lunes, 11 de julio de 2011

Día a Día

   Hoy regresaba del colegio con tres compañeros de clase. Dos más que lo usual. Uno de los inusuales me preguntó “¿Qué hacés para divertirte?”. Yo conservé las palabras y me mantuve en silencio. A esa pregunta, la he respondido millones de veces. Finalmente dije “Yo no me aburro. Vivo en un estado de felicidad y diversión constante”. Y es verdad.
   Por supuesto que hay excepciones, y más de las que uno puede imaginarse, pero al menos aquí, en mi pueblo, los adolescentes no soportan estar mucho en sus casas. No entablan demasiada relación con sus padres (o al revés) y en algunos casos, la casa termina siendo sólo ese sitio en el que duermen, almuerzan, cenan y dejan sus pertenencias. Necesitan demasiado de su grupo de pares, de estar rodeados de ruido y movimiento, como si le tuvieran un horrible temor a la soledad y la paz mental… miedo a encontrarse a solas consigo mismos, con su verdadera identidad.
   Quizá por eso no pueden creer que me divierta estando tranquilamente en casa, contemplando el cielo con los auriculares en mis oídos, entregándome a mi más encantadora compañera; o leyendo con total placer las páginas de un libro, que aunque algunos no puedan creerlo, se escribió para entretenernos; o intentando hacer jugar a mis gandules perros, que no se mosquean por más que la comida, pero siempre se amontonan a mi alrededor cuando estoy fuera, sin importarles si los acaricio o no; o escribiendo, sí, no pueden creer que su mayor aburrición me divierta, porque si para ellos hay algo más aburrido que leer, es escribir.
   Y me preguntan una y otra vez, para ver si sigo siendo un “ñoño” o no.
   Pues, yo estoy en la misma situación que ellos. A mí tampoco me divierte su diversión. No me divierte gastar tardes y tanques de gasolina enteros sobre una moto por las mismas calles una y otra vez; no me gusta beber alcohol para conseguir diversión más fácil ni mandarme la parte diciendo que ayer estuve borracho; no me divierte ir a un boliche que tiene una banda de cumbia villera, odio la cumbia villera; no me divierten los lugares bulliciosos y repletos de gente.
   Pero no debe haber confusión, no soy un chico antisocial que se cree superior a los demás ni nada de eso (de hecho, mi autoestima debe ser más baja que la media), sólo siento que no debo forzarme a hacer cosas que no me gustan por el simple hecho de “encajar”. Eso es mentirse a uno mismo y a los demás.
   Cuando las actividades que comparten son de mi interés (por ejemplo, deportivas), voy sin inconvenientes, o incluso cuando me invitan a pasar el rato por ahí bebiendo algo sin alcohol o comiendo. Pero no profundizo mucho mi relación porque en la noche, salen otros métodos de diversión que me aburren.
   Además, tampoco me gusta mucho andar en “barra”, en grupo, prefiero las relaciones más estrechas, entre alguien y yo, y quizá un tercero, y nadie más. Me gusta sentirme a gusto, no llamar la atención. Odio llamar la atención en masa y odio recibir halagos. Soy muy autocrítico.
   Me gusta ser quien soy. Estoy orgulloso de cómo estoy formándome. Es más, (y esto puede parecerles egocéntrico) creo en la reencarnación, y sin importarme todos los defectos que tengo, sueño y pido con todas mis fuerzas ser así el resto de mis vidas… 

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