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viernes, 1 de noviembre de 2013

Tratarnos Bien

  Voy a concederme el capricho de escribir las siguientes palabras con la soberbia de creer que son la verdad universal de esta realidad, porque necesito hacerlo de esa manera para sacar de mí algunas pesas agobiantes.
  No tenemos ni la más cercana idea de cuán sensible es una persona, de cuán frágil es su mente, y de cuánto pueden vulnerar a su estado de ánimo los factores externos. Y no importa si esto es así por causas hormonales, por procesos físicos, químicos o fisiológicos en nuestro cuerpo, por un creador que así lo quiso, la cuestión es que es así, y por eso, lo que debería ser lo verdaderamente importante es el intentar no dañarlas, no dañarnos.
  ¿Cómo nos tratamos entre las personas? Creo que ahí radica el verdadero problema de la humanidad, esa es la raíz de todo. ¿Cómo pretender convencer a alguien de cuidar a los otros animales o al medio ambiente, si ni siquiera se preocupa por los que considera sus pares más cercanos, o incluso tampoco por sí mismo?
  No conocemos a las otras personas, porque alrededor de cada una de sus palabras, de sus acciones, de sus gestos, de sus creencias, hay toda una red de cadenas de experiencias, de recuerdos que fueron acumulándose a lo largo de toda su vida, y que además fueron construyéndose según la propia manera de reflexionar de cada uno. Por eso jamás podremos comprender qué pasa en la mente de los demás, o por qué, o cómo. Debido a esa incomprensión es que debemos ser cuidadosos, porque no sabemos qué mínima palabra, expresión o gesto que llevemos acabo podría anudar o desanudar de manera peligrosa esas cadenas de pensamientos, así como también podría hacerlo de manera beneficiosa. Los sentimientos dependen mucho de esos pensamientos, y la salud depende mucho de los sentimientos. Creo que cosas como los gritos, los comentarios sarcásticos o burlones, y las verdades en estado bruto son las maneras más peligrosas de tratar a alguien. Cualquier falta de respeto también es peligrosa.
  Cariño. Suavidad. ¿Qué tanto nos cuesta comprender esas palabras, y el impacto que podrían tener en el mundo, en las personas que nos rodean, si llenáramos nuestras acciones con ellas? Ni nos imaginamos cuánto más llevadero podemos hacer el día de alguien con una simple sonrisa al cruzarlo en la calle, o con un pequeño cumplido (siempre sincero) o reconocimiento a cualquier virtud que demuestre, por pequeña que sea. A veces las personas hacen muchas cosas buenas o bien, y que alguien se los reconozca es como darle un poco de energía nueva para que continúen así, o incluso para que mejoren; muchos pueden rendirse si ven que nadie parece darse cuenta de lo que hacen, porque así reciben la sensación de que no están haciendo nada útil.
  No estoy hablando de alabanzas y adulaciones, sino de respeto, amabilidad, y sinceridad. Si pensamos algo bueno de alguien, si alguien significa algo para nosotros, ¿por qué no hacérselo saber? Tal vez no lo necesite, pero tal vez sí, y tal vez no le importe, pero tal vez le haga bien, y fuese como fuese, de cualquier manera sí nos haría sentir bien a nosotros expresarlo.
  Tratarnos bien. Intentar no lastimarnos, o lastimarnos lo menos posible. ¿Tan difícil es? Realmente sí. Quizá no estemos preparados para actuar de esa manera, pero aún si nuestro cuerpo y nuestra mente estuvieran diseñados para sobrevivir sin importar la supervivencia del otro, ¿por qué no cambiar eso? ¿Dónde está el libre albedrío del que tanto nos enorgullecemos si en realidad nunca contradecimos a la naturaleza? Quizá tratándonos bien no necesitemos muchas otras cosas, y la ciega avaricia que gobierna a tantas personas hoy no nos llenaría de problemas a nivel mundial.
  Yo no sé lo que piensan los demás, pero aún si somos sólo dos o tres "tontos" los que queremos vivir así, aún si soy yo el único "idiota" que quiere dejar la menor cantidad de "mierda" posible al pasar por este mundo, voy a esforzarme por lograrlo, porque quisiera que este mundo fuera un sitio mejor, y esa es mi manera de transformarlo, o en otras palabras, mi patético "granito de arena" para intentar mantener satisfecha a mi conciencia.

sábado, 26 de octubre de 2013

Quiero Pedirte Algo

  Ahora que estás aquí, a algunos centímetros frente a mí, con tus ojos distraídos absorbiendo mi mirada hasta el punto de desligarme de este mundo en el que estoy (o eso parece), mientras reflejan las nubes grises más allá del vidrio, e incluso la fría carretera por la que pasan los vehículos y sus ruidosas ráfagas, quiero pedirte algo, algo que necesito, quizá el algo que más necesito, y es que me lleves. No sé si es cerca, si es lejos, si es complicado llegar o si es imposible, pero quiero intentarlo. Llévame donde el viento pueda arrastrar hasta mí ese aroma que se esconde en tu cuello, bajo tu cabello; donde tus manos alcancen las mías y las aprieten con fuerza, como prohibiéndome cualquier intento de partir; donde tu voz flote en el aire para que el silencio no me aturda y el escándalo no me altere, formando las palabras de paz y ternura más convincentes del mundo, irrefutables; donde al cerrar los ojos pueda seguir viéndote, reconstruyendo en mi imaginación cada uno de tus encantos y de tus lindas imperfecciones mientras siento el calor que viene directamente desde ti cuando le muestras tu piel a mi piel; donde tu respiración renueve y oxigene también mi propia sangre al ingresar por mis oídos; donde pueda ver el mundo que queda atrapado en la humedad de tus ojos para luego escapar con la forma del brillo que más me gusta; donde pueda hablarte sin tener que desconfiar de si la luna te hace llegar o no mis palabras, o más importante, mis sentimientos; llévame a ese lugar hermoso que a veces es el mismo y a veces es distinto, pero siempre está a tu alrededor, recibiendo la bendición de tu compañía; llévame a donde estás o a donde quieras ir; llévame a donde vayas; llévame contigo.
  Por favor.

viernes, 19 de julio de 2013

Abrazos Gratis

  Desde el momento en que vi por primera vez un video de un chico parado en medio de la ciudad, sin trasladarse mientras a su alrededor docenas de personas simplemente lo esquivaban, tal vez sin siquiera percatarse de que era una persona, quise hacerlo. Él tenía sus brazos elevados, y en sus manos sostenía un cartel muy simple que decía "Free Hugs" ("Abrazos Gratis", en español). Me propuse hacer lo mismo, a ver qué se sentía en la experiencia. Sin embargo, pensaba hacerlo recién el año que viene, cuando me marchase a la ciudad, pero hace unas semanas, hablando con una compañera de clase (creo que ella no se sentiría cómoda si le digo "amiga", pero yo soy su amigo), ella me dijo que alguna vez le gustaría hacerlo también, y que alguna vez definitivamente lo haría. Yo aproveché la oportunidad y la invité a que lo hiciéramos juntos (la vergüenza que produce la timidez es menor cuando se comparte; es más llevadera que tener que cargar con toda tú mismo, creo). Hoy, viernes 19 de julio (2013), finalmente lo hicimos.
  Salí de mi casa a las 8:55 de la mañana, porque a las 9 debíamos encontrarnos en la plaza. Llevaba mi pequeño cartel enrollado en mi bolsillo canguro, y realmente no quería hacerlo. Tenía mucha, demasiada vergüenza de caminar por la calle, en frente de la gente, con aquel cartel extendido entre mis manos. Anduve por la plaza deseando que ella no se atreviera a venir, y cuando estaba a punto de regresarme con el estómago dado vuelta por la inseguridad, ella apareció en una esquina, a las 9:10. Entonces no hubo remedio, porque debía cumplir con el trato. Tuve que enfrentar mi miedo, pues, al fin y al cabo, era algo que tenia muchas ganas de experimentar.
  Desdoblé mi cartel tomando un poco de la valentía que ella dejó ir al desdoblar el suyo, y empezamos a caminar, cada uno por un lugar diferente. Aunque es un pueblo pequeño, no demoré en cruzarme con la primera persona: era un hombre ya anciano, alto, de rostro serio; noté que leyó mi cartel, y al instante desvió la mirada, su rostro se hizo más serio y agachó la cabeza para encender un cigarrillo. Estaba claro que no iba a abrazarlo. La siguiente fue una mujer anciana, que me saludó con expresión seria y siguió camino. Después me crucé con dos jóvenes, un chico y una chica; él leyó mi cartel y se sonrió, y en seguida le dijo "dale, abrazalo, dale un abrazo al chico", pero ella se negó.
  Cuatro personas y ningún abrazo, pero finalmente, incluso cuando estaba a unos treinta metros, supe que la quinta persona me abrazaría: era una chica de aproximadamente mi edad, tal vez un poco menos, que vio mi cartel y empezó a reír. Su timidez casi la hace pasar de largo, pero a último momento me atreví a preguntarle directamente "¿querés un abrazo"?, y ella dijo "bueno" torciendo la cabeza, y entonces, al fin, tuve mi primer abrazo de la mañana (la cual por cierto estaba muy fría, ideal para abrazar). Desde ese momento hasta ahora, no he perdido la sonrisa. Vaya, qué incontrolables ganas de sonreír me quedaron después de ese primer abrazo. Supongo que ese es el fin principal de la experiencia: alegría en estado puro, genuina, casi infantil, que parece no tener ningún sentido.
  Luego me crucé con más personas, pero ninguna me abrazó. Una de ellas, al ver mi cartel, se cambió de vereda. Después acerqué a unas mujeres que estaban limpiando una iglesia y les ofrecí un abrazo: una de ellas se rió mucho, pero la otra me miró seria y me preguntó "¿para qué?", y casi sin detenerse a escuchar mi respuesta ya se alejó.
  En fin, los únicos abrazos que recibí fueron los de aquella chica y el de Noe, mi compañera de dar abrazos, que ciertamente tuvo más suerte, y dio como diez. Pero no se trata de "recolectar" abrazos o algo así, sino simplemente de dar los tuyos, y recibir otros a cambio. Mis dos abrazos son todo lo necesario para alegrarme el día.
  Volveré a repetir la experiencia cualquier día de estos. Vale la pena hacerlo, se pasa un momento muy lindo.


martes, 21 de mayo de 2013

Primera...

  Me gustaría atesorar para siempre momentos como este, con el cielo cubierto de altoestratos y una brisa fría entibiando mis cálidas mejillas; con tu cuerpo a centímetros del mío, y nadie más a nuestro alrededor; con tus ojos brillando hacia los míos desde un poco más abajo; contigo sonriéndome como si fuera el chico más especial del mundo. Quisiera guardar el sonido de tu voz y cada una de sus palabras, con su entonación y duración exactas, para revivirlas cada vez que me sienta abandonado o perdido, o cuando simplemente desee un poco de felicidad. Pero mi mente es frágil, y sé que el tiempo irá erosionando lentamente estos recuerdos, moldeándolos a su gusto e incluso desarmándolos por completo, dejando a penas algunos fragmentos. Además, mi mente también es débil, y jamás logrará revivir todas las sensaciones que en este momento recorren mi cuerpo y que no parecen tener mucha lógica o sentido, pero sin ninguna duda me llenan de felicidad.
  Sí, me encantaría guardar este momento en una cápsula o en un pequeño frasco, y tomármelo o abrirlo luego, para llenar otra vez mi mundo de ti. Eso, o sencillamente congelarlo; continuar caminando y avanzando, pero estando siempre a la misma distancia de aquella esquina que se encargará de separarnos, porque al decirte “Hasta mañana”, sé que todo esto que siento se desplomará en mi interior, y aunque tardaré algunos minutos en darme cuenta, finalmente mi sonrisa se desvanecerá.
  Pero aún así, al regresar a casa, algo lograré rescatar de entre los escombros, y cantaré un par de canciones, porque no sé, me das ganas de cantar. El canto es la forma en que canalizo esa alegría tan pura, genuina e intensa que me produces.

  PD: Me encanta que te asombre todo lo que para mí es tan normal…

domingo, 10 de marzo de 2013

Elella

Él conduce su bicicleta por entre los edificios de la ciudad, intentando disminuir aunque sea en un puñado el óxido de nitrógeno, el monóxido de carbono y el benceno que dominan el aire sin que a nadie parezca importarle. Mientras pedalea con una expresión cansada en el rostro, observa cómo las formas de los edificios van cambiando, y en cada esquina debe regresar al menos uno de sus pies al suelo, porque todos los semáforos lo detienen con su luz roja. Piensa que sería muy reconfortante ver a alguien más andando en un vehículo pacífico para la naturaleza, pero sólo ve carcasas metálicas en cuatro ruedas. No está seguro de si aquel frío y aquel cielo tan gris sobre su cabeza se deben al invierno o en realidad a la contaminación, que los ha separado completamente del Sol.
Ella lleva ya más de una hora caminando, y sus pies suplican un descanso con una extraña sensación de hinchazón. Además, su estómago parece ya no estar dentro de sí, y eso significa que su sistema digestivo está sin trabajo desde hace bastante tiempo, y es hora de darle algo de comida para digerir y transformar. Transita el centro de la ciudad, reflejando su imagen en cada vidriera  que cruza, sin importar qué intenta vender, o si está en oferta o liquidación. De vez en cuando roza sus hombros y brazos con alguna otra persona apurada, y se pregunta si toda esa gente que fluye a su alrededor como canicas que fueron lanzadas desde un tarro realmente la ven y fracasan en el intento de esquivarla debido al poco espacio con el que cuentan para maniobrar o simplemente ni siquiera se percatan de su presencia, y terminan atropellándola. Hace ya bastante tiempo que se siente atropellada, y con el invierno haciéndose cada vez más fuerte, también empieza a sentirse congelada.
Él sabe que aún le falta mucho para salir de todo el ajetreo del centro, y siente que los autos repentinamente han empezado a confabularse para imposibilitarle todo avance, así que se trepa a la sobre poblada acera y se baja de su bicicleta con la esperanza de que en unos minutos la situación se calme, aunque sabe que no será así. Mira a los autos aparecer y desaparecer en la esquina, y a la gente empujarse para llegar un poco más deprisa a su destino. Mira su reloj y se pregunta si tiene algún problema, porque a todas las personas a su alrededor parece faltarle tiempo, pero él a penas es capaz de notar que las manecillas se mueven. Quiere saber si hay algún problema en él, o si en realidad es el mundo el que está siendo acosado por las confusiones. Sólo quiere volver al pequeño y desalineado apartamento que alquila en los lejanos suburbios, aún cuando sabe que nadie estará esperándolo. Lo frustra ser consciente de que tiene un lugar donde dormir, pero está muy lejos de conseguir un hogar.

Ella empieza a sentir que desea la comida más como un método de distracción para su mente que como un alimento para su cuerpo, y encuentra una gran vidriera colorida, con pasteles, chocolates, y letras de exagerada alegría, la cual le parece de mal gusto en este momento. No sabe exactamente qué es el vacío que siente, pero tiene bien en claro que necesita llenarlo con algo más que comida. Aún así, entra en aquel lugar, un acogedor restaurant-pastelería que parece querer asfixiar  a los clientes con una hogareña fragancia a café y chocolate calientes. De algún modo, es reconfortante entrar allí, y no se arrepinte de su decisión. Se sienta a una de las mesas con elegantes pero joviales manteles blancos a líneas celestes y rojas, y es atendida rápidamente ­–eso la hace sentir su propia existencia, aunque sea por un momento­–. Después de pedir su capuccino con bizcochos dulces, toma el celular y llena sus húmedos ojos con la luz del aparato. Busca en la agenda a su amiga, la única que ha sobrevivido al paso del tiempo, porque necesita hablar con alguien, pero el cliente se encuentra fuera de servicio. Sin embargo, es ella quien se siente sin cobertura telefónica, aislada en algún sitio olvidado de la Tierra, o quizás aún más lejos.

Él piensa en que se ha pasado las últimas siete horas absolutamente solo, sin intercambiar ni una palabra con nadie, y se pregunta si en realidad no es mejor así, porque cada vez que habla con alguien, se siente un poco más perdido. Los demás nunca dicen lo que a él le agradaría oír, y eso es frustrante cuando se repite y se repite sin ninguna excepción en el medio. Sabe que tiene que distraerse antes de que su mente siga procesando pensamientos amargos, y se llene el día con sensaciones indeseables que ni siquiera una remozante ducha caliente podrá quitar. Entonces ve que al otro lado de la calle, más allá del frío concreto, del terso metal de los coches y del ruido de toda la gente, hay una vidriera que parece encerrar un acogedor lugar, con la compañía de chocolates y bebidas calientes. Empieza a pensar en la posibilidad de tomarse un capuccino con bizcochos dulces mientras espera a que el tiempo pase, pero teme no tener dinero suficiente en su bolsillo, y además se siente tan repentinamente desalentado que no cree poder dar tantos pasos seguidos todavía, y terminaría deteniéndose en medio de la calle, para que un coche lo enviara al hospital.

Ella recibe su capuccino, y aunque el primer sorbo parece hacer efecto directamente en su espíritu y su mente, con el segundo, los deseos de hablar con alguien regresan y crecen. Casi desesperada, comienza a pensar en que podría sentarse junto a aquel anciano que lee el periódico solo con una porción de torta de vainilla aún sin probar frente a él. Sin embargo, sabe que nunca ha sido extrovertida, y aún menos en la cantidad necesaria para sentarse sin razón aparente a charlar con un desconocido. Así que se queda allí, sola, con la cabeza agachada y algunos flecos de su cabello cubriendo su rostro, con las manos y los dedos aferrados a la caliente porcelana, introduciendo cada sorbo de capuccino con exagerada lentitud, masticando cada diminuto bocado de bizcocho como si planeara no tragárselo nunca. Siente que si disminuye sus movimientos, sus pensamientos también se verán afectados, serenándose. Con su cuerpo y sus pensamientos tan quietos, cree que ella misma podrá desvanecerse en aquella amalgama de primorosas y afables fragancias.

Él siente que la temperatura desciende, complicando principalmente la tibiez de sus dedos y su nariz. Aquella pastelería se ve cada vez más sugestiva, pero en el fondo sabe que un poco de calor y sacarosa no harán nada por su vida, ni por el horrible tráfico, sólo entretendrán a su paladar y lengua durante algunos minutos, además de vaciar su billetera. A pesar de todo, la tentación parece vencerlo, y termina torciendo sus cejas, enfadándose consigo mismo. ¿Por qué debía ser tan pesimista? ¿Por qué debía tomarse todo tan dramáticamente y pensar que si algo no volteaba su vida al revés no valía la pena? Tiene frío y no ha comido en horas, esas son razones más que valederas para cruzar el asfalto y entrar en aquel lugar. Con su enfado otorgándole motivación, tranca la rueda de su bicicleta usando un candado y finalmente camina hasta la otra acera cuando el semáforo se lo permite; entra a la pastelería, y aunque la había considerado una actividad intrascendente, el simple y amable tintineo de una campanita al abrir la puerta lo obliga a sonreír con delicadeza.

Ella levanta la mirada cuando escucha el agudo tintineo de la campanita en la entrada del local. Un nuevo cliente apareció, pero eso no influye en ningún sentido sobre ella. Continúa bebiendo su sorbo a sorbo y suspirando, lanzando una mirada de vez en cuando a aquel anciano con el periódico. Súbitamente, como si su subconsciente se lo hubiese ordenado, mientras el nuevo cliente se sienta a nada más que una mesa de ella, deja el capuccino en la mesa y saca su billetera del bolsillo, y de uno de sus pequeños compartimentos, uno que es casi secreto, retira una fotografía. En ese trozo de papel, aparece tintada una porción importante de su pasado, que aún se mantiene aferrado a su presente a través de los recuerdos, y se niega a soltarse completamente de ella, ocasionándole algunas ingratas horas de desvelo y una permanente sensación de que ha sido abandonada en medio de la nada, sola. Y además, de vez en cuando, llena de lágrimas sus ojos.

Él hace su pedido a la simpática camarera, sintiéndose muy agradecido hacia ella, ya que aunque era su trabajo, lo había tratado con más amabilidad de la que podía exigir. Con una sonrisa imperceptible en su rostro, mira hacia el frente, encontrándose con una joven muchacha una mesa vacía más allá. Se ve taciturna, pero no piensa en eso, y gira su cabeza para ver a través de la gran ventana. Rápidamente se da cuenta de que al otro lado del cristal yace el mundo causante de que buscara refugio en el interior de la pastelería, y evita volver a mirar hacia allí durante el resto de su visita. Casi no ha pensado en nada cuando su capuccino y sus bizcochos llegan. Tras darle las gracias a la camarera, dedica unos instantes a observar e inhalar el cálido aroma de su comida antes de empezar a llevarla a su boca.

Ella llena su deslucido presente con recuerdos brillantes que empiezan a asfixiarla mientras mira aquella fotografía, y se confunde: cree que de repente la atmósfera del local se ha vuelto densa, y debe tomar aire utilizando más fuerza que la usual. El cansancio en sus pies se ha ido y siente que fue un error haber entrado en aquel lugar, haberse sentado y también haberse bebido un poco más de la mitad de la taza, y comido nada más que dos de los seis bizcochos. Ahora siente que lo que en realidad necesita es seguir caminando. Se pone de pie, deja el dinero de la paga bajo su taza sin terminar, y temiendo que pueda volver a acosarla, decide abandonar la fotografía en la mesa, saliendo velozmente del lugar.

Él, de manera distraída, mientras bebe su primer sorbo, ve que aquella retraída chica se pone de pie y la sigue con disimulo usando sus pupilas, hasta que desaparece tras su hombro. Cuando escucha la puerta abrirse y cerrarse junto al tintineo de la pequeña campana, regresa la vista al frente. Le toma unos instantes, pero nota que la extraña muchacha que nunca antes había visto en su vida ha dejado un papel en la mesa. Él apoya unos instantes su taza, y sin soltar el asa, da unas miradas a su alrededor, para verificar si alguien más se ha dado cuenta de eso. Ni los empleados ni los clientes parecen haberlo notado, así que siente que es su deber ponerse de pie, y lo hace. Camina hasta su mesa y toma la fotografía. La mira unos momentos, y no está seguro de si aquella bonita muchacha sonriente con flequillo hacia un lado que aparece junto a un joven es la misma que se marchó tan apresuradamente hace unos instantes, pero piensa que podría ser un recuerdo importante para ella, así que sale de la pastelería a una velocidad aún mayor que la utilizada por ella.

Ella sale cabizbaja, y podría decirse que atolondradamente de la pastelería, golpeando alguno de sus hombros o uno de sus brazos contra el de alguien más cada ocho o diez pasos. Siente que mientras más se aleja de la fotografía, más cerca está de olvidar todos los recuerdos que esta representa. Casi no se da cuenta del viento frío que golpea todo su rostro y su descuidado cuello, lanzando sus cabellos hacia atrás, y no puede ni estar cerca de pensar en la posibilidad de que en unos días, aquello desemboque en un cruel resfriado lo suficientemente grave para dejarla en cama un tiempo. Pero poco le importaría, porque tal vez el sano y depurador calor de una preocupante fiebre sea capaz de limpiar también todos aquellos sentimientos tan degenerativos y desoladores. No es demasiado ambiciosa, o tal vez sí, porque todo lo que desea es poder traer al presente de una vez por todas aquel pie rebelde que aún pisa con firmeza el pasado.

Él regresa a la sofocante acera y tuerce cuello y cintura en búsqueda de la olvidadiza joven, en medio de aquel mar de gente. Sólo ve sacos y sobretodos oscuros o pálidos, y rostros aún más desconocidos que el que busca. Da algunos pasos hacia la derecha. Luego a la izquierda. No se rinde, y en cuestión de segundos, ve una sospechosa cabellera castaña que se agita, y está seguro de que es ella. Está a unos cuarenta metros, y ni siquiera se pregunta cómo fue capaz de distinguirla, simplemente le grita que se detenga, aunque sea inútil a causa de los estentóreos rugidos de la ciudad. No le quedó más alternativa que empezar a correr hacia ella para alcanzarla. No sabía por qué se esmeraba tanto en devolver aquella fotografía, pero era una buena distracción: ya había dejado de pensar en todas esas cosas frustrantes que dominaban su mente hace unos minutos.

 Ella dobla en la esquina para no tener que esperar a que el semáforo le otorgue su turno de cruzar la calle, y se acerca un poco más a su casa. De repente tampoco quiere caminar, quiere llegar a su habitación, poner su música favorita lo más fuerte posible antes del nivel en que pudiera molestar a sus vecinos y recostarse en su cama por varias horas, o tal vez días, o quizá para hibernar, y salir cuando aparezca la primavera nuevamente. Mira hacia arriba y se asombra de lo influyente que puede ser un día frío y un cielo grisáceo para su ánimo: ambos empeoraban la nostalgia y la soledad que sentía. Para pensar en otra cosa, aunque no la consuela, se pregunta si habrá cerrado bien las ventanas, ya que de no ser así, el viento podría haberlas abierto, y ahora incluso su epicúreo refugio estaría tan helado como el resto de la ciudad, y como sus dedos con uñas violáceas.

Él todavía la sigue. La tarea se ve sumamente complicada, ya que la gente es como una gran masa que debe atravesar con sus piernas cansadas. Atropella a más personas que con las que puede disculparse abstraídamente, y se gana malas miradas con cada paso que hace. Pero no se da cuenta de nada de esto, él mira fijamente la cabellera castaña clara. No puede darse el lujo de perderla de vista. Esto se ha vuelto una especie de desafío para él. Dobla la esquina. Se está acercando lentamente, pero si apresura sólo un poco el paso, tal vez la alcance antes de llegar a una nueva intersección. Retoma la táctica de los gritos, pero no sabe su nombre, así que utiliza frases como “oye tú” o “la del cabello castaño” o “la de la pastelería”, pero aunque algunas personas se voltean a mirarlo, ninguna de ellas es la joven de la fotografía.

Ella llega a una nueva esquina y esta vez debe ser paciente y esperar al semáforo, porque si vuelve a doblar evitando la calle, sólo se alejará de su casa. Sigue avanzando varias cuadras con la cabeza agachada, caminando más rápido de lo que cree, hasta que finalmente se aleja del trajín del centro de la ciudad, y circula por aceras más despobladas. De repente, tiene la sensación de que una voz está llamándola, y su rostro se llena de preocupación, preguntándose si aquella depresión no ha pasado a convertirse en un estado depresivo que puede empeorar en cualquier momento para llenarla de alucinaciones. Está realmente mal. Tiene miedo de que súbitamente aparezca frente a sus ojos el espejismo de lo que quiere olvidar, y la siga hasta su casa. Necesita hablar con alguien aún  más que antes, así que hace un nuevo intento para comunicarse con su amiga. Fracasa.

Él no llega a tiempo y debe esperar al semáforo para cruzar la calle que la joven ya ha cruzado. Mueve sus piernas impacientemente, como si esos pasos que hace una y otra vez en el mismo sitio pudieran acercarlo un poco o aceleraran el paso del tiempo. Con la luz verde sale disparado al igual que un atleta en una carrera, pero pronto la gente vuelve a forzarlo a descender la velocidad. ¿Qué hará si no la alcanza? ¿Tirará a la basura la fotografía? No, aunque son mínimas, hay posibilidades de volver a cruzarse con ella, y entonces podrá devolvérsela. Desde hoy debería salir siempre con la fotografía en alguno de sus bolsillos, por las dudas. Pero ahora también se pregunta si vale la pena devolverla; es decir, hoy en día, con las cámaras digitales, las personas tienen centenares de fotografías similares, y seguramente esa muchacha tiene unas cuantas parecidas a esa en su casa. Rápidamente se deshace de ese pensamiento, porque si la llevaba con ella, debe de tratarse de una fotografía especial, más allá de parecerse a otras o no. De pronto se aleja del centro y la gente ya no es un obstáculo, pero ella continúa sin escuchar sus llamados. Debe aumentar su velocidad, ahora sólo es una cuestión de tiempo.

Ella se sorprende hasta llegar al susto, porque alguien toca su hombro. Salta sobre sí misma y gira su cuello como si tiraran su cabeza hacia atrás. Es un muchacho joven, de aproximadamente su misma edad. Se calma cuando se percata de que lo ha visto antes en alguna ocasión, y frunce el ceño con confusión y escepticismo cuando piensa que es el cliente que entró después de ella a la pastelería. Él, agitado, le muestra la fotografía, y ella abre sutilmente la boca, dejando caer con asombro su labio inferior. Le explica que la viene siguiendo de hace más de seis cuadras, y extiende su brazo para entregarle el papel. Ella gira la cabeza, rechazándolo, y le confiesa con cierto calor en sus mejillas que no olvidó la fotografía, sino que se deshizo de ella.

Él se siente un estúpido, allí inmóvil, con la fotografía de dos desconocidos en su mano. Más que un estúpido, se siente un desgraciado, como alguien que pinta una enorme pared con un delicado, glamoroso y cuidado diseño de líneas, y descubre que tanto los colores como las formas estaban mal, ya que la consigna solicitaba círculos, no líneas, y tendría que volver a empezar todo. Entonces piensa en su bicicleta, en su capuccino y en los bizcochos: no valió la pena abandonarlos. La joven debería haber aceptado la fotografía al menos como señal de gratitud por las molestias que se había tomado, piensa él, aunque todo fuera en realidad su culpa: ¿quién lo envió a ser tan entrometido? A pesar de todo, se esmera en que aquella fotografía regrese a ella, y le pregunta por qué no la quiere.

Ella se atreve a contarle que es un recuerdo doloroso que es mejor olvidar, ignorando el hecho de que él es un perfecto desconocido. Le cuesta creerlo, pero después de responderle se siente un poco mejor. Sin embargo, es sólo una cuestión de segundos hasta que empieza a sentirse aún peor que antes, porque los recuerdos salen a flote en su mente como agua brotando de un manantial. Tal vez se le ocurrió esa comparación porque siente que algunas lágrimas están a punto de ahogar su mirada. Tal vez sea algo más que “algunas lágrimas”, pero ella quiere evitarlo.

Él reacciona con escepticismo, y pronto se enfada genuinamente por haber hecho todas las tonterías de hace unos momentos: hacerse el ofendido con la sociedad y bajarse de la bicicleta con la intención de que la humanidad se sintiera culpable, entrar a aquella pastelería en la que aún debía pagar la cuenta y que lo despojaría de sus últimos billetes, haber intentado sanar su malestar con una acción generosa y desinteresada que terminó siendo totalmente inútil. Le muestra la fotografía a la muchacha y la rompe frente ella, asegurándole que ya no debería preocuparse. No lo hizo con tanta violencia como puede pensarse.

Ella finalmente se pone a llorar, siente que es su corazón el que está en aquella fotografía ahora hecha pedazos, siendo esparcida a través de la acera y la calle por el viento.

Él está aún más confundido que antes, y queda paralizado. Se siente culpable por las lágrimas de la muchacha, porque ahora su actitud inútil se convertía en una actitud perjudicial.

Ella se abalanza sobre él porque es la única persona que tiene cerca, y apoya su frente en su cuerpo, empezando a humedecer su pecho.

Él no sabe qué hacer, pero pronto empieza a verla como a una pequeña niña extraviada que no sabe cómo regresar a su casa y extraña desesperadamente a sus padres.

Ella tiene sus manos a un lado de sus mejillas, y cada vez se presiona más a ella misma contra la calidez del joven mientras sus lágrimas ahora son acompañadas por algunos sollozos y delicados gemidos.

Él finalmente se mueve, y la rodea muy lentamente con sus brazos, con sumo cuidado y algo de inseguridad, como si un poco de presión pudiera llegar a romper de manera irreparable sus huesos. Lo hace mientras le dice que lo siente.

Ella se asombra al sentirse protegida y segura en los brazos de un desconocido, pero eso le permite comprender con certeza lo profundamente sola que se sentía. Ya no tiene apuro por regresar a casa, podría quedarse ahí una hora más, o hasta que se le agotasen las lágrimas, y luego permanecer inmóvil varias docenas de minutos más, sólo porque sí.

Él se siente útil y a gusto. La calidez del cuerpo de la muchacha empieza a reconfortarlo también a él. Sonríe porque sus pensamientos le parecen algo ridículos: de repente, ahora siente que todo valió la pena, bajarse de la bicicleta, entrar en la pastelería, correr a buscar a aquella extraña, incluso quedarse sin dinero en unos minutos. Piensa que lo volvería a hacer todo si fuera necesario, pero por ahora se limita a disfrutar, porque él también está siendo consolado.

Ella logra calmarse un poco y se aleja con cierta brusquedad, sorprendiéndolo otra vez. Se seca las lágrimas con el dorso de sus dedos y se disculpa por haber reaccionado de aquella manera tan precipitada, mientras su rostro ya no sufre la palidez que le otorga el frío y la tristeza.

Él le dice que no se preocupe casi como una súplica, ya que continúa sintiendo que fue el responsable de su llanto, y tal vez tenga razón. Luego mantiene el silencio no porque no sepa qué decir, sino porque se siente sumamente cómodo mirándola y nada más. Siente que eso es suficiente.

Ella lo mira y sigue mirándolo, hasta que sonríe tras las lágrimas que quedaron meciéndose en sus párpados, haciéndole saber que se siente incomprensiblemente agradecida hacia él.

Él le devuelve la sonrisa llegando a sentirse feliz, y de repente tiene el presentimiento de que esta noche le costará un poco más de lo normal dormir, porque esa desconocida y todo lo que sucedió darán vueltas en su mente.

Ambos hacen un gesto amable con sus cabezas, y sin más palabras, se dan la vuelta para marchar cada uno hacia su propia dirección, y no volverse a ver nunca más en sus vidas. Quizás.

jueves, 24 de enero de 2013

Obsesión


No necesito que me ames. Al mirarte, tu reflejo se esculpe en la humedad de mis ojos, como una gran silueta de luz, y eso me basta para sentir que eres parte de mí.
No necesito que me ames. Al estar cerca de ti, cualquier brisa acerca amablemente la fragancia de tu piel y tu cabello hasta mí, y puedo dar una gran aspiración mientras cierro los ojos y lleno mis pulmones de ti, lo que oxigena y renueva mi sangre. Eso me basta para sentir que eres parte de mí.
No necesito que me ames. Puedo escuchar claramente tu voz, incluso cuando no me habla a mí, como una tierna y serena melodía que me hace sonreír, como un dulce y memorable susurro que crea escalofríos de encanto. Eso es suficiente para mí.
No necesito que me ames. Por las noches, tu idea viene a sanar mi insomnio, y sus dedos juegan suavemente con mis cabellos hasta que me quedo dormido. Pero luego sigue ahí, sonriendo a mi lado, hasta asegurarse de que despierte con una genuina sonrisa, como la suya. Eso me basta, en serio.
No necesito que me ames, porque te amo, y el amor es desinteresado, filántropo, altruista, se da sin esperar devoluciones o cambios equivalentes.
Con tu amable saludo cada mañana y tu cándida despedida cada tarde, es suficiente para mí, lo juro. Con rozar las puntas de tus dedos cada vez al alcanzarte algún objeto, es suficiente, en serio. Con verte acomodar ese persistente mechón tras tu oído, una y otra vez, es suficiente. Con saber que estás cerca de mí, a tan sólo unos pasos, y poder saltar a ayudarte si necesitas algo o poder correr a protegerte si estás en peligro, es mucho más que suficiente para mí… Es todo lo que necesito…