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sábado, 10 de agosto de 2013

No Entiendo

  Estoy en la alturas, solo, simplemente observando cómo el día se diluía en la tarde, cada vez más rápidamente con el paso de los minutos. Miro cómo una enorme capa de altocúmulos rosáceos se deslizan muy por encima de mi cabeza; por encima de aquellas luces rojas que brillan en las cimas de las antenas, y de los árboles que se convierten en siluetas oscuras y se mecen en la misma brisa fría que viaja a mi alrededor, haciéndome notar su presencia en mis mejillas; por encima de la gente y de todas las cosas que ya olvidé por estar mirando hacia arriba, por perderme en la vastedad de un cielo que se roba la belleza de la luz, y en la música que suena dentro de mis oídos desde un pequeño aparato; por encima de todo lo que creo conocer y que a veces considero real; por debajo de todo lo que solamente puedo soñar y jamás considero falso.
  Podría permanecer aquí, así, toda mi vida.
  En toda aquella amplitud, que tal vez no sea infinita, pero sí lo suficientemente grande como para que yo o mi imaginación jamás podamos recorrerla o al menos comprenderla, en esa que la luz del Sol transforma en gamas rojizas, rosas, celestes, y azules, aparece la primera estrella, como si recién iniciara su existencia, como si se hubiese encendido de repente, escabulléndose entre los huecos de los altocúmulos, y su brillo parece aumentar con cada nuevo destello de su titilar. Entonces, cuando me doy cuenta de que la plenitud que siento me ha puesto una sonrisa en el rosto, pienso: “¿Cómo puede existir la codicia?¿Cómo alguien puede desear algo más que esto?”, y es que yo podría permanecer así toda mi vida.
  ¿Cómo alguien puede desear una belleza distinta a esta, tan pura y asombrosa, tan abundante e incomprensible? ¿Cómo alguien puede desear ser protagonista de una vida diferente y renunciar a la paz y las maravillas que experimenta y presencia el espectador de lo real? ¿Cómo alguien puede bajar la mirada, a la parte más opaca de la realidad, y olvidar que allí arriba todo continúa brillando? ¿Cómo alguien puede creer que lo hermoso puede caber entre sus manos, o guardarse en alguna parte, o verse con un par de ojos? Lo hermoso sólo puede sentirse, de una manera especial, en que sólo quienes lo han sentido pueden comprenderlo.

jueves, 25 de julio de 2013

Ser Nadie

  A veces quisiera ser nadie. Quisiera ser como un rayo del Sol, que viaja veloz pero silenciosamente a través de la vastedad de un vacío incomprensiblemente repleto de misterios hasta llegar a la Tierra, donde aunque pareciera absurdo, invisible e inalcanzable, sin que nadie lo vea o lo note, se desliza por una hoja, un tronco, un insecto, una mejilla, una pestaña, una nube, y la hace visible. Como una gota que logra condensarse lo suficiente como para separarse de aquellas que son débiles y permanecen en una nube, y empieza a caer por la atmósfera, ganando velocidad y materia durante el trayecto, sin ser distinguida por ningún ojo de todas las demás gotas que caen a su alrededor, y que finalmente se estrella y se despedaza contra la hierba, la tierra, una ventana, un tejado, lejos de cualquier persona que pudiera sentir su humedad. Como la vieja, descolorida, y quebradiza hoja de un árbol en medio del bosque, que durante ese corto lapso de tiempo entre la noche y el día, cuando los animales nocturnos están empezando a dormirse y los diurnos están empezando a despertarse, cae silenciosamente, no porque el viento o algún animal la haya separado de su rama, sino porque sencillamente es su momento de caer, y va meciéndose por el aire antes de tocar el suelo, como disfrutando plenamente el viaje, porque pronto se convertirá en aquella putrefacción anónima y húmeda a los pies de los árboles. Como una de las docenas de lágrimas que derrama el irritado ojo de alguien olvidado que se encuentra rodeado por su soledad y por la angustia en un rincón invisible para el resto del mundo, que se arrastra por el camino salado que las anteriores lágrimas dejaron en el pómulo y la mejilla, y antes de llegar al labio, cae sin que la persona la notase, sobre su ropa, donde se escabulle a través de los diminutos túneles que construyó el hilo de la tela hasta esparcirse lo suficiente para ya no ser ella, y desaparecer por completo y por siempre, sin dejar rastros de su existencia. Como una brisa que atraviesa todo el campo sin dejar su huella en ninguna piel, pluma o hierba, porque viaja lentamente por donde no hay nadie, y a la altura suficiente para que las plantaciones no sientan su frescura, y después llega al desierto, donde sólo logra arrastrar unos cuantos granos dorados cuya posición anterior era totalmente desconocida hasta por ellos mismos antes de ser diluida por una ventisca mucho más fuerte que ella, proveniente del punto cardinal opuesto. Como todos aquellos, millones, billones y trillones de testigos silenciosos que aparecen y desaparecen en medio de las maravillosas simplezas cotidianas del mundo, sin comentar nada acerca de ellas, sin modificarlas, sin intervenir, sólo estando ahí para poder apreciarlas en el momento y nada más, aunque luego no tuvieran la memoria para convertirlas en recuerdos. Como testigos del presente que olvidan el pasado y que no saben nada del futuro.
  A veces quisiera ser así, sólo a veces…

domingo, 21 de abril de 2013

Egocentrismo

  Soy demasiado egocéntrico. Por eso siempre estoy cargando con las culpas de los demás, como si fueran mi responsabilidad. Y no sólo con las culpas, sino que también me pongo sobre los hombros el sufrimiento de personas a las que ni siquiera conozco, que nunca he visto y que nunca voy a ver. Eso causa un agobio increíble que logra incluso quitarme los deseos de vivir de vez en cuando.
  Todo porque me siento lo suficientemente capaz (cosa que es ridícula) para intervenir en cada conflicto de este mundo, y eso es un autoengaño.
  La frase “si no eres parte de la solución, eres parte del problema” se grabó de manera imborrable en mí desde la primera vez que la leí (quizá hace seis o siete años), y es que debido a mi aguda autocrítica no había manera de que no la incorporara como si se tratara de un axioma. Es válida para muchas ocasiones, pero hay muchas más en las que no tiene sentido, pues la realidad es ampliamente más grande que nosotros, y encima somos mortales (si no lo fuéramos podríamos arriesgarnos mucho más, ya que en verdad no tiene sentido morir luchando por algo que ni siquiera sabes si conseguirás).
  Lo del “granito de arena” o la “gota del mar” no sirve para consolarme. Soy mucho más exigente que eso, y comprendo que mi pequeño aporte y el pequeño aporte de nadie no sirve para nada si no aportan TODOS, y eso es en verdad imposible, excesivamente ideal; somos demasiados en el mundo.
  Hago lo que puedo, intento cumplir con mi parte de la mejor manera, pero no me siento satisfecho, mi egocentrismo me golpea sin cansancio la cabeza para decirme que puedo hacer incluso más, que puedo hasta salvar el mundo si me lo propongo, pero eso es una ridiculez y una cursilería.
  De vez en cuando, por momentos muy fugaces, me encantaría disolverme en el aire por un par de años, y luego volver formarme con ideas renovadas y oxigenadas. Mi melodramática mente necesita un descanso.

domingo, 10 de marzo de 2013

Elella

Él conduce su bicicleta por entre los edificios de la ciudad, intentando disminuir aunque sea en un puñado el óxido de nitrógeno, el monóxido de carbono y el benceno que dominan el aire sin que a nadie parezca importarle. Mientras pedalea con una expresión cansada en el rostro, observa cómo las formas de los edificios van cambiando, y en cada esquina debe regresar al menos uno de sus pies al suelo, porque todos los semáforos lo detienen con su luz roja. Piensa que sería muy reconfortante ver a alguien más andando en un vehículo pacífico para la naturaleza, pero sólo ve carcasas metálicas en cuatro ruedas. No está seguro de si aquel frío y aquel cielo tan gris sobre su cabeza se deben al invierno o en realidad a la contaminación, que los ha separado completamente del Sol.
Ella lleva ya más de una hora caminando, y sus pies suplican un descanso con una extraña sensación de hinchazón. Además, su estómago parece ya no estar dentro de sí, y eso significa que su sistema digestivo está sin trabajo desde hace bastante tiempo, y es hora de darle algo de comida para digerir y transformar. Transita el centro de la ciudad, reflejando su imagen en cada vidriera  que cruza, sin importar qué intenta vender, o si está en oferta o liquidación. De vez en cuando roza sus hombros y brazos con alguna otra persona apurada, y se pregunta si toda esa gente que fluye a su alrededor como canicas que fueron lanzadas desde un tarro realmente la ven y fracasan en el intento de esquivarla debido al poco espacio con el que cuentan para maniobrar o simplemente ni siquiera se percatan de su presencia, y terminan atropellándola. Hace ya bastante tiempo que se siente atropellada, y con el invierno haciéndose cada vez más fuerte, también empieza a sentirse congelada.
Él sabe que aún le falta mucho para salir de todo el ajetreo del centro, y siente que los autos repentinamente han empezado a confabularse para imposibilitarle todo avance, así que se trepa a la sobre poblada acera y se baja de su bicicleta con la esperanza de que en unos minutos la situación se calme, aunque sabe que no será así. Mira a los autos aparecer y desaparecer en la esquina, y a la gente empujarse para llegar un poco más deprisa a su destino. Mira su reloj y se pregunta si tiene algún problema, porque a todas las personas a su alrededor parece faltarle tiempo, pero él a penas es capaz de notar que las manecillas se mueven. Quiere saber si hay algún problema en él, o si en realidad es el mundo el que está siendo acosado por las confusiones. Sólo quiere volver al pequeño y desalineado apartamento que alquila en los lejanos suburbios, aún cuando sabe que nadie estará esperándolo. Lo frustra ser consciente de que tiene un lugar donde dormir, pero está muy lejos de conseguir un hogar.

Ella empieza a sentir que desea la comida más como un método de distracción para su mente que como un alimento para su cuerpo, y encuentra una gran vidriera colorida, con pasteles, chocolates, y letras de exagerada alegría, la cual le parece de mal gusto en este momento. No sabe exactamente qué es el vacío que siente, pero tiene bien en claro que necesita llenarlo con algo más que comida. Aún así, entra en aquel lugar, un acogedor restaurant-pastelería que parece querer asfixiar  a los clientes con una hogareña fragancia a café y chocolate calientes. De algún modo, es reconfortante entrar allí, y no se arrepinte de su decisión. Se sienta a una de las mesas con elegantes pero joviales manteles blancos a líneas celestes y rojas, y es atendida rápidamente ­–eso la hace sentir su propia existencia, aunque sea por un momento­–. Después de pedir su capuccino con bizcochos dulces, toma el celular y llena sus húmedos ojos con la luz del aparato. Busca en la agenda a su amiga, la única que ha sobrevivido al paso del tiempo, porque necesita hablar con alguien, pero el cliente se encuentra fuera de servicio. Sin embargo, es ella quien se siente sin cobertura telefónica, aislada en algún sitio olvidado de la Tierra, o quizás aún más lejos.

Él piensa en que se ha pasado las últimas siete horas absolutamente solo, sin intercambiar ni una palabra con nadie, y se pregunta si en realidad no es mejor así, porque cada vez que habla con alguien, se siente un poco más perdido. Los demás nunca dicen lo que a él le agradaría oír, y eso es frustrante cuando se repite y se repite sin ninguna excepción en el medio. Sabe que tiene que distraerse antes de que su mente siga procesando pensamientos amargos, y se llene el día con sensaciones indeseables que ni siquiera una remozante ducha caliente podrá quitar. Entonces ve que al otro lado de la calle, más allá del frío concreto, del terso metal de los coches y del ruido de toda la gente, hay una vidriera que parece encerrar un acogedor lugar, con la compañía de chocolates y bebidas calientes. Empieza a pensar en la posibilidad de tomarse un capuccino con bizcochos dulces mientras espera a que el tiempo pase, pero teme no tener dinero suficiente en su bolsillo, y además se siente tan repentinamente desalentado que no cree poder dar tantos pasos seguidos todavía, y terminaría deteniéndose en medio de la calle, para que un coche lo enviara al hospital.

Ella recibe su capuccino, y aunque el primer sorbo parece hacer efecto directamente en su espíritu y su mente, con el segundo, los deseos de hablar con alguien regresan y crecen. Casi desesperada, comienza a pensar en que podría sentarse junto a aquel anciano que lee el periódico solo con una porción de torta de vainilla aún sin probar frente a él. Sin embargo, sabe que nunca ha sido extrovertida, y aún menos en la cantidad necesaria para sentarse sin razón aparente a charlar con un desconocido. Así que se queda allí, sola, con la cabeza agachada y algunos flecos de su cabello cubriendo su rostro, con las manos y los dedos aferrados a la caliente porcelana, introduciendo cada sorbo de capuccino con exagerada lentitud, masticando cada diminuto bocado de bizcocho como si planeara no tragárselo nunca. Siente que si disminuye sus movimientos, sus pensamientos también se verán afectados, serenándose. Con su cuerpo y sus pensamientos tan quietos, cree que ella misma podrá desvanecerse en aquella amalgama de primorosas y afables fragancias.

Él siente que la temperatura desciende, complicando principalmente la tibiez de sus dedos y su nariz. Aquella pastelería se ve cada vez más sugestiva, pero en el fondo sabe que un poco de calor y sacarosa no harán nada por su vida, ni por el horrible tráfico, sólo entretendrán a su paladar y lengua durante algunos minutos, además de vaciar su billetera. A pesar de todo, la tentación parece vencerlo, y termina torciendo sus cejas, enfadándose consigo mismo. ¿Por qué debía ser tan pesimista? ¿Por qué debía tomarse todo tan dramáticamente y pensar que si algo no volteaba su vida al revés no valía la pena? Tiene frío y no ha comido en horas, esas son razones más que valederas para cruzar el asfalto y entrar en aquel lugar. Con su enfado otorgándole motivación, tranca la rueda de su bicicleta usando un candado y finalmente camina hasta la otra acera cuando el semáforo se lo permite; entra a la pastelería, y aunque la había considerado una actividad intrascendente, el simple y amable tintineo de una campanita al abrir la puerta lo obliga a sonreír con delicadeza.

Ella levanta la mirada cuando escucha el agudo tintineo de la campanita en la entrada del local. Un nuevo cliente apareció, pero eso no influye en ningún sentido sobre ella. Continúa bebiendo su sorbo a sorbo y suspirando, lanzando una mirada de vez en cuando a aquel anciano con el periódico. Súbitamente, como si su subconsciente se lo hubiese ordenado, mientras el nuevo cliente se sienta a nada más que una mesa de ella, deja el capuccino en la mesa y saca su billetera del bolsillo, y de uno de sus pequeños compartimentos, uno que es casi secreto, retira una fotografía. En ese trozo de papel, aparece tintada una porción importante de su pasado, que aún se mantiene aferrado a su presente a través de los recuerdos, y se niega a soltarse completamente de ella, ocasionándole algunas ingratas horas de desvelo y una permanente sensación de que ha sido abandonada en medio de la nada, sola. Y además, de vez en cuando, llena de lágrimas sus ojos.

Él hace su pedido a la simpática camarera, sintiéndose muy agradecido hacia ella, ya que aunque era su trabajo, lo había tratado con más amabilidad de la que podía exigir. Con una sonrisa imperceptible en su rostro, mira hacia el frente, encontrándose con una joven muchacha una mesa vacía más allá. Se ve taciturna, pero no piensa en eso, y gira su cabeza para ver a través de la gran ventana. Rápidamente se da cuenta de que al otro lado del cristal yace el mundo causante de que buscara refugio en el interior de la pastelería, y evita volver a mirar hacia allí durante el resto de su visita. Casi no ha pensado en nada cuando su capuccino y sus bizcochos llegan. Tras darle las gracias a la camarera, dedica unos instantes a observar e inhalar el cálido aroma de su comida antes de empezar a llevarla a su boca.

Ella llena su deslucido presente con recuerdos brillantes que empiezan a asfixiarla mientras mira aquella fotografía, y se confunde: cree que de repente la atmósfera del local se ha vuelto densa, y debe tomar aire utilizando más fuerza que la usual. El cansancio en sus pies se ha ido y siente que fue un error haber entrado en aquel lugar, haberse sentado y también haberse bebido un poco más de la mitad de la taza, y comido nada más que dos de los seis bizcochos. Ahora siente que lo que en realidad necesita es seguir caminando. Se pone de pie, deja el dinero de la paga bajo su taza sin terminar, y temiendo que pueda volver a acosarla, decide abandonar la fotografía en la mesa, saliendo velozmente del lugar.

Él, de manera distraída, mientras bebe su primer sorbo, ve que aquella retraída chica se pone de pie y la sigue con disimulo usando sus pupilas, hasta que desaparece tras su hombro. Cuando escucha la puerta abrirse y cerrarse junto al tintineo de la pequeña campana, regresa la vista al frente. Le toma unos instantes, pero nota que la extraña muchacha que nunca antes había visto en su vida ha dejado un papel en la mesa. Él apoya unos instantes su taza, y sin soltar el asa, da unas miradas a su alrededor, para verificar si alguien más se ha dado cuenta de eso. Ni los empleados ni los clientes parecen haberlo notado, así que siente que es su deber ponerse de pie, y lo hace. Camina hasta su mesa y toma la fotografía. La mira unos momentos, y no está seguro de si aquella bonita muchacha sonriente con flequillo hacia un lado que aparece junto a un joven es la misma que se marchó tan apresuradamente hace unos instantes, pero piensa que podría ser un recuerdo importante para ella, así que sale de la pastelería a una velocidad aún mayor que la utilizada por ella.

Ella sale cabizbaja, y podría decirse que atolondradamente de la pastelería, golpeando alguno de sus hombros o uno de sus brazos contra el de alguien más cada ocho o diez pasos. Siente que mientras más se aleja de la fotografía, más cerca está de olvidar todos los recuerdos que esta representa. Casi no se da cuenta del viento frío que golpea todo su rostro y su descuidado cuello, lanzando sus cabellos hacia atrás, y no puede ni estar cerca de pensar en la posibilidad de que en unos días, aquello desemboque en un cruel resfriado lo suficientemente grave para dejarla en cama un tiempo. Pero poco le importaría, porque tal vez el sano y depurador calor de una preocupante fiebre sea capaz de limpiar también todos aquellos sentimientos tan degenerativos y desoladores. No es demasiado ambiciosa, o tal vez sí, porque todo lo que desea es poder traer al presente de una vez por todas aquel pie rebelde que aún pisa con firmeza el pasado.

Él regresa a la sofocante acera y tuerce cuello y cintura en búsqueda de la olvidadiza joven, en medio de aquel mar de gente. Sólo ve sacos y sobretodos oscuros o pálidos, y rostros aún más desconocidos que el que busca. Da algunos pasos hacia la derecha. Luego a la izquierda. No se rinde, y en cuestión de segundos, ve una sospechosa cabellera castaña que se agita, y está seguro de que es ella. Está a unos cuarenta metros, y ni siquiera se pregunta cómo fue capaz de distinguirla, simplemente le grita que se detenga, aunque sea inútil a causa de los estentóreos rugidos de la ciudad. No le quedó más alternativa que empezar a correr hacia ella para alcanzarla. No sabía por qué se esmeraba tanto en devolver aquella fotografía, pero era una buena distracción: ya había dejado de pensar en todas esas cosas frustrantes que dominaban su mente hace unos minutos.

 Ella dobla en la esquina para no tener que esperar a que el semáforo le otorgue su turno de cruzar la calle, y se acerca un poco más a su casa. De repente tampoco quiere caminar, quiere llegar a su habitación, poner su música favorita lo más fuerte posible antes del nivel en que pudiera molestar a sus vecinos y recostarse en su cama por varias horas, o tal vez días, o quizá para hibernar, y salir cuando aparezca la primavera nuevamente. Mira hacia arriba y se asombra de lo influyente que puede ser un día frío y un cielo grisáceo para su ánimo: ambos empeoraban la nostalgia y la soledad que sentía. Para pensar en otra cosa, aunque no la consuela, se pregunta si habrá cerrado bien las ventanas, ya que de no ser así, el viento podría haberlas abierto, y ahora incluso su epicúreo refugio estaría tan helado como el resto de la ciudad, y como sus dedos con uñas violáceas.

Él todavía la sigue. La tarea se ve sumamente complicada, ya que la gente es como una gran masa que debe atravesar con sus piernas cansadas. Atropella a más personas que con las que puede disculparse abstraídamente, y se gana malas miradas con cada paso que hace. Pero no se da cuenta de nada de esto, él mira fijamente la cabellera castaña clara. No puede darse el lujo de perderla de vista. Esto se ha vuelto una especie de desafío para él. Dobla la esquina. Se está acercando lentamente, pero si apresura sólo un poco el paso, tal vez la alcance antes de llegar a una nueva intersección. Retoma la táctica de los gritos, pero no sabe su nombre, así que utiliza frases como “oye tú” o “la del cabello castaño” o “la de la pastelería”, pero aunque algunas personas se voltean a mirarlo, ninguna de ellas es la joven de la fotografía.

Ella llega a una nueva esquina y esta vez debe ser paciente y esperar al semáforo, porque si vuelve a doblar evitando la calle, sólo se alejará de su casa. Sigue avanzando varias cuadras con la cabeza agachada, caminando más rápido de lo que cree, hasta que finalmente se aleja del trajín del centro de la ciudad, y circula por aceras más despobladas. De repente, tiene la sensación de que una voz está llamándola, y su rostro se llena de preocupación, preguntándose si aquella depresión no ha pasado a convertirse en un estado depresivo que puede empeorar en cualquier momento para llenarla de alucinaciones. Está realmente mal. Tiene miedo de que súbitamente aparezca frente a sus ojos el espejismo de lo que quiere olvidar, y la siga hasta su casa. Necesita hablar con alguien aún  más que antes, así que hace un nuevo intento para comunicarse con su amiga. Fracasa.

Él no llega a tiempo y debe esperar al semáforo para cruzar la calle que la joven ya ha cruzado. Mueve sus piernas impacientemente, como si esos pasos que hace una y otra vez en el mismo sitio pudieran acercarlo un poco o aceleraran el paso del tiempo. Con la luz verde sale disparado al igual que un atleta en una carrera, pero pronto la gente vuelve a forzarlo a descender la velocidad. ¿Qué hará si no la alcanza? ¿Tirará a la basura la fotografía? No, aunque son mínimas, hay posibilidades de volver a cruzarse con ella, y entonces podrá devolvérsela. Desde hoy debería salir siempre con la fotografía en alguno de sus bolsillos, por las dudas. Pero ahora también se pregunta si vale la pena devolverla; es decir, hoy en día, con las cámaras digitales, las personas tienen centenares de fotografías similares, y seguramente esa muchacha tiene unas cuantas parecidas a esa en su casa. Rápidamente se deshace de ese pensamiento, porque si la llevaba con ella, debe de tratarse de una fotografía especial, más allá de parecerse a otras o no. De pronto se aleja del centro y la gente ya no es un obstáculo, pero ella continúa sin escuchar sus llamados. Debe aumentar su velocidad, ahora sólo es una cuestión de tiempo.

Ella se sorprende hasta llegar al susto, porque alguien toca su hombro. Salta sobre sí misma y gira su cuello como si tiraran su cabeza hacia atrás. Es un muchacho joven, de aproximadamente su misma edad. Se calma cuando se percata de que lo ha visto antes en alguna ocasión, y frunce el ceño con confusión y escepticismo cuando piensa que es el cliente que entró después de ella a la pastelería. Él, agitado, le muestra la fotografía, y ella abre sutilmente la boca, dejando caer con asombro su labio inferior. Le explica que la viene siguiendo de hace más de seis cuadras, y extiende su brazo para entregarle el papel. Ella gira la cabeza, rechazándolo, y le confiesa con cierto calor en sus mejillas que no olvidó la fotografía, sino que se deshizo de ella.

Él se siente un estúpido, allí inmóvil, con la fotografía de dos desconocidos en su mano. Más que un estúpido, se siente un desgraciado, como alguien que pinta una enorme pared con un delicado, glamoroso y cuidado diseño de líneas, y descubre que tanto los colores como las formas estaban mal, ya que la consigna solicitaba círculos, no líneas, y tendría que volver a empezar todo. Entonces piensa en su bicicleta, en su capuccino y en los bizcochos: no valió la pena abandonarlos. La joven debería haber aceptado la fotografía al menos como señal de gratitud por las molestias que se había tomado, piensa él, aunque todo fuera en realidad su culpa: ¿quién lo envió a ser tan entrometido? A pesar de todo, se esmera en que aquella fotografía regrese a ella, y le pregunta por qué no la quiere.

Ella se atreve a contarle que es un recuerdo doloroso que es mejor olvidar, ignorando el hecho de que él es un perfecto desconocido. Le cuesta creerlo, pero después de responderle se siente un poco mejor. Sin embargo, es sólo una cuestión de segundos hasta que empieza a sentirse aún peor que antes, porque los recuerdos salen a flote en su mente como agua brotando de un manantial. Tal vez se le ocurrió esa comparación porque siente que algunas lágrimas están a punto de ahogar su mirada. Tal vez sea algo más que “algunas lágrimas”, pero ella quiere evitarlo.

Él reacciona con escepticismo, y pronto se enfada genuinamente por haber hecho todas las tonterías de hace unos momentos: hacerse el ofendido con la sociedad y bajarse de la bicicleta con la intención de que la humanidad se sintiera culpable, entrar a aquella pastelería en la que aún debía pagar la cuenta y que lo despojaría de sus últimos billetes, haber intentado sanar su malestar con una acción generosa y desinteresada que terminó siendo totalmente inútil. Le muestra la fotografía a la muchacha y la rompe frente ella, asegurándole que ya no debería preocuparse. No lo hizo con tanta violencia como puede pensarse.

Ella finalmente se pone a llorar, siente que es su corazón el que está en aquella fotografía ahora hecha pedazos, siendo esparcida a través de la acera y la calle por el viento.

Él está aún más confundido que antes, y queda paralizado. Se siente culpable por las lágrimas de la muchacha, porque ahora su actitud inútil se convertía en una actitud perjudicial.

Ella se abalanza sobre él porque es la única persona que tiene cerca, y apoya su frente en su cuerpo, empezando a humedecer su pecho.

Él no sabe qué hacer, pero pronto empieza a verla como a una pequeña niña extraviada que no sabe cómo regresar a su casa y extraña desesperadamente a sus padres.

Ella tiene sus manos a un lado de sus mejillas, y cada vez se presiona más a ella misma contra la calidez del joven mientras sus lágrimas ahora son acompañadas por algunos sollozos y delicados gemidos.

Él finalmente se mueve, y la rodea muy lentamente con sus brazos, con sumo cuidado y algo de inseguridad, como si un poco de presión pudiera llegar a romper de manera irreparable sus huesos. Lo hace mientras le dice que lo siente.

Ella se asombra al sentirse protegida y segura en los brazos de un desconocido, pero eso le permite comprender con certeza lo profundamente sola que se sentía. Ya no tiene apuro por regresar a casa, podría quedarse ahí una hora más, o hasta que se le agotasen las lágrimas, y luego permanecer inmóvil varias docenas de minutos más, sólo porque sí.

Él se siente útil y a gusto. La calidez del cuerpo de la muchacha empieza a reconfortarlo también a él. Sonríe porque sus pensamientos le parecen algo ridículos: de repente, ahora siente que todo valió la pena, bajarse de la bicicleta, entrar en la pastelería, correr a buscar a aquella extraña, incluso quedarse sin dinero en unos minutos. Piensa que lo volvería a hacer todo si fuera necesario, pero por ahora se limita a disfrutar, porque él también está siendo consolado.

Ella logra calmarse un poco y se aleja con cierta brusquedad, sorprendiéndolo otra vez. Se seca las lágrimas con el dorso de sus dedos y se disculpa por haber reaccionado de aquella manera tan precipitada, mientras su rostro ya no sufre la palidez que le otorga el frío y la tristeza.

Él le dice que no se preocupe casi como una súplica, ya que continúa sintiendo que fue el responsable de su llanto, y tal vez tenga razón. Luego mantiene el silencio no porque no sepa qué decir, sino porque se siente sumamente cómodo mirándola y nada más. Siente que eso es suficiente.

Ella lo mira y sigue mirándolo, hasta que sonríe tras las lágrimas que quedaron meciéndose en sus párpados, haciéndole saber que se siente incomprensiblemente agradecida hacia él.

Él le devuelve la sonrisa llegando a sentirse feliz, y de repente tiene el presentimiento de que esta noche le costará un poco más de lo normal dormir, porque esa desconocida y todo lo que sucedió darán vueltas en su mente.

Ambos hacen un gesto amable con sus cabezas, y sin más palabras, se dan la vuelta para marchar cada uno hacia su propia dirección, y no volverse a ver nunca más en sus vidas. Quizás.

viernes, 22 de febrero de 2013

Me Pregunto...


  Me pregunto si en este mismo momento, en alguna otra parte del mundo (no importa cuál, no importa qué tan lejos esté, no importa incluso si me refiero a más allá del Atlántico o del Pacífico), hay alguien mirando a través de una ventana, solo, perdido en un mundo que parece no comprenderlo, y peor aún, completamente sumergido en un mundo que parece no comprender nada, absolutamente nada, preguntándose si yo estoy aquí, sintiéndome como él. Estoy completamente seguro de que ahí está, y daría mucho por poder tomar mi bicicleta, o cualquier otra cosa, y acercarme hasta su lugar, para tomarlo de los hombros y sacudirlo con fuerza, hacerle saber que no es el único extraviado, aunque no nos sirva de nada ser dos, o tres, o cuatro…
  Si pudiera hacer eso, estaría encontrando la diminuta esperanza que tanto necesito en este desolador momento. La esperanza de que las cosas pueden cambiar, de que el rumbo torcido que lleva hasta un final desastroso puede ser enderezado a un nivel al menos aceptable. Y estaría dándole esa esperanza también a él. Pero incluso abrazándolo hasta la asfixia, esta esperanza no dejaría de ser nada más que un triste consuelo, un miserable par de párpados cerrados para evitar ver la realidad, que ya es lo suficientemente oscura como para ocultarse a sí misma.
  Aún así… deseo, imploro encontrarlo, por mi propio bien, para que esta demencia no se vuelva una locura peligrosa. Porque al final, soy igual a todos, así como él también es igual a ellos; no comprendemos nada, y dedicamos nuestro tiempo a la supervivencia de nuestro bienestar, o tal vez sólo a la estabilidad de nuestra comodidad, nada más… Los problemas, las mentiras, el dolor, el sufrimiento, todo pasa por delante de nuestros ojos a una velocidad ridículamente lenta, y aún así no tenemos la convicción siquiera para atrevernos a intentar detenerlos. Es como haberse subido a un lujoso y reconfortante crucero aceptando la condición de que al final del viaje se hundirá, y sólo tú serás salvado, mientras todas las otras personas mueren ahogadas; acepté, aceptamos esa condición incluso sabiendo que es una farsa, y que también nosotros terminaremos sin lugar en nuestros pulmones para el aire… No lo sé, todo es tan complejo, tan relativo, tan frustrante… Por eso dejo escapar una parte a través de las letras, porque no soy lo suficientemente fuerte para soportar todo su peso… Me pregunto si él también está dejando escapar un poco de todo esto. Espero que sí.



miércoles, 2 de enero de 2013

Lo Peor del Mundo

 ¿Para qué introducciones? Directo al punto: odio el sistema propuesto por la naturaleza, lo aborrezco. La vida no es más que una miserable lucha entre los seres que la poseen, para poder continuar poseyéndola. Cosas como el amor, el altruismo, la generosidad y el desinterés (entiéndase desinterés como capacidad para actuar sin buscar recompensas de ningún tipo, mucho menos materiales) no existen, jamás existieron, y probablemente nunca lo hagan (“probablemente”: parece que en el fondo hoy estoy optimista). ¿Por qué para que otro individuo pueda seguir viviendo, otro debe morir? ¿Por qué para que una especie pueda continuar existiendo, otra debe extinguirse? ¿Por qué para que pueda surgir un mundo nuevo, uno viejo tiene que ser completamente destruido? No sé si este mundo simplemente apareció, surgió de alguna incomprensible manera o fue creado por algo o alguien, pero lo que sí sé, es que si fue creado, los (o las, o el, o la) autores son unos seres con mentes más que retorcidas, mentes absolutamente achicharradas por un ardiente y morboso gusto sanguinario; su propósito seguramente fue lograr un mundo que jamás aburriera, un mundo de suspenso, de dolor, de inseguridad, de desconfianza, de lucha, de egoísmo, de traiciones, donde la paz no es más que una ilusión cuando alguna de estas cosas parece ponerse en pausa, un delirio de aquellos que aún se aferran a su estúpida fe para auto-consolarse.
 Penosamente, en verdad no creo en creadores, y estas palabras no son más que MI PROPIO auto-consuelo, pues como humano, me encanta tener a alguien a quien poder echarle la culpa, y señalarlo violentamente.
 Ames, odies, infrinjas dolor, sufras, mientas, mates, sangres, salves vidas, no pienses en nada más que tú mismo, protejas a otros, violes, o cualquier otra cosa que puedas llegar a hacer, al Universo poco le importa. “En la guerra, como en el amor, y en la supervivencia, todo vale”, cambiaría yo a la fase. Las buenas acciones no reciben recompensas, y las malas tampoco, simplemente vivimos presos de la locura de todos los seres que nos rodean, nuestras vidas cuelgan de una delgada y frágil línea: la necesidad de los demás. Porque cuando alguien lo necesite, acabará contigo. Este es el mundo en el que vivimos, se rige por la única ley del más fuerte, y los débiles están destinados a desaparecer…
 ¿En qué clase de mierda me han venido a parir?

miércoles, 19 de diciembre de 2012

Salva Mi Mundo

Como todos los sábados en la noche, se encontraba acomodándose su chaleco y su corbata, aprovechando que no había ningún huésped en la recepción.
«Realmente odia ese uniforme», pensaba su compañero, el portero, mientras la observaba de reojo con otra porción de su atención fijada en la acera para abrirle la entrada a cualquier persona que pudiera pretender entrar.
Era bastante inusual que la lujosa recepción se encontrase vacía, el hotel contaba con más de trescientas habitaciones repartidas en treinta y dos pisos y siempre había aunque sea un hospedante que prefería sentarse a descansar allí abajo que subir hasta su cuarto. Tal vez la quietud de aquellos instantes se debía a la temporada baja, pero ese es un término que difícilmente afecta a los hoteles internacionales de cinco estrellas que reciben visitas de la prodigiosa gente de negocios.
Pero la desolación de los espejos que no reflejaban a nadie y de las luces que no producían más que sombras estáticas y muertas no tardó en desaparecer. Un hombre de una camisa a rayas muy simple se acercó a la entrada y sin siquiera darse cuenta le exigió al portero que haga su trabajo. La recepcionista no demoró más de un segundo en notar sus jeans gastados y sus zapatos viejos. Ese joven no pertenecía al mundo de la economía, o era uno de esos millonarios excéntricos, pero prefirió quedarse con la idea de que se trataba de alguna especie de vendedor ambulante o algo así.
—Buenas noches —saludó él educada y formalmente, con una rara expresión en su rostro.
—Buenas noches, ¿en qué puedo ayudarlo? —respondió ella no antipáticamente, pero tampoco con simpatía.
El muchacho no respondió y se limitó a mantener el silencio mientras su mirada peregrinaba a través del mechón castaño y ondulado que se colgaba de su pequeña frente; de sus ojos café que reflejaban la gran araña cristalina, el centro de la iluminación; de sus labios delgados y cuidadosamente coloreados con un suave rosa; de sus pestañas erguidas; de sus hombros redondeados y sus elegantes clavículas.
—Sí, quisiera una habitación —respondió algo distraído luego de su largo viaje.
«¿Tendrá el dinero para pagarla? Bueno, no es asunto mío. Aquí nadie paga por adelantado, así que él no puede ser la excepción», pensó la empleada antes de responderle.
—Claro. ¿Para uno?
—Para la cantidad que sea, pero que esté muy alto.
Algo extrañada por la petición, movió ágilmente los dedos sobre el teclado y las pupilas por la pantalla del monitor.
—Tres de las cinco suites del último piso están ocupadas, ¿quiere una de las que están libres?
—Sí, está bien.
—¿Le gustan las vistas desde las alturas? —le preguntó la joven encontrando algo de simpatía en su interior mientras revisaba datos en el monitor.
—La verdad es que no —respondió inspeccionando por primera vez el lugar con la vista. La muchacha lo miró un poco más extrañada que antes, pero continuó con lo suyo sin decir nada más.
Luego de proporcionarle todos los datos necesarios, el joven finalmente tomó el ascensor y subió hasta la última planta. Entró en su suite e ignoró todo el morbosamente lujoso decorado, se dirigió directamente a la gran ventana que había en un extremo. Allí observó las luces de la ciudad por unos momentos. La iluminación urbana opacaba el cielo nocturno y daba la sensación de que incluso intentaba suplantarlo, porque casi lo lograba. Corrió el cristal hacia un lado y el frío del viento que entró le provocó un retorcijón en el estómago. Ignorando aquella incómoda sensación, se paró en el gran marco de la ventana y esta vez todo su sistema digestivo se vio afectado.
Repentinamente, algo en su interior lo hizo descender del marco y salir de la habitación con pasos rápidos. El ascensor estaba ocupado, así que su impaciencia lo hizo utilizar la escalera hasta que varios pisos más abajo el ascensor quedara libre y finalmente pudiera abordarlo.
Llegó a la recepción y se encaminó directamente a la recepcionista.
—¿En qué lo puedo ayudar? —le preguntó ella.
—¿Puedo hacerle una pregunta?
—Claro.
—¿Cree que una sola persona puede cambiar al mundo?
A la muchacha le llamó la atención la pregunta, o más bien, el emisor y la situación en la que había sido pronunciada. Sin embargo, luego de un silencio, un cobijo para su sorpresa, respondió:
—No, no lo creo… ¿Por qué?
—Porque tú acabas de cambiarlo.
La chica cerró los ojos con una mezcla de comprensión y decepción, y apoyó sus manos en el escritorio::
—Dime algo… ¿Ese versito te ha servido con alguna otra chica antes?
El muchacho contempló sus ojos y su ignorancia por un momento, y luego sonrió junto a una pequeña exhalación.
—Disculpa. Fui un tonto —dijo colocando las manos en los bolsillos y retirándose de la recepción con una sonrisa.
Esta vez el cristal no podría volver a cerrarse, la habitación quedaría vacía y la recepcionista descubriría que acababa de destruir el mundo que había salvado cuando lo viera abdicarse en el asfalto, justo al frente del hotel y del portero, a quien le salpicaría algo de su miseria.