martes, 18 de octubre de 2011

Yo Tampoco Quería Que Te Fueras Tan Temprano

   Nunca me gustaron las fiestas. No estoy de acuerdo con estar rodeada de gente a la cual desconoces y tener que sonreírles falsamente a todos. Algo más triste que una sonrisa no correspondida es una sonrisa correspondida falsamente. Tampoco con tener que soportar las críticas de los otros invitados, sus susurros a tus espaldas y sus dedos índices difuminados en lo que ellos creen es una disimulación.
   Pero esa misma tarde comencé a ducharme, porque si aunque sea mi cuerpo no estaba en esa fiesta, no podría alcanzar mi objetivo. Me encerré en un vestido celeste y ajustado, y me recogí mis rizos en un rodete, liberando mi nuca, anticipando el calor de la sala. Pinté mis uñas y mis labios de un rosado casi imperceptible, y dejé mis dedos libres en unas sandalias también celestes.
   Y entonces, las ganas de salir corriendo me hicieron darme cuenta de que ya estaba en la fiesta. Unos segundos más tarde, las sonrisas falsas ya comenzaron a brotar desenfrenadamente en mi rostro y en los de mi alrededor. Estaba terriblemente encerrada entre muros de falsedad, propios y ajenos.
   Pero algo inesperado sucedió, la sinceridad. Una sola gesticulación impulsada por verdad y simpatía genuina bastó para derrumbar y convertir en escombros a los muros de falsedad. Esta vez, mi corazón fue el que soltó una sonrisa a mi rostro, y no la obligación. Me di cuenta de que mis ojos brillaban porque eran ellos mismos los que encandilaban mi vista.
   Ya no pude dejar se sonreír. Un maravilloso calor, más maravilloso que el calor del verano, se apoderó de mis pómulos y me dejó sentir mi sonrojado. Desde unos centímetros más arriba, tú tampoco dejabas de sonreír, y eso me hacía sonreír aún más.
   Extendiste tu mano y me miraste como diciendo “He venido a rescatarte de esta mentira… he venido a llevarte de nuevo a la realidad”, y por primera vez vi lo encantadora que es la realidad.
   Antes de que cualquiera de los dos pueda hablar, así como me había hecho llegar temprano, la obligación destruyó el momento y me hizo alejarme de lo único verdadero de aquel lugar, para regresar a casa. Pero la sonrisa y el rubor ya habían impregnado permanentemente mi rostro esa noche, nadie podría quitármelos.

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