jueves, 25 de octubre de 2012

Lirios Rojos

  "Lirios Rojos" es una leyenda que escribí para integrar la asignatura de Literatura. Está ligeramente basada en hechos reales (la Guerra Zenkunen en Japón, desde 1051 a 1063), pero es una historia COMPLETAMENTE FICTICIA que no tiene ni la más difusa intención de reconstruir hechos ni de servir como descripción histórica, es sólo una invención de mi cursi mente.


1
Ellos ya no eran ellos. Eran una sola persona, o para ser más precisos, una sola alma cuyo tamaño era tal que necesitaba de dos cuerpos para permanecer en este mundo. Desde sus nacimientos fueron como las estrellas y la noche, como el mar y la costa, como las lágrimas y la sal, como el verano y las cigarras. Jugaron en los mismos jardines, se bañaron en los mismos estanques, oyeron los mismos shishi-odoshi1, fueron iluminados por los mismos tourou2, inclusive hubo situaciones en las que compartieron los geta3 y los tabi4.
Ellos eran Saku y Hana, y jamás se habían separado por un tiempo mayor a algunos minutos. Saku conocía todos los sueños y miedos de Hana, y Hana conocía todas las esperanzas y debilidades de Saku.
Todos los días incluían en sus paseos matutinos o vespertinos a la gran colina que se elevaba cercana a su aldea, en la provincia de Mutsu, pero cuando la primavera se hacía presente, pasaban horas enteras en su ladera y su cima, pues estas se llenaban –realmente se llenaban, se cubrían prácticamente en su totalidad– de resplandecientes y hermosos lirios blancos que se balanceaban según el gusto del aire y liberaban su aroma a divinidad hasta donde el viento lo deseara. Entre ellos sonreían, platicaban, soñaban, amaban, contemplaban los cúmulos y los altostratos; entre ellos eran felices.
—A veces quisiera ser un lirio —solía decir Hana a Saku —, estar en mi capullo durante todo el frío del invierno, y sólo salir para disfrutar la calidez de la primavera y el verano…
—¿Estás segura?
—Tan segura como de que mañana tendré que volver a respirar para vivir.
—Pero los lirios viven presos de su belleza y su fragilidad, no pueden escapar ni defenderse, y cualquier persona puede arrancarlos en cualquier momento.
—Nosotros somos iguales, sólo que no somos tan bellos, y creemos que porque contamos con dos piernas podremos escapar del mal.
Pero Saku no podía aceptar esas palabras. Él había prometido proteger a Hana hasta que se derramara su última gota de sangre, y si admitía tan inocente debilidad se declaraba incapaz de protegerla, convirtiendo anticipadamente en nada más que una cursilería de niños al juramento más importante de su vida. Aún así, sabía que todas las palabras que salieran del interior de Hana no eran sólo palabras, sino una indiscutible y preciosa verdad –además de una sublime y maravillosa melodía–.
—Si en verdad crees eso, te prometeré que me aseguraré de que cuando hayas terminado de disfrutar como humana, puedas ser un lirio.
2
No importaba cuánto tiempo y cuántas generaciones sus antepasados hayan pasado pisando, trabajando y sintiendo las extensas tierras de Mutsu, ni controlando las rebeldes almas de los ainu5, quienes permanentemente expresaban su codicia de querer emigrar desde Hokkaidō, todas las provincias se veían bajo el cargo de un gobernador, y aquella no podía ser la excepción. El clan Minamoto iba extendiendo sigilosa, eficaz y sanguinariamente sus territorios por las actuales prefecturas de Tōhoku, Kantō y Chūbu, y no permitiría que los miembros del clan Abe se quedaran con aquella porción del norte. Lentamente, el bizarro ejército de Yoriyoshi avanzaba por las aldeas de los Abe, sin dejar nada más que construcciones consumidas por el fuego y ciénagas de sangre, sin discriminar a samurai6 ni al resto de los hombres, ni a niños o mujeres, ni a ancianos o enfermos. Toda alma Abe sobre la tierra representaba un insulto a su autoridad, y esa era la razón por la cual debían deshacerse de todos.
Fue sólo una cuestión de tiempo hasta que una mañana, durante un alba húmedo y áureo, los Minamoto llegaran a la aldea de Saku y Hana. Se pararon ante ella de la misma manera en que lo hicieron con todas las demás, con sus nihontō7 en sus caderas y sus yumi8 ya preparados con la coca de una flecha encendida tensionando la cuerda, irreversiblemente listos para engendrar el desastre. En sus rostros brillaba mucho más que el anhelo de territorios, poder y siervos; desde la profundidad de sus pupilas resplandecía la oscuridad de la vileza y la sed de sangre, la necesidad de sembrar dolor, desesperación, agonías y berridos. La primer flecha que cayera sobre un techo reseco e inflamable, sería el fuego no artificial que señalaría el inicio de su ceremonia.
El humo que atravesaba sus fosas nasales no fue suficiente para despertar a Saku, pero cuando una morcella candente cayó sobre sus pies, el calor irrumpió sus sueños. Al ver llamas consumiendo el techo y las paredes comprendió rápidamente lo que sucedía. Se levantó del tatami9 en que dormía, y con su kamishimo10 ya puesto, pues un samurai siempre debía estar preparado para luchar (más aún él, que no sólo debía proteger a su clan, sino plenamente a Hana), apartó el shōji11 de su camino, y corriendo entre llamas llegó hasta la habitación de su preciada humana.
—Jamás creí que este día realmente llegaría —dijo Hana cubriéndose la boca, en medio de una nube de humo y rodeada por un estor de fuego.
—Sí, los Minamoto finalmente han llegado a nosotros…
Una vez finalizada esta diminuta conversación, él la levantó en sus brazos y escapó por una artimaña en la estructura de la casa. Escapó sin ser visto por nadie, utilizando un camino previamente ensayado entre los densos bosques que rodeaban la aldea, y dejó a Hana en la colina, al cuidado de los lirios.
—No te muevas de aquí. Regresaré por ti cuando ganemos —dijo el valeroso samurai a su razón de ser, y bajó de regreso.
Hana, sumamente impaciente pero amorosamente obediente, esperó allí, en la cima de la colina, con la paz y la belleza de los lirios y del Sol, allí donde los gritos de dolor, los rugidos de las llamas, el goteo de la sangre y los sablazos no podían escucharse.
Aunque desde su pecho la espera pareció toda una eternidad, en el tiempo real no transcurrieron más de algunos minutos. Saku regresó arrastrándose sobre la suavidad de los pétalos, con las carnes y las ropas desgarradas.
—Saku… Saku… ¡Saku! —dijo corriendo hasta él Hana, para sentarse a su lado y permitirle descansar su cabeza sobre sus muslos.
—Es imposible ganar… Ellos son… No son humanos —explicó el samurai con los ojos cerrados.
—No Saku, no mueras —rogó entre lágrimas la mujer.
—¿Pero qué dices, Hana? No estoy muriendo —respondió él, esforzándose en gran medida para abrir los ojos y mirar los de ella con una sonrisa—. Mira los lirios a mi alrededor, están rojos, estoy entrando a ellos, estoy convirtiéndome en ellos. ¿Tú aún quieres convertirte en un lirio?
—Saku…
—Si es así, sólo debes tomar mi nihontō, y acompañarme.
Ninguno dijo nada más, y luego de algunas miradas y caricias, Hana tomó la ensangrentada espada de Saku y decidió acompañarlo hacia la más perfecta y eterna primavera.
3
El clan Minamoto, de la mano del ejército del pernicioso Yoriyoshi, logró conquistar toda la provincia de Mutsu, y más adelante incluso se apoderó del Hokkaidō de los ainu. Sin embargo, no importó cuántos kilómetros hayan tenido bajo su jurisdicción, ni cuántos ríos y montañas hayan tenido en su poder, jamás pudieron poner ni uno solo de sus pies en la misteriosa y fantástica colina de los Abe, la cual durante cada primavera se llenaba de majestuosos y extraordinarios lirios rojos.

  Vocabulario:
1shishi-odoshi: fuente de bambú que al llenarse cae y golpea una roca, vaciándose, y regresando a su posición anterior para repetir el ciclo. Utilizada para asustar aves y otros animales en las plantaciones.
2tourou: linternas japonesas construidas con madera, piedra o metal, originada en los templos budistas.
3geta: ojota tradicional japonesa hecha de madera que cuenta con una base para mantener alto sobre el nivel del suelo al pie.
4tabi: calcetín que separa el dedo pulgar del resto, para utilizarse con ojotas.
5ainu: grupo étnico indígena de Hokkaidō.
6samurai: guerreros de élite militar del Japón antiguo.
7nihontō: sable japonés de hoja curva y filo único, con una extensión entre 60 y 75 centímetros.
8yumi: arco japonés.
9tatami: alfombra (generalmente de paja) entretejida que cubría las habitaciones y las salas de té de las casas japonesas tradicionales.
10kamishimo: vestimenta samurai, confeccionada con telas gruesas, a modo de protección para la lucha.
11shōji: puertas tradicionales de Japón, corredizas y hechas de bambú y un papel ultrafino también tradicional.

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