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domingo, 29 de septiembre de 2013

Llévame

  En ese momento en que tomas mi muñeca, dejo de ser yo. Miro sorprendido tus pupilas uniéndose a las mías, y me disuelvo en ese roce tibio y suave que tus dedos me regalan casi sin darse cuenta. Mis pensamientos desaparecen de mi mente en una especie de somnolencia, pero en ningún otro instante me siento tan despierto o consciente de que estoy en la realidad.
  Con ese pequeño gesto me llevas hasta ti, y no ofrezco ninguna clase de resistencia o vacilación, me entrego completamente a ti, como una hoja que ya perdió su puesto en el árbol y viaja por el aire según los encantos de la brisa, porque no tengo un lugar que me esté llamando o alguno que esté esperándome, un lugar al cual quiera ir, pero todos los lugares serán el lugar más hermoso si eres tú quien me lleva ahí.
  Si tomas mi muñeca te vuelves mi única alternativa, mi único camino, y puedo seguir cada uno de tus pasos porque eres la única persona a la que quiero querer mientras aún pueda querer a alguien, la única persona a la que quiero extrañar cuando suelte mi muñeca.
  Quiero aprovechar este instante mientras dure, porque cuando se vaya tal vez regrese lo suficientemente tarde como para no encontrarme…

sábado, 17 de agosto de 2013

Esta Noche De Luna Perezosa

  ¿Y hasta dónde me llevarás esta noche, cuando no tenga ganas de esconderme tras la mendacidad de mis párpados y te acerques a mí para rozar la piel de mis mejillas como sólo tú puedes hacerlo, porque el resto es incapaz de llorar cuando sufre, creen que es debilidad desarmarse en lágrimas, cuando estas son la más hermosa libertad del sufrimiento? Quiero que seas tú porque no te resistes a sufrir, porque no te resistes a verme sufrir a mí, no encierras el dolor en sonrisas túrbidas y vacías, desvaídas, sólo sonríes una vez que lo has liberado todo.
  ¿Y hasta dónde me llevarás esta noche, cuando la oscuridad, las estrellas, y los recuerdos me inviten a viajar? Porque la atmósfera es volátil y nuestros pies son jóvenes, así que podemos ir a cualquier lugar. Puedes tomar mi mano, o tomar ambas, o puedes suspirar hasta elevarme a tus labios, el sitio perfecto para despegar hacia cualquier lugar, o quedarme en el más maravilloso de todos.
  ¿Y hasta dónde me llevarás esta noche? Espero que sea lejos, muy lejos. Llévame con tus dedos antes de que se pierdan al pasear entre mis cabellos, o llévame con tu voz, porque aunque parezca diluirse en la densidad del aire, estoy seguro de que encuentra en la brisa los resquicios que llevan hacia el mar y alcanzan la costa al otro lado. O tal vez puedas llevarme con tu mirada, que se traga todo el cielo y lo devuelve cuando le ha dado un poco más de luz; o llévame a través de esa humedad en tus ojos que se trepa a tus pestañas y luego salta al aire con cada parpadeo.
  ¿Y hasta dónde me llevarás esta noche? Llévame a donde no conozca a nada ni a nadie, por favor, pero donde sólo una mirada baste para conocerlo todo, aunque no pueda comprenderlo; donde pueda perderme sin que me importe cómo regresar; un lugar que tal vez está muy cerca, pero se esconde entre los recovecos de la realidad; un lugar donde la compañía no sea sólo un consuelo que ilustre aún más la certeza de la soledad; un lugar que sólo conozcas tú, y que desees compartir conmigo, al que nadie más pueda ir…

sábado, 10 de agosto de 2013

No Entiendo

  Estoy en la alturas, solo, simplemente observando cómo el día se diluía en la tarde, cada vez más rápidamente con el paso de los minutos. Miro cómo una enorme capa de altocúmulos rosáceos se deslizan muy por encima de mi cabeza; por encima de aquellas luces rojas que brillan en las cimas de las antenas, y de los árboles que se convierten en siluetas oscuras y se mecen en la misma brisa fría que viaja a mi alrededor, haciéndome notar su presencia en mis mejillas; por encima de la gente y de todas las cosas que ya olvidé por estar mirando hacia arriba, por perderme en la vastedad de un cielo que se roba la belleza de la luz, y en la música que suena dentro de mis oídos desde un pequeño aparato; por encima de todo lo que creo conocer y que a veces considero real; por debajo de todo lo que solamente puedo soñar y jamás considero falso.
  Podría permanecer aquí, así, toda mi vida.
  En toda aquella amplitud, que tal vez no sea infinita, pero sí lo suficientemente grande como para que yo o mi imaginación jamás podamos recorrerla o al menos comprenderla, en esa que la luz del Sol transforma en gamas rojizas, rosas, celestes, y azules, aparece la primera estrella, como si recién iniciara su existencia, como si se hubiese encendido de repente, escabulléndose entre los huecos de los altocúmulos, y su brillo parece aumentar con cada nuevo destello de su titilar. Entonces, cuando me doy cuenta de que la plenitud que siento me ha puesto una sonrisa en el rosto, pienso: “¿Cómo puede existir la codicia?¿Cómo alguien puede desear algo más que esto?”, y es que yo podría permanecer así toda mi vida.
  ¿Cómo alguien puede desear una belleza distinta a esta, tan pura y asombrosa, tan abundante e incomprensible? ¿Cómo alguien puede desear ser protagonista de una vida diferente y renunciar a la paz y las maravillas que experimenta y presencia el espectador de lo real? ¿Cómo alguien puede bajar la mirada, a la parte más opaca de la realidad, y olvidar que allí arriba todo continúa brillando? ¿Cómo alguien puede creer que lo hermoso puede caber entre sus manos, o guardarse en alguna parte, o verse con un par de ojos? Lo hermoso sólo puede sentirse, de una manera especial, en que sólo quienes lo han sentido pueden comprenderlo.

jueves, 25 de julio de 2013

Ser Nadie

  A veces quisiera ser nadie. Quisiera ser como un rayo del Sol, que viaja veloz pero silenciosamente a través de la vastedad de un vacío incomprensiblemente repleto de misterios hasta llegar a la Tierra, donde aunque pareciera absurdo, invisible e inalcanzable, sin que nadie lo vea o lo note, se desliza por una hoja, un tronco, un insecto, una mejilla, una pestaña, una nube, y la hace visible. Como una gota que logra condensarse lo suficiente como para separarse de aquellas que son débiles y permanecen en una nube, y empieza a caer por la atmósfera, ganando velocidad y materia durante el trayecto, sin ser distinguida por ningún ojo de todas las demás gotas que caen a su alrededor, y que finalmente se estrella y se despedaza contra la hierba, la tierra, una ventana, un tejado, lejos de cualquier persona que pudiera sentir su humedad. Como la vieja, descolorida, y quebradiza hoja de un árbol en medio del bosque, que durante ese corto lapso de tiempo entre la noche y el día, cuando los animales nocturnos están empezando a dormirse y los diurnos están empezando a despertarse, cae silenciosamente, no porque el viento o algún animal la haya separado de su rama, sino porque sencillamente es su momento de caer, y va meciéndose por el aire antes de tocar el suelo, como disfrutando plenamente el viaje, porque pronto se convertirá en aquella putrefacción anónima y húmeda a los pies de los árboles. Como una de las docenas de lágrimas que derrama el irritado ojo de alguien olvidado que se encuentra rodeado por su soledad y por la angustia en un rincón invisible para el resto del mundo, que se arrastra por el camino salado que las anteriores lágrimas dejaron en el pómulo y la mejilla, y antes de llegar al labio, cae sin que la persona la notase, sobre su ropa, donde se escabulle a través de los diminutos túneles que construyó el hilo de la tela hasta esparcirse lo suficiente para ya no ser ella, y desaparecer por completo y por siempre, sin dejar rastros de su existencia. Como una brisa que atraviesa todo el campo sin dejar su huella en ninguna piel, pluma o hierba, porque viaja lentamente por donde no hay nadie, y a la altura suficiente para que las plantaciones no sientan su frescura, y después llega al desierto, donde sólo logra arrastrar unos cuantos granos dorados cuya posición anterior era totalmente desconocida hasta por ellos mismos antes de ser diluida por una ventisca mucho más fuerte que ella, proveniente del punto cardinal opuesto. Como todos aquellos, millones, billones y trillones de testigos silenciosos que aparecen y desaparecen en medio de las maravillosas simplezas cotidianas del mundo, sin comentar nada acerca de ellas, sin modificarlas, sin intervenir, sólo estando ahí para poder apreciarlas en el momento y nada más, aunque luego no tuvieran la memoria para convertirlas en recuerdos. Como testigos del presente que olvidan el pasado y que no saben nada del futuro.
  A veces quisiera ser así, sólo a veces…

jueves, 19 de enero de 2012

Lo Más Cerca del Cielo...

 Encontré un colibrí tirado en el concreto de mi quincho mientras escuchaba música. Primero creí que estaba muerto, pero tras unos segundos de mirarlo empezó a aletear y aletear pero sin poder despegarse del suelo.
 Era verde; sus plumas brillaban de manera fascinante y sus diminutos ojos eran completamente negros, con un casi invisible punto brillante. Pero del brillo de sus plumas no me percaté al principio, pues estaba  completamente enredado en telas de araña.
 Primero estaba inseguro en tocarlo. Siempre fui y soy un poco miedoso con los animales, después de todo, yo no confiaría en un humano, pero, ¿qué daño podría hacerme un colibrí? Y bueno, yo soy así.
 Lentamente le acerqué mi dedo índice y empecé a acariciarle la espalda. Era tan suave como lo había imaginado, y también muy frágil. Pasaba mi dedo muy relajadamente, temía poder herirlo si lo hacía más fuerte o más rápido. Él se mantenía inmóvil mientras yo lo tocaba, y podía ver cómo su pequeño pecho se inflaba y se desinflaba mientras respiraba, eso fue asombroso.
 Me arrodillé en el suelo y empecé a sacarle lentamente las telas de araña que mantenía atadas sus patas. Debía ser muy pero muy cuidadoso, porque al estirar también lo estiraría a él. Era extremadamente frágil (debe ser que todos los colibríes son así). Entonces tomaba con la mano izquierda la "base" de la tela de araña, y con la otra el resto, y así logré quitársela de ahí.
 Una vez que sintió libres sus patas volvió a aletear y aletear, pero tampoco pudo despegar. El problema no estaba en la tela de araña, quizá se había fracturado o algo así al caer.
 Finalmente lo tomé y lo puse sobre mis manos. Era tan liviano... Podrían ponerlo sobre mi cabeza, mi mano, mis hombros o mis pies sin avisarme, y yo ni me daría cuenta.
 Lo llevé hasta una mesa y allí comencé a sacarle las telas de araña que le quedaban alrededor de su pico y su cabeza. Cuando casi había terminado de sacársela, volvió a aletear, y entonces, de repente, dejó de hacerlo y quedó con sus alas hacia arriba. No sé si fue un paro cardíaco o qué, pero dejó de moverse y el asombroso ciclo de la respiración que podía ver en su pecho ya no estaba ahí.
 En ese momento, aunque ni yo pueda creerlo, me sentí mal. Me sentí mal por no haberlo salvado, aunque sepa que no tengo ninguna facultad ni conocimiento para hacerlo, aunque sepa que ni siquiera tenía la necesidad o la obligación de hacerlo. Me sentí mal por la impotencia de no saber si ya había dejado de sufrir y podía disfrutar o si sencillamente había dejado de existir. Me sentí mal porque realmente quería ver que huyera despavorido de mí, totalmente recuperado, moviendo sus alas a toda velocidad y emitiendo ese agudo y hermoso sonido que emitió durante unos segundos cuando estaba en el suelo. Hasta ahora me pregunto qué habrá estado diciendo. 
 Así de frágil y fugaz es la vida, está aquí un segundo, y al otro desaparece.
 No creo en los rituales y sinceramente siento que importa muy poco o nada lo que le pasa a tu cuerpo una vez que muera, pero quería hacer "algo especial" con él. Pensé en enterrarlo, pero inmediatamente me di cuenta que su lugar eran el aire y las flores, así que fui a la planta de mamón de mi patio (un lugar donde casualmente veo colibríes revoloteando), y subí al muro que está al lado; busqué la bifurcación de ramas más alta que podía alcanzar incluso desde allí, y lo recosté. Eso es lo más cerca del cielo que puedo llevarlo...

martes, 23 de agosto de 2011

Pasaje De Ida


  Recuerdo haber estado observando las nubes con la cabeza sobre tus piernas y haber estado abrazados viendo pasar toda la tarde en aquel banco, pero cuando lo recuerdo un poco más, recuerdo que nada de eso fue real. Entonces, elevo un poco más mis cejas y me percato de que también fueron sólo fantasías esas risas desde el sillón frente al televisor y tu sonrisa frente a mi puerta diciendo “Feliz cumpleaños, mi vida…” ese enero.
  Ahora me doy cuenta, lo único real de nuestra relación son las lágrimas que no dejan de caer desde mis ojos. Tal vez no seamos la pareja perfecta, pero si todas esas palabras se hubiesen quedado en mí, y todas las otras hubiesen salido, quizá en este momento podría estar contando cómo paseamos por toda la ciudad con los dedos entrelazados.
 Cada vez que mis labios se mantenían juntos y mi cuerpo inmóvil, alejado de ti cuando mi mente suplicaba a gritos que me acerque, fui colocando hábilmente un ladrillo. Después de tanto tiempo, una imponente muralla me rodea y no puedo salir… Pero no importa qué tan grande, alta, gruesa o dura sea, yo soy el único debilucho que no puede atravesarla… la más suave, delicada y cálida mano podría simplemente apoyarse sobre ella y esta simplemente se desvanecería como la arena de un reloj… una de las tuyas, seguramente sería perfectamente efectiva…
  Ya no tengo retorno… he tomado tantos trenes y aviones al mundo de los sueños, que ya no sé cómo salir de este mundo ideal y regresar a la realidad… Dentro de esta muralla, sólo se venden pasajes de ida…

domingo, 14 de agosto de 2011

Las Hilachas De Tu Vestido

  Por la avenida tan repleta de gente, mis pies eran un par más caminando en ese sofocante calor del vapor de ciudad. Sólo había ruido a multitud y a vehículos, hasta que escuché el suave vibrar de unas cuerdas de metal viejas y desgastadas. Desde ese momento, me sentí en un verdadero laberinto, y nada más incómodo que un laberinto de gente y ruido cuando la salida es un sutil y delicado sonido.
  Llegué y finalmente encontré lo que buscaba. Frente a la vidriera de una panadería, verifiqué que las cuerdas no eran lo único desgastado, toda tu guitarra estaba colmada de cicatrices. Sin embargo, tus manos no, y tras esa capa de polvo, era visible la uniformidad y blandura de tu piel.
  Pero lo más uniforme de todo, era tu voz. Fluía desde tu garganta como ondas de luz que iluminaban a mis tímpanos, perdidos en la oscuridad de mis oídos.
  Todo tu cabello se hacinaba bajo aquel extraño y ovalado gorro, de color marrón claro. Bueno, casi todo tu cabello lo hacía, ya que un pequeño y tierno mechón lograba escapar sobre tu rostro.
  Desde tus hombros, colgaba un holgado vestido de líneas difusas y coloridas, con bordes consumidos e hilos intentando escaparse. Era el vestido más horrendo que había visto en mi vida, pero combinado con tus ojos, tus tobillos globosos y tus brazos delgados, formaba la mejor mixtura que puede apreciar una mirada.
  La hora pico en la avenida fue desapareciendo, así como la gente. Siempre fui el único espectador y oyente de tus maravillosas canciones, porque nadie se detenía, pero ahora ni siquiera había gente caminando alrededor. Apoyaste la guitarra en el suelo y enderezaste tus rodillas, poniéndote de pie. Colocaste la palma de tu mano sobre mi pecho, y seguramente sentiste el aumentar de los latidos de mi corazón. Dejaría que lo tocaras directamente si pudiera.
  Después, llevaste ambas manos a mi rostro, y tocaste mis mejillas. Seguramente, también sentiste cómo aumentó su temperatura al sonrojarse. Unos pocos centímetros nos separaban, pero como conociendo mis sueños, despegaste tus talones del suelo, y los trajiste a la realidad.

sábado, 9 de julio de 2011

El Cometa

Salí a tomar un poco de aire fresco y luz del Sol. Una suave brisa iba tomada de la mano de la cálida claridad, y entre las dos me abrazaban mientras en los árboles y el cielo las aves celebraban con cantos y revoloteos.
Debajo de las nubes, aprisionado a una cruel tanza cristalina, un cometa intentaba con la ayuda del viento alejarse, pero fluía en la misma porción del aire una y otra vez, con los mismos movimientos. Yo lo observaba comparando la longitud de su hilo con el mío, que era mucho más severo y no me permitía siquiera despegarme del piso.
Pasaron las horas, y sin marcharse de mis ojos el cometa se despidió del Sol y empezó a darle su compañía al resto de las estrellas, que tímidamente empezaban a asomarse desde lo más profundo del Universo. Mis párpados no fueron tan persistentes como aquellos trozos de papel coloridos voladores, y terminaron llevándome al cansancio y al realista mundo de los sueños.
Regresé junto al Sol, y el cometa fue capaz de darnos los buenos días. Ya no me resistí y corrí a buscar a las infatigables, diligentes y obstinadas manos que aún continuaban dándole al cielo aquel pequeño rombo como un diminuto arco iris.
Pero llego a su nacimiento y dejando tras de mí decenas de huellas en la arena, encuentro la tanza rodeando repetitivamente una roca de la costa atlántica, y en ella una significativa nota en un insignificante trocito de papel.
Con vacilación retiré el papelito del hilo, y lo leí: “Déjame volar”.
Esforzándome, pero con una sonrisa imborrable en el rostro, me deshice de las vueltas de la tanza, y entonces el cometa dependía únicamente de la fuerza de mis manos, me sentí la gravedad en esos instantes. Esta vez sin dudarlo, desuní todos mis dedos y permití que el cometa se elevara en dulces espirales hacia las nubes, en las cuales luego desaparecería.