miércoles, 3 de agosto de 2011

Dentro De La Cueva

   Yo soy un cavernícola atado a un poste en el fondo de una cueva ajena. Fui apresado, amarrado y arrastrado hasta lo más profundo de su oscuridad y humedad, ahora me he fundido en la penumbra y se han olvidado completamente de que estoy aquí. No les importo. No les sirvo para nada, ni siquiera se burlan de mí ni tampoco me utilizan como método para descargar sus frustraciones y odios, soy la sombra que crea la oscuridad cuando no la alumbran.
   Mantengo mis párpados separados, esperando que alguien me hable, me insulte, me mire o haga algo para llamar mi atención, lo que sea, pero nada, no ocurre nada. Con las horas, el cansancio y el sueño ganan peso, y finalmente mis párpados ya no pueden resistirlos más. Caen.
   Sí, para un prisionero al cual han abandonado, se estima como mucho un mes o un mes y medio de vida, pero mi caso es distinto. Cada vez que abro mis ojos, veo cómo la tenue luz de la entrada alumbra una porción de comida y un pequeño tronco hueco con agua. También tengo mis manos desatadas, y es imposible evitar pensar algo como “Vaya, en realidad no me han olvidado…”, pero estoy seguro de que ninguno de aquellos eslabones se ha tomado el trabajo de compartir aquello conmigo. ¿Por qué no me desato los pies y escapo? Porque no importa cuán solo sepa que esté, también se me hace imposible evitar sentir esa introvertida respiración detrás de mí, esperando el movimiento de mis manos para aplastármelas con algún tronco escabroso.
   A veces logró escuchar la lluvia en el exterior, y entonces sé que dentro de unos minutos, una pequeña rajadura del terreno que hace de techo destruirá mis nervios arrojándome cada contados momentos una pequeña gota de agua sobre la cabeza.
   Vuelvo a dormir, y en los sueños, mi pequeña comunidad eleva sus lanzas de ramas y rocas, su corazón, su alma y su valentía, y corriendo sobre la hierba mientras se anuncia con graves gritos, viene en busca de mí, para atravesar los pechos y cortar las enredaderas que me convierten en un indeseable cautivo. Cuando se acerca el final, todos están juntos bajo el Sol, yo estoy nuevamente bajo ese Sol, estallamos en un grito de alegría, y la realidad vuelve a caer sobre mí con la forma de esas malévolas arañas que siempre están presentes, en cada amanecer, para morder mis pies. Y mis manos vuelven a estar amarradas.
   Nunca he sido el animal más pulcro del ecosistema, pero ahora estos cueros que visto ya han contaminado mi piel, y así como las moscas y la desesperación, parece que nunca más podrán apartarse de mí.
   Tengo mi piel toda resquebrajada por la sequedad, la tierra, el frío, y las fricciones. En ella se crean profundas canaletas grisáceas, y algunas incluso dejan fluir la sangre por ellas. Mi piel arde como si estuviese siendo consumida por invisibles llamas de fuego.
  Todos mis cabellos se han unido para formar una fuerte y resistente masa. A veces, para entretenerme, golpeo esa masa contra mi tronco, moviendo la cabeza de arriba a abajo, y los choques suenan como si ambos fueran robustos trozos de madera. Otra cosa que hago para divertirme, es recolectar tierra del suelo con el rasgar de mis largas y gruesas uñas (cuando me permiten tener las manos desatadas), y luego empiezo a limpiarlas. Podría decir que ése es mi juego favorito. Y lo siguiente sonará increíblemente masoquista, pero mi otro método de diversión es raspar mi espalda contra todas las asperezas del tronco. Así, me provoco una pequeña picazón, y continúo raspándome más fuerte para rascarme, y se forma más picazón, y así continúa el ciclo hasta que el dolor de mi carne hace peso en mis párpados y termino en un estado de relajación y éxtasis, el cual culmina en el sueño.
   Y cuando por alguna razón me despierto y siento que me sobra algo de energía, toso un poco y comienzo a soltar gritos desde el fondo de mis pulmones y de mi estómago. A veces grito “Ayuda”, otras “Estoy aquí”, y otras “Que alguien me hable”, pero la mayor parte de las veces, sólo grito.

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