Mostrando entradas con la etiqueta muerte. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta muerte. Mostrar todas las entradas

domingo, 16 de noviembre de 2014

Inmortalidad

  La muerte es una de las cosas que el humano más ha despreciado en la historia, porque parece quitarle el sentido a todo lo que se puede llegar a ser y hacer en la vida; es decir, nada evita que al final todos terminemos de la misma manera, nada nos salvará de la desaparición. No importa si ayudaste a liberar una nación como Gandhi, si vendiste millones de discos como Michael Jackson, si tus obras se siguen leyendo milenios después como las de los trágicos griegos, o si encontraste a la persona que más te maravillaba en este mundo y formaste la familia ideal, terminarás igual que cada humano y ser de este universo…
  Entonces, ¿para qué hacer todo lo que hacemos? ¿para qué esforzarnos tanto si no hay una aparente salida alternativa, sólo la muerte? Generalmente el humano busca una manera de que al menos su nombre trascienda la vida de su cuerpo, y perdure más allá de la muerte física. Es una manera simbólica de alcanzar la inmortalidad que al parecer da a la vida más sentido. Muchos humanos alcanzan esa inmortalidad dejando huellas en el mundo, ya sea en obras de arte, de ciencia, de afecto en otras personas, de logros históricos, de decenas de otras maneras. Pero lo que hace la mayoría no es lo que hacemos todos, y en algún momento debemos preguntarnos: Yo, ¿cuándo me siento inmortal? ¿cómo me siento inmortal? (si es que realmente nos interesa, claro).
  En mi caso, no sé si sea porque soy un perezoso, pero no me interesa dejar este mundo lleno de huellas mías, o una sola huella de tamaño enorme; es más, me gusta pasar desapercibido, suelo estar más cómodo en la oscuridad, suelo sentirme feliz no cuando sobresalgo, sino cuando me siento parte del mundo, cuando soy sólo una pluma más en el cuerpo del ave que despliega su hermoso vuelo en el cielo: si me caigo, el ave ni lo notará, podrá continuar volando, pero igualmente habrá perdido algo, y no será la misma. Por ello, esa inmortalidad que gran parte de los humanos buscamos, no la encuentro en el hecho de que recuerden mi nombre o mi rostro o mis acciones; yo me siento inmortal cuando estoy con personas que me hacen sentirme así, o cuando estoy en lugares que me hacen sentir así, o cuando hago algo que me hace sentir así. Me siento inmortal en esos momentos en que el tiempo no importa, porque deja de existir, y en un mundo sin tiempo, todo es inmortal. Me siento inmortal cuando estoy con mis amigos, con las personas que amo; me siento inmortal cuando estoy recostado en el suelo viendo el cielo, ya sea celeste o estrellado, y el viento recorre mi piel; me siento inmortal cuando canto una canción, o cuando me la cantan. Cuando me sumerjo en el mundo aparte que crean esas cosas, soy inmortal, y libre. No necesito que me recuerden, necesito recordar, darme cuenta del lugar al que pertenezco.

martes, 19 de noviembre de 2013

No Quiero Olvidar

  ¿Qué será de nosotros si no existe más? Sé que es una postura egoísta, pero me parece horrible la idea de que la muerte, a pesar de ser sólo una parte del círculo elemental de la vida (que es movimiento, cambio), sea un definitivo final para nuestra individualidad; es horrible la idea de que no haya algo más, y tras la muerte simplemente dejemos de existir, o nos fundamos en algo que carece de divisiones, y perdamos nuestra patéticamente diminuta y confundida personalidad (que a pesar de eso resulta extremadamente hermosa y satisfactoria) para formar parte de algo más universal.
  Si morir es cambiar, no tengo problemas con eso, pero si morir es dejar de existir o renunciar totalmente a la individualidad, no quiero hacerlo jamás (porque sin dudas es hermoso sentirse anónimo, parte de todo, pero quiero hacerlo sabiendo también acerca de mis diferencias con lo demás; necesito la diversidad, que no es división, sino cambio; si todo y todos somos lo mismo, no hay cambio, por lo que no habría vida, y la existencia sería demasiado triste, sería muerta). Todo lo que he sido, lo que conocí, lo que recibí, ha quedado recolectado en forma de recuerdos dentro de mí, y por algunos de ellos no me preocupo, a algunos ni siquiera los quiero, pero otros son hermosos, y además de amarlos, los necesito. No quiero que desaparezcan, así como desaparecieron del presente las situaciones, los sonidos, las fragancias, las sensaciones, y las personas con las que están construidos.
  Quiero ser esto que moldearon los pensamientos de mi propio cerebro, mis experiencias, mis viajes, mis errores, mis aciertos, mis miedos, mis alegrías, mis conocidos, mis amigos, el amor que di y el amor que he recibido… Y aunque use adjetivos posesivos para referirme a todas estas cosas (aunque me parece feo tener que llamarlas “cosas”), ninguna me pertenece, porque yo soy mi única pertenencia, ni siquiera soy lo que hago, y de hecho ni sé muy bien qué es lo que soy, o mejor dicho dónde está eso que soy, pero soy lo que todo eso ha construido a lo largo de los años, y seguirá construyendo, y destruyendo también, porque de eso se trata, del cambio, de la recomposición. 

viernes, 8 de noviembre de 2013

Si Me Voy Pronto

  Por si me voy pronto, toma mi mano y sostenla mientras los grillos empiezan a llorar las primeras estrella.
  Por si me voy pronto, dime lo que estás pensando, lo que sientes cuando mis ojos le piden cobijo a los tuyos y mis dedos se refugian entre los tuyos para escapar de la paranoia y la incredulidad.
  Por si me voy pronto, descansa tu cabeza en mi hombro, tus labios en mi mejilla, y hazme saber que valió pena venir aquí, porque todas las heridas se convertirán en calma blanca cuando pases por mí.
  Por si me voy pronto, destruye tus secretos en mis oídos, para volver a reconstruirlos juntos y que no pesen tanto dentro de tu pecho.
  Por si me voy pronto, lléname de tu voz, cántame la canción que tanto conocemos, susúrrame la paz, cuéntame la felicidad, conviérteme en un simple oyente maravillado por la belleza.
  Por si me voy pronto, acércate y déjame ver tu rostro, la humedad de tus ojos arrastrándose lentamente por tus párpados pero sin llegar a tus pestañas, las líneas de tus labios oscureciendo el rosa, los lunares decorando tus mejillas y tu cuello, tu pecho elevándose durante las inhalaciones y relajándose al suspirar, los dedos de tus pies jugando con la casualidad de hacer algo sin siquiera darte cuenta.
  Por si me voy pronto, escucha todo lo que tengo que decirte, incluido lo que preferiría que no supieras, e intenta comprenderlo, porque la forma de mis pensamientos y mis sentimientos se amputa y se contamina con lo concreto de las palabras, y tal vez también con lo abstracto de los miedos.
  Por si me voy pronto, acompáñame esta noche, regálame un insomnio dulce, un sueño real que me quite la necesidad de dormir, que esté a mi lado al abrir los ojos, que pueda sentirse al rozar mi piel y al mecerse por el aire.
  Por si me voy pronto, abrázame, deshazme entre tus brazos y llévame a ti, quiero pasar ahí el resto de mi tiempo.
  Por si me voy pronto, hablemos, charlemos de lo que sea, riamos, miénteme tonterías, inventa cursilerías, y escucha las mías, juguemos.
  Por si me voy pronto, no pienses en el pasado, no te pido que perdones mis errores, concédeme el presente para no volver a tener la necesidad y la tentación de disculparme.
  Por si me voy pronto, no hace falta que me ames, sólo te pido que aceptes todo mi amor, porque no quiero llevármelo conmigo, quiero dejarlo aquí, donde pertenece, contigo.
  Por si me voy pronto, sonríeme y hazme saber que en realidad sólo estoy loco al decir todo esto, porque jamás podrías permitirme partir...

sábado, 5 de octubre de 2013

Muerte

  Vi una vez más a la muerte justo en frente de mí, burlándose de mi incapacidad, a través de la cual me inyectaba una alta dosis de impotencia. Se dejaba tocar mansamente, porque sabía que en realidad era inalcanzable, y mi mano jamás lograría rozar su verdadera identidad. En ese momento, tenía la forma de un simple saco de piel y huesos cubierto de pelos, cuya única señal de vida era el sufrimiento. Sí, ya había desplazado casi por completo a la vida de aquel cuerpo que aún parecía con intenciones de luchar, pues su biología estaba preparada para ello, para intentar mantenerse en funcionamiento hasta que ya fuese incapaz de producir hasta el más insignificante de los yoctovoltios. Un poco de inercia eléctrica era lo único que la mantenía aferrada al malestar de la existencia.
  Su único deseo era no estar sola. Tal vez no quería irse. Tal vez quería que alguien la detuviera. Tal vez quería que alguien la acompañara. Pero la vida y la muerte son cosas demasiado estrechas, donde, siempre, hay lugar sólo para uno.
  Me pregunto si está bien llamar “muerte” a esos instantes finales en el que uno literalmente no está vivo, pero médicamente aún posee un cuerpo con un sistema nervioso capaz de chispear las últimas agonías, o si en realidad “muerte” es sólo esa despreocupada e incomprensible inexistencia que queda flotando alrededor de un cuerpo que ya es sólo un montón de materia innerte, en la cual sin embargo, increíblemente, la vida rebosará durante mucho tiempo en muchas formas.
  También, como en cada oportunidad en que ella se manifiesta cerca de mí, me pregunto si la ausencia total de tristeza en mí es madurez, comprensión respecto a la obviedad que es el fin de la vida, o simplemente indiferencia, egoísmo en estado puro, decir “mi vida es la única que me preocupa”.



domingo, 9 de junio de 2013

Tarea de Filosofía

  La siguiente es una improvisación que escribí para cumplir con una tarea del colegio, para la asignatura Filosofía.

  Desde mi punto de vista, todos los seres vivos son en dos partes: una es su forma de ser, y la otra su manera de ser.
  La forma de ser sería su cuerpo, y la manera de ser sería su comportamiento. Sin embargo, muy generalmente, definimos la identidad de los seres según su cuerpo más que su comportamiento; es decir, a un individuo con cuerpo de león que come sólo hierbas, por ejemplo, seguiríamos considerándolo un león, aunque su comportamiento sea ajeno al de tal. Esto se debe a que la manera de ser de cualquier tipo de individuo, no depende sólo de su forma, sino también de su entorno, de los demás seres vivos e inertes que lo rodeen.
  Para empezar a hablar específicamente del hombre, me parece conveniente hacer una distinción entre lo que es realmente un “hombre” y lo que es en realidad un “humano”. Entonces, podría decir que el “humano” es el homo sapiens en su estado más natural, el ser que busca la manera de sobrellevar y disfrutar su vida entre todos los demás seres del universo; y el “hombre” es el homo sapiens alejado de su estado más natural, incorporado plenamente al estilo de vida de la gran sociedad.
  El humano no es necesariamente un homo sapiens aislado en medio de la selva, el desierto o las planicies, como un animal salvaje más. Es un ser que comprende su diminuto puesto en medio de la naturaleza, que entiende y acepta que es tan sólo un individuo más. Su egoísmo no va más allá del necesario como método de supervivencia, pues sin él todos se sacrificarían prematura e incoherentemente.
  El hombre es el homo sapiens que, dándose cuenta o no, por decisión propia o no, ha dejado de verse (o nunca se vio) como un simple ser más de la naturaleza, y esto lo lleva a considerar que su puesto en el universo es jerárquicamente más elevado que el de los demás. Su nivel de egoísmo supera el necesario para la supervivencia, y por ello se vuelve codicioso y calculador. Vive en sociedad porque esta puede ofrecerle una vida más sencilla, y la utiliza como un medio para lograr las riquezas que anhela (puede haber algunas abstractas entre ellas).
  Entonces, lo que hace tan diferentes al hombre y al humano, es su nivel de egoísmo. A partir de este, la manera en que ven y viven la vida cambia por completo. Tienen objetivos y métodos diferentes.
  Pero no debe haber confusión. No estoy diciendo que uno de los dos es bueno y el otro es malo, o uno es mejor y el otro es peor, sencillamente se trata de dos seres diferentes, porque, aunque comparten su forma de ser (cuerpo), sus maneras de ser (comportamiento) son ampliamente distintas.
  Así queda claro que el comportamiento mantiene cierta independencia del cuerpo, pues dos seres con el mismo cuerpo pueden comportarse de manera totalmente diferente, pero, ¿hasta qué punto llega esta independencia? Me refiero a más allá de los condicionantes físicos claros (por ejemplo, un cuerpo sin alas no va a volar y un cuerpo sin extremidades no va a caminar), a si esta “manera de ser” es algo así como una entidad que se acopla a la “forma”, lo que algunos podrían llamar alma, o espíritu, o mente, o esencia, o lo que fuese. Este es un asunto que sobrecarga mi cabeza cuando lo pienso, y creo que nunca llegaré a una conclusión que me convenza.
  Cuando me detengo a pensarlo, siento que junto con la forma, la manera se acaba (mueren), pues esta podría ser sólo un complejo sistema de reacciones químicas y eléctricas dentro del cuerpo, pero debido a experiencias personales, se me hace imposible no considerar la posibilidad de que una manera emigre de una forma a otra (lo que algunos llamarían “reencarnación”, pero no me gusta usar conceptos como ese, pues las personas les dan más significados de los que en realidad tienen, o sencillamente cada uno los ve de una manera diferente, y casi siempre se generan malentendidos).
  Es posible que la “manera de ser” se encuentre conformada por un material miles o millones de veces más pequeño que una partícula subatómica; una sustancia que podría pasar desapercibida para la ciencia durante muchos siglos más. De esta manera podría pasar de un cuerpo a otro, pero esta transmigración parece algo demasiado inverosímil: ¿cómo sucedería? ¿en qué momento?
  Por ahora, sólo puedo sostener que esta manera es una consecuencia de la forma, algo que ocurre dentro del cuerpo y que deja de ocurrir cuando el cuerpo deja de funcionar.

miércoles, 19 de diciembre de 2012

Salva Mi Mundo

Como todos los sábados en la noche, se encontraba acomodándose su chaleco y su corbata, aprovechando que no había ningún huésped en la recepción.
«Realmente odia ese uniforme», pensaba su compañero, el portero, mientras la observaba de reojo con otra porción de su atención fijada en la acera para abrirle la entrada a cualquier persona que pudiera pretender entrar.
Era bastante inusual que la lujosa recepción se encontrase vacía, el hotel contaba con más de trescientas habitaciones repartidas en treinta y dos pisos y siempre había aunque sea un hospedante que prefería sentarse a descansar allí abajo que subir hasta su cuarto. Tal vez la quietud de aquellos instantes se debía a la temporada baja, pero ese es un término que difícilmente afecta a los hoteles internacionales de cinco estrellas que reciben visitas de la prodigiosa gente de negocios.
Pero la desolación de los espejos que no reflejaban a nadie y de las luces que no producían más que sombras estáticas y muertas no tardó en desaparecer. Un hombre de una camisa a rayas muy simple se acercó a la entrada y sin siquiera darse cuenta le exigió al portero que haga su trabajo. La recepcionista no demoró más de un segundo en notar sus jeans gastados y sus zapatos viejos. Ese joven no pertenecía al mundo de la economía, o era uno de esos millonarios excéntricos, pero prefirió quedarse con la idea de que se trataba de alguna especie de vendedor ambulante o algo así.
—Buenas noches —saludó él educada y formalmente, con una rara expresión en su rostro.
—Buenas noches, ¿en qué puedo ayudarlo? —respondió ella no antipáticamente, pero tampoco con simpatía.
El muchacho no respondió y se limitó a mantener el silencio mientras su mirada peregrinaba a través del mechón castaño y ondulado que se colgaba de su pequeña frente; de sus ojos café que reflejaban la gran araña cristalina, el centro de la iluminación; de sus labios delgados y cuidadosamente coloreados con un suave rosa; de sus pestañas erguidas; de sus hombros redondeados y sus elegantes clavículas.
—Sí, quisiera una habitación —respondió algo distraído luego de su largo viaje.
«¿Tendrá el dinero para pagarla? Bueno, no es asunto mío. Aquí nadie paga por adelantado, así que él no puede ser la excepción», pensó la empleada antes de responderle.
—Claro. ¿Para uno?
—Para la cantidad que sea, pero que esté muy alto.
Algo extrañada por la petición, movió ágilmente los dedos sobre el teclado y las pupilas por la pantalla del monitor.
—Tres de las cinco suites del último piso están ocupadas, ¿quiere una de las que están libres?
—Sí, está bien.
—¿Le gustan las vistas desde las alturas? —le preguntó la joven encontrando algo de simpatía en su interior mientras revisaba datos en el monitor.
—La verdad es que no —respondió inspeccionando por primera vez el lugar con la vista. La muchacha lo miró un poco más extrañada que antes, pero continuó con lo suyo sin decir nada más.
Luego de proporcionarle todos los datos necesarios, el joven finalmente tomó el ascensor y subió hasta la última planta. Entró en su suite e ignoró todo el morbosamente lujoso decorado, se dirigió directamente a la gran ventana que había en un extremo. Allí observó las luces de la ciudad por unos momentos. La iluminación urbana opacaba el cielo nocturno y daba la sensación de que incluso intentaba suplantarlo, porque casi lo lograba. Corrió el cristal hacia un lado y el frío del viento que entró le provocó un retorcijón en el estómago. Ignorando aquella incómoda sensación, se paró en el gran marco de la ventana y esta vez todo su sistema digestivo se vio afectado.
Repentinamente, algo en su interior lo hizo descender del marco y salir de la habitación con pasos rápidos. El ascensor estaba ocupado, así que su impaciencia lo hizo utilizar la escalera hasta que varios pisos más abajo el ascensor quedara libre y finalmente pudiera abordarlo.
Llegó a la recepción y se encaminó directamente a la recepcionista.
—¿En qué lo puedo ayudar? —le preguntó ella.
—¿Puedo hacerle una pregunta?
—Claro.
—¿Cree que una sola persona puede cambiar al mundo?
A la muchacha le llamó la atención la pregunta, o más bien, el emisor y la situación en la que había sido pronunciada. Sin embargo, luego de un silencio, un cobijo para su sorpresa, respondió:
—No, no lo creo… ¿Por qué?
—Porque tú acabas de cambiarlo.
La chica cerró los ojos con una mezcla de comprensión y decepción, y apoyó sus manos en el escritorio::
—Dime algo… ¿Ese versito te ha servido con alguna otra chica antes?
El muchacho contempló sus ojos y su ignorancia por un momento, y luego sonrió junto a una pequeña exhalación.
—Disculpa. Fui un tonto —dijo colocando las manos en los bolsillos y retirándose de la recepción con una sonrisa.
Esta vez el cristal no podría volver a cerrarse, la habitación quedaría vacía y la recepcionista descubriría que acababa de destruir el mundo que había salvado cuando lo viera abdicarse en el asfalto, justo al frente del hotel y del portero, a quien le salpicaría algo de su miseria.


domingo, 2 de septiembre de 2012

No Seré Yo...

Cuando los rayos del Sol se filtren por entre las ramas de los árboles y halague tus mejillas, seré yo.
Cuando la noche se oscurezca y una estrella se escabulla entre las nubes, seré yo.
Cuando el verano alcance a sofocarte y llegue una suave y fresca brisa desde el mar, seré yo.
Cuando el silencio te desespere y una cordial melodía de piano empiece a sonar, seré yo.
Cuando las pesadillas te acosen y de repente un sueño maravilloso te haga sonreír mientras duermes, seré yo.
Cuando el invierno te obligue a acurrucarte bajo los lapachos y un pétalo rosa se pose sobre tu cabeza, seré yo.
Cuando estés cansada de la rutina y una estrella fugaz encante el cielo, seré yo.
Cuando estés recostada sobre la hierba y una mariposa de alas suaves y blancas descanse en ti, seré yo.
Cuando una orquesta de gorriones te despierte en la mañana y musicalice todo tu día, seré yo.
Cuando estés aburrida y las nubes dibujen miles de cosas para ti, seré yo.
Cuando estés a punto de rendirte ante la oscuridad y el brillo del Sol llegue justo a tiempo para evitarlo, seré yo.
Pero cuando una sonrisa encantadora le regrese el color a tus pómulos, no seré yo, será la única persona capáz de hacerte verdaderamente feliz, será el amor de tu vida…

sábado, 5 de mayo de 2012

Retorno

Despierta en mis brazos y hacia el cielo mira,
Aunque la muerte no perdió has regresado a la vida.
Alas que no pueden volar son las que te han dado,
Ábrelas igual, aunque no lleven a ningún lado.

Has vencido al tiempo y la verdad,
Has matado una mentira inmortal.

Las heridas de ayer hoy no son ni cicatrices,
El edén quiere llorar, te ruega que lo pises.
Te ha prometido más plumas para que puedas volar,
Pero sabes que no habrá suelo donde aterrizar.

Tu hogar está aquí bajo el Sol,
Donde conviven odio y amor.
Has vencido al tiempo y la verdad,
Has matado una mentira inmortal.

miércoles, 8 de febrero de 2012

Humanidad ...

 Esta mañana, en la provincia de Buenos Aires, un hombre francés salió de su hotel a las 8:00. 
 Su nombre ya no interesa, pero su edad era de 52 años. 
 Él había venido de vacaciones a este hermoso país llamado Argentina con dos compañeros más, pero ellos regresaron a Francia. Era geólogo y sus pasiones eran el buceo, la naturaleza, la vida silvestre y la fotografía; cosas maravillosas tanto de forma individual como combinadas. Además, trabajaba con el departamento de medio ambiente de Haut-Rhin.
 Bueno, como les decía, esta mañana, luego de despedir a sus compañeros, salió por la ciudad de Buenos Aires con su cámara para recorrerla y tomar fotografías. Luego tenía previsto encaminarse hacia el sur, a la helada y colorida Patagonia, pero eso ya no podrá ser: Cuando se encontraba tomándole una fotografía al Monumento a los Caídos en Malvinas, en la Plaza San Martín, una persona (¿?) se acercó a él y lo apuñaló para quitarle... la puta cámara fotográfica...
 Y ya no sé cómo seguir esto...
 Una puta cámara fotográfica... 52 años vividos; tal vez unos 30 por vivir... Y una puta cámara fotográfica...
 Cuando empecé a escribir esto, tenía planeado describir muy lenta y certeramente todo lo que debería hacérsele a esa persona (¿?) que treinta metros después de apoderarse de la cámara caminaba muy tranquilamente revoleando la correa de la misma, como si el mundo hubiera sido creado para él, pero ya no quiero escribir eso; Ahora estoy lleno de lágrimas y con la nariz chorreando, sólo quiero decir "Basta, esto está mal...", sólo quiero saber y pensar qué es lo que puedo hacer para cambiar esto, sólo quiero lograr hacerme creer que realmente puedo cambiarlo. Ya no me importa ni cómo ni por qué llegamos a esto, sólo quiero decir "Basta, esto está mal...", sólo quiero qué pare.
 ¿Qué podemos hacer? ¿Qué estamos haciendo? ¿Qué es lo que vamos a hacer?

 PD: Una de las cosas que más le gustaba era fotografiar insectos...


jueves, 19 de enero de 2012

Lo Más Cerca del Cielo...

 Encontré un colibrí tirado en el concreto de mi quincho mientras escuchaba música. Primero creí que estaba muerto, pero tras unos segundos de mirarlo empezó a aletear y aletear pero sin poder despegarse del suelo.
 Era verde; sus plumas brillaban de manera fascinante y sus diminutos ojos eran completamente negros, con un casi invisible punto brillante. Pero del brillo de sus plumas no me percaté al principio, pues estaba  completamente enredado en telas de araña.
 Primero estaba inseguro en tocarlo. Siempre fui y soy un poco miedoso con los animales, después de todo, yo no confiaría en un humano, pero, ¿qué daño podría hacerme un colibrí? Y bueno, yo soy así.
 Lentamente le acerqué mi dedo índice y empecé a acariciarle la espalda. Era tan suave como lo había imaginado, y también muy frágil. Pasaba mi dedo muy relajadamente, temía poder herirlo si lo hacía más fuerte o más rápido. Él se mantenía inmóvil mientras yo lo tocaba, y podía ver cómo su pequeño pecho se inflaba y se desinflaba mientras respiraba, eso fue asombroso.
 Me arrodillé en el suelo y empecé a sacarle lentamente las telas de araña que mantenía atadas sus patas. Debía ser muy pero muy cuidadoso, porque al estirar también lo estiraría a él. Era extremadamente frágil (debe ser que todos los colibríes son así). Entonces tomaba con la mano izquierda la "base" de la tela de araña, y con la otra el resto, y así logré quitársela de ahí.
 Una vez que sintió libres sus patas volvió a aletear y aletear, pero tampoco pudo despegar. El problema no estaba en la tela de araña, quizá se había fracturado o algo así al caer.
 Finalmente lo tomé y lo puse sobre mis manos. Era tan liviano... Podrían ponerlo sobre mi cabeza, mi mano, mis hombros o mis pies sin avisarme, y yo ni me daría cuenta.
 Lo llevé hasta una mesa y allí comencé a sacarle las telas de araña que le quedaban alrededor de su pico y su cabeza. Cuando casi había terminado de sacársela, volvió a aletear, y entonces, de repente, dejó de hacerlo y quedó con sus alas hacia arriba. No sé si fue un paro cardíaco o qué, pero dejó de moverse y el asombroso ciclo de la respiración que podía ver en su pecho ya no estaba ahí.
 En ese momento, aunque ni yo pueda creerlo, me sentí mal. Me sentí mal por no haberlo salvado, aunque sepa que no tengo ninguna facultad ni conocimiento para hacerlo, aunque sepa que ni siquiera tenía la necesidad o la obligación de hacerlo. Me sentí mal por la impotencia de no saber si ya había dejado de sufrir y podía disfrutar o si sencillamente había dejado de existir. Me sentí mal porque realmente quería ver que huyera despavorido de mí, totalmente recuperado, moviendo sus alas a toda velocidad y emitiendo ese agudo y hermoso sonido que emitió durante unos segundos cuando estaba en el suelo. Hasta ahora me pregunto qué habrá estado diciendo. 
 Así de frágil y fugaz es la vida, está aquí un segundo, y al otro desaparece.
 No creo en los rituales y sinceramente siento que importa muy poco o nada lo que le pasa a tu cuerpo una vez que muera, pero quería hacer "algo especial" con él. Pensé en enterrarlo, pero inmediatamente me di cuenta que su lugar eran el aire y las flores, así que fui a la planta de mamón de mi patio (un lugar donde casualmente veo colibríes revoloteando), y subí al muro que está al lado; busqué la bifurcación de ramas más alta que podía alcanzar incluso desde allí, y lo recosté. Eso es lo más cerca del cielo que puedo llevarlo...