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sábado, 29 de septiembre de 2012

No Odio Este Lugar

  Cuando salgo muy temprano en la mañana a hacer ejercicio, y camino por las calles vacías y oscuras, con el cielo aún negro y las estrellas sobre mí, me doy cuenta de que no odio este lugar.
  Cuando termino de correr, doy una pequeña vuelta con los primeros rayos de luz tocando los árboles, las nubes rosas y naranjas, amenazando a Venus y a las últimas estrellas que pronto desaparecerán. Entonces siento el fresco de la mañana, y la tranquilidad de un pequeño poblado en el que todos están durmiendo sin molestar a nadie, y tal vez soñando…
  Cuando aún es temprano y los pendejos no salen a hacer ruido con sus motos, ni los demás vehículos infestan el aire con sus emanaciones, ni la gente anda gritando por la calle, ni hay caras largas o miradas indeseadas, me doy cuenta de que en verdad este es un lugar puro, como cualquier otro rincón de la Tierra, y es imposible odiarlo.
  Cuando toda la gente está refugiada en sus casas, como si no existiera, es fácil darse cuenta que no odio este lugar, sino que odio la transformación que sufre cuando se infecta de personas desinteresadas y llenas de un extraño resentimiento que jamás podré entender…
  No importa lo que pase, ni cuánto me duelan los negativos cambios que llegan con el tiempo, luego de vivir tanto tiempo aquí, de haber crecido entre sus árboles y bajo su calcinante y brillante Sol, de haber atravesado siestas enteras en las calles con mis amigos, no puedo dejar de sentir que este es mi hogar…


sábado, 18 de agosto de 2012

El Humano

 El mundo de los humanos está tan demacrado porque se comete el absurdo error de creer que el humano es un ser sociable.
 No conozco la realidad de los demás, pero aún así me atrevo a decir que el humano es uno de los animales más egoístas. Es fácil darse cuenta, ya que cree que tiene el derecho de matar a cualquier mosca o mosquito que anda a su alrededor sólo porque le molesta su zumbido, o el de comerse a cualquier otro habitante de la Tierra; también cree que su vida vale más que cualquier otra, se trate de una diminuta hormiga o de algo mucho más grande que él, como un elefante.
 El humano es capáz de generar y reproducir hasta los sentimientos más inimaginados en el mundo natural, como el odio, la envidia, la avaricia, el orgullo; y también puede cometer actos irrisorios que a ningún otro ser sobre la Tierra podrían ocurrírseles, como el infligir dolor/asesinar por placer y mentir.
 Claramente en esto se basan todos los problemas de la sociedad. ¿Cómo un ser tan egoísta puede pretender vivir en comunidades numerosas? Una sociedad numerosa sólo da lugar a competencias disparatadas y compulsivas, ya que las personas también tienen una fascinación por las comparaciones; el humano se pasa comparando todo: las cosas, las personas, los otros animales, y hasta a ellos mismos. Y lo peor no es eso, sino que también se dedica a calificar, y al ser tan egoísta siempre quiere ser superior a los demás. Entonces, en la búsqueda de esa supuesta superioridad es donde aparece el odio y el desprecio, y todos los demás sentimientos que surgen de estos.
 Las pruebas de que las comunidades más pequeños son las más convenientes para una especie como la humana no sólo se encuentra en la actualidad (los pueblos/aldeas pequeño/as prácticamente nunca sufren la delincuencia, y sus habitantes viven en paz con la naturaleza), sino que también en el pasado: las tribus aborígenes de América que vivían en grupos pequeños subsistían sin molestar a nadie, eran generosas y hospitalarias (más allá de que seguramente tenían sus defectos), pero las “civilizaciones” más numerosas e “importantes”, como la azteca y la inca, eran tan o más violentas y sanguinarias que las europeas, sometiendo y esclavizando (además de asesinando y mutilando) a las tribus más pequeñas.
 Con esto no estoy intentando decir que el humano es la peor criatura sobre la Tierra (más allá de que realmente lo sea), simplemente quiero dar mis argumentaciones por las cuales creo que puede vivir mucho mejor si se organiza en grupos pequeños, y no en ciudades enormes. Y al referirme al humano en tercera persona no pretendo aparentar ser superior al resto, sino ser objetivo, ver la realidad como espectador y no como protagonista, ya que creo que no hace falta que diga que también soy humano.

sábado, 14 de julio de 2012

Sensibilidad

 No existen buenas personas, no existen malas personas. ¿Qué son el bien y el mal sino una mera invención del humano, creador de la moral y la justicia, de las cuales luego se mofaría? Esta división no existe en el estado más puro de la naturaleza. ¿Por qué decimos, por ejemplo, que asesinar está mal? Aunque a mí mismo me cueste aceptarlo, no puedo pararme con una mano en el corazón y decir genuinamente que es una mala acción. Las acciones son sólo eso, acciones, y los calificativos son también una invención del humano y de su manera pasional/emocional de ver la vida (la cual me parece maravillosa); el humano le agrega sentimientos, emociones y razones a todo lo que hace y lo que lo rodea. Sólo estoy intentando deshacerme unos instantes de mi parte humana para ver todo desde un punto de vista más frío y objetivo.
 Pero en fin, si no existe el bien ni el mal, ¿cómo definimos la línea que separa lo cuerdo y aceptable de lo demente e inaceptable? Desde mi punto de vista, es muy sencillo: sensibilidad e insensibilidad. Existen personas sensibles al dolor y el sufrimiento ajeno que se esmeran en mantener bien a los seres que los rodean; y luego están las insensibles, a las cuales les da igual y simplemente buscan su beneficio sin interesarle el de los demás.
 Esta es la conclusión a la que pude llegar tras ver algo vacía y sin sentido las teorías del bien y del mal. En la naturaleza no hay reglas, en el Universo no hay normas; la vida es un bien frágil y codiciado, una lucha continua por conservarla.

miércoles, 11 de julio de 2012

Fragmentos #3

 —Ustedes jovencitos deben tener mucha energía, ¿no es así? —empezó a hablar la vieja sin que le prestara demasiada atención—. Este lugar es para ancianas como yo, que no podemos hacer nada.
 —Debe haber cosas que puede hacer —dije distraídamente.
 —Sólo puedo hacer lo que ahora: sentarme y mirar pasar el tiempo, los veranos, las nubes, los inviernos…
 No respondí nada, y cerré los ojos para intensificar la suavidad de una cálida brisa.
 —Pero esta no es una mala vida, aquí puedo disfrutar a la madre naturaleza —agregó ella.
 El perro se acercó a ella, y moviendo la cola se sentó para que empiece a acariciar su lomo. Luego se sumó Soleil, sentándose frente a la anciana y acariciando también al perro, que se llamaba Guau.
 —¿Ustedes cómo han terminado aquí, jovencitos?
 —Nos escapamos de casa —le respondió ella.
 —Mi hijo también se ha escapado de su casa, la cambió por la ciudad. Pero estoy seguro de que regresará… Todo regresa al lugar del que ha surgido. Incluso ustedes lo harán.
 —Toda regla tiene excepciones —comenté.
 —No jovencito, esa no es ninguna regla, es una verdad.
 Soleil no decía nada, mantenía su mirada baja y sus manos en el animal.
 —Oh… —expresé sarcásticamente, aunque no sé si la anciana entendió esa expresión.
 —Los años van mostrándote verdades que no puedes contradecir, no importa lo necio que seas.
 —Los años sólo son años… En dieciséis años se puede aprender muchísimo, pero la mayoría de los que han vivido esa cantidad de tiempo son unos idiotas —dije, y Soleil me miró, sabía porqué lo decía.
 —Parece jovencito, que te gusta criticar a los que saben más que tú…
 —Usted cree saber más que yo sólo porque vivió más décadas, pero no se aprende de lo que se vive, se aprende de lo que se piensa.
 —No creo que alguien sepa más que otros —se unió a la discusión Soleil—, cada uno ve el mundo desde su perspectiva.
 —No importa de dónde se vea, lo que es negro es negro.
 —Si miras el lago, parece ser de un color azul amarronado, pero si juntas un poco de su agua en tus manos, te darás cuenta de que no tiene ningún color —dijo certeramente la anciana, de manera que no la pude contradecir. Tampoco estaba intentando ganar la discusión o algo así.
 —Eso es cierto —la apoyó Soleil con una sonrisa.
 —Pero no es malo ser rebelde, puede llevarte a aprender un poco más.
 —Que conversación más estúpida —dije y me levanté—… Como si alguien quisiera aprender algo.
 Puse las manos en los bolsillos y me fui al otro lado de la casa, para estar solo, para estar tranquilo y callado.
 —¿Él es de tu familia? —le preguntó en voz baja la vieja mientras me iba, pero aún así logré oírla.
 —No, pero aunque no me guste, él es todo lo que tengo ahora —le respondió aún más bajo Soleil, pero el viento arrastró el sonido de su voz hasta mis oídos. No sé cómo explicarlo, pero como que se sintió bien oír eso.

martes, 15 de mayo de 2012

El Tiempo

 El tiempo es una de las herramientas para la manipulación humana más ambiciosas que jamás podría inventarse. No puede ser visto (pues en realidad no existe), pero es tan fácil de representar (relojes) que terminamos creyendo en él sin la menor pizca de valentía para contradecirlo o refutarlo.
 Con el tiempo incrustado de manera irreversible en nuestras mentes (una vez insertado en nuestras ideas, JAMÁS puede ser removido... O si encuentran una manera de hacerlo, por favor denla a conocer) nos dicen a qué hora comer, a qué hora dormir, cuándo debemos sentirnos viejos, cuándo somos jóvenes... Toda nuestras vida gira alrededor del tiempo; de los segundos, los minutos, las horas, los días, las semanas, los meses...
 ¿Qué clase de vida llevamos? ¿Lo natural no sería comer cuando se tiene hambre y dormir cuando se tiene sueño? Exploto estos dos ejemplos porque son los más comunes y sencillos de comprender.
 Tenemos 5 años y debemos ir al jardín; tenemos 15 y tenemos que estar en la edad del pavo; tenemos 20 años y debemos ir a la universidad; tenemos 25 años y tenemos que estar trabajando; tenemos 30 años y tenemos que estar casados; tenemos 40 años y ya tenemos que dejar de hacer deportes; tenemos 50 años y tenemos que ser abuelos; tenemos 60 años y tenemos que ser viejos con poca movilidad; tenemos 70 años y tenemos que esperar la muerte sin molestar a los demás... Millones de "reglas" estúpidas (que vaya a saber quién las inventó) van tomadas de la mano con el tiempo, una creación casi involuntaria del ser humano para sentirse en algún lugar, para sentir que sus recuerdos son reales y que su vida tiene un pasado y un futuro. El poder de este farsante llega tan lejos que incluso transforma las palabras que utilizo para nombrar su inexistencia: "fui", "soy", "seré"... El tiempo también manipula nuestro lenguaje, y eso hace muy pero muy complicado eliminarlo de nuestras vidas.
 Vivimos pendientes de la dirección en que apuntan las manecillas del reloj y creemos que tenemos controlados todos los momentos, que hay cosas que ya hemos hecho y otras que estamos por hacer. Creemos que antes del presente estuvo el pasado y luego vendrá el futuro, pero estas dos entidades creadas por el tiempo son tan inexistentes como él. ¿Alguna vez han vivido el pasado? ¿O el futuro? ¿Alguna vez se salieron del presente para echarle un vistazo a lo que hicieron o estaban por hacer? De   ese famoso triunvirato (pasado-presente-futuro), sólo existe la palabra del medio, porque a diferencia de "ahora" (palabra que puede ser considerada como su sinónimo), no guarda relación alguna con el tiempo, sino que en realidad se refiere al acto de "estar", de "ser"...

miércoles, 9 de mayo de 2012

¿Qué es el "amor"?

 Siempre me pregunté qué es el amor. De niño la sociedad, la televisión y mis propios padres me forzaron a creer que era caminar de la mano con alguien, darse besos, abrazos, mirar el atardecer en una playa con la persona amada y cosas así. El tiempo pasó e ideas propias comenzaron a surgir en mi mente, así que hace unos años creí haber resuelto la incógnita: “Amor es encontrar en la felicidad ajena la propia felicidad”.

 Sin embargo, aquella definición que inventé no bastó para conformarme durante mucho tiempo, así que luego le hice unos cambios: “Amor es desear y perseguir la felicidad ajena”.

 Hoy, vuelvo a poner en el blanco de mi atención y mi crítica a esa segunda definición que formulé. Recién hoy se me ocurre dejar de divagar y colocar al “amor” en el lugar en el que tiene que estar, y juzgarlo como lo que es: una palabra.

 Al parecer, la mayor parte de las fuentes concuerda en que Amor proviene del latín “amor”, que a su vez deriva de la raíz indoeuropea “amma” (voz infantil para llamar a la madre), más el sufijo –or (efecto o resultado).

 Analizando esto, ¿qué clase de significado podemos otorgarle a la palabra? ¿“Resultado de llamar a la madre”? Si fuera así, podríamos interpretar a “amor” como un sinónimo directo de “nacer”, y automáticamente podríamos relacionarlo con “vida”, “existencia”, “vitalidad”.

 Pero extendiéndonos un poco más, podemos descubrir que el sufijo –or también puede indicar una cualidad. Aún con este cambio, el significado de la palabra no se vería muy modificado. En todo caso, querría decir algo como “cualidad para llamar a la madre”. Además de “nacer”, “llamar a la madre” podría referirse también a un acto de cobardía o más bien a un pedido de ayuda. Con esto, podríamos formar más posibles definiciones::
 • “Amor es la cualidad de nacer”: esto podría significar la capacidad de un “yo superior”, una esencia, algo como lo que llaman “alma”, que tiene la capacidad suficiente para nacer.
 • “Amor es la cualidad de pedir ayuda”: podría referirse a una tendencia a pedir ayuda, a sentirse incapaz.

 Llegar a otras definiciones sólo depende de la interpretación que le demos a “amma”, es decir, “llamar a la madre”.

 Así, analizado de una manera extremadamente subjetiva, sólo puedo llegar a la conclusión de que el “amor es la fuerza, energía, reacción, razón, cualidad, situación, entidad, deidad, virtud, poder, ente, esencia, sustancia o naturaleza que permite que nazcamos y/o vivamos.”

 Hace tiempo que venía pensando que el amor no tenía nada que ver con un sentimiento humano porque la idea era demasiado grande como para que podamos si quiera imaginarla. “Amar” es un verbo que le quedaba enorme incluso a las personas más evolucionadas.

 Tal vez no sea la definición más literal, o incluso acertada, pero es a la que llego desde mi interpretación, desde el retorcido sitio desde donde veo al mundo y todo lo que sucede en él.

 Aclaración: Que “amor” represente una especie de entidad o fuerza, no quiere decir que esta realmente exista, creer en ella depende absolutamente de nosotros.

lunes, 7 de mayo de 2012

Fragmentos #2

 —¿Alguna vez pensaste en cómo son las nubes arriba? —le preguntó la niña viendo cómo una se estiraba muy por encima de su cabeza.
 —No entiendo —le aclaró su compañero arrugando la frente.
 —Me refiero a la parte de arriba de las nubes, la que no vemos.
 —Mmm… No, pero creo que deben ser muy parecidas a como son abajo.
 —¿Tú crees? Una vez leí que arriba de las nubes hay ciudades enteras y que en ellas viven los ángeles. ¿Crees que existan los ángeles?
 —No lo sé, nunca pensé en eso.
 El pequeño niño siempre había creído en Dios, siempre le pedía que lo ayudase a él y a su madre, y siempre lo culpaba de todo ese mal que lo perseguía, pero nunca se había detenido a analizar la existencia de seres más pequeños que Dios y más grandes que él.
 —Hay veces que quisiera creer en ellos, pero estoy segura de que no existen.
 —Pero si existe Dios, debe ser que también existen ellos.
 —Tampoco creo que Dios exista.
 El niño se levantó abruptamente, como si el mismísimo suelo bajo su espalda lo hubiese empujado.
 —¿Lo dices en serio? ¡Claro que existe! —le vociferó y ella lo miró sorprendida. —Tal vez cuando estoy muy enojado o triste digo que no, pero siempre estoy seguro de que Él existe.
 —Entonces, si es verdad que existe… ¿Crees que Dios es bueno?
 De una forma calmada, contraria a la manera en que se había levantado, regresó su espalda a la gramilla.
 —Creo que sí, aunque a veces no entendamos por qué hace las cosas.
 Tras la respuesta del niño, ambos mantuvieron el silencio y se concentraron en ver cómo las rápidas ráfagas de las alturas transformaban el vapor de las nubes y lentamente las iba deshaciendo. En ese momento era demasiado sádico pensar que había ciudades sobre ellas.

lunes, 30 de abril de 2012

Una Pregunta

 Una vez iba caminando con un compañero de clases por la calle, ya no recuerdo a dónde íbamos, pero eso no es lo importante. El tema del asunto es una simple pregunta que salió improvisadamente de su cabeza: 
 —¿Qué hacés si Lucre entra a tu pieza y se te tira arriba?
 «¿"Se te tira arriba"? Qué expresión más pendeja», pensé antes que nada.
 Lucrecia era una amiga de mi hermana que según él estaba "buenísima", siempre decía que "nunca le había tenido tantas ganas a una mina". Sí, el tipo era un completo idiota (y creo que lo sigue siendo).
 No lo hice esperar y respondí:
 —La saco...
 Hasta el día de hoy se sigue riendo de mi respuesta, y hasta el día de hoy me sigo preguntando por qué cada año vuelve más estúpido de las vacaciones.
 Igualmente, creo que ninguno de los dos puede juzgar al otro... Yo jamás comprenderé por qué les gusta tanto el sexo, y ellos tampoco comprenderán por qué es que a mí me desagrada tanto...


sábado, 28 de abril de 2012

Terco y Abierto

  Tercas y abiertas, así es como deberíamos ser todas las personas.
 Tercas porque nada del mundo debería destruir las ideas y los valores que con tanto esfuerzo construimos, y abiertas porque aunque ya nos sintamos definidas siempre puede aparecer una nueva idea que complemente la que ya tenemos, la amplíe, la mejore, o hasta incluso (si cuenta con el poder suficiente) la sustituya -sí, sé que suena algo contradictorio-.
  Si sólo somos tercas y en lugar de mantenernos abiertas nos mantenemos cerradas, seremos una caja helada de ideas congeladas que no pueden evolucionar ni desarrollarse.
 Si nos mantenemos abiertas pero no somos tercas, nuestras ideas serán débiles y volarán lejos al instante en que otras aparezcan e intenten ocupar su lugar, seremos sólo un pasaje para los valores, que vendrán y se irán como si fueran huéspedes en un hotel.
  Así que como personas debemos mantenernos seguras de quienes y cómo somos, sin importar cómo son los demás o cómo quieren que seamos, pero siempre siendo conscientes de que es imposible que ya lo hayamos pensado y analizado todo, y que en cualquier momento, desde el lugar, el tiempo y/o la persona más inesperada, puede golpearnos una idea mucho más razonable que la nuestra, y cambiarnos por completo; porque aunque seamos las más tercas, siempre nos mantenemos abiertas...

viernes, 20 de abril de 2012

El Salvador

  A veces pienso acerca de la situación del mundo, y lo hago muy seguido; más de lo que quisiera; más seguido de lo que cualquier persona podría considerar normal o incluso saludable. Pienso, y entonces siento muchas cosas. La mayor parte de ellas es frustrante y carcome irreversiblemente la frágil y escasa esperanza que aún queda en mí.
 "¿Qué debo hacer?", pienso una y otra vez como si de eso dependiera mi vida, y tal vez lo haga. No tengo ningún súper poder, o poder, ni siquiera tengo alguna capacidad bien desarrollada o algún talento. ¿Entonces qué puedo aportar a este mundo? ¿Qué puedo hacer para acabar con la corrupción, con los abusos de poder, con la esclavitud, con toda la injusticia y el mal que invaden nuestra sociedad? No llegan muchas respuestas a mi mente, y las pocas que llegan son tan diminutas que si las llevara acabo, sus resultados jamás se notarían. En este aspecto soy demasiado codicioso, y eso me lleva a un estado constante de depresión y desesperación, a un auto-desprecio que me obliga a catalogarme como la peor basura sobre esta Tierra (aunque soy perfectamente consciente de que existen personas que son mucho más basura que yo, y basura demasiado tóxica y contaminante).
 No quiero hacer entrar en razón a una persona, quiero salvar al mundo.
 En este mundo hay suficiente riqueza (tanto la real como la económica) para que TODOS los seres humanos vivamos en condiciones aceptables, buenas, e incluso muy buenas, hasta caprichosamente buenas. ¿Por qué tanta gente tiene que sufrir tanto?
 Entonces miro a mi alrededor, a la gente común con la que deberíamos ser compañeros en esta lucha por un cambio extremo, y pienso: "Vaya... ¿a estas personas quiero salvar?". Primero creía que esa estupidez que encontraba en mi entorno era sólo una excusa para no esforzarme, pero no, esas personas no merecen ser salvadas. Veo la forma en que viven, la forma en que se miran y se hablan, la forma en que desquitan su odio a los culpables contra los inocentes... El tiempo corre frente a ellos y no les importa nada de la persona que está a su lado, sólo quieren aferrarse a una felicidad estúpida sin importarle la miseria que provocan o dejan provocar a su alrededor. ¿Y puedo juzgarlos por eso? Claro que no, todos los seres humanos corremos desesperadamente tras nuestra propia felicidad desde que nacemos, pero la diferencia entre ellos y yo, es que yo soy consciente de mi desagradable y ruin egoísmo, mientras ellos a veces incluso llegan a creer que es "amor" lo que los moviliza.
 En esto se centra nuestro problema (el de la gente común), en nuestro deseo insaciable de ser héroes. Queremos ayudar a los demás, queremos salvarlos porque creemos que podemos hacerlo y que ellos lo necesitan. Pero es obvio que nuestra intención real no es hacer bien al otro, sino sentirnos bien con nosotros mismos, poder pensar "hoy he sido de mucha ayuda... hoy mi vida tuvo sentido" antes de ir a dormir. Los seres humanos somos egoístas por naturaleza, y no tiene nada de malo. El problema es que hacemos funcionar de manera equivocada nuestro egoísmo. Si cada uno de nosotros dejara de mirar a su alrededor para hacerse el héroe solucionando problemas ajenos, podríamos dedicarnos completamente a solucionar los nuestros y todos podríamos aferrarnos a la felicidad sin preocuparnos de que los demás no lo logren.
 Las contradicciones que tengo todo el tiempo asustan, pero es realmente como pienso. Y la verdad, nunca sé lo que pienso en serio y lo que sencillamente invento...

sábado, 31 de marzo de 2012

Fragmentos #1

 Estaba sobre una superficie suave y cálida, la más cómoda que jamás había sentido. Tenía sus ojos cerrados y su nariz respiraba una fragancia encantadora que lo hacía sonreír involuntariamente. Cuando el sueño lentamente se debilitó, abrió sus ojos para ver la belleza del misterioso lugar en el que se encontraba, y le mostraron mucha más hermosura de la que habría podido imaginar en toda su vida: A quince centímetros ella relucía sus blancos dientes y la alegría de estar junto a él con una sonrisa fulgurante.
 —Ya despertaste… —le dijo y pasó su mano por su mejilla.
 Sus cabezas estaban recostadas sobre una larga almohada y sobre ellos una gran ventana con una ligera cortina permitía que la luz del Sol haga brillar la blancura de las sábanas y la piel.
 —Elysia…
 —¿Estoy muy despeinada?
 —No, estás hermosa —respondió sin mentir y ella se rió—. Y aún más si te ríes así.
 —¿No tengo mal aliento?
 —Claro que no.
 —¿Mis ojos no están hinchados?
 —Para nada, ni un poco.
 —¿No tengo marcas de saliva?
 —Ninguna.
 —No puedo creerte que sea tan perfecta —le confesó mientras no dejaba de sonreír.
 —Te lo juro. Mírate en mis ojos, no estoy mintiendo.
 —¿Quieres que te diga algo?
 —Me encanta que me digas cosas.
 —Tú estás súper despeinado, tienes mal aliento, tus ojos están hinchados y tienes una marca de saliva ahí.
 —¿Qué? ¿En serio? —preguntó con una sonrisa retraída e incrédula.
 —Claro —le respondió riéndose—, y también tienes un beso aquí —continuó y apoyó sus labios sobre los de él tan tiernamente que casi derritió los escalofríos que hizo correr por su espalda.
 —Por eso te amo, porque haces que amarme a mí parezca fácil…
 —Voy a preparar el desayuno, tú vístete.
 —Gracias.
 —Te amo —le recordó en palabras y luego con un beso.
 —Yo también —y un beso más brotó entre los dos.
 Ella se quitó la sábana de encima y apoyó sus sutiles y pálidos pies sobre el suelo.
 Él observó maravillado cómo las ondas de su cabello caían hacia su cintura, cubierta por un camisón de seda blanco y muy delgado que dejaba ver las líneas de su espalda. Era una mujer perfecta, el tipo de mujer que la imaginación de una persona jamás podría inventar, una maravilla de la naturaleza, una filtración de los sueños de Dios.
 Se esfumó tras la puerta y él se levantó también. Fue hasta el baño y confirmó todas sus imperfecciones en el espejo. En momentos como esos se sentía culpable, sentía que estaba defraudando a Elysia. ¿Qué hacía realmente con ella? ¿Qué tenía él para mantener a su lado a una mujer tan preciosa como ella? La única respuesta que encontró fue “suerte”, “buena suerte”.
 Mojó y enjabonó su rostro hasta que ya no sintió más aquella despreciable grasa facial sobre su frente y nariz, y cuando iba a salir del baño, recordó su aliento y también cepilló sus dientes. Los dejó casi tan blancos como los de ella, pero le era imposible mejorar su forma.
 Finalmente arregló su cabello y luego fue hasta su armario. Tomó una camisa blanca con mangas largas y empezó a ponérsela. Sintió una estremecedora suavidad con cada una de sus células al pasear la tela por su piel, y para terminar abrochó ocho de sus diez diminutos botones.
 Tomó otra prenda de percal, esta vez un pantalón blanco, y mientras sumergía sus piernas en él, se percató de que todas las prendas en aquel armario eran iguales.
 Giraba su cabeza en busca de algún calzado cuando escuchó la voz de Elysia.
 —¡Ya está el desayuno!
 Caminó descalzo por el lustrado y brillante piso de madera, y bajó de la misma forma las escaleras. Entonces se dio cuenta de que no conocía la casa y giró su mirada hacia la izquierda, y encontró la cocina.
 —No, por aquí… —dijo ella y miró hacia la derecha, donde había un gran ventanal de vidrio abierto.
 Tras aquel ventanal se encontraba el “patio”, una pradera verde donde la luz del Sol se posaba a descansar, las flores se refrescaban con la brisa, las coposas y gigantescas nubes se deslizaban con una gracia increíble por el celeste. Pero lo más hermoso de aquel paisaje era sin ninguna duda la mujer del vestido blanco.
 —Estás usando ese vestido… —señaló Iker mientras pisaba el césped y levantaba sus pómulos con una gran sonrisa.
 —Sí, es el vestido con el que nos conocimos.
 Tal como en aquel sueño, el Sol estaba en la cumbre del cielo y su luz podría cegarlos en cualquier momento, pero su calor no era intenso, era simplemente cálido, y sus ojos no sufrían con el resplandor.
 Elysia lo esperaba sentada a una mesa con una silla vacía.
 —¿Qué preparaste? —le preguntó mientras tomaba asiento.
 —Té blanco, tostadas, hay mermelada de durazno y una porción de pastel para cada uno —respondió ella, pero  él no había escuchado nada, había extraviado sus pensamientos, su mirada e incluso sus oídos en lo preciosa que se veía. Su cuello, sus labios, sus mejillas, su nariz, sus hombros, su cabello.
 Jamás existirán palabras capaces de describirla ni una mente capáz de imaginarla. Ella era todo lo que alguien quisiera ver al menos en un sueño. O tal vez debería ser más preciso, tal vez ella era todo lo que él quisiera ver al menos en un sueño, y la tenía justo en frente.
 —Ey… ¿Escuchaste lo que dije?
 —Oh… Lo siento, es que estaba mirándote.
 —¿Mirándome? ¿Qué estabas mirándome?
 —Todo lo que la mesa y tu vestido no evitan que vea.
 —Oh… ¿Y quieres ver más?
 —La verdad que con lo que veo ya es mucho más que suficiente.
 Elysia levantó las cejas e inclinó levemente la cabeza.
 —¿Se supone que eso es un cumplido?
 —No lo sé, es sólo lo que estoy pensando.
 —Dices lo que piensas sin importarte qué es lo que pueda pensar el otro, esa es una de las cosas que opaca tu mal aliento por las mañanas —comentó ella y luego sonrió.
 —Ahora soy yo quien debe preguntar si eso es un cumplido.
 —Te aseguro que lo es.
 Las palabras desaparecieron y los delgados dedos de ella se dirigieron a la pequeña taza de porcelana alvina y la levantaron de la mesa sin hacer ningún ruido ni alterar el té. Dirigió el pulimentado borde hasta sus labios y tomó dos dulces y suaves sorbos.
 —El té está delicioso.
 Él miró la gramilla y luego movió sus pies para sentirla entre sus dedos, para sentir que realmente estaba vivo y que realmente estaba allí. Luego se concentró en sentir en la calidez de la luz solar en su piel, oxigenando sus poros.
 —¿Puedo hacerte una pregunta?
 —Esa es una de las preguntas más estúpidas que oigo diariamente —dijo ella con otra sonrisa.
 —Elysia, basta de bromas. Esta es una pregunta seria.
  Dejó su taza en la mesa mientras su sonrisa se marchaba, y esta vez la porcelana sí hizo ruido al encontrarse a la madera.
 —No quiero que te lo tomes a mal… Yo quiero preguntarte… ¿Por qué estás conmigo?
 —¿A qué te refieres exactamente?
 —¿Por qué duermes junto a mí cada noche y me besas cuando sale el Sol? ¿Por qué el resto del día te lo pasas    junto a mí también?
 Elysia volvió a sonreír y se alegró de que su cara de preocupación no haya durado demasiado y tampoco haya sido necesaria.
 —Me dijiste que basta de bromas.
 —No es una broma, lo estoy preguntando en serio.
 —Pues entonces déjame decirte en serio que es la pregunta más estúpida que he oído en mi vida.
 Miró enfadado a un costado y Elysia lo observó con la misma sonrisa que tiene una madre al mirar a su hijo ofendido porque no quieren comprarle un juguete nuevo cuando su habitación está llena de ellos.
 —Tu boca es la más dulce que he probado en mi vida, y las palabras que salen de ella son las únicas que quiero escuchar; eres el hombre que aparece en mis sueños y que aún continúa ahí cuando despierto; eres el único que ha entrado en mi corazón y lo ha cerrado con trancas y candados, nada más puede entrar ahí, y tampoco quiero que lo haga.
 —Lo que acabas de decir me hace merecerte aún menos —le respondió dirigiendo su mirada al vacío entre el verde y él.
 —¿De qué estás hablando? No se trata de merecer, se trata simplemente de lo que sentimos al ver al otro, al tocarlo, al oír su voz… Te amo.
 —Yo también. Te amo tanto… No quiero decepcionarte… —dijo regresando su mirada a la profundidad y el brillo de sus pupilas
 —Jamás vas a decepcionarme. De ti sólo espero amor, y es algo que jamás dejarás de darme.
 —Tampoco sé si eso es un cumplido o qué…