jueves, 7 de julio de 2011

Las Hojas Del Árbol

Cuando el Sol tiene sus días de timidez y se refugia tras las nubes, es muy posible que el calor lo acompañe en el sentimiento y también se oculte. Entonces es cuando el frío y el viento se vuelven extrovertidos y se convierten en los guías de los días.
En esos días, me agrada colocarme mi campera con capucha y bolsillos de canguro, mis jeans, zapatillas, y salir a pasear por lo gris del cielo y el asfalto. Como es la siesta, y el pueblo en realidad no es muy grande, sólo estamos yo y los dos guías.
Me gusta sentir cómo el viento intenta también guiar mis cabellos y mi ropa al caminar. Me gusta soñar e imaginar que estoy en algún lugar lejano como Inglaterra, Irlanda, o Suecia.
Paseo esencialmente para soñar ese viaje anhelado a un sitio totalmente desconocido y fantástico, pero también con la esperanza de encontrarme algo onírico frente a mí, algo que destruya la monótona rutina y se convierta en una historia que todo el mundo quiera oír.
Me detengo frente a un árbol raquítico, con un tronco firme y muy áspero, lleno de surcos, que se dividía en ramas que se dividían en más ramas que se convertían en gajos quebradizos sin ni una sola hoja en ellos. Parecía un cadáver, pero cuando el Sol reapareciera, seguro volvería a recobrar sus hojas. Mientras tanto, todas ellas estaban tendidas a sus pies, y yo estaba pisando algunas.
El viento las revolvía, las hacía girar y volar, les daba las falsas esperanzas de poder volver a su compañero, que las había cobijado y dado vida. Regresaban al suelo frustradas tras romperse en el aire sus sueños, y se volvían un poco más quebradizas.

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