Cuando salgo muy temprano en la mañana a hacer
ejercicio, y camino por las calles vacías y oscuras, con el cielo aún negro y
las estrellas sobre mí, me doy cuenta de que no odio este lugar.
Cuando termino de correr, doy una pequeña vuelta con
los primeros rayos de luz tocando los árboles, las nubes rosas y naranjas,
amenazando a Venus y a las últimas estrellas que pronto desaparecerán. Entonces
siento el fresco de la mañana, y la tranquilidad de un pequeño poblado en el
que todos están durmiendo sin molestar a nadie, y tal vez soñando…
Cuando aún es temprano y los pendejos no salen a hacer
ruido con sus motos, ni los demás vehículos infestan el aire con sus
emanaciones, ni la gente anda gritando por la calle, ni hay caras largas o
miradas indeseadas, me doy cuenta de que en verdad este es un lugar puro, como
cualquier otro rincón de la Tierra, y es imposible odiarlo.
Cuando toda la gente está refugiada en sus casas, como si no existiera, es fácil darse cuenta que no odio este lugar, sino que odio la transformación que sufre cuando se infecta de personas desinteresadas y llenas de un extraño resentimiento que jamás podré entender…
Cuando toda la gente está refugiada en sus casas, como si no existiera, es fácil darse cuenta que no odio este lugar, sino que odio la transformación que sufre cuando se infecta de personas desinteresadas y llenas de un extraño resentimiento que jamás podré entender…
No importa lo que pase, ni cuánto me duelan los
negativos cambios que llegan con el tiempo, luego de vivir tanto tiempo aquí,
de haber crecido entre sus árboles y bajo su calcinante y brillante Sol, de
haber atravesado siestas enteras en las calles con mis amigos, no puedo dejar
de sentir que este es mi hogar…