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domingo, 29 de septiembre de 2013

Llévame

  En ese momento en que tomas mi muñeca, dejo de ser yo. Miro sorprendido tus pupilas uniéndose a las mías, y me disuelvo en ese roce tibio y suave que tus dedos me regalan casi sin darse cuenta. Mis pensamientos desaparecen de mi mente en una especie de somnolencia, pero en ningún otro instante me siento tan despierto o consciente de que estoy en la realidad.
  Con ese pequeño gesto me llevas hasta ti, y no ofrezco ninguna clase de resistencia o vacilación, me entrego completamente a ti, como una hoja que ya perdió su puesto en el árbol y viaja por el aire según los encantos de la brisa, porque no tengo un lugar que me esté llamando o alguno que esté esperándome, un lugar al cual quiera ir, pero todos los lugares serán el lugar más hermoso si eres tú quien me lleva ahí.
  Si tomas mi muñeca te vuelves mi única alternativa, mi único camino, y puedo seguir cada uno de tus pasos porque eres la única persona a la que quiero querer mientras aún pueda querer a alguien, la única persona a la que quiero extrañar cuando suelte mi muñeca.
  Quiero aprovechar este instante mientras dure, porque cuando se vaya tal vez regrese lo suficientemente tarde como para no encontrarme…

lunes, 26 de agosto de 2013

Ilusorio

  Era de noche. La luz que se dispersaba por el lugar era lo suficientemente tenue como para decir que estaba oscuro. Caminábamos por un largo pasillo, atravesando portal tras portal, esperando llegar a aquel sitio.
  ―A ver ―me dijo ella, que caminaba muy cerca de mí, y de pronto pude sentir un delicado roce que se deslizó por los espacios de entre mis dedos. Eran los suyos, que acariciaban mi piel casi sin querer, y se aferraban a mi mano, apretándola sin ninguna clase de violencia o brusquedad.
  Sentía con suavidad, calidez y claridad cada uno de sus dedos entre los míos; su pulgar sosteniendo el dorso de mi mano y las yemas de sus otros dedos tocando mis palmas. Las manos de ambos se habían vuelto una a la altura de su cadera.
  Me encantaba esa sensación, la irreal beldad por la que estaba rociado el momento, pero pronto miré hacia abajo con tristeza, sabiendo que aquella palabra, “irreal”, no había llegado de casualidad a mi mente. Entonces vi cómo se mecían nuestras manos entre los dos, y pensé en si decírselo o no, si suplicarle que no me diera falsas esperanzas o no, hasta que finalmente lo hice. Ella me miró desde sus enigmáticas pupilas como si hubiese soltado la frase más extraña jamás dicha en el mundo, o la oración con menos coherencia de la historia.
  ―¿De qué estás hablando? ―respondió con aquella voz que mis recuerdos jamás logran reconstruir con éxito, pues es más encantadora de lo que puedo explicar o comprender, y sujetó con un poco más de fuerza mi mano, por si tenía la intención de irme a algún sitio, por si dudaba de su intención de mantenerme cerca suyo.
  Yo suspiré, tal vez un poco más triste que antes, porque reconocía la irrealidad en sus palabras, lo efímero en el roce de sus dedos con los míos, la falsedad en el aroma que se deslizaba desde sus cabellos hasta lo profundo de mi pecho luego de pasar por mi nariz, lo utópico de aquel amor fantástico que pretendía regalarme en cuestión de segundos, y porque sabía que yo estaba ahí sólo porque no podía escapar de mis propias ilusiones…

martes, 21 de mayo de 2013

Primera...

  Me gustaría atesorar para siempre momentos como este, con el cielo cubierto de altoestratos y una brisa fría entibiando mis cálidas mejillas; con tu cuerpo a centímetros del mío, y nadie más a nuestro alrededor; con tus ojos brillando hacia los míos desde un poco más abajo; contigo sonriéndome como si fuera el chico más especial del mundo. Quisiera guardar el sonido de tu voz y cada una de sus palabras, con su entonación y duración exactas, para revivirlas cada vez que me sienta abandonado o perdido, o cuando simplemente desee un poco de felicidad. Pero mi mente es frágil, y sé que el tiempo irá erosionando lentamente estos recuerdos, moldeándolos a su gusto e incluso desarmándolos por completo, dejando a penas algunos fragmentos. Además, mi mente también es débil, y jamás logrará revivir todas las sensaciones que en este momento recorren mi cuerpo y que no parecen tener mucha lógica o sentido, pero sin ninguna duda me llenan de felicidad.
  Sí, me encantaría guardar este momento en una cápsula o en un pequeño frasco, y tomármelo o abrirlo luego, para llenar otra vez mi mundo de ti. Eso, o sencillamente congelarlo; continuar caminando y avanzando, pero estando siempre a la misma distancia de aquella esquina que se encargará de separarnos, porque al decirte “Hasta mañana”, sé que todo esto que siento se desplomará en mi interior, y aunque tardaré algunos minutos en darme cuenta, finalmente mi sonrisa se desvanecerá.
  Pero aún así, al regresar a casa, algo lograré rescatar de entre los escombros, y cantaré un par de canciones, porque no sé, me das ganas de cantar. El canto es la forma en que canalizo esa alegría tan pura, genuina e intensa que me produces.

  PD: Me encanta que te asombre todo lo que para mí es tan normal…

domingo, 10 de marzo de 2013

Elella

Él conduce su bicicleta por entre los edificios de la ciudad, intentando disminuir aunque sea en un puñado el óxido de nitrógeno, el monóxido de carbono y el benceno que dominan el aire sin que a nadie parezca importarle. Mientras pedalea con una expresión cansada en el rostro, observa cómo las formas de los edificios van cambiando, y en cada esquina debe regresar al menos uno de sus pies al suelo, porque todos los semáforos lo detienen con su luz roja. Piensa que sería muy reconfortante ver a alguien más andando en un vehículo pacífico para la naturaleza, pero sólo ve carcasas metálicas en cuatro ruedas. No está seguro de si aquel frío y aquel cielo tan gris sobre su cabeza se deben al invierno o en realidad a la contaminación, que los ha separado completamente del Sol.
Ella lleva ya más de una hora caminando, y sus pies suplican un descanso con una extraña sensación de hinchazón. Además, su estómago parece ya no estar dentro de sí, y eso significa que su sistema digestivo está sin trabajo desde hace bastante tiempo, y es hora de darle algo de comida para digerir y transformar. Transita el centro de la ciudad, reflejando su imagen en cada vidriera  que cruza, sin importar qué intenta vender, o si está en oferta o liquidación. De vez en cuando roza sus hombros y brazos con alguna otra persona apurada, y se pregunta si toda esa gente que fluye a su alrededor como canicas que fueron lanzadas desde un tarro realmente la ven y fracasan en el intento de esquivarla debido al poco espacio con el que cuentan para maniobrar o simplemente ni siquiera se percatan de su presencia, y terminan atropellándola. Hace ya bastante tiempo que se siente atropellada, y con el invierno haciéndose cada vez más fuerte, también empieza a sentirse congelada.
Él sabe que aún le falta mucho para salir de todo el ajetreo del centro, y siente que los autos repentinamente han empezado a confabularse para imposibilitarle todo avance, así que se trepa a la sobre poblada acera y se baja de su bicicleta con la esperanza de que en unos minutos la situación se calme, aunque sabe que no será así. Mira a los autos aparecer y desaparecer en la esquina, y a la gente empujarse para llegar un poco más deprisa a su destino. Mira su reloj y se pregunta si tiene algún problema, porque a todas las personas a su alrededor parece faltarle tiempo, pero él a penas es capaz de notar que las manecillas se mueven. Quiere saber si hay algún problema en él, o si en realidad es el mundo el que está siendo acosado por las confusiones. Sólo quiere volver al pequeño y desalineado apartamento que alquila en los lejanos suburbios, aún cuando sabe que nadie estará esperándolo. Lo frustra ser consciente de que tiene un lugar donde dormir, pero está muy lejos de conseguir un hogar.

Ella empieza a sentir que desea la comida más como un método de distracción para su mente que como un alimento para su cuerpo, y encuentra una gran vidriera colorida, con pasteles, chocolates, y letras de exagerada alegría, la cual le parece de mal gusto en este momento. No sabe exactamente qué es el vacío que siente, pero tiene bien en claro que necesita llenarlo con algo más que comida. Aún así, entra en aquel lugar, un acogedor restaurant-pastelería que parece querer asfixiar  a los clientes con una hogareña fragancia a café y chocolate calientes. De algún modo, es reconfortante entrar allí, y no se arrepinte de su decisión. Se sienta a una de las mesas con elegantes pero joviales manteles blancos a líneas celestes y rojas, y es atendida rápidamente ­–eso la hace sentir su propia existencia, aunque sea por un momento­–. Después de pedir su capuccino con bizcochos dulces, toma el celular y llena sus húmedos ojos con la luz del aparato. Busca en la agenda a su amiga, la única que ha sobrevivido al paso del tiempo, porque necesita hablar con alguien, pero el cliente se encuentra fuera de servicio. Sin embargo, es ella quien se siente sin cobertura telefónica, aislada en algún sitio olvidado de la Tierra, o quizás aún más lejos.

Él piensa en que se ha pasado las últimas siete horas absolutamente solo, sin intercambiar ni una palabra con nadie, y se pregunta si en realidad no es mejor así, porque cada vez que habla con alguien, se siente un poco más perdido. Los demás nunca dicen lo que a él le agradaría oír, y eso es frustrante cuando se repite y se repite sin ninguna excepción en el medio. Sabe que tiene que distraerse antes de que su mente siga procesando pensamientos amargos, y se llene el día con sensaciones indeseables que ni siquiera una remozante ducha caliente podrá quitar. Entonces ve que al otro lado de la calle, más allá del frío concreto, del terso metal de los coches y del ruido de toda la gente, hay una vidriera que parece encerrar un acogedor lugar, con la compañía de chocolates y bebidas calientes. Empieza a pensar en la posibilidad de tomarse un capuccino con bizcochos dulces mientras espera a que el tiempo pase, pero teme no tener dinero suficiente en su bolsillo, y además se siente tan repentinamente desalentado que no cree poder dar tantos pasos seguidos todavía, y terminaría deteniéndose en medio de la calle, para que un coche lo enviara al hospital.

Ella recibe su capuccino, y aunque el primer sorbo parece hacer efecto directamente en su espíritu y su mente, con el segundo, los deseos de hablar con alguien regresan y crecen. Casi desesperada, comienza a pensar en que podría sentarse junto a aquel anciano que lee el periódico solo con una porción de torta de vainilla aún sin probar frente a él. Sin embargo, sabe que nunca ha sido extrovertida, y aún menos en la cantidad necesaria para sentarse sin razón aparente a charlar con un desconocido. Así que se queda allí, sola, con la cabeza agachada y algunos flecos de su cabello cubriendo su rostro, con las manos y los dedos aferrados a la caliente porcelana, introduciendo cada sorbo de capuccino con exagerada lentitud, masticando cada diminuto bocado de bizcocho como si planeara no tragárselo nunca. Siente que si disminuye sus movimientos, sus pensamientos también se verán afectados, serenándose. Con su cuerpo y sus pensamientos tan quietos, cree que ella misma podrá desvanecerse en aquella amalgama de primorosas y afables fragancias.

Él siente que la temperatura desciende, complicando principalmente la tibiez de sus dedos y su nariz. Aquella pastelería se ve cada vez más sugestiva, pero en el fondo sabe que un poco de calor y sacarosa no harán nada por su vida, ni por el horrible tráfico, sólo entretendrán a su paladar y lengua durante algunos minutos, además de vaciar su billetera. A pesar de todo, la tentación parece vencerlo, y termina torciendo sus cejas, enfadándose consigo mismo. ¿Por qué debía ser tan pesimista? ¿Por qué debía tomarse todo tan dramáticamente y pensar que si algo no volteaba su vida al revés no valía la pena? Tiene frío y no ha comido en horas, esas son razones más que valederas para cruzar el asfalto y entrar en aquel lugar. Con su enfado otorgándole motivación, tranca la rueda de su bicicleta usando un candado y finalmente camina hasta la otra acera cuando el semáforo se lo permite; entra a la pastelería, y aunque la había considerado una actividad intrascendente, el simple y amable tintineo de una campanita al abrir la puerta lo obliga a sonreír con delicadeza.

Ella levanta la mirada cuando escucha el agudo tintineo de la campanita en la entrada del local. Un nuevo cliente apareció, pero eso no influye en ningún sentido sobre ella. Continúa bebiendo su sorbo a sorbo y suspirando, lanzando una mirada de vez en cuando a aquel anciano con el periódico. Súbitamente, como si su subconsciente se lo hubiese ordenado, mientras el nuevo cliente se sienta a nada más que una mesa de ella, deja el capuccino en la mesa y saca su billetera del bolsillo, y de uno de sus pequeños compartimentos, uno que es casi secreto, retira una fotografía. En ese trozo de papel, aparece tintada una porción importante de su pasado, que aún se mantiene aferrado a su presente a través de los recuerdos, y se niega a soltarse completamente de ella, ocasionándole algunas ingratas horas de desvelo y una permanente sensación de que ha sido abandonada en medio de la nada, sola. Y además, de vez en cuando, llena de lágrimas sus ojos.

Él hace su pedido a la simpática camarera, sintiéndose muy agradecido hacia ella, ya que aunque era su trabajo, lo había tratado con más amabilidad de la que podía exigir. Con una sonrisa imperceptible en su rostro, mira hacia el frente, encontrándose con una joven muchacha una mesa vacía más allá. Se ve taciturna, pero no piensa en eso, y gira su cabeza para ver a través de la gran ventana. Rápidamente se da cuenta de que al otro lado del cristal yace el mundo causante de que buscara refugio en el interior de la pastelería, y evita volver a mirar hacia allí durante el resto de su visita. Casi no ha pensado en nada cuando su capuccino y sus bizcochos llegan. Tras darle las gracias a la camarera, dedica unos instantes a observar e inhalar el cálido aroma de su comida antes de empezar a llevarla a su boca.

Ella llena su deslucido presente con recuerdos brillantes que empiezan a asfixiarla mientras mira aquella fotografía, y se confunde: cree que de repente la atmósfera del local se ha vuelto densa, y debe tomar aire utilizando más fuerza que la usual. El cansancio en sus pies se ha ido y siente que fue un error haber entrado en aquel lugar, haberse sentado y también haberse bebido un poco más de la mitad de la taza, y comido nada más que dos de los seis bizcochos. Ahora siente que lo que en realidad necesita es seguir caminando. Se pone de pie, deja el dinero de la paga bajo su taza sin terminar, y temiendo que pueda volver a acosarla, decide abandonar la fotografía en la mesa, saliendo velozmente del lugar.

Él, de manera distraída, mientras bebe su primer sorbo, ve que aquella retraída chica se pone de pie y la sigue con disimulo usando sus pupilas, hasta que desaparece tras su hombro. Cuando escucha la puerta abrirse y cerrarse junto al tintineo de la pequeña campana, regresa la vista al frente. Le toma unos instantes, pero nota que la extraña muchacha que nunca antes había visto en su vida ha dejado un papel en la mesa. Él apoya unos instantes su taza, y sin soltar el asa, da unas miradas a su alrededor, para verificar si alguien más se ha dado cuenta de eso. Ni los empleados ni los clientes parecen haberlo notado, así que siente que es su deber ponerse de pie, y lo hace. Camina hasta su mesa y toma la fotografía. La mira unos momentos, y no está seguro de si aquella bonita muchacha sonriente con flequillo hacia un lado que aparece junto a un joven es la misma que se marchó tan apresuradamente hace unos instantes, pero piensa que podría ser un recuerdo importante para ella, así que sale de la pastelería a una velocidad aún mayor que la utilizada por ella.

Ella sale cabizbaja, y podría decirse que atolondradamente de la pastelería, golpeando alguno de sus hombros o uno de sus brazos contra el de alguien más cada ocho o diez pasos. Siente que mientras más se aleja de la fotografía, más cerca está de olvidar todos los recuerdos que esta representa. Casi no se da cuenta del viento frío que golpea todo su rostro y su descuidado cuello, lanzando sus cabellos hacia atrás, y no puede ni estar cerca de pensar en la posibilidad de que en unos días, aquello desemboque en un cruel resfriado lo suficientemente grave para dejarla en cama un tiempo. Pero poco le importaría, porque tal vez el sano y depurador calor de una preocupante fiebre sea capaz de limpiar también todos aquellos sentimientos tan degenerativos y desoladores. No es demasiado ambiciosa, o tal vez sí, porque todo lo que desea es poder traer al presente de una vez por todas aquel pie rebelde que aún pisa con firmeza el pasado.

Él regresa a la sofocante acera y tuerce cuello y cintura en búsqueda de la olvidadiza joven, en medio de aquel mar de gente. Sólo ve sacos y sobretodos oscuros o pálidos, y rostros aún más desconocidos que el que busca. Da algunos pasos hacia la derecha. Luego a la izquierda. No se rinde, y en cuestión de segundos, ve una sospechosa cabellera castaña que se agita, y está seguro de que es ella. Está a unos cuarenta metros, y ni siquiera se pregunta cómo fue capaz de distinguirla, simplemente le grita que se detenga, aunque sea inútil a causa de los estentóreos rugidos de la ciudad. No le quedó más alternativa que empezar a correr hacia ella para alcanzarla. No sabía por qué se esmeraba tanto en devolver aquella fotografía, pero era una buena distracción: ya había dejado de pensar en todas esas cosas frustrantes que dominaban su mente hace unos minutos.

 Ella dobla en la esquina para no tener que esperar a que el semáforo le otorgue su turno de cruzar la calle, y se acerca un poco más a su casa. De repente tampoco quiere caminar, quiere llegar a su habitación, poner su música favorita lo más fuerte posible antes del nivel en que pudiera molestar a sus vecinos y recostarse en su cama por varias horas, o tal vez días, o quizá para hibernar, y salir cuando aparezca la primavera nuevamente. Mira hacia arriba y se asombra de lo influyente que puede ser un día frío y un cielo grisáceo para su ánimo: ambos empeoraban la nostalgia y la soledad que sentía. Para pensar en otra cosa, aunque no la consuela, se pregunta si habrá cerrado bien las ventanas, ya que de no ser así, el viento podría haberlas abierto, y ahora incluso su epicúreo refugio estaría tan helado como el resto de la ciudad, y como sus dedos con uñas violáceas.

Él todavía la sigue. La tarea se ve sumamente complicada, ya que la gente es como una gran masa que debe atravesar con sus piernas cansadas. Atropella a más personas que con las que puede disculparse abstraídamente, y se gana malas miradas con cada paso que hace. Pero no se da cuenta de nada de esto, él mira fijamente la cabellera castaña clara. No puede darse el lujo de perderla de vista. Esto se ha vuelto una especie de desafío para él. Dobla la esquina. Se está acercando lentamente, pero si apresura sólo un poco el paso, tal vez la alcance antes de llegar a una nueva intersección. Retoma la táctica de los gritos, pero no sabe su nombre, así que utiliza frases como “oye tú” o “la del cabello castaño” o “la de la pastelería”, pero aunque algunas personas se voltean a mirarlo, ninguna de ellas es la joven de la fotografía.

Ella llega a una nueva esquina y esta vez debe ser paciente y esperar al semáforo, porque si vuelve a doblar evitando la calle, sólo se alejará de su casa. Sigue avanzando varias cuadras con la cabeza agachada, caminando más rápido de lo que cree, hasta que finalmente se aleja del trajín del centro de la ciudad, y circula por aceras más despobladas. De repente, tiene la sensación de que una voz está llamándola, y su rostro se llena de preocupación, preguntándose si aquella depresión no ha pasado a convertirse en un estado depresivo que puede empeorar en cualquier momento para llenarla de alucinaciones. Está realmente mal. Tiene miedo de que súbitamente aparezca frente a sus ojos el espejismo de lo que quiere olvidar, y la siga hasta su casa. Necesita hablar con alguien aún  más que antes, así que hace un nuevo intento para comunicarse con su amiga. Fracasa.

Él no llega a tiempo y debe esperar al semáforo para cruzar la calle que la joven ya ha cruzado. Mueve sus piernas impacientemente, como si esos pasos que hace una y otra vez en el mismo sitio pudieran acercarlo un poco o aceleraran el paso del tiempo. Con la luz verde sale disparado al igual que un atleta en una carrera, pero pronto la gente vuelve a forzarlo a descender la velocidad. ¿Qué hará si no la alcanza? ¿Tirará a la basura la fotografía? No, aunque son mínimas, hay posibilidades de volver a cruzarse con ella, y entonces podrá devolvérsela. Desde hoy debería salir siempre con la fotografía en alguno de sus bolsillos, por las dudas. Pero ahora también se pregunta si vale la pena devolverla; es decir, hoy en día, con las cámaras digitales, las personas tienen centenares de fotografías similares, y seguramente esa muchacha tiene unas cuantas parecidas a esa en su casa. Rápidamente se deshace de ese pensamiento, porque si la llevaba con ella, debe de tratarse de una fotografía especial, más allá de parecerse a otras o no. De pronto se aleja del centro y la gente ya no es un obstáculo, pero ella continúa sin escuchar sus llamados. Debe aumentar su velocidad, ahora sólo es una cuestión de tiempo.

Ella se sorprende hasta llegar al susto, porque alguien toca su hombro. Salta sobre sí misma y gira su cuello como si tiraran su cabeza hacia atrás. Es un muchacho joven, de aproximadamente su misma edad. Se calma cuando se percata de que lo ha visto antes en alguna ocasión, y frunce el ceño con confusión y escepticismo cuando piensa que es el cliente que entró después de ella a la pastelería. Él, agitado, le muestra la fotografía, y ella abre sutilmente la boca, dejando caer con asombro su labio inferior. Le explica que la viene siguiendo de hace más de seis cuadras, y extiende su brazo para entregarle el papel. Ella gira la cabeza, rechazándolo, y le confiesa con cierto calor en sus mejillas que no olvidó la fotografía, sino que se deshizo de ella.

Él se siente un estúpido, allí inmóvil, con la fotografía de dos desconocidos en su mano. Más que un estúpido, se siente un desgraciado, como alguien que pinta una enorme pared con un delicado, glamoroso y cuidado diseño de líneas, y descubre que tanto los colores como las formas estaban mal, ya que la consigna solicitaba círculos, no líneas, y tendría que volver a empezar todo. Entonces piensa en su bicicleta, en su capuccino y en los bizcochos: no valió la pena abandonarlos. La joven debería haber aceptado la fotografía al menos como señal de gratitud por las molestias que se había tomado, piensa él, aunque todo fuera en realidad su culpa: ¿quién lo envió a ser tan entrometido? A pesar de todo, se esmera en que aquella fotografía regrese a ella, y le pregunta por qué no la quiere.

Ella se atreve a contarle que es un recuerdo doloroso que es mejor olvidar, ignorando el hecho de que él es un perfecto desconocido. Le cuesta creerlo, pero después de responderle se siente un poco mejor. Sin embargo, es sólo una cuestión de segundos hasta que empieza a sentirse aún peor que antes, porque los recuerdos salen a flote en su mente como agua brotando de un manantial. Tal vez se le ocurrió esa comparación porque siente que algunas lágrimas están a punto de ahogar su mirada. Tal vez sea algo más que “algunas lágrimas”, pero ella quiere evitarlo.

Él reacciona con escepticismo, y pronto se enfada genuinamente por haber hecho todas las tonterías de hace unos momentos: hacerse el ofendido con la sociedad y bajarse de la bicicleta con la intención de que la humanidad se sintiera culpable, entrar a aquella pastelería en la que aún debía pagar la cuenta y que lo despojaría de sus últimos billetes, haber intentado sanar su malestar con una acción generosa y desinteresada que terminó siendo totalmente inútil. Le muestra la fotografía a la muchacha y la rompe frente ella, asegurándole que ya no debería preocuparse. No lo hizo con tanta violencia como puede pensarse.

Ella finalmente se pone a llorar, siente que es su corazón el que está en aquella fotografía ahora hecha pedazos, siendo esparcida a través de la acera y la calle por el viento.

Él está aún más confundido que antes, y queda paralizado. Se siente culpable por las lágrimas de la muchacha, porque ahora su actitud inútil se convertía en una actitud perjudicial.

Ella se abalanza sobre él porque es la única persona que tiene cerca, y apoya su frente en su cuerpo, empezando a humedecer su pecho.

Él no sabe qué hacer, pero pronto empieza a verla como a una pequeña niña extraviada que no sabe cómo regresar a su casa y extraña desesperadamente a sus padres.

Ella tiene sus manos a un lado de sus mejillas, y cada vez se presiona más a ella misma contra la calidez del joven mientras sus lágrimas ahora son acompañadas por algunos sollozos y delicados gemidos.

Él finalmente se mueve, y la rodea muy lentamente con sus brazos, con sumo cuidado y algo de inseguridad, como si un poco de presión pudiera llegar a romper de manera irreparable sus huesos. Lo hace mientras le dice que lo siente.

Ella se asombra al sentirse protegida y segura en los brazos de un desconocido, pero eso le permite comprender con certeza lo profundamente sola que se sentía. Ya no tiene apuro por regresar a casa, podría quedarse ahí una hora más, o hasta que se le agotasen las lágrimas, y luego permanecer inmóvil varias docenas de minutos más, sólo porque sí.

Él se siente útil y a gusto. La calidez del cuerpo de la muchacha empieza a reconfortarlo también a él. Sonríe porque sus pensamientos le parecen algo ridículos: de repente, ahora siente que todo valió la pena, bajarse de la bicicleta, entrar en la pastelería, correr a buscar a aquella extraña, incluso quedarse sin dinero en unos minutos. Piensa que lo volvería a hacer todo si fuera necesario, pero por ahora se limita a disfrutar, porque él también está siendo consolado.

Ella logra calmarse un poco y se aleja con cierta brusquedad, sorprendiéndolo otra vez. Se seca las lágrimas con el dorso de sus dedos y se disculpa por haber reaccionado de aquella manera tan precipitada, mientras su rostro ya no sufre la palidez que le otorga el frío y la tristeza.

Él le dice que no se preocupe casi como una súplica, ya que continúa sintiendo que fue el responsable de su llanto, y tal vez tenga razón. Luego mantiene el silencio no porque no sepa qué decir, sino porque se siente sumamente cómodo mirándola y nada más. Siente que eso es suficiente.

Ella lo mira y sigue mirándolo, hasta que sonríe tras las lágrimas que quedaron meciéndose en sus párpados, haciéndole saber que se siente incomprensiblemente agradecida hacia él.

Él le devuelve la sonrisa llegando a sentirse feliz, y de repente tiene el presentimiento de que esta noche le costará un poco más de lo normal dormir, porque esa desconocida y todo lo que sucedió darán vueltas en su mente.

Ambos hacen un gesto amable con sus cabezas, y sin más palabras, se dan la vuelta para marchar cada uno hacia su propia dirección, y no volverse a ver nunca más en sus vidas. Quizás.

jueves, 24 de enero de 2013

Obsesión


No necesito que me ames. Al mirarte, tu reflejo se esculpe en la humedad de mis ojos, como una gran silueta de luz, y eso me basta para sentir que eres parte de mí.
No necesito que me ames. Al estar cerca de ti, cualquier brisa acerca amablemente la fragancia de tu piel y tu cabello hasta mí, y puedo dar una gran aspiración mientras cierro los ojos y lleno mis pulmones de ti, lo que oxigena y renueva mi sangre. Eso me basta para sentir que eres parte de mí.
No necesito que me ames. Puedo escuchar claramente tu voz, incluso cuando no me habla a mí, como una tierna y serena melodía que me hace sonreír, como un dulce y memorable susurro que crea escalofríos de encanto. Eso es suficiente para mí.
No necesito que me ames. Por las noches, tu idea viene a sanar mi insomnio, y sus dedos juegan suavemente con mis cabellos hasta que me quedo dormido. Pero luego sigue ahí, sonriendo a mi lado, hasta asegurarse de que despierte con una genuina sonrisa, como la suya. Eso me basta, en serio.
No necesito que me ames, porque te amo, y el amor es desinteresado, filántropo, altruista, se da sin esperar devoluciones o cambios equivalentes.
Con tu amable saludo cada mañana y tu cándida despedida cada tarde, es suficiente para mí, lo juro. Con rozar las puntas de tus dedos cada vez al alcanzarte algún objeto, es suficiente, en serio. Con verte acomodar ese persistente mechón tras tu oído, una y otra vez, es suficiente. Con saber que estás cerca de mí, a tan sólo unos pasos, y poder saltar a ayudarte si necesitas algo o poder correr a protegerte si estás en peligro, es mucho más que suficiente para mí… Es todo lo que necesito…

miércoles, 19 de diciembre de 2012

Salva Mi Mundo

Como todos los sábados en la noche, se encontraba acomodándose su chaleco y su corbata, aprovechando que no había ningún huésped en la recepción.
«Realmente odia ese uniforme», pensaba su compañero, el portero, mientras la observaba de reojo con otra porción de su atención fijada en la acera para abrirle la entrada a cualquier persona que pudiera pretender entrar.
Era bastante inusual que la lujosa recepción se encontrase vacía, el hotel contaba con más de trescientas habitaciones repartidas en treinta y dos pisos y siempre había aunque sea un hospedante que prefería sentarse a descansar allí abajo que subir hasta su cuarto. Tal vez la quietud de aquellos instantes se debía a la temporada baja, pero ese es un término que difícilmente afecta a los hoteles internacionales de cinco estrellas que reciben visitas de la prodigiosa gente de negocios.
Pero la desolación de los espejos que no reflejaban a nadie y de las luces que no producían más que sombras estáticas y muertas no tardó en desaparecer. Un hombre de una camisa a rayas muy simple se acercó a la entrada y sin siquiera darse cuenta le exigió al portero que haga su trabajo. La recepcionista no demoró más de un segundo en notar sus jeans gastados y sus zapatos viejos. Ese joven no pertenecía al mundo de la economía, o era uno de esos millonarios excéntricos, pero prefirió quedarse con la idea de que se trataba de alguna especie de vendedor ambulante o algo así.
—Buenas noches —saludó él educada y formalmente, con una rara expresión en su rostro.
—Buenas noches, ¿en qué puedo ayudarlo? —respondió ella no antipáticamente, pero tampoco con simpatía.
El muchacho no respondió y se limitó a mantener el silencio mientras su mirada peregrinaba a través del mechón castaño y ondulado que se colgaba de su pequeña frente; de sus ojos café que reflejaban la gran araña cristalina, el centro de la iluminación; de sus labios delgados y cuidadosamente coloreados con un suave rosa; de sus pestañas erguidas; de sus hombros redondeados y sus elegantes clavículas.
—Sí, quisiera una habitación —respondió algo distraído luego de su largo viaje.
«¿Tendrá el dinero para pagarla? Bueno, no es asunto mío. Aquí nadie paga por adelantado, así que él no puede ser la excepción», pensó la empleada antes de responderle.
—Claro. ¿Para uno?
—Para la cantidad que sea, pero que esté muy alto.
Algo extrañada por la petición, movió ágilmente los dedos sobre el teclado y las pupilas por la pantalla del monitor.
—Tres de las cinco suites del último piso están ocupadas, ¿quiere una de las que están libres?
—Sí, está bien.
—¿Le gustan las vistas desde las alturas? —le preguntó la joven encontrando algo de simpatía en su interior mientras revisaba datos en el monitor.
—La verdad es que no —respondió inspeccionando por primera vez el lugar con la vista. La muchacha lo miró un poco más extrañada que antes, pero continuó con lo suyo sin decir nada más.
Luego de proporcionarle todos los datos necesarios, el joven finalmente tomó el ascensor y subió hasta la última planta. Entró en su suite e ignoró todo el morbosamente lujoso decorado, se dirigió directamente a la gran ventana que había en un extremo. Allí observó las luces de la ciudad por unos momentos. La iluminación urbana opacaba el cielo nocturno y daba la sensación de que incluso intentaba suplantarlo, porque casi lo lograba. Corrió el cristal hacia un lado y el frío del viento que entró le provocó un retorcijón en el estómago. Ignorando aquella incómoda sensación, se paró en el gran marco de la ventana y esta vez todo su sistema digestivo se vio afectado.
Repentinamente, algo en su interior lo hizo descender del marco y salir de la habitación con pasos rápidos. El ascensor estaba ocupado, así que su impaciencia lo hizo utilizar la escalera hasta que varios pisos más abajo el ascensor quedara libre y finalmente pudiera abordarlo.
Llegó a la recepción y se encaminó directamente a la recepcionista.
—¿En qué lo puedo ayudar? —le preguntó ella.
—¿Puedo hacerle una pregunta?
—Claro.
—¿Cree que una sola persona puede cambiar al mundo?
A la muchacha le llamó la atención la pregunta, o más bien, el emisor y la situación en la que había sido pronunciada. Sin embargo, luego de un silencio, un cobijo para su sorpresa, respondió:
—No, no lo creo… ¿Por qué?
—Porque tú acabas de cambiarlo.
La chica cerró los ojos con una mezcla de comprensión y decepción, y apoyó sus manos en el escritorio::
—Dime algo… ¿Ese versito te ha servido con alguna otra chica antes?
El muchacho contempló sus ojos y su ignorancia por un momento, y luego sonrió junto a una pequeña exhalación.
—Disculpa. Fui un tonto —dijo colocando las manos en los bolsillos y retirándose de la recepción con una sonrisa.
Esta vez el cristal no podría volver a cerrarse, la habitación quedaría vacía y la recepcionista descubriría que acababa de destruir el mundo que había salvado cuando lo viera abdicarse en el asfalto, justo al frente del hotel y del portero, a quien le salpicaría algo de su miseria.


domingo, 9 de diciembre de 2012

Espera

  Recorre toda la ciudad con su vieja bicicleta, y cuando el Sol empieza a caer y a ponerse rojo, se detiene allí, donde no hay concreto, ni casas, ni árboles… Un pequeño descampado cubierto de pasto, en medio de toda la civilización, como si por alguna razón hubiesen olvidado poblar ese rincón. Allí mira a todo su alrededor, como si estuviera esperando algo, ¿pero qué? No se citó con nadie, no llamó a ninguna persona, tampoco lo llamaron, ni nadie anunció ningún suceso en el lugar. ¿Qué espera entonces? Tal vez sólo espera que pase el tiempo, que el día se oscurezca y lleguen las estrellas; tal vez está esperando que algo extraño y repentino suceda, y destruya amablemente la agónica aburrición de la monotonía; tal vez está esperando que una sonrisa misteriosa y encantadora lo salude, y le dé inicio a un mundo absolutamente irreal; tal vez espera qué esperar, algo que le de sentido al girar de las manecillas del reloj; tal vez espera que las cigarras se callen, o que no lo hagan jamás; tal vez espera que el tiempo se detenga, para que el atardecer se vuelva eterno y no haga falta esperar nada; tal vez simplemente espera poder darse cuenta de que no está esperando nada…

lunes, 29 de octubre de 2012

Suéñame

  Sólo quería hacerla sonreír, quería que fuera feliz. Caminé a su lado con mi mano sobre su hombro, sujetándola y protegiéndola para que no se desviara de su camino, para que no huyera de sus propios sueños. Subimos y nos arrodillamos. La coloqué frente a mí, y sin apartar mis pupilas de las suyas, le dije que cantara. No importaba qué, sólo que cantara lo que ella quisiera cantar. Pero ella se veía temerosa. La rodeé con mis brazos y sentí la suavidad de su piel y de su vestido de pliegues rosa. Ella también se aferró a mí, y pude disfrutar el fresco aroma de su cuello, con los ojos cerrados. Mientras finalmente se atrevía a cantar, empezamos a bailar muy suavemente, sin despegar las rodillas del suelo, balanceándonos serenamente. Bailamos cada segundo de su canción, abrazados y sonrientes; incluso continuamos bailando cuando la música acabó. Nadie nos vio, nadie aplaudió. Parecíamos dos locos completamente fuera de lugar, y tal vez lo éramos, pero ella ya no podía dejar de sentirse feliz, porque había cumplido su sueño.


domingo, 21 de octubre de 2012

Tami


Apareces en medio de la noche como un suspiro desesperado que intenta diluir la soledad, y lentamente vas transformándote en un sueño del que jamás quisiera despertar, pero que sólo me suelda un poco más a la realidad. Tengo la sensación de que me miras desde cada estrella, desde cada rayo de luna y de Sol, desde cada flor, y desde cada cosa hermosa que encanta mi mirada, por que con ellas regresas a mi mente. Es que estás aquí y allá, manipulando mis pensamientos sin piedad ni descanso…

domingo, 2 de septiembre de 2012

No Seré Yo...

Cuando los rayos del Sol se filtren por entre las ramas de los árboles y halague tus mejillas, seré yo.
Cuando la noche se oscurezca y una estrella se escabulla entre las nubes, seré yo.
Cuando el verano alcance a sofocarte y llegue una suave y fresca brisa desde el mar, seré yo.
Cuando el silencio te desespere y una cordial melodía de piano empiece a sonar, seré yo.
Cuando las pesadillas te acosen y de repente un sueño maravilloso te haga sonreír mientras duermes, seré yo.
Cuando el invierno te obligue a acurrucarte bajo los lapachos y un pétalo rosa se pose sobre tu cabeza, seré yo.
Cuando estés cansada de la rutina y una estrella fugaz encante el cielo, seré yo.
Cuando estés recostada sobre la hierba y una mariposa de alas suaves y blancas descanse en ti, seré yo.
Cuando una orquesta de gorriones te despierte en la mañana y musicalice todo tu día, seré yo.
Cuando estés aburrida y las nubes dibujen miles de cosas para ti, seré yo.
Cuando estés a punto de rendirte ante la oscuridad y el brillo del Sol llegue justo a tiempo para evitarlo, seré yo.
Pero cuando una sonrisa encantadora le regrese el color a tus pómulos, no seré yo, será la única persona capáz de hacerte verdaderamente feliz, será el amor de tu vida…

viernes, 31 de agosto de 2012

Al Sur De Mi Corazón

    Sí, cierto, podría haberlo hecho mucho mejor, pero… no vieron cómo agitaba su espada, cómo torcía su muñeca, ni cómo lograba siempre interponer su avambrazo (seguramente de carbono) entre sus puntos débiles y mi espada. ¡Dios, aquí voy de nuevo, lleno de excusas y justificaciones para no sentirme un miserable perdedor!
    Logré soportarlo unos segundos, pero dos minutos es demasiado para el tiempo que luché contra él… Uno siempre se imagina a un líder en realidad débil, que manda pero no lucha. Este, no parecía un líder, tampoco un luchador, parecía una bestia feroz y ágil.
    Caí al suelo y sentí una extraña sensación bajo mi pecho. Envié mi mano a tal lugar y sentí escapar mi sangre. Luego de tanto tiempo, al fin me abandonaba.
    De no ver la sangre, no habríame dado cuenta de la herida. ¡Oh, con qué velocidad incrustó y retiró su brillante espada de mi carne! ¡Ni lo había notado!
    Al percatarme de la sangre, también empecé a sentir el dolor en mis entrañas. Pero más que mi cuerpo, me dolía la humillación, el sólo observar desde la altura de sus pies a mi enemigo sacudiendo la espada para despojarla de mi sangre, y comenzando a librarse de su armadura conmigo en frente. ¡Sí Dios, qué humillación!
    Mi humillación contaba de dos razones, y esta era mucho peor que la primera: había dejado morir mi promesa.
    Ella estaba ahí, observando cómo me convertía en un hipócrita mentiroso. “¡Yo te protegeré!”, “¡Nada malo te ocurrirá mientras estés a mi lado!”, ¿Qué haría ahora con esas palabras? Debía tragármelas, y tendrían un sabor incluso más ácido que la derrota. Cada vez que estuvo en mis brazos, cada vez que nos ocultamos en los bosques y las montañas, cada vez que me paré frente a sus amenazas, cada vez que (hipotéticamente) la protegía, sólo estaba simulando, tomando un papel que no era mío, y eso ahora salía a la luz. Si protegerla hubiese sido mi papel, algo habría ocurrido: mi espada lo hubiese herido, algún aliado habría aparecido, por alguna razón él tendría que haberse ido, yo tendría que haber vencido.
    Mientras el charco debajo de mí crecía, no podía voltear hacia atrás y ver a Minerva. Imagino que habrá tenido una expresión de terror y desilusión, quizá acompañada de lágrimas, reflexionando sobre cómo se le ocurriría a aquel siniestro causarle espantosas agonías y luego asesinarla.
    El dolor de mi carne desapareció, y de mis ojos emergieron las lágrimas.
    Pensé en hacer un gran esfuerzo y articular las palabras “lo siento” para mi compañera… para mi amada, pero no tuve el valor. En esos momentos, estaba reducido a un simple cadáver viviente rogando volver a su estado original.
    Ya con todo perdido, como buen desgraciado, me limité a soñar… Soñé un mundo en el que mi sangre me pertenecía, en el que hacía un día soleado y en el que el paisaje contaba con colinas deslumbrantes llenas de hierba y gazanias amarillas. Allí, con piernas y brazos extendidos, y cabeza contra cabeza, nosotros dos  recostados mirando el celeste y las nubes pasar. Simplemente charlando, y riendo, sin señal de alguna armadura, de alguna espada, algún puñal, algún escudo… repletos de aquello que nunca logré conocer y que llaman “paz”.
    Sonreí (en el mundo real) al comenzar a imaginarlo, y para reforzar su realidad cerré los ojos mientras sentí un golpe contra el suelo, lo que creo yo fueron las rodillas de Minerva.
    Una vez cerrados mis ojos, empecé a imaginar una boda; a Minerva con un hermosísimo vestido y más preciosa que nunca; a mí con un elegante traje y a todos nuestros afectos alrededor, observándonos con una sonrisa.
     La boda se interrumpió cuando sentí al enemigo tomar el yelmo de mi armadura. Abrí mis ojos y lo divisé en sus manos, y su espada elevada. Sin aviso, junto a un deprimente alarido de mi amada, descendió su espada y cortó mi cuello, dividiendo mi cuerpo en dos y convirtiéndome en un decapitado.
     Después de aquello, supongo que la potencia del golpe movió unos centímetros mi cabeza, y así logré hacer lo que mis pocas agallas no me permitían: ver a Minerva. Fue un segundo, sólo un segundo que mis ojos lograron verla, y esa fue la última imagen que vi, la horrible imagen de mi amor llorando.

sábado, 14 de julio de 2012

Cartas de Amor

 No es tan grave no haber recibido ninguna, pero si nunca has escrito una te has perdido una de las experiencias más emocionantes y memorables de la infancia y/o la adolescencia.
 Primero pasas horas pensando si la escribes o no, si realmente vale la pena hacerlo. Empiezas a escribirla sin buscar palabras demasiado complejas, tal vez sin buscar ni siquiera las palabras adecuadas, utilizando sólo las más sinceras. Cuando la tienes terminada, te das cuenta de que lo que has escrito es una completa ñoñería, y vuelves a empezar, hasta que finalmente te resignas y la dejas como está.
 Después, cuando ya la tienes lista, gastas las suelas de tu calzado pensando si se la entregas o no, imaginándote su posible reacción, con miedo, con ilusión y con ansias. Luego, cuando el momento está cada vez más cerca, el calor y los nervios se apoderan completamente de ti, sin importar la manera en que se la darás: a escondidas, cara a cara, a través de algún amigo.
 Cuando finalmente está en su poder, todos esos nervios y ese calor explotan, dejándote una extraña sensación de ansiedad y convirtiéndote en el ser más impaciente del Universo, pero ya hay cierta calma en ti, porque sin importar la respuesta, te has atrevido a enseñar tus sentimientos más lindos y profundos…
 Recuerdo perfectamente la primera carta de amor que escribí: fue en cuarto grado de primaria, para una niña que se llamaba Martina. Estuve tres días hasta que la terminé (incluí también una canción en ella), y la entregué junto a una caja de chocolates. Su cara se puso completamente roja (no quiero imaginarme la mía), y no quiso tomar ni la carta, ni los chocolates. La carta la terminó leyendo uno de sus amigos, y a los chocolates se los repartieron entre las amigas. Así es, un completo fracaso, porque aquella reacción no era motivada por una timidez extrema, sino que yo realmente no llamaba nada su atención.
 Pero también recuerdo la primera vez que fui yo el receptor de la carta: fue en segundo grado de primaria, y para mi maravillosa suerte, me la entregó la mismísima chica que me gustaba. Sin embargo, reaccioné tan estúpidamente que no puedo recordar lo que cruzaba por mi mente en aquellos instantes. Terminé de leerla, y me paré en el medio del aula; “¿Quién quiere una carta?” dije, y se las sorteé a los chicos del grado, que se burlaron todo el año de la valiente  chica por el gran corazón que había dibujado. Nunca olvidaré que escribió mal mi nombre, y en lugar de “Ángelo”, puso “Anyelo”… Por suerte, el insensible, egoísta y pervertido yo de primaria ha quedado muy atrás en el tiempo.
 Ah, y permítanme decirles que recibir una carta de amor es una de las cosas más motivadoras que pueden sucederte, sobretodo si eres como yo (padeciente de S.A.D. o de baja autoestima), porque hace que te sientas sumamente especial, inigualablemente especial, y absolutamente único…

sábado, 5 de mayo de 2012

Retorno

Despierta en mis brazos y hacia el cielo mira,
Aunque la muerte no perdió has regresado a la vida.
Alas que no pueden volar son las que te han dado,
Ábrelas igual, aunque no lleven a ningún lado.

Has vencido al tiempo y la verdad,
Has matado una mentira inmortal.

Las heridas de ayer hoy no son ni cicatrices,
El edén quiere llorar, te ruega que lo pises.
Te ha prometido más plumas para que puedas volar,
Pero sabes que no habrá suelo donde aterrizar.

Tu hogar está aquí bajo el Sol,
Donde conviven odio y amor.
Has vencido al tiempo y la verdad,
Has matado una mentira inmortal.

domingo, 29 de abril de 2012

Kamikaze.

En su lecho de flores duerme mi princesa,
En los altos cielos se desata la guerra.
Sólo somos aves repletas de miedo,
Aunque nuestros corazones sean de hielo.

Mi sublime princesa sólo suspira
Y sacude las cuerdas de toda mi alma.
Si Su Alteza siempre lo precisa,
Yo siempre voy a alzar mis alas.

Las lágrimas de fuego no chamuscan su vestido,
Entierro en las nubes el odio de su enemigo.
Las serpientes que se arrastran en el suelo
Jamás han vencido a las águilas del cielo.

Las pupilas de Su Alteza revolotean como mariposas,
Han tenido que ver hasta las más horribles cosas.
Pero de ahora en más guardaré en mis plumas la sangre,
No permitiré que más gotas la manchen.

Atravesaré el corazón del mal con mi pico,
Rezaré por dar en el blanco mientras aún esté vivo.
No me importa dónde me lleven las heridas,
Porque por mi princesa mi espada será mi vida.

martes, 29 de noviembre de 2011

Los 50 Atardeceres del 17 de Septiembre

El Sol descendía rápidamente y permitía que el cielo se descolore en un tono rojizo mientras yo regresaba de mi trabajo, pedaleando sobre mi bicicleta.
Me gustaba mi trabajo (entregar pedidos de una florería) y el atardecer era hermoso, pero no podía sonreír. Estaba pensando demasiado en ella y en lo egoísta que era yo al entristecerme mientras imaginaba toda su felicidad al caminar de la mano con él.
Me detuve en aquella parte del camino que bordea al río, y me bajé de la bicicleta para contemplar en paz al ocaso. Me gusta observarlo porque el cielo expresa algo único durante él, y puedo ver fijamente al Sol sin tener que cerrar mis ojos.
Entonces, además del canto de los gorriones ya somnolientos en los árboles al otro lado del camino, escuché unos sonidos extraños, como sollozos. Giré hacia todos los puntos cardinales, pero no alcancé a ver a nadie ni a nada que pudiera emitir aquellos ruidos. Sin embargo, logré discernir de dónde venía el ruido, y lo hacía desde abajo, de la orilla del río. Así que comencé a bajar por la pendiente al costado del camino, y supe inmediatamente a quién pertenecía la silueta junto al agua. Aún si hubiera estado a kilómetros, sabría que era la silueta de ella.
Primero me sorprendí, luego me alegré, y finalmente, cuando me di cuenta de que estaba llorando, me dieron ganas de llorar también. No tuve tiempo de ordenarle nada a mi cuerpo, pero ya estaba corriendo hasta abajo. Me arrodillé en el suelo y puse una de mis manos sobre su espalda mientras le preguntaba:
—¿Estás bien?
Despegó su cabeza del suelo y sus manos de su rostro; luego me miró sorprendida desde abajo. Me produce una sensación extrañamente negativa decirlo, pero, incluso llorando y con sus ojos hinchados, ella era tan hermosa.
No respondió nada, y no creí adecuado continuar preguntando. Sólo le dije que regresaría pronto y volví a subir la pendiente hacia el asfalto. Tomé las dalias que le había comprado a mi jefa para poner en unas masetas de mi casa, y bajé otra vez. Ella había cambiado su posición y estaba sentada con las piernas flexionadas, abrazando sus rodillas, que a la vez sostenían su frente. Antes de que yo pueda decirle “mira”, habló, sin moverse ni mirarme:
—Él es un idiota.
Supuse que se refería a aquel chico con quién salía. Sí, era un idiota, pero yo me mantuve en silencio.
—Teníamos que encontrarnos aquí, pero cuando llegué, se estaba despidiendo con un beso... No, con un gran beso de otra chica… —continuó hablando, pero tuve que adivinar casi toda la frase, porque el llanto le quitaba el aire y no podía entender completamente lo que decía.
Nunca había despreciado tanto a ese tipo como en aquel instante. Pero más grande que mi desprecio era la maraña de nudos en mi garganta por verla sufrir tanto.
—Esta tarde compré esto —volví a hablar una vez que algunos nudos se deshicieron, y ella me miró; luego vio el ramo de flores en mi mano—… las iba a plantar en una masetas de mi apartamento.
—Son hermosas —me dijo dejando descansar un poco a sus ojos de las lágrimas.
—¿Sabes por qué compré estas?
Ella respondió que no, moviendo suavemente la cabeza y sacando una lágrima de su mejilla. Me miraba con una atención tan grande como la que nunca antes me había prestado.
—Porque se llaman Dalias...
Extendí mi brazo hacia abajo con el ramo en mi mano, y ella sonrió tenuemente mientras se frotaba los ojos para secarse de manera definitiva las lágrimas y tomaba las flores con sus delicadas y uniformes manos.
—¿Volvemos? Pronto será demasiado oscuro —le dije.
—Sí, volvamos —respondió ella, y tomando su mano la ayudé a ponerse de pie.
Subimos hasta la gramilla junto al asfalto. Me subí en la bicicleta y ella se sentó en el portaequipaje, de costado, abrazando las flores y contemplando el atardecer. Entonces, volví a pedalear, y a sonreír.