Ella no entendía a las estrellas, no entendía el canto de sus luces. Su piel no sabía jugar con una brisa, ya sea matutina o nocturna, y si su cabello, de casualidad, empezaba a hacerlo, a ella no le interesaba. Tampoco le importaba si su voz se mecía lentamente por el aire hasta empujar una sonrisa a mi rostro, y me invitaba a descansar, o si llegaba alterada a inquietar mis oídos. Ella no creía que la profundidad de sus pupilas llegara hasta su alma, o hasta la mía, ni que sus ojos tenían el derecho de robarse cualquier luz sólo porque tenían el deber de dejarla ir otra vez, y regalársela a alguien más. Ella no sabía lo que era un paseo, simplemente usaba sus piernas, llevaba un pie adelante, y luego adelantaba al que había quedado atrás; eso era todo. Ella no sabía que la magia existe, y por lo tanto, tampoco sabía que hay que liberarla de los sitios donde se esconde, y mucho menos sabía que una vez liberada, la magia entabla una lucha contra el tiempo, y siempre le gana. Ella no creía en los sueños, pensaba que la energía provenía simplemente del dormir, y una vez que despertaba no había nada más que lo que había. Ella no sabía la libertad, tenía más fe en las miradas ajenas que en las suyas, y creía que lo que sentía era sólo eso, sentimientos que pertenecían a su interior y allí debían quedarse. Ella no sabía que la lluvia limpiaba mucho más que los tejados, ni que un par de chaparrones podían descubrir la vida que había quedado cubierta bajo los años. Ella no sabía que se podía amar sin tocar, soñar sin dormir, sentir sin razón, dar sin devoluciones, entregarse sin perderse, llorar sin sufrir; ni que se podía herir sin intención.
Aún así, o quizá por eso, él la amaba.
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viernes, 12 de diciembre de 2014
martes, 2 de diciembre de 2014
Esperaba
Ella esperaba todas las noches debajo de las estrellas. Las luces de la ciudad le robaban la mayor parte del cielo, pero lo que le quedaba le alcanzaba para soñar. A una parte de su interior le parecía ridículo, pero por los libros sabía que cada una de esas lucecitas era millones de veces más grande que ella. ¿No es esa razón suficiente para asombrarse? Ella ni se lo preguntaba, simplemente se asombraba.
Ella esperaba por encima de los edificios de la ciudad, en la azotea del suyo, que estaba algo descuidada, y compartía algunas de sus manchas de polvo con su vestido. Pero eso no le molestaba, ella igual se recostaba, y esperaba. Sus pupilas eran el propulsor más efectivo jamás construido, y su mente era la más increíble y veloz nave con la que exploraba el universo.
Ella esperaba, sabía que de vez en cuando la atmósfera encendería en belleza alguna roca extraviada del cosmos. Pero no esperaba estrellas fugaces, esperaba otra cosa. De toda aquella oscuridad que rodea las luces pueden esperarse muchas más cosas.
Mientras esperaba, algunos sueños llegaban, y como la brisa, revoloteaban a su alrededor y luego seguían su camino, casi sin darse cuenta cuando un sueño se convertía en otro o una sutil ráfaga en otra.
Esperaba que el tiempo se detuviera, así no tendría que esperar más. Así no tendría que esperar que al mirar su reloj los números no hayan cambiado, y al levantarse su cuerpo permaneciera intacto, tal como estaba antes de acostarse, sin polvo, con el cabello acomodado, con la energía de la cena aún por usar.
Podía no mirar el reloj, podía no levantarse, podía alejarse de todas las demás personas, podía evitar cada una de las cosas que le recordaban el tiempo, pero no escapar, no podía apartarse del tiempo mismo, que le gritaba desde el titilar de las estrellas.
Ella esperaba, y se llevaba bien con el cielo porque quizá ambos eran iguales: tal vez él también esperaba, por ello se quedaba aparentemente quieto, pero se movía veloz e incansablemente. Nada menos quieto que el cielo. Y ella estaba aparentemente quieta, pero no podía evitar moverse, y mucho menos pensar. Nada menos quieto que ella.
¿Cómo guardar un poquito de brisa para recordarla después? ¿Cómo distinguir el recuerdo del pequeño soplo de hace cinco minutos de aquel que está soplando ahora? ¿Cómo hacer feliz a alguien en este mundo, donde la felicidad está por todas partes, casi como si fuera una obligación? Si es complicado convencer a alguien de algo que no está viendo, convencerlo de lo que sí está viendo lo es mucho más.
Llorar no soluciona nada, pero ayuda. Amar no salva al mundo, pero ayuda. Ella pensaba en esas contradicciones, y se confundía, mientras esperaba. Una sonrisa aparece cuando hay felicidad, pero la felicidad aparece cuando hay una sonrisa; entonces, ¿cuál es primero? ¿Por qué siempre algo tiene que ir primero y otro algo tiene que ir después? Ha de ser el tiempo otra vez, infiltrándose en mi mente, y en la de todas las personas.
Ella seguía pensando cosas como esa, y esperando.
No estamos solos en el mundo, pero nadie nos acompaña a la hora de irnos. Sin embargo, el momento más difícil de la vida no debe ser la muerte, ella sucede aunque esperemos que no lo haga; el momento más difícil debe ser la vida misma, tener que aceptarla así, tal como es, llena de muerte, llena de despedidas, llena de recuerdos, llena de tiempo.
Después de seguir pensando cosas como esa, la niña levanta su torso, porque no quiere serle infiel al cielo con sus párpados, no quiere irse de repente. Se despide como es debido, y baja de la azotea sabiendo que aunque ahora esté cansada y somnolienta, mañana, gracias al tiempo, podrá volver a esperar bajo las estrellas a que el tiempo desaparezca.
domingo, 16 de noviembre de 2014
Inmortalidad
La muerte es una de las cosas
que el humano más ha despreciado en la historia, porque parece quitarle el
sentido a todo lo que se puede llegar a ser y hacer en la vida; es decir, nada
evita que al final todos terminemos de la misma manera, nada nos salvará de la
desaparición. No importa si ayudaste a liberar una nación como Gandhi, si
vendiste millones de discos como Michael Jackson, si tus obras se siguen
leyendo milenios después como las de los trágicos griegos, o si encontraste a
la persona que más te maravillaba en este mundo y formaste la familia ideal,
terminarás igual que cada humano y ser de este universo…
Entonces, ¿para qué hacer
todo lo que hacemos? ¿para qué esforzarnos tanto si no hay una aparente salida
alternativa, sólo la muerte? Generalmente el humano busca una manera de que al
menos su nombre trascienda la vida de su cuerpo, y perdure más allá de la
muerte física. Es una manera simbólica de alcanzar la inmortalidad que al
parecer da a la vida más sentido. Muchos humanos alcanzan esa inmortalidad
dejando huellas en el mundo, ya sea en obras de arte, de ciencia, de afecto en
otras personas, de logros históricos, de decenas de otras maneras. Pero lo que
hace la mayoría no es lo que hacemos todos, y en algún momento debemos
preguntarnos: Yo, ¿cuándo me siento inmortal? ¿cómo me siento inmortal? (si es
que realmente nos interesa, claro).
En mi caso, no sé si sea
porque soy un perezoso, pero no me interesa dejar este mundo lleno de huellas
mías, o una sola huella de tamaño enorme; es más, me gusta pasar desapercibido,
suelo estar más cómodo en la oscuridad, suelo sentirme feliz no cuando
sobresalgo, sino cuando me siento parte del mundo, cuando soy sólo una pluma
más en el cuerpo del ave que despliega su hermoso vuelo en el cielo: si me
caigo, el ave ni lo notará, podrá continuar volando, pero igualmente habrá
perdido algo, y no será la misma. Por ello, esa inmortalidad que gran parte de
los humanos buscamos, no la encuentro en el hecho de que recuerden mi nombre o
mi rostro o mis acciones; yo me siento inmortal cuando estoy con personas que
me hacen sentirme así, o cuando estoy en lugares que me hacen sentir así, o
cuando hago algo que me hace sentir así. Me siento inmortal en esos momentos en
que el tiempo no importa, porque deja de existir, y en un mundo sin tiempo,
todo es inmortal. Me siento inmortal cuando estoy con mis amigos, con las
personas que amo; me siento inmortal cuando estoy recostado en el suelo viendo
el cielo, ya sea celeste o estrellado, y el viento recorre mi piel; me siento
inmortal cuando canto una canción, o cuando me la cantan. Cuando me sumerjo en
el mundo aparte que crean esas cosas, soy inmortal, y libre. No necesito que me
recuerden, necesito recordar, darme cuenta del lugar al que pertenezco.
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miércoles, 16 de abril de 2014
Paso
Cuando voy caminando por la calle y me encuentro con una
persona, por ejemplo, sin piernas, acomodada en un rincón tan sucio como su
cuerpo, esperando recibir alguna limosna (ayuda efímera que no sirve para
solucionar el problema, sino para maquillarlo durante un tiempo mínimo), tengo
sensaciones encontradas: por un lado, siento que lo humillo, con mis posesiones
materiales que tanta comodidad me dan, con mis piernas que tan bien andan; pero
por otro lado, me siento humillado yo, porque recuerdo algunas personas cuyas
historias conocí en algún libro, en algún programa de televisión o alguna
página de Internet, que sin tener piernas, hicieron muchas más cosas que yo, y
pienso “este tipo tiene más posibilidades de humillarme, más posibilidades de hacerme
sentir menos, de las que yo tengo de hacerlo sentir menos a él”. Y paso,
simplemente paso caminando, sin mirarlo.
sábado, 21 de diciembre de 2013
Ideales. Personas. Pensamientos. Sentimientos. Deseos. Sentimientos Otra Vez.
Si mis ideales me alejan de
las personas que más quiero, ¿qué debería pensar? ¿Debería reconsiderar mis
ideales y suprimirlos, o cambiarlos por otros para ser más compatible con esas
personas que podrían alejarse? ¿O debería pensar que simplemente mis
sentimientos no son correspondidos, y si no me aceptan como soy, aunque los
quiera, en realidad esas personas no son las adecuadas para mí? Ambas opciones
son dolorosas, ambas destruyen una parte importante de mí, pero a veces no hay
opciones cómodas o fáciles, y las cosas deben ser como deben ser, y ya.
Una característica mía
siempre fue la de ser un “desligado”, tanto con las cosas como con las
personas, y me adaptaba rápida y fácilmente a las ausencias, lo suficiente
incluso como para creer que ni siquiera tenía sentimientos. Ahora me duele
alejarme de alguien que aprecio tanto; me duele saber que no puedo hablarle
más, que no puedo escucharla, que no puedo compartir más nada con ella, que
simplemente dejamos de ser lo que éramos, que convertimos todo lo nuestro en
simples e intangibles recuerdos.
Siempre me molestó no sentir
eso, siempre deseé eso de tener la sensación de que realmente necesitas a la
otra persona, porque me parecía una prueba irrefutable de la existencia de
sentimientos en tu ser, y ahora, como el típico tonto que quiere lo que no
tiene, me arrepiento de haberlo deseado, de haberlo buscado, y de haberlo
encontrado. Siempre pensé más de lo que sentí, pero ahora es como si casi no
pensara, como si me hubiese dejado llevar totalmente por los sentimientos, y
ahora estoy a la deriva.
Ahora es como si naufragara
entre sentimientos, pero antes he naufragado en pensamientos, y ciertamente
ambos naufragios son angustiantes, pero prefiero este, porque es más hermoso.
Ya me cansé de pensar. Sí, hace tiempo que me cansé de pensar; era este
sufrimiento tan ilógico e irracional lo que estaba buscando, un sufrimiento poco
civilizado y más humano, porque es más salvaje, más puro, más genuino, no está
calculado. Todo esto es algo nuevo para mí, algo que antes creía inalcanzable,
y aunque suene contradictorio (porque tal vez así lo sea), lo estoy
disfrutando, porque si bien duele, no deja espacios vacíos, como sí lo hace el pensamiento,
que todo el tiempo está haciendo preguntas, y luego más preguntas acerca de las
preguntas anteriores y sus respuestas.
Pero regresando, ¿qué debo
hacer con esas personas que quiero y mis ideales alejan? ¿Qué debo hacer con
esos ideales que alejan a esas personas que quiero? Mis ideales son de las
cosas en las que más confío, me dan mucha seguridad, e incluso estoy orgulloso
de ellos, porque creo que son un equilibrio entre el pensamiento y los
sentimientos, y no es cosa fácil encontrar el equilibrio, el punto medio entre
los extremos, principalmente para personas como yo. Y las personas que quiero
son las que hacen más interesante mi vida, las que le dan esperanza, ilusiones,
las que me salvan de la locura de la soledad, en el sentido negativo de la
palabra.
¿Por qué siempre hay que
elegir? ¿Por qué siempre las cosas tienen que ser como tienen que ser? Tal vez
lo más emocionante de esta vida sea luchar para que las cosas sean diferentes a
como se supone que tienen que ser; tal vez la solución es ser caprichosos y
buscar que el mundo sea el mundo que nosotros queremos; tal vez lo más
asombroso y hermoso no son las cosas que nos han dado o que nos encontramos en
este mundo, sino las que hemos transformado, a gusto o disgusto…
jueves, 5 de diciembre de 2013
Lo Intento
Usted está poseída. Poseída por las cosas que cree poseer,
por su necesidad de poseerlas, por su miedo a dejar de poseerlas y tener que
ver la vida cara a cara, desnuda, pura. Está poseída por el miedo al futuro y a
sus inciertas y malas posibilidades, por el miedo a las enfermedades que no
tiene, a los males que no la acosan. Está poseída por todas esas mentiras que
alguna vez uno o varios tontos nos hicieron creer.
Yo, en cambio, prefiero andar ligero, para no sobrepasar
mis capacidades y poder controlarme, para poseerme, porque sólo si me poseo
puedo entregarme (“uno no puede dar lo que no tiene”), y en la entrega está la
felicidad, aunque los insalubremente egoístas, los engañados, no puedan o no
quieran creerlo.
Si me poseo, puedo entregarme a todas aquellas cosas y
personas que me hacen bien, que amo, que me protegerán a mí y a mi felicidad,
con las que quiero compartir y compartirme.
Sólo si me poseo puedo entregarme a la calidez de la luz
del Sol, a la frescura de la brisa, a la suavidad de una mano, o a la ternura
de cualquier otra caricia; sólo si me poseo puedo entregarme a la compañía de
un amigo; sólo si me poseo puedo entregarme a la belleza del arte, de la
naturaleza, a la sublimidad de la música, al encanto del vuelo de las aves, a
la inmensidad del cielo, al sostén de la tierra y la hierba, a la
majestuosidad, la magia, los milagros, la realidad que nos rodea en todo
momento; sólo si me poseo puedo recibir y proteger todo lo que los demás deseen
entregarme.
Y no se engañe otra vez, usted no se ha entregado a todas
esas cosas que tiene (al menos no conscientemente), porque no las ama, sino que
las necesita, y por eso las tiene, porque le mintieron que las necesitaba, y
usted lo creyó, quizá porque consideraba que era más fácil y cómodo tomar estas
cosas en lugar de salir en búsqueda de las que ama (o esa quizá es otra de las
mentiras que le hicieron creer), o simplemente porque estaba algo distraída, y
ahora sólo necesita sentarse a pensar un poco mejor las cosas.
No se preocupe por abarcarlo todo, por asegurarse un futuro
que alguna vez quizá podría llegar, porque lo único que realmente puede poseer
es este mismo instante (el único que existe, pues los demás son en realidad
recuerdos o meras suposiciones), sus pensamientos, sus sentimientos, y sus sensaciones…
Eso es todo lo que el Universo le da, lo que nos ofrece a todos (parece poco, y
quien sabe, quizá lo es, pero es lo más hermoso, y por ello, lo más valioso y
lo más importante), pero está en usted aceptarlo, tomarlo y disfrutarlo, o
ignorarlo y dejarlo ir, intentando cambiarlo por algo más, algo que existe,
pero que no es real...
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martes, 19 de noviembre de 2013
No Quiero Olvidar
¿Qué será de nosotros si no existe más? Sé que es una
postura egoísta, pero me parece horrible la idea de que la muerte, a pesar de
ser sólo una parte del círculo elemental de la vida (que es movimiento,
cambio), sea un definitivo final para nuestra individualidad; es horrible la
idea de que no haya algo más, y tras la muerte simplemente dejemos de existir, o nos fundamos en algo que carece de
divisiones, y perdamos nuestra patéticamente diminuta y confundida personalidad
(que a pesar de eso resulta extremadamente hermosa y satisfactoria) para formar
parte de algo más universal.
Si morir es cambiar, no tengo
problemas con eso, pero si morir es dejar de existir o renunciar totalmente a la individualidad, no quiero hacerlo jamás (porque sin dudas es hermoso sentirse anónimo, parte
de todo, pero quiero hacerlo sabiendo también acerca de mis diferencias con lo
demás; necesito la diversidad, que no es división, sino cambio; si todo y todos
somos lo mismo, no hay cambio, por lo que no habría vida, y la existencia sería
demasiado triste, sería muerta). Todo
lo que he sido, lo que conocí, lo que recibí, ha quedado recolectado en forma
de recuerdos dentro de mí, y por algunos de ellos no me preocupo, a algunos ni
siquiera los quiero, pero otros son hermosos, y además de amarlos, los
necesito. No quiero que desaparezcan, así como desaparecieron del presente las
situaciones, los sonidos, las fragancias, las sensaciones, y las personas con
las que están construidos.Quiero ser esto que moldearon los pensamientos de mi propio cerebro, mis experiencias, mis viajes, mis errores, mis aciertos, mis miedos, mis alegrías, mis conocidos, mis amigos, el amor que di y el amor que he recibido… Y aunque use adjetivos posesivos para referirme a todas estas cosas (aunque me parece feo tener que llamarlas “cosas”), ninguna me pertenece, porque yo soy mi única pertenencia, ni siquiera soy lo que hago, y de hecho ni sé muy bien qué es lo que soy, o mejor dicho dónde está eso que soy, pero soy lo que todo eso ha construido a lo largo de los años, y seguirá construyendo, y destruyendo también, porque de eso se trata, del cambio, de la recomposición.
jueves, 25 de julio de 2013
Ser Nadie
A veces quisiera ser nadie. Quisiera ser como un rayo
del Sol, que viaja veloz pero silenciosamente a través de la vastedad de un
vacío incomprensiblemente repleto de misterios hasta llegar a la Tierra, donde
aunque pareciera absurdo, invisible e inalcanzable, sin que nadie lo vea o lo
note, se desliza por una hoja, un tronco, un insecto, una mejilla, una pestaña,
una nube, y la hace visible. Como una gota que logra condensarse lo suficiente
como para separarse de aquellas que son débiles y permanecen en una nube, y
empieza a caer por la atmósfera, ganando velocidad y materia durante el
trayecto, sin ser distinguida por ningún ojo de todas las demás gotas que caen
a su alrededor, y que finalmente se estrella y se despedaza contra la hierba,
la tierra, una ventana, un tejado, lejos de cualquier persona que pudiera
sentir su humedad. Como la vieja, descolorida, y quebradiza hoja de un árbol en
medio del bosque, que durante ese corto lapso de tiempo entre la noche y el
día, cuando los animales nocturnos están empezando a dormirse y los diurnos
están empezando a despertarse, cae silenciosamente, no porque el viento o algún
animal la haya separado de su rama, sino porque sencillamente es su momento de
caer, y va meciéndose por el aire antes de tocar el suelo, como disfrutando
plenamente el viaje, porque pronto se convertirá en aquella putrefacción
anónima y húmeda a los pies de los árboles. Como una de las docenas de lágrimas
que derrama el irritado ojo de alguien olvidado que se encuentra rodeado por su
soledad y por la angustia en un rincón invisible para el resto del mundo, que
se arrastra por el camino salado que las anteriores lágrimas dejaron en el
pómulo y la mejilla, y antes de llegar al labio, cae sin que la persona la
notase, sobre su ropa, donde se escabulle a través de los diminutos túneles que
construyó el hilo de la tela hasta esparcirse lo suficiente para ya no ser
ella, y desaparecer por completo y por siempre, sin dejar rastros de su
existencia. Como una brisa que atraviesa todo el campo sin dejar su huella en
ninguna piel, pluma o hierba, porque viaja lentamente por donde no hay nadie, y
a la altura suficiente para que las plantaciones no sientan su frescura, y
después llega al desierto, donde sólo logra arrastrar unos cuantos granos
dorados cuya posición anterior era totalmente desconocida hasta por ellos
mismos antes de ser diluida por una ventisca mucho más fuerte que ella,
proveniente del punto cardinal opuesto. Como todos aquellos, millones, billones
y trillones de testigos silenciosos que aparecen y desaparecen en medio de las
maravillosas simplezas cotidianas del mundo, sin comentar nada acerca de ellas,
sin modificarlas, sin intervenir, sólo estando ahí para poder apreciarlas en el
momento y nada más, aunque luego no tuvieran la memoria para convertirlas en
recuerdos. Como testigos del presente que olvidan el pasado y que no saben nada
del futuro.
A veces quisiera ser así, sólo a veces…
viernes, 19 de julio de 2013
Abrazos Gratis
Desde el momento en que vi por primera vez un video de un chico parado en medio de la ciudad, sin trasladarse mientras a su alrededor docenas de personas simplemente lo esquivaban, tal vez sin siquiera percatarse de que era una persona, quise hacerlo. Él tenía sus brazos elevados, y en sus manos sostenía un cartel muy simple que decía "Free Hugs" ("Abrazos Gratis", en español). Me propuse hacer lo mismo, a ver qué se sentía en la experiencia. Sin embargo, pensaba hacerlo recién el año que viene, cuando me marchase a la ciudad, pero hace unas semanas, hablando con una compañera de clase (creo que ella no se sentiría cómoda si le digo "amiga", pero yo soy su amigo), ella me dijo que alguna vez le gustaría hacerlo también, y que alguna vez definitivamente lo haría. Yo aproveché la oportunidad y la invité a que lo hiciéramos juntos (la vergüenza que produce la timidez es menor cuando se comparte; es más llevadera que tener que cargar con toda tú mismo, creo). Hoy, viernes 19 de julio (2013), finalmente lo hicimos.
Salí de mi casa a las 8:55 de la mañana, porque a las 9 debíamos encontrarnos en la plaza. Llevaba mi pequeño cartel enrollado en mi bolsillo canguro, y realmente no quería hacerlo. Tenía mucha, demasiada vergüenza de caminar por la calle, en frente de la gente, con aquel cartel extendido entre mis manos. Anduve por la plaza deseando que ella no se atreviera a venir, y cuando estaba a punto de regresarme con el estómago dado vuelta por la inseguridad, ella apareció en una esquina, a las 9:10. Entonces no hubo remedio, porque debía cumplir con el trato. Tuve que enfrentar mi miedo, pues, al fin y al cabo, era algo que tenia muchas ganas de experimentar.
Desdoblé mi cartel tomando un poco de la valentía que ella dejó ir al desdoblar el suyo, y empezamos a caminar, cada uno por un lugar diferente. Aunque es un pueblo pequeño, no demoré en cruzarme con la primera persona: era un hombre ya anciano, alto, de rostro serio; noté que leyó mi cartel, y al instante desvió la mirada, su rostro se hizo más serio y agachó la cabeza para encender un cigarrillo. Estaba claro que no iba a abrazarlo. La siguiente fue una mujer anciana, que me saludó con expresión seria y siguió camino. Después me crucé con dos jóvenes, un chico y una chica; él leyó mi cartel y se sonrió, y en seguida le dijo "dale, abrazalo, dale un abrazo al chico", pero ella se negó.
Cuatro personas y ningún abrazo, pero finalmente, incluso cuando estaba a unos treinta metros, supe que la quinta persona me abrazaría: era una chica de aproximadamente mi edad, tal vez un poco menos, que vio mi cartel y empezó a reír. Su timidez casi la hace pasar de largo, pero a último momento me atreví a preguntarle directamente "¿querés un abrazo"?, y ella dijo "bueno" torciendo la cabeza, y entonces, al fin, tuve mi primer abrazo de la mañana (la cual por cierto estaba muy fría, ideal para abrazar). Desde ese momento hasta ahora, no he perdido la sonrisa. Vaya, qué incontrolables ganas de sonreír me quedaron después de ese primer abrazo. Supongo que ese es el fin principal de la experiencia: alegría en estado puro, genuina, casi infantil, que parece no tener ningún sentido.
Luego me crucé con más personas, pero ninguna me abrazó. Una de ellas, al ver mi cartel, se cambió de vereda. Después acerqué a unas mujeres que estaban limpiando una iglesia y les ofrecí un abrazo: una de ellas se rió mucho, pero la otra me miró seria y me preguntó "¿para qué?", y casi sin detenerse a escuchar mi respuesta ya se alejó.
En fin, los únicos abrazos que recibí fueron los de aquella chica y el de Noe, mi compañera de dar abrazos, que ciertamente tuvo más suerte, y dio como diez. Pero no se trata de "recolectar" abrazos o algo así, sino simplemente de dar los tuyos, y recibir otros a cambio. Mis dos abrazos son todo lo necesario para alegrarme el día.
Volveré a repetir la experiencia cualquier día de estos. Vale la pena hacerlo, se pasa un momento muy lindo.
Salí de mi casa a las 8:55 de la mañana, porque a las 9 debíamos encontrarnos en la plaza. Llevaba mi pequeño cartel enrollado en mi bolsillo canguro, y realmente no quería hacerlo. Tenía mucha, demasiada vergüenza de caminar por la calle, en frente de la gente, con aquel cartel extendido entre mis manos. Anduve por la plaza deseando que ella no se atreviera a venir, y cuando estaba a punto de regresarme con el estómago dado vuelta por la inseguridad, ella apareció en una esquina, a las 9:10. Entonces no hubo remedio, porque debía cumplir con el trato. Tuve que enfrentar mi miedo, pues, al fin y al cabo, era algo que tenia muchas ganas de experimentar.
Desdoblé mi cartel tomando un poco de la valentía que ella dejó ir al desdoblar el suyo, y empezamos a caminar, cada uno por un lugar diferente. Aunque es un pueblo pequeño, no demoré en cruzarme con la primera persona: era un hombre ya anciano, alto, de rostro serio; noté que leyó mi cartel, y al instante desvió la mirada, su rostro se hizo más serio y agachó la cabeza para encender un cigarrillo. Estaba claro que no iba a abrazarlo. La siguiente fue una mujer anciana, que me saludó con expresión seria y siguió camino. Después me crucé con dos jóvenes, un chico y una chica; él leyó mi cartel y se sonrió, y en seguida le dijo "dale, abrazalo, dale un abrazo al chico", pero ella se negó.
Cuatro personas y ningún abrazo, pero finalmente, incluso cuando estaba a unos treinta metros, supe que la quinta persona me abrazaría: era una chica de aproximadamente mi edad, tal vez un poco menos, que vio mi cartel y empezó a reír. Su timidez casi la hace pasar de largo, pero a último momento me atreví a preguntarle directamente "¿querés un abrazo"?, y ella dijo "bueno" torciendo la cabeza, y entonces, al fin, tuve mi primer abrazo de la mañana (la cual por cierto estaba muy fría, ideal para abrazar). Desde ese momento hasta ahora, no he perdido la sonrisa. Vaya, qué incontrolables ganas de sonreír me quedaron después de ese primer abrazo. Supongo que ese es el fin principal de la experiencia: alegría en estado puro, genuina, casi infantil, que parece no tener ningún sentido.
Luego me crucé con más personas, pero ninguna me abrazó. Una de ellas, al ver mi cartel, se cambió de vereda. Después acerqué a unas mujeres que estaban limpiando una iglesia y les ofrecí un abrazo: una de ellas se rió mucho, pero la otra me miró seria y me preguntó "¿para qué?", y casi sin detenerse a escuchar mi respuesta ya se alejó.
En fin, los únicos abrazos que recibí fueron los de aquella chica y el de Noe, mi compañera de dar abrazos, que ciertamente tuvo más suerte, y dio como diez. Pero no se trata de "recolectar" abrazos o algo así, sino simplemente de dar los tuyos, y recibir otros a cambio. Mis dos abrazos son todo lo necesario para alegrarme el día.
Volveré a repetir la experiencia cualquier día de estos. Vale la pena hacerlo, se pasa un momento muy lindo.
sábado, 29 de junio de 2013
Una Vez...
Cuando iba a noveno año, o primero del polimodal (2010
o 2011), una tarde salí del colegio, posiblemente de la clase de Informática, y
fuimos con unos compañeros a sentarnos un rato en la plaza del pueblo. Ahí
estaba uno de aquellos extranjeros que apenas conocen el idioma español,
sentado en uno de los bancos, con un puesto repleto de aros, pulseras, collares
y demás cosas por el estilo frente a él. Por la mañana, desde el salón de
clases algunos ya le habían gritado estupideces a través de la ventana,
creyendo que se burlaban de él, pensando que eran graciosos, supongo.
Consideraban que el color oscuro de su piel era motivo para hacerlo (siempre
detesté a mis compañeros de clase; no a todos, por supuesto, y no a las chicas,
pero sí a algunos chicos). Como fuese, mis compañeros se detuvieron a mirar la
mercancía (a mí esas cosas siempre me interesaron muy poco, así que no presté
mucha atención) y preguntaron algunos precios. Uno de ellos en particular me
preguntó qué opinaba acerca de algunos collares, porque quería hacerle un
regalo a una chica. ¿Qué podía saber yo de regalarle un collar a una chica?
¿Qué podía saber yo de regalarle algo a alguien? Le dije que cualquiera estaba
bien, que lo que importaba era la intención del gesto (o al menos eso creo ahora
que le dije).
Después de no comprar nada, todos fuimos hasta el
banco a unos veinte metros de ahí, y nos sentamos a dilapidar la tarde. No pasó
mucho tiempo cuando aquel tipo se puso de pie, nos hizo algunas señas, y con el
poco español que naufragaba en su lengua nos pidió que le cuidáramos el puesto
mientras él cruzaba la calle para ir a la panadería del frente y compraba algo
de comer. Le respondimos que sí y nos acercamos. Mientras caminábamos hacia
ahí, comprendí perfectamente lo que significaban las sonrisas y los murmullos
que empezaban a medrar entre ellos, mis compañeros, pero pensé “no, no son tan
hijos de puta como para hacerlo en serio”, y me equivoqué. Se hicieron algunos
comentarios acerca de aprovechar la situación y tomar algunos aritos, y yo
lancé varios “no, changos” muy tibiamente, todavía con escepticismo respecto a
que en verdad pudieran robarle tan miserablemente algo a aquel extranjero.
Al ver que sus manos empezaban a moverse, tuve que
dejar de lado aquella tibieza. Me habría encantado ir directamente a la
violencia y darles un buen puñetazo en la cara a cada uno (creo que eran tres),
porque sinceramente creo que se lo merecían, pero no soy capaz de golpear a
nadie, y mucho menos a alguien que luego tendré que ver todas las mañanas. Por
eso tuve que recurrir a otro método para controlarlos: les dije que si tomaban
algo, yo se lo contaría al dueño. Al principio sólo rieron, pero supongo que la
expresión de mi rostro fue lo suficientemente seria como para convencerlos de
que en verdad lo haría, luego de decirlo dos o tres veces más. Sí lo iba a
hacer, no era sólo una amenaza. Uno de ellos me dijo varias veces “baah,
chango, qué puto que sos”, pero no me importó, por supuesto. Logré mantenerlos
al margen del delito, por suerte, en aquella ocasión.
El hombre finalmente regresó, nos agradeció (aunque
parecía algo triste; todavía estoy seguro que pensaba algo como “bueno, seguro
me quitaron algo, pero ya está”), y nosotros, casi peleados, nos dispersamos:
yo hacia mi casa, y cada uno de los otros no sé a dónde.
Hasta el día de hoy me siento bien por haber podido
evitar que mis compañeros hicieran una estupidez (ya saben, tengo ese
sentimiento tonto, infantil y autocomplaciente de haber hecho lo correcto),
pero también me siento mal, porque comprobé que su nivel de estupidez era
incluso más alto de lo que yo creía, convirtiéndolos en personas,
lamentablemente, dañinas y peligrosas.
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