domingo, 2 de octubre de 2011

Una Taza de Té en la Tarde

El Sol atravesaba tan sutilmente aquella ventana que no podía esperar a salir de la cocina y al fin bañarme en sus gotas de luz. Observaba de reojo el agua mientras esperaba que el calor de la hornalla debajo de ella la abrace completamente y con una cucharilla volcaba los granos de azúcar dulcemente en el centro de la taza.
El agua empezó a explotar en drásticas burbujas y la separé de la hornalla, para colocarla en la tetera.
Las tazas, la tetera y las porciones de pastel en sus platos, las coloqué sobre una fulgurante y delgada bandeja plateada.
Caminé en la verde gramilla y los haces del Sol impregnaron en la porcelana y el metal, así como en mis pupilas y mi piel.
Sin embargo… en la mesa de mi jardín, había algo mucho más brillante. Tú.
Con las piernas cruzadas debajo de aquel vestido blanco que multiplicaba el resplandor del Sol, esperabas con una sonrisa tu aperitivo de la tarde. Mientras relajaba la bandeja en la mesa, el roble nos ofrecía la sombra y la relajante música de las aves.

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