparar el desayuno, tú vístete.
 —Gracias.
 —Te amo —le recordó en palabras y luego con un beso.
 —Yo también —y un beso más brotó entre los dos.
 Ella se quitó la sábana de encima y apoyó sus sutiles y pálidos pies sobre el suelo.
 Él observó maravillado cómo las ondas de su cabello caían hacia su cintura, cubierta por un camisón de seda blanco y muy delgado que dejaba ver las líneas de su espalda. Era una mujer perfecta, el tipo de mujer que la imaginación de una persona jamás podría inventar, una maravilla de la naturaleza, una filtración de los sueños de Dios.
 Se esfumó tras la puerta y él se levantó también. Fue hasta el baño y confirmó todas sus imperfecciones en el espejo. En momentos como esos se sentía culpable, sentía que estaba defraudando a Elysia. ¿Qué hacía realmente con ella? ¿Qué tenía él para mantener a su lado a una mujer tan preciosa como ella? La única respuesta que encontró fue “suerte”, “buena suerte”.
 Mojó y enjabonó su rostro hasta que ya no sintió más aquella despreciable grasa facial sobre su frente y nariz, y cuando iba a salir del baño, recordó su aliento y también cepilló sus dientes. Los dejó casi tan blancos como los de ella, pero le era imposible mejorar su forma.
 Finalmente arregló su cabello y luego fue hasta su armario. Tomó una camisa blanca con mangas largas y empezó a ponérsela. Sintió una estremecedora suavidad con cada una de sus células al pasear la tela por su piel, y para terminar abrochó ocho de sus diez diminutos botones.
 Tomó otra prenda de percal, esta vez un pantalón blanco, y mientras sumergía sus piernas en él, se percató de que todas las prendas en aquel armario eran iguales.
 Giraba su cabeza en busca de algún calzado cuando escuchó la voz de Elysia.
 —¡Ya está el desayuno!
 Caminó descalzo por el lustrado y brillante piso de madera, y bajó de la misma forma las escaleras. Entonces se dio cuenta de que no conocía la casa y giró su mirada hacia la izquierda, y encontró la cocina.
 —No, por aquí… —dijo ella y miró hacia la derecha, donde había un gran ventanal de vidrio abierto.
 Tras aquel ventanal se encontraba el “patio”, una pradera verde donde la luz del Sol se posaba a descansar, las flores se refrescaban con la brisa, las coposas y gigantescas nubes se deslizaban con una gracia increíble por el celeste. Pero lo más hermoso de aquel paisaje era sin ninguna duda la mujer del vestido blanco.
 —Estás usando ese vestido… —señaló Iker mientras pisaba el césped y levantaba sus pómulos con una gran sonrisa.
 —Sí, es el vestido con el que nos conocimos.
 Tal como en aquel sueño, el Sol estaba en la cumbre del cielo y su luz podría cegarlos en cualquier momento, pero su calor no era intenso, era simplemente cálido, y sus ojos no sufrían con el resplandor.
 Elysia lo esperaba sentada a una mesa con una silla vacía.
 —¿Qué preparaste? —le preguntó mientras tomaba asiento.
 —Té blanco, tostadas, hay mermelada de durazno y una porción de pastel para cada uno —respondió ella, pero  él no había escuchado nada, había extraviado sus pensamientos, su mirada e incluso sus oídos en lo preciosa que se veía. Su cuello, sus labios, sus mejillas, su nariz, sus hombros, su cabello.
 Jamás existirán palabras capaces de describirla ni una mente capáz de imaginarla. Ella era todo lo que alguien quisiera ver al menos en un sueño. O tal vez debería ser más preciso, tal vez ella era todo lo que él quisiera ver al menos en un sueño, y la tenía justo en frente.
 —Ey… ¿Escuchaste lo que dije?
 —Oh… Lo siento, es que estaba mirándote.
 —¿Mirándome? ¿Qué estabas mirándome?
 —Todo lo que la mesa y tu vestido no evitan que vea.
 —Oh… ¿Y quieres ver más?
 —La verdad que con lo que veo ya es mucho más que suficiente.
 Elysia levantó las cejas e inclinó levemente la cabeza.
 —¿Se supone que eso es un cumplido?
 —No lo sé, es sólo lo que estoy pensando.
 —Dices lo que piensas sin importarte qué es lo que pueda pensar el otro, esa es una de las cosas que opaca tu mal aliento por las mañanas —comentó ella y luego sonrió.
 —Ahora soy yo quien debe preguntar si eso es un cumplido.
 —Te aseguro que lo es.
 Las palabras desaparecieron y los delgados dedos de ella se dirigieron a la pequeña taza de porcelana alvina y la levantaron de la mesa sin hacer ningún ruido ni alterar el té. Dirigió el pulimentado borde hasta sus labios y tomó dos dulces y suaves sorbos.
 —El té está delicioso.
 Él miró la gramilla y luego movió sus pies para sentirla entre sus dedos, para sentir que realmente estaba vivo y que realmente estaba allí. Luego se concentró en sentir en la calidez de la luz solar en su piel, oxigenando sus poros.
 —¿Puedo hacerte una pregunta?
 —Esa es una de las preguntas más estúpidas que oigo diariamente —dijo ella con otra sonrisa.
 —Elysia, basta de bromas. Esta es una pregunta seria.
  Dejó su taza en la mesa mientras su sonrisa se marchaba, y esta vez la porcelana sí hizo ruido al encontrarse a la madera.
 —No quiero que te lo tomes a mal… Yo quiero preguntarte… ¿Por qué estás conmigo?
 —¿A qué te refieres exactamente?
 —¿Por qué duermes junto a mí cada noche y me besas cuando sale el Sol? ¿Por qué el resto del día te lo pasas    junto a mí también?
 Elysia volvió a sonreír y se alegró de que su cara de preocupación no haya durado demasiado y tampoco haya sido necesaria.
 —Me dijiste que basta de bromas.
 —No es una broma, lo estoy preguntando en serio.
 —Pues entonces déjame decirte en serio que es la pregunta más estúpida que he oído en mi vida.
 Miró enfadado a un costado y Elysia lo observó con la misma sonrisa que tiene una madre al mirar a su hijo ofendido porque no quieren comprarle un juguete nuevo cuando su habitación está llena de ellos.
 —Tu boca es la más dulce que he probado en mi vida, y las palabras que salen de ella son las únicas que quiero escuchar; eres el hombre que aparece en mis sueños y que aún continúa ahí cuando despierto; eres el único que ha entrado en mi corazón y lo ha cerrado con trancas y candados, nada más puede entrar ahí, y tampoco quiero que lo haga.
 —Lo que acabas de decir me hace merecerte aún menos —le respondió dirigiendo su mirada al vacío entre el verde y él.
 —¿De qué estás hablando? No se trata de merecer, se trata simplemente de lo que sentimos al ver al otro, al tocarlo, al oír su voz… Te amo.
 —Yo también. Te amo tanto… No quiero decepcionarte… —dijo regresando su mirada a la profundidad y el brillo de sus pupilas
 —Jamás vas a decepcionarme. De ti sólo espero amor, y es algo que jamás dejarás de darme.
 —Tampoco sé si eso es un cumplido o qué…

domingo, 26 de febrero de 2012

Un Golpe en la Noche

 Esta mañana, hace nada más que unos minutos, tuve un sueño realmente extraordinario. Un sueño muy largo, tal vez el más largo que he tenido nunca. Un sueño que parecía no terminar jamás y que cuando me hizo despertar me llevó a sentarme en la cama, analizar el lugar en el que me encontraba y suspirar aliviado. Pese a que me costó darme cuenta, sí había sido un sueño.
 Muchas personas podrían haberlo llamado "pesadilla" porque estuvo repleto de sucesos traumantes y escenas horrible, porque me hizo llorar, pero no parecía una pesadilla. Jamás tengo pesadillas, o al menos nunca se me ocurrió llamar así a alguno de mis sueños.
 Este sueño provocó todo un terremoto en mi mente, que si bien quizás no derribó todas mis ideas, ha dejado sostenidas por un solo ladrillo a muchas.
 Fue una verdadera experiencia de vida, y tal vez el golpe que necesitaba para volver a creer en el amor; para volver a creer en lo bueno que es tener una mano que tomar cuando estás a punto de caer al vacío; en que además de ser únicos e irrepetibles, también somos irreemplazables; en que el tiempo no es tan poderoso como para diluir sentimientos y recuerdos tan profundos...